Capítulo 10 de 13
La víspera
Eligieron marcharse el viernes, antes del amanecer.
La decisión llegó varios días después de que Brígida dejara la llave sobre la mesa. Durante ese tiempo, Carmen la llevó escondida dentro del cuaderno y la tocó tantas veces que terminó por reconocer sus dientes sin mirarlos.
No había sido fácil encontrar un carro.
Mateo conocía a varios conductores que encargaban reparaciones en el taller, pero algunos no viajaban hasta Querétaro y otros ya llevaban demasiada carga. Uno aceptó reservar dos lugares y después cambió el día de salida.
Finalmente habló con don Eusebio, un hombre que transportaba telas y herramientas entre varias ciudades.
—Salgo el viernes —le había dicho—. Antes de que haya gente en las calles.
Mateo fingió revisar el aro de una rueda mientras preguntaba por los pasajeros.
—Mi hermano y su esposa necesitan viajar.
La mentira le dejó un mal sabor en la boca, pero el conductor no pidió explicaciones.
Le dijo el precio.
Mateo calculó cuánto dinero les quedaría.
—¿Puede recogerlos cerca de la salida de la ciudad?
Don Eusebio señaló un tramo del camino.
—Esperaré junto al mesón. Pero no voy a quedarme allí toda la mañana.
Mateo asintió.
Aquella tarde llevó la noticia a la casa del callejón.
Luis lo escuchó de pie, con una camisa entre las manos.
—¿Está seguro de la hora?
—Me la repitió dos veces.
Su hermano miró hacia el balcón de Carmen.
Mateo continuó:
—Hay sitio para dos. El equipaje tendrá que ser poco.
Luis dejó la camisa sobre la cama.
—Entonces el viernes.
Pronunciarlo hizo que la habitación pareciera distinta.
Hasta ese momento habían hablado de marcharse como de una tarea con muchas partes pendientes. Ahora podían contar las noches que faltaban.
Brígida confirmó que don Rodrigo asistiría a una cena el jueves.
Lo supo al preparar la ropa que llevaría. Había una invitación sobre el escritorio y el administrador pasó por la casa para hablar del encuentro.
El ama de llaves esperó hasta llevarle la comida a Carmen.
Cerró la puerta y dejó la bandeja.
—Mañana saldrá después de las ocho.
La joven levantó los ojos.
—¿Volverá tarde?
—Eso suele hacer cuando cena con ellos.
Carmen miró la llave, oculta entre las hojas del cuaderno.
—Luis consiguió transporte para el viernes.
Brígida permaneció quieta.
Luego se acercó al escritorio.
—¿Ya sabe dónde los recogerán?
Carmen repitió las indicaciones de Mateo.
El ama de llaves escuchó con atención.
—Desde la puerta del patio tendrán que bajar hacia la calle ancha. Si van por el callejón, podrían verlos desde alguna ventana.
Carmen tomó la pluma y comenzó a anotar.
Brígida puso una mano sobre el papel.
—Apréndelo. No lo lleves escrito.
La joven dejó la pluma.
Repitieron el recorrido hasta que pudo decirlo sin vacilar.
Después hablaron de la escalera.
El tercer peldaño crujía cerca de la pared. Había que pisarlo en el centro. La puerta que separaba la cocina del patio tenía una madera hinchada en la parte inferior; convenía levantarla un poco al abrir.
Carmen escuchó como si nunca hubiera vivido allí.
Conocía la casa por las habitaciones donde le habían permitido permanecer. Brígida la conocía por las tareas que hacía antes de que todos despertaran.
La noche del miércoles, Luis pagó los dos lugares.
Don Eusebio contó las monedas frente a él y las guardó en una bolsa atada a la cintura.
—¿Su mujer se marea?
Luis tardó apenas un instante.
—No lo sé.
El conductor lo miró.
—Pues que coma poco antes de subir. Y que lleve algo para cubrirse. Por la mañana hace frío.
Luis asintió.
Habría querido explicar que nunca habían viajado juntos, que aún no estaban casados y que aquella salida era mucho más que un cambio de ciudad.
No dijo nada.
Antes de marcharse, comprobó otra vez el lugar donde los recogería.
—Junto al mesón —repitió don Eusebio—. Ya se lo dije al muchacho.
Luis se disculpó con una pequeña inclinación de cabeza.
El hombre lo observó un momento.
—Salga con tiempo.
Aquellas palabras lo acompañaron durante el regreso.
Carmen preparó su equipaje sobre la cama.
Al principio eligió demasiadas cosas.
Dos vestidos, varias prendas interiores, una manta, el costurero, un libro, el cuaderno y un pequeño retrato de su madre.
El montón ocupaba casi todo el colchón.
Se quedó mirándolo.
Luego comenzó a retirar.
La manta era demasiado grande. Luis llevaría una.
El costurero pesaba más de lo que parecía. Separó agujas, hilo y unas tijeras pequeñas.
Uno de los vestidos necesitaba ayuda para abrocharse. Lo devolvió al armario.
El libro quedó sobre el escritorio.
Carmen pasó los dedos por el lomo antes de apartarse. Había pensado que le resultaría fácil dejar sus cosas, pero cada objeto le recordaba una tarde distinta.
No quería llevar toda la habitación.
Tampoco quería sentir que debía salir de ella sin conservar nada.
Se sentó frente al retrato.
Su madre llevaba el cabello recogido y miraba hacia un lado, fuera de la pequeña imagen. Carmen había contemplado aquel rostro durante años sin preguntarse qué habría pensado mientras la retrataban.
Ahora recordaba la historia de Brígida.
La ropa preparada.
El carro que nunca llegó a buscarse.
Guardó el retrato entre dos prendas.
Después tomó el pañuelo bordado.
La letra azul seguía intacta.
Lo puso junto al cuaderno.
Inés entró antes del almuerzo del jueves.
Traía hilo oscuro y una aguja.
Carmen había elegido un vestido sencillo para el viaje, de tela resistente y sin adornos que llamaran la atención. Lo extendió sobre la cama.
La criada levantó el borde de la falda.
—Podemos esconder unas monedas aquí.
Carmen se arrodilló a su lado.
—Luis lleva el dinero.
—Lleve usted también.
Inés no levantó la vista.
—Por si se separan.
Carmen sintió un pequeño estremecimiento.
No había querido imaginar aquella posibilidad.
Sacó las monedas que conservaba de sus compras y las puso sobre la colcha. Inés contó lo necesario para una comida y un alojamiento modesto.
Las envolvió en un retazo y comenzó a coserlo dentro del dobladillo.
Sus puntadas eran pequeñas.
Carmen la observó trabajar.
—Ven con nosotros.
La aguja se detuvo.
Inés levantó la cabeza.
—Mi madre está aquí.
La joven asintió, avergonzada de haber olvidado aquel vínculo.
—Podríamos ayudarla después.
—Lo sé.
Inés volvió a coser.
Carmen permaneció junto a ella.
Al cabo de un momento, la criada preguntó:
—¿Me escribirá?
—En cuanto pueda.
—Aunque le vaya mal.
Carmen la miró.
Inés terminó una puntada.
—No quiero pasar meses pensando que está bien solo porque no quiere preocuparnos.
La joven sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Te escribiré.
Inés cortó el hilo con los dientes y revisó el dobladillo.
—Entonces ya está.
Carmen tomó sus manos.
No supo qué decir que pudiera contener todo lo que le debía.
La abrazó.
Inés apoyó la frente sobre su hombro y permanecieron así hasta escuchar pasos en la escalera.
Don Rodrigo visitó a Carmen por la tarde.
Llevaba una carta abierta.
Ella acababa de guardar el pequeño envoltorio de ropa detrás de unas mantas en el armario. Cuando oyó la llave, cerró la puerta y se volvió hacia el tocador.
Su padre entró.
La miró un instante antes de hablar.
—El lunes vendrán a buscarte.
Carmen sintió que la llave escondida en su cuaderno adquiría peso.
—¿Quiénes?
Don Rodrigo levantó la carta.
—Han aceptado recibirte en el convento.
La joven observó el sello.
Había imaginado aquel momento durante días. Ahora que llegaba, descubrió que no tenía fuerzas para discutir.
Su padre interpretó el silencio como obediencia.
—Te hará bien estar lejos de ciertas compañías.
Carmen bajó los ojos.
Don Rodrigo se acercó al armario.
Ella contuvo la respiración.
Él tocó la madera, pero no abrió.
—Brígida preparará lo necesario el domingo.
—Puedo hacerlo yo.
Su padre volvió hacia ella.
—Ella sabe qué llevar.
Carmen miró el cuaderno sobre el escritorio.
Pensó en el pequeño retrato envuelto entre sus prendas y en las monedas cosidas dentro de la falda.
—Sí —respondió.
Don Rodrigo pareció tranquilizarse.
Dobló la carta.
—Con el tiempo me lo agradecerás.
La joven levantó los ojos hacia él.
Buscó en su rostro al padre que recordaba de niña, el que alguna vez la había levantado para que alcanzara una rama de flores en el patio.
Aquel recuerdo era verdadero.
También lo eran el golpe y la puerta cerrada.
Carmen no encontró una frase que pudiera reunirlos.
Su padre salió.
La llave giró otra vez.
Ella permaneció junto al armario hasta que dejaron de temblarle las manos.
Luis regresó temprano de su última jornada en la mina.
Había cobrado lo que le debían y dicho que necesitaba ausentarse por unos días. No quiso anunciar una despedida definitiva antes de estar fuera de Guanajuato.
Julián lo acompañó parte del camino.
—¿Tienes trabajo en otro lugar? —preguntó.
—Voy a buscarlo.
El hombre asintió.
Durante un rato caminaron sin hablar.
Al separarse, Julián le sujetó el hombro.
—Entonces busca algo donde puedas ver el cielo.
Luis sonrió.
La frase le hizo pensar en Carmen.
Regresó a la casa del callejón, se lavó y guardó la ropa necesaria en una bolsa pequeña.
Las dos tazas quedaron sobre la mesa.
Las miró durante un rato.
Podría envolverlas entre prendas y llevarlas, pero ocupaban espacio y podían romperse con los golpes del camino.
Mateo las encontró allí cuando llegó.
—¿Las dejas?
Luis asintió.
—Vendré por ellas cuando pueda.
Su hermano tomó la desportillada y pasó el pulgar por el borde.
—Yo las guardo.
Luis sintió un nudo en la garganta.
Habían compartido habitación durante años. Nunca había preparado un viaje que no incluyera a Mateo.
—Andrés puede ayudarnos a encontrar un taller —dijo—. Cuando sepamos algo, te escribiré.
El muchacho dejó la taza.
—Primero lleguen.
Luis asintió.
Mateo sacó del bolsillo una llave.
Era una copia de la entrada.
—Mañana revisaré que quede cerrada.
Su hermano lo miró.
La casa seguiría allí.
Las herramientas tendrían que esperar.
Mateo permanecía en Guanajuato con casi todos sus ahorros convertidos en paredes que todavía necesitaban reparación.
Luis lo abrazó.
El muchacho respondió enseguida, aunque después intentó disimular la emoción acomodando la bolsa del viaje.
—No olvides el libro.
Luis miró la mesa.
—Es prestado.
—El maestro dijo que podías llevarlo. Se lo devolverás cuando vengas.
Luis pasó una mano sobre la cubierta.
Lo guardó.
Don Rodrigo salió poco después de las ocho.
Carmen escuchó su voz en el vestíbulo y el ruido del bastón golpeando una vez contra el suelo. Brígida lo acompañó hasta la entrada.
La puerta principal se cerró.
La joven permaneció inmóvil.
No quiso dar la señal enseguida.
Esperó los pasos del ama de llaves en la escalera.
Brígida entró con la cena y cerró la puerta detrás de sí.
—Ha salido.
Carmen asintió.
El ama de llaves dejó la bandeja.
Se acercó al cuaderno, tomó la llave del patio y la envolvió otra vez en el pañuelo.
—Llévala en el bolsillo del vestido.
La joven obedeció.
Brígida miró el armario.
—¿Cuánto equipaje?
Carmen sacó el pequeño envoltorio.
El ama de llaves lo levantó y comprobó el peso.
—Está bien.
Lo devolvió a su lugar.
Luego examinó los zapatos.
—No los estrenes en el camino. Póntelos desde ahora.
Carmen se sentó y empezó a calzarse.
Brígida aguardó junto a la puerta.
—Volveré después de medianoche. Cuando tu padre esté acostado, dejaré esto abierto.
La joven alzó la cabeza.
—¿Y si regresa tarde?
—Esperaremos a que suba.
—¿Y si no se acuesta?
Brígida se quedó callada un momento.
—Entonces vendré a decirte qué ocurre. No salgas sin hablar conmigo.
Carmen asintió.
El ama de llaves abrió la puerta.
Antes de marcharse, miró la bandeja.
—Come. El camino será largo.
Al oscurecer, Carmen vio la vela de Luis.
Movió la cortina.
Él abrió las puertas con cuidado. Llevaba la chaqueta de los domingos sobre una camisa limpia.
Carmen salió.
La noche estaba despejada. En el callejón no había nadie.
—El lunes vendrían a buscarme —dijo en voz baja.
Luis la observó.
—¿Al convento?
Ella asintió.
Él miró hacia la puerta del dormitorio.
Luego volvió a Carmen.
—Mañana ya estaremos lejos.
La joven quiso aferrarse a la frase.
Luis extendió la mano.
Ella la tomó.
Había esperado aquel momento durante toda la tarde, pero al tenerlo delante sintió que el miedo dejaba de ser una idea y empezaba a ocuparle el cuerpo.
—¿Pagaste el viaje?
—Sí.
—¿Don Eusebio sabe dónde esperar?
—Junto al mesón.
—¿Y si llegamos tarde?
—Saldremos con tiempo.
Carmen bajó la mirada.
Luis reconoció la necesidad de preguntar otra vez lo que ya sabían. No la interrumpió.
Repitieron el recorrido.
La puerta del dormitorio.
La escalera.
La cocina.
El patio.
Luis la esperaría fuera y caminarían juntos hasta el carro.
Mateo estaría cerca del mesón para comprobar que el conductor hubiera llegado.
Carmen escuchó cada paso.
Después se quedó callada.
—Tengo miedo —admitió.
Luis le acarició los dedos.
—Yo también.
Ella levantó los ojos.
Había esperado que él intentara tranquilizarla negando cualquier dificultad.
La respuesta le permitió acercarse un poco más.
—¿De qué tienes miedo?
Luis tardó en contestar.
—De no encontrarte al abrir la puerta.
Carmen apretó su mano.
Él continuó:
—De llegar y no conseguir trabajo. De que el dinero no alcance.
La joven miró hacia el cuarto donde había preparado sus cosas.
—Yo tengo miedo de no reconocer nada.
Luis la escuchó.
—Aquí sé dónde está todo —dijo ella—. Aunque ya no quiera estar aquí.
Él asintió.
Carmen sintió que podía seguir hablando.
—Y tengo miedo de extrañar a mi padre.
La frase salió tan baja que apenas consiguió oírla ella misma.
Luis no retiró la mano.
La joven se llevó los dedos libres al borde de la baranda.
—Después de todo, sigo deseando que entre y me diga que puedo bajar. Que todo fue un error. Que quiere escucharme.
Luis permaneció a su lado del callejón.
—Puedes extrañarlo —dijo al fin.
Carmen respiró hondo.
—Eso no me obliga a quedarme.
Él negó despacio.
Ella volvió hacia él.
La decisión seguía siendo suya.
El miedo no la había cambiado.
Desde el interior de la casa llegó la voz de Inés.
Carmen giró la cabeza.
La criada estaba al otro lado de la puerta.
—Brígida dice que cierre pronto. Hay vecinos despiertos.
La joven respondió que sí.
Luis retiró apenas el brazo.
—Será mejor que descanses un rato.
Carmen miró el interior de su dormitorio.
No creía poder dormir.
—Me acostaré vestida.
—Yo tampoco me cambiaré.
Ambos sonrieron.
La coincidencia era pequeña, pero les devolvió algo de calma.
Luis acercó la mano de Carmen a sus labios.
La besó despacio.
Ella sintió la calidez del gesto y cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a abrirlos, él seguía mirándola.
—Cuando abras la puerta del patio, estaré esperándote.
Carmen asintió.
—No me llames si tardo. Espera a que pueda salir.
—Esperaré.
Se soltaron.
Ella retrocedió hasta el marco.
Luis permaneció junto a la baranda hasta verla entrar.
Carmen cerró las puertas del balcón, pero dejó una rendija entre las cortinas.
Sacó el equipaje del armario y lo puso debajo de la cama, donde pudiera alcanzarlo sin encender una vela.
Después retiró del tocador el peine que deseaba llevar.
Lo sostuvo un momento antes de guardarlo.
La habitación parecía preparada para una noche corriente.
La manta doblada.
La bandeja junto a la silla.
Los guantes en el cajón.
Solo los zapatos puestos y el pequeño peso de la llave contra su pierna le recordaban lo que estaba a punto de hacer.
Se sentó en la cama.
En el piso inferior, Brígida movía una silla. Inés abrió una puerta y la cerró suavemente. Desde el callejón llegó una risa lejana.
Carmen pensó en el desayuno del día siguiente.
Tal vez sobre sus rodillas, en el carro.
Tal vez pan frío.
Tal vez el café tendría que esperar.
Miró hacia la ventana.
La luz de Luis seguía encendida.
Se recostó sin quitarse el vestido.
Tenía que esperar a que su padre regresara, a que subiera la escalera y se acostara. Después vendría Brígida.
Carmen apoyó una mano sobre el bolsillo.
La llave estaba allí.
Escuchó el reloj dar la hora y trató de descansar.
Al otro lado del callejón, Luis comprobó por última vez que la bolsa estuviera cerrada.
Luego se sentó junto a la ventana.
Todavía faltaban unas horas.

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