Capítulo 9 de 13
La llave de Brígida
Brígida descubrió el secreto por una risa.
Era jueves y la casa llevaba un rato en silencio. Don Rodrigo se había retirado después de revisar unas cuentas; Inés terminaba de lavar los últimos platos y el reloj del pasillo acababa de dar las diez.
El ama de llaves subió con una manta doblada.
La noche anterior Carmen había despertado con frío. Brígida la había oído moverse al pasar por el corredor y, aunque la joven no pidió nada, buscó una manta más gruesa entre la ropa guardada.
Al llegar a la puerta escuchó la risa.
Se detuvo.
Hacía días que Carmen no reía así.
Después oyó una voz masculina.
No distinguió las palabras, pero supo de dónde venían.
Brígida miró hacia la escalera.
Permaneció un instante inmóvil, con la manta entre los brazos.
Luego sacó la llave. Todavía no se la había entregado a don Rodrigo; había decidido llevar primero la manta.
Carmen estaba junto al balcón.
Luis había intentado explicarle cómo Mateo consiguió corregir al maestro del taller sin hacerlo enfadar. La historia terminaba con una tabla cortada demasiado corta, una discusión sobre la regla y el muchacho afirmando que la madera había cambiado de tamaño por su cuenta.
Carmen se había llevado la mano a la boca, pero la risa escapó antes de que pudiera contenerla.
Entonces escuchó la cerradura.
Luis retrocedió.
Ella soltó su mano y giró hacia el dormitorio.
Brígida abrió la puerta.
No entró enseguida.
Desde el umbral vio las puertas del balcón abiertas, la vela encendida en la casa opuesta y a Carmen de pie, demasiado cerca de la baranda.
Luis ya estaba dentro, aunque una parte de su camisa todavía se distinguía detrás del marco.
El ama de llaves cerró la puerta a su espalda.
Carmen sintió que el cuarto se quedaba sin aire.
—Traje una manta —dijo Brígida.
La dejó sobre la cama.
La joven miró hacia el balcón y después a ella.
—Gracias.
Brígida se acercó al tocador. Enderezó una vela que no necesitaba enderezarse y permaneció unos segundos con la mano apoyada en la madera.
—¿Quién vive enfrente?
Carmen abrió la boca.
El nombre de Luis parecía ocuparle toda la garganta.
—No sé.
Brígida volvió el rostro.
No había sorpresa en sus ojos.
—Te conozco desde que naciste.
La joven bajó la mirada.
Luis escuchaba desde su habitación.
No podía ver a Carmen sin acercarse de nuevo, y no quería darle a Brígida una razón más para alarmarse.
Permaneció junto a la pared.
Al otro lado, el ama de llaves arrastró una silla.
Luis cerró los ojos.
Había pensado en don Rodrigo, en los vecinos, en alguien que lo reconociera al entrar en la casa. Nunca había imaginado con claridad el momento en que Brígida descubriría que él estaba allí.
Carmen le había hablado de ella muchas veces.
La mujer que le recogía el cabello cuando era niña.
La que sabía si tenía fiebre antes de tocarle la frente.
La que cerraba cada noche su puerta con llave.
Luis no sabía cuál de todas esas mujeres estaba sentada ahora frente a ella.
Brígida señaló la otra silla.
—Siéntate.
Carmen obedeció despacio.
Desde allí podía ver una franja del balcón opuesto. La luz seguía encendida.
El ama de llaves lo advirtió.
—Él también puede oírnos.
Carmen volvió hacia ella.
—Podemos cerrar.
Brígida sostuvo su mirada.
—No hace falta.
El silencio se prolongó.
Carmen tenía los dedos entrelazados sobre la falda. Intentó aflojarlos, pero volvió a apretarlos enseguida.
—Es Luis —dijo al fin.
Brígida asintió.
—Lo suponía.
—No ha entrado aquí.
La aclaración salió con urgencia.
El ama de llaves miró las barandas.
—Ya veo.
—Solo hablamos.
Carmen se detuvo. Había dejado de ser cierto desde la noche anterior, y no quería seguir mintiendo.
Brígida no le pidió detalles.
—¿Desde cuándo?
—Desde el sábado.
El ama de llaves contó los días en silencio.
—¿Y la casa?
—La compró.
Brígida levantó los ojos hacia ella.
Esta vez sí pareció sorprendida.
Carmen se apresuró a explicar:
—Estaba vacía. El dueño quería irse. Luis no encontró otra manera de verme.
Brígida miró hacia la luz del cuarto opuesto.
Luego volvió a Carmen.
—¿Sabe lo que puede pasar si tu padre lo descubre?
La joven asintió.
—Lo sabemos.
—No estoy segura de que lo sepan.
Carmen sintió que las lágrimas empezaban a acercarse, pero mantuvo la voz firme.
—Sé lo que pasa cuando no lo veo. Estoy aquí, esperando que mi padre decida con quién me caso o dónde tengo que vivir.
Brígida bajó la mirada.
La joven continuó:
—No quiero pasar el resto de mi vida esperando que me deje salir.
El ama de llaves se quedó sentada sin responder.
Desde abajo llegó un ruido de agua. Inés había vaciado una palangana en el patio.
Brígida escuchó hasta que cesó.
—Tu padre ha escrito al convento.
Carmen sintió frío.
—¿Cuándo?
—Hace unos días.
—¿Le han respondido?
—Todavía no.
La joven miró la puerta.
Hasta ese momento había procurado pensar en el convento como una amenaza pronunciada durante una discusión. Su padre podía repetirla para asustarla y luego olvidarla.
Ahora había una carta.
Un lugar que podía recibirla.
Personas a las que no conocía hablando de su llegada.
—¿Por qué no me lo dijo? —preguntó.
Brígida alisó la falda sobre las rodillas.
—No sabía cómo.
Carmen soltó una risa breve, sin alegría.
—Todos saben cosas sobre mi vida que yo no sé.
El ama de llaves cerró los ojos un momento.
Cuando volvió a abrirlos, parecía más cansada.
—Sí.
Aquella respuesta dejó a Carmen sin palabras.
Brígida no había intentado defenderse.
Luis oyó mencionar el convento.
Se acercó apenas a la puerta del balcón.
Vio a Carmen sentada de perfil, con los hombros tensos. Brígida tenía las manos juntas sobre el regazo.
No parecía a punto de llamar a don Rodrigo.
Pero eso no bastaba para tranquilizarlo.
En su mesa seguían las cuentas y la carta de Andrés. Luis miró aquellos papeles, después las dos tazas.
Todo dependía de una llave que llevaba la mujer del otro cuarto.
Retrocedió de nuevo.
Decidió esperar.
—¿Quieres irte con él? —preguntó Brígida.
Carmen levantó la cabeza.
La pregunta era tan directa que tardó en contestar.
—Sí.
El ama de llaves respiró hondo.
—Mírame bien antes de responder.
Carmen lo hizo.
—Quiero irme.
—¿Sabes adónde?
—A Querétaro. Luis tiene un amigo que puede ayudarnos a buscar trabajo y un cuarto.
—¿Puede o va a hacerlo?
La joven dudó.
—Puede.
Brígida asintió, como si aquella diferencia le importara.
—¿Y el dinero?
Carmen le contó lo que habían calculado. Lo que quedaba después de comprar la casa, el costo probable de alojarse y las cosas que aún necesitaban averiguar.
El ama de llaves escuchó sin interrumpir.
—Yo también trabajaré —añadió Carmen.
Brígida miró el costurero.
—Coses bien.
La joven sintió una emoción inesperada.
—Podría buscar encargos.
—Tendrás que aprender a cobrarlos.
—Lo sé.
Brígida la observó durante un rato.
Por primera vez, Carmen sintió que la estaban escuchando como a alguien capaz de responder por su propia vida.
—Tu madre quiso irse una vez —dijo el ama de llaves.
La joven dejó de moverse.
—¿Mi madre?
Brígida asintió.
Carmen miró hacia el retrato pequeño que conservaba sobre el tocador.
Su madre aparecía sentada, con una mano apoyada sobre un libro. Siempre le habían dicho que había sido paciente, discreta y dedicada a su familia.
Nunca que había querido marcharse.
—¿Adónde?
—Con una prima. Fuera de Guanajuato.
—¿Por qué?
Brígida tardó en responder.
—Estaba cansada de pedir permiso para todo.
Carmen bajó los ojos hacia sus manos.
La frase le resultó dolorosamente cercana.
—¿Mi padre la encerraba?
El ama de llaves miró la puerta.
—No como a ti.
—¿Pero quería irse?
—Sí.
Carmen esperó.
Brígida volvió a alisar la falda.
—Tenías seis años. Una tarde preparó ropa para las dos y me pidió que buscara un carro.
La joven trató de recordar.
Tenía imágenes sueltas de aquella edad: una enfermedad, un vestido amarillo, su madre peinándola junto a una ventana. Ninguna le permitía encontrar la tarde que Brígida describía.
—¿Qué pasó?
El ama de llaves levantó la cabeza.
—La convencimos de esperar.
—¿Quiénes?
—Tu tía. Yo.
Carmen sintió que algo se desplazaba lentamente en la historia que conocía de su casa.
—Le dijimos que tu padre estaba preocupado por los negocios. Que las cosas mejorarían. Que marcharse provocaría comentarios.
Brígida guardó silencio.
Carmen miró el retrato.
—¿Mejoraron?
El ama de llaves negó.
La joven tardó en volver a hablar.
—Nunca me lo contó nadie.
—Tu madre no quería que crecieras temiéndole.
Carmen tocó la marca casi desaparecida de su mejilla.
Brígida siguió el movimiento.
Su voz se volvió más baja.
—Cuando te vi después del despacho…
Se detuvo.
Carmen la miró.
—Usted cerró mi puerta.
El ama de llaves asintió.
La joven aguardó una explicación.
Brígida no se la dio.
—La cerré —repitió.
El reloj sonó en el pasillo.
Durante unos segundos ambas escucharon las campanadas.
Carmen descubrió que estaba llorando cuando una lágrima cayó sobre sus manos.
Brígida se inclinó para buscar un pañuelo, pero ella negó.
Quería escuchar lo que faltaba.
El ama de llaves dejó las manos quietas.
—No puedo cambiar lo que hice entonces —dijo—. Ni lo del martes.
Carmen miró hacia el balcón.
Luis seguía al otro lado.
—Pero puede abrir la puerta.
Brígida se levantó.
Carmen sintió que la esperanza acababa de precipitarse demasiado pronto.
El ama de llaves caminó hacia la entrada y permaneció junto a ella. Escuchó el pasillo, luego apoyó los dedos sobre la llave que aún estaba en la cerradura.
No la giró.
Volvió hacia Carmen.
—No esta noche.
La joven se puso de pie.
—¿Por qué?
—Porque tu padre está despierto. Porque no tienen un carro esperando. Porque saldrías sin saber dónde pasar la primera noche.
Carmen abrió la boca.
Brígida levantó apenas la mano.
—Si quieres irte, hay que preparar la salida.
La joven dejó de hablar.
El ama de llaves volvió a sentarse.
Ahora su voz tenía el tono práctico con que organizaba la casa: cuánta leña guardar, qué alimentos comprar, a qué hora debía estar listo un carruaje.
—La puerta principal hace demasiado ruido. Y si alguien te ve salir por allí, lo recordará.
Carmen escuchaba sin atreverse a interrumpir.
—Por el patio se llega a una calle más tranquila.
—También está cerrada.
—Sí.
Brígida metió la mano en el bolsillo.
Sacó una llave pequeña, oscura por el uso.
La dejó sobre la mesa.
Carmen miró el metal.
No lo tomó enseguida.
Había visto aquella llave muchas veces colgada del manojo del ama de llaves, sin preguntarse qué abría. Ahora conocía su peso antes de tocarla.
—¿Y la del dormitorio?
Brígida señaló la puerta.
—La noche que acordemos, la dejaré abierta.
La joven levantó los ojos.
—Mi padre se dará cuenta.
—Después.
La sencillez de la palabra la estremeció.
Después Carmen estaría fuera.
Después Brígida permanecería allí.
—¿Qué le hará a usted?
El ama de llaves miró sus manos.
—No lo sé.
Carmen sintió deseos de devolverle la llave antes de haberla recibido.
Brígida la empujó un poco hacia ella.
—No quiero que dentro de unos años alguien te cuente que pude ayudarte y te pedí que esperaras.
La joven tomó el metal.
Estaba tibio por haber permanecido en el bolsillo.
Lo sostuvo contra la palma.
Luis levantó la cabeza cuando escuchó su nombre.
—Luis.
La voz era de Brígida.
Se acercó con cautela.
El ama de llaves estaba de pie junto a Carmen.
Él levantó la mano para quitarse el sombrero por costumbre, aunque hacía rato que no lo llevaba puesto. Al advertirlo, bajó el brazo y sintió una vergüenza absurda.
—Señora.
Brígida lo observó.
Luis no intentó sonreír.
—Carmen quiere irse —dijo ella.
Él miró a la joven.
Carmen sostenía la llave.
—Lo hemos hablado —respondió Luis.
—Entonces sigan hablando. Necesitan transporte y un lugar al que llegar.
Él asintió.
—Tengo a alguien que puede ayudarnos.
—Que les dé una respuesta antes de salir.
Luis volvió a asentir.
El ama de llaves miró la distancia entre las barandas.
—Y ninguno va a cruzar por aquí.
—No —dijo él.
Brígida sostuvo sus ojos.
—Ella debe salir andando por una puerta.
Carmen sintió que aquella frase le afirmaba los pies sobre el suelo.
Luis respondió con seriedad:
—Así saldrá.
La conversación terminó al oír pasos abajo.
Brígida apartó a Carmen del balcón y le indicó a Luis que cerrara.
Él obedeció.
El ama de llaves recogió la bandeja de la cena.
—Guarda eso donde no haga ruido —murmuró.
Carmen envolvió la llave en el pañuelo bordado y la escondió entre las páginas de su cuaderno.
Brígida observó el movimiento.
—Lleva zapatos cómodos.
La joven levantó la mirada.
—Y poco equipaje —añadió el ama de llaves—. Una maleta llama la atención antes de llegar a la esquina.
Carmen asintió.
Quiso abrazarla, pero Brígida ya caminaba hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—No puedo decirte que todo saldrá bien.
La joven apretó el cuaderno contra su cuerpo.
—Lo sé.
Brígida abrió.
Volvió a cerrar desde fuera.
El sonido de la llave le produjo a Carmen la misma tensión de todas las noches.
Esta vez, sin embargo, la mujer que se alejaba por el pasillo había dejado otra llave dentro.
Al amanecer aparecieron junto a la cama unos zapatos bajos.
Carmen los reconoció.
Los había usado meses atrás para caminar por un patio después de la lluvia. Tenían una marca en un costado y el cuero se había ablandado alrededor del talón.
Se levantó y se los puso.
Le quedaban bien.
Caminó hasta la puerta, regresó al tocador y cruzó otra vez la habitación.
Casi no hacían ruido.
Sobre el escritorio estaba el cuaderno.
Lo abrió y encontró el pañuelo doblado entre las hojas.
La llave seguía dentro.
Carmen la sacó y la sostuvo frente a la luz de la mañana.
Después miró hacia el balcón.
Las puertas de Luis estaban cerradas. Él habría salido ya al trabajo.
La casa entera comenzaba a despertar: agua en el patio, pasos en la cocina, el ruido de una silla en el despacho.
Carmen guardó la llave.
Por primera vez desde el encierro, tenía algo que hacer antes de la noche.
Debía decidir qué llevar.
Debía averiguar cuándo salir.
Y debía decirle a Luis que la puerta podía abrirse.
