Capítulo 11 de 13
El regreso
Don Rodrigo volvió antes de medianoche.
La cena había terminado sin llegar al postre.
Durante la primera hora, los invitados hablaron de mercancías, caminos y de un cargamento que nadie quería dar por perdido. Don Rodrigo participó lo suficiente para aparentar tranquilidad. Había dejado varias cuentas pendientes sobre su escritorio, pero esperaba obtener de aquella reunión un acuerdo que le permitiera resolverlas.
Don Esteban Valcárcel se sentaba frente a él.
No había mencionado a Carmen.
Esa reserva inquietó a don Rodrigo más que cualquier pregunta.
Cuando uno de los presentes se retiró a buscar una carta, don Esteban dejó la copa junto al plato.
—Necesito hablar con usted.
Don Rodrigo miró a los otros hombres.
—Mañana podemos…
—Prefiero esta noche.
La conversación alrededor de la mesa disminuyó.
Don Rodrigo alisó el mantel con dos dedos.
—Lo escucho.
Don Esteban sostuvo su mirada.
—Retiro mi propuesta matrimonial.
Durante unos segundos nadie movió los cubiertos.
Don Rodrigo notó una pequeña mancha de vino cerca de su plato. Se concentró en ella antes de volver a levantar los ojos.
—Mi hija está pasando por una etapa difícil.
—No me corresponde intervenir.
—Lo que haya escuchado…
Don Esteban lo interrumpió con un gesto.
—He escuchado suficiente para saber que ella no desea casarse conmigo.
Don Rodrigo apretó la servilleta bajo la mesa.
—Es joven.
—Tiene edad para responder.
Aquella frase, pronunciada delante de otros hombres, lo hizo enderezarse.
Don Esteban continuó:
—Tampoco deseo que se mezcle este asunto con el préstamo.
Uno de los invitados bajó la vista hacia su plato.
Don Rodrigo advirtió el movimiento.
—Nunca he mezclado ambas cosas.
—Entonces no tendremos dificultades para revisar los plazos.
Don Esteban sacó un papel doblado del bolsillo.
Don Rodrigo no lo tomó.
Se levantó.
La silla rozó el suelo con un ruido demasiado fuerte.
—Disculpen.
Nadie intentó detenerlo.
El camino hasta su casa le pareció distinto.
Conocía cada esquina, cada desnivel de las piedras y las ventanas donde aún solía haber luz a esa hora. Sin embargo, avanzaba como si las calles se hubieran estrechado.
Recordó el silencio de los invitados.
Uno había dejado de comer.
Otro fingió beber cuando don Esteban mencionó el préstamo.
Todos habían escuchado.
Pensó en Carmen rechazando el broche, en su voz dentro del despacho y en la pregunta sobre sus negocios.
No sabía quién había hablado con don Esteban. Podía haber sido su hermana, alguno de los comerciantes o cualquier persona que hubiera visto a la joven en la plaza.
También podía haber sido el minero.
La idea se le instaló sin prueba alguna.
Aceleró el paso.
Al llegar encontró luz en una ventana del piso superior.
Se detuvo un instante en la calle.
La habitación de Carmen daba hacia el otro lado, pero aquella claridad le recordó que la casa seguía despierta.
Sacó la llave de la entrada.
Inés estaba en el vestíbulo.
Había bajado con un cesto pequeño para justificar su permanencia allí. Dentro había una camisa que ya estaba remendada y un carrete sin hilo.
Escuchó la llave antes de que la puerta se abriera.
Se puso de pie.
Don Rodrigo entró.
La muchacha sintió que la sorpresa se le veía en el rostro y bajó los ojos demasiado tarde.
—¿Por qué sigues despierta?
—Estaba terminando una labor, señor.
Él miró el cesto.
Luego hacia la escalera.
—¿Dónde está Brígida?
—En la cocina.
Don Rodrigo dejó el sombrero sobre una silla.
Inés quiso recogerlo para darle a sus manos algo que hacer, pero él pasó junto a ella.
Entró en el despacho.
La criada permaneció en el vestíbulo, escuchando.
Oyó abrir un cajón.
Después el golpe de algo sobre la mesa.
Tenía que avisar arriba.
Dio un paso hacia la escalera.
Don Rodrigo apareció de nuevo en la puerta.
Inés se detuvo.
—¿Carmen está acostada?
—Sí, señor.
La respuesta salió antes de que pudiera pensar en ella.
Él la observó.
—¿La has visto?
La muchacha apretó el cesto.
—Hace un rato.
Don Rodrigo miró los zapatos de Inés, luego sus manos.
Ella intentó mantener la respiración tranquila.
Desde arriba llegó un ruido leve.
Una puerta.
O una silla moviéndose.
Don Rodrigo levantó la cabeza.
Carmen había intentado dormir.
Permaneció acostada con los ojos cerrados, contando los sonidos que llegaban desde abajo. A veces creía escuchar a su padre, pero era Brígida hablando con Inés o alguna voz en la calle.
El vestido le molestaba bajo la manta.
La llave del patio seguía en el bolsillo.
Al cabo de un rato se incorporó.
No sabía qué hora era. Había perdido la cuenta de las campanadas y temía haber dormitado sin advertirlo.
Se acercó al escritorio para beber agua.
Desde allí vio que Luis estaba de pie junto a la ventana.
Él la miró.
Carmen movió ligeramente la cortina.
Luis negó con la cabeza y señaló hacia abajo, recordándole que debía descansar.
Ella sonrió apenas.
Luego abrió una hoja del balcón.
—No puedo dormir —susurró.
Luis se acercó.
—Yo tampoco.
Carmen salió hasta la baranda.
El aire de la noche le refrescó la cara.
—¿Has oído regresar a mi padre?
—No.
Ella miró hacia el interior de su habitación.
—Brígida vendrá cuando se acueste.
Luis asintió.
Podían esperar unas horas más.
La bolsa de viaje estaba junto a su cama. La de Carmen permanecía debajo de la suya.
Todo estaba preparado.
Se tomaron de la mano.
Brígida oyó la puerta principal desde la cocina.
Dejó el paño sobre la mesa.
No esperaba a don Rodrigo hasta mucho después.
Atravesó el patio, pasó por el corredor inferior y encontró a Inés junto a la escalera.
La muchacha tenía el rostro blanco.
El ama de llaves vio a don Rodrigo escuchando hacia arriba.
—Ha vuelto temprano —dijo.
Él no respondió.
Brígida se acercó.
—¿Quiere que le caliente algo?
Don Rodrigo levantó una mano.
La hizo callar.
Los tres permanecieron inmóviles.
Desde el piso superior llegó una voz masculina.
Era apenas un murmullo, amortiguado por el pasillo y las puertas.
Inés apretó el cesto contra su pecho.
Brígida miró hacia la escalera.
Don Rodrigo empezó a subir.
El ama de llaves se colocó detrás de él.
—Señor, espere.
Él continuó.
—Déjeme hablarle.
Don Rodrigo se volvió en el descanso.
—Quédate abajo.
Brígida no retrocedió.
Durante unos segundos, el hombre la miró como si no la reconociera.
—¿Tú también?
El ama de llaves sintió el peso de aquellas dos palabras.
Antes de que pudiera responder, él siguió subiendo.
En el balcón, Carmen apoyó el pulgar sobre los nudillos de Luis.
Tenía las manos frías.
—Cuando lleguemos —dijo—, quiero caminar un rato.
Él sonrió.
—Después de tantas horas en el carro, yo también.
—Sin buscar una tienda para explicar por qué salí.
Luis la miró con atención.
Carmen volvió el rostro hacia el callejón.
—Podríamos ir a comprar hilo porque realmente lo necesito.
—Y yo podría acompañarte.
Ella asintió.
La conversación les permitió olvidar durante un momento la escalera, la llave y el reloj.
Luis acercó su mano a los labios.
Carmen sintió el beso sobre los dedos.
Entonces oyó a Brígida en el pasillo.
No distinguió las palabras.
Solo la urgencia.
Se volvió hacia la puerta.
Don Rodrigo llevaba la llave del dormitorio.
La había tomado de la mesa de la cocina antes de salir, como hacía cada noche que dejaba a Carmen encerrada.
Brígida pensaba pedirla cuando él regresara. Le llevaría una bebida, esperaría a que se acostara y volvería después al cuarto.
No había contado con encontrarlo despierto en el corredor.
Se acercó cuando él introdujo la llave.
—No entre así.
Don Rodrigo se detuvo un instante.
—¿Qué hay dentro?
Brígida sostuvo su mirada.
—Su hija.
Él volvió a la cerradura.
El ama de llaves vio entonces lo que llevaba en la otra mano.
Un cuchillo de mango oscuro.
Lo reconoció por la pequeña marca cerca de la hoja. Había estado durante años sobre el escritorio, entre cordeles cortados y paquetes abiertos.
Brígida dio un paso hacia él.
—Deje eso.
Don Rodrigo apartó el brazo.
La llave giró.
Carmen retiró apenas la mano.
Luis no llegó a soltarla.
Ambos escucharon la puerta abrirse.
Don Rodrigo apareció en el umbral.
Por un instante no avanzó.
Miró el dormitorio iluminado, los zapatos puestos de Carmen y la hoja abierta del balcón.
Luego vio a Luis.
La mano de su hija seguía unida a la del hombre de enfrente.
Carmen sintió que el corazón se le detenía.
—Padre…
Don Rodrigo cruzó el cuarto.
Luis se inclinó hacia ella.
—Señor, escúcheme.
El hombre no lo miró.
Carmen retrocedió un paso y su brazo quedó extendido entre las dos barandas.
Luis sintió el movimiento y aflojó la mano para no lastimarla.
Ella no lo soltó.
Desde la puerta, Brígida dijo el nombre de don Rodrigo.
Él continuó avanzando.
Carmen pensó primero en el viaje.
No en Querétaro ni en el trabajo.
En la bolsa debajo de la cama.
Si su padre la encontraba, comprendería todo.
Miró involuntariamente hacia el colchón.
Don Rodrigo siguió sus ojos.
Vio una punta de tela asomando bajo la colcha.
Se detuvo.
La joven comprendió que acababa de delatarse.
—¿Qué preparaste? —preguntó él.
Carmen no respondió.
El hombre volvió hacia el balcón.
—¿Ibas a irte?
Luis abrió la boca, pero Carmen habló antes.
—Sí.
Brígida quedó inmóvil en la puerta.
Don Rodrigo la miró.
—¿Con él?
La joven sentía que le temblaban las piernas.
Asintió.
Su padre dio otro paso.
Luis apretó la mano de Carmen.
—Ella quiere salir. Podemos hablarlo…
Don Rodrigo lo miró por primera vez.
Luis vio la expresión de su rostro y dejó de pensar que podía convencerlo con unas frases.
Se volvió hacia Carmen.
—Entra al cuarto.
Ella estaba entre su padre y la baranda.
No tenía un camino libre.
Inés llegó detrás de Brígida.
El cesto había quedado abandonado en el descanso de la escalera. La muchacha vio a Carmen retrocediendo y a Luis inclinado desde el otro balcón.
Después miró la mano de don Rodrigo.
—Señor…
Brígida se acercó por un costado.
—Déjeme pasar.
Él levantó el brazo para apartarla.
Carmen vio el cuchillo.
Hasta entonces lo había llevado cerca del cuerpo, parcialmente oculto por la chaqueta. Ahora la hoja recogió la luz de la vela.
La joven dejó de oír lo que Luis decía.
Reconoció el mango.
Recordó haberlo visto abrir un paquete de libros cuando era niña.
Su padre estaba demasiado cerca.
—Bájelo —dijo Carmen.
Don Rodrigo la miró.
Ella sostuvo los ojos en él.
—Por favor.
Brígida extendió la mano.
Luis comenzó a subir un pie al travesaño de su baranda.
Carmen advirtió el movimiento.
Volvió hacia él.
—No.
Él no se detuvo.
La joven apretó sus dedos con todas sus fuerzas.
Durante una fracción de segundo, Luis creyó que ella estaba intentando mantenerlo en su balcón.
Después vio moverse a don Rodrigo.
Y gritó su nombre.
