Capítulo 12 de 13

La mano

Luis gritó su nombre antes de comprender lo que había visto.

Don Rodrigo se había movido hacia Carmen. La joven volvió el rostro al sentirlo cerca y levantó la mano libre, como si aún pudiera detenerlo.

El golpe la dejó inmóvil.

Miró a su padre.

Por un instante tuvo la expresión desconcertada de alguien que espera una explicación.

Después bajó los ojos hacia el pecho.

Brígida alcanzó el brazo de don Rodrigo demasiado tarde.

Lo sujetó con ambas manos y tiró de él, obligándolo a retroceder. El hombre soltó el cuchillo.

La hoja cayó sobre las baldosas.

Carmen dio un pequeño paso hacia atrás.

La baranda la sostuvo.

Luis seguía sujetándole la mano.

Todo lo que habían preparado desapareció de su pensamiento.

El carro.

La bolsa.

El camino hasta el mesón.

Luis puso un pie sobre el travesaño y trató de levantarse para cruzar.

La baranda cedió en uno de sus anclajes.

El ruido del hierro contra la pared lo hizo perder el equilibrio. Su cuerpo se inclinó hacia el callejón y tuvo que aferrarse con el brazo libre para no caer.

Carmen sintió el tirón.

Él bajó el pie de inmediato.

—Perdón —dijo, sin saber si ella podía escucharlo—. Carmen, perdón.

Brígida llegó hasta la joven y la sostuvo por la cintura.

—Inés, busca ayuda.

La criada permanecía junto a la puerta.

Tenía los ojos fijos en la mancha que crecía sobre el vestido.

—¡Ahora!

La voz del ama de llaves la hizo moverse.

Inés corrió hacia la escalera.

Luis miró la distancia entre los balcones.

Durante noches había sido tan pequeña que parecía hecha para ellos. Ahora no encontraba cómo atravesarla.

—Voy a bajar —dijo.

Carmen apretó sus dedos.

Apenas.

Pero él lo sintió.

Brígida intentó sentarla.

La acomodó junto a la baranda, sosteniéndole la espalda y manteniendo el brazo de Carmen a una altura que permitiera a Luis conservar su mano.

Después tomó el chal que estaba sobre la silla y lo dobló.

Lo presionó contra la herida.

Carmen cerró los ojos.

—Mírame, niña.

La joven los abrió lentamente.

Brígida se inclinó hacia ella.

—Ya están buscando al médico.

Carmen movió los labios.

El ama de llaves acercó el oído, pero no consiguió entender.

Luis se dobló sobre su balcón.

—Estoy aquí.

La joven volvió hacia él.

Tenía el rostro muy pálido.

Él había visto heridas en la mina. Había ayudado a cargar hombres, había sostenido vendajes y había esperado junto a puertas donde tardaban en dar noticias.

Intentó recordar algo que pudiera servir.

No encontró nada.

Solo sabía sostener aquella mano.

La tomó entre las dos suyas.

—Carmen, mírame.

Ella lo hizo.

Don Rodrigo permanecía junto a la pared.

Su brazo había caído a un costado. Miraba a su hija sin acercarse, como si la distancia de unos pasos le impidiera reconocer lo que acababa de ocurrir.

Brígida alzó la cabeza.

—Traiga paños.

Él no respondió.

El ama de llaves lo miró de nuevo.

—Del armario.

Don Rodrigo volvió los ojos hacia la madera.

Se movió despacio.

Abrió una puerta, después otra. Sacó una sábana y la dejó caer antes de sujetarla bien.

Brígida extendió una mano sin retirar la otra de la herida.

—Aquí.

Él se acercó.

Cuando vio el rostro de Carmen desde arriba, se detuvo.

—Hija…

La joven no volvió hacia él.

Brígida le arrebató la sábana y comenzó a doblarla.

—Apártese.

Don Rodrigo la miró.

Durante años, una palabra suya había bastado para mover a todos dentro de aquella casa.

Esta vez nadie aguardó su permiso.

Brígida cambió el paño y siguió sosteniendo a Carmen.

Él retrocedió.

Inés abrió la puerta principal de golpe.

La calle estaba casi vacía.

Gritó pidiendo un médico.

Una mujer se asomó desde una ventana y un hombre salió de la casa contigua, todavía abrochándose la camisa.

—¿Qué ha pasado?

Inés intentó responder, pero las palabras se le atropellaron.

—La señorita… Su padre…

El vecino la sujetó por los hombros.

—¿Está herida?

Ella asintió.

El hombre llamó a alguien dentro de su casa y echó a correr.

La mujer de la ventana bajó con una lámpara.

Inés quiso acompañar al vecino, pero pensó en Carmen arriba y regresó a la escalera.

Subió saltando el peldaño que crujía.

En el descanso encontró el cesto abandonado.

La camisa remendada seguía dentro.

Pasó junto a él sin tocarlo.

Carmen escuchaba las voces como si vinieran de habitaciones cada vez más lejanas.

Reconoció a Brígida.

Luego a Inés.

Después la voz de Luis, próxima a su oído aunque él permaneciera al otro lado del callejón.

Quiso decirle que no cruzara.

Vio la baranda torcida y recordó el ruido.

Intentó levantar la mano libre, pero apenas consiguió mover los dedos.

Brígida le acomodó el chal sobre los hombros.

Carmen sintió frío.

Le sorprendió tener frío cuando la noche había sido tan suave.

Buscó el rostro de Luis.

Él estaba llorando.

Nunca lo había visto llorar.

Aquello le dio más miedo que las voces o el dolor.

—No… —murmuró.

Luis acercó la cara.

—¿Qué?

Ella intentó repetirlo.

Le faltó el aire.

Él negó enseguida, como si pudiera corregir lo que estaba ocurriendo.

—No hables. Quédate conmigo.

Carmen miró sus manos.

La de él rodeaba sus dedos con el mismo cuidado que había visto junto a la fuente.

Recordó el pañuelo.

Una manzana sobre las piedras.

El niño contando palomas.

Todo apareció con una claridad que la agotó.

Brígida pidió más luz.

Inés llevó la vela del escritorio y la puso sobre una cómoda cercana. Después tomó otra del pasillo.

La habitación dejó de tener rincones oscuros.

Carmen pudo ver el borde de la cama.

Debajo estaba su equipaje.

Una punta del envoltorio seguía asomando.

Volvió los ojos hacia Luis.

Quiso decirle que el cuaderno estaba allí, junto al retrato de su madre.

La llave seguía en su bolsillo.

Todo estaba listo.

Luis vio que miraba hacia el interior y pensó que necesitaba algo.

—¿Qué quieres?

Carmen movió los labios.

Brígida se inclinó.

La joven consiguió tomar una respiración pequeña.

—No… me sueltes.

Luis sintió que la frase lo atravesaba.

Acercó la mano de ella a su rostro.

—No voy a soltarte.

Carmen cerró los ojos un momento.

Su presión sobre los dedos de Luis se aflojó.

Él la llamó.

Ella volvió a mirarlo.

El médico no llegaba.

Brígida escuchaba cada ruido de la escalera mientras mantenía la presión sobre la herida. A veces creía reconocer pasos y levantaba la cabeza.

Solo encontraba a Inés mirando desde la puerta.

La muchacha había enviado a otra persona a buscar ayuda. Ahora esperaba órdenes para no quedarse inmóvil.

—Agua —dijo Brígida.

Inés corrió hasta el tocador.

Volvió con la jarra y un paño limpio.

El ama de llaves le pidió que humedeciera apenas la frente de Carmen.

Inés lo hizo con una delicadeza que le temblaba en las manos.

—Ya viene, señorita —susurró.

No sabía si era verdad.

Necesitaba que lo fuera.

Carmen la miró.

Durante un instante, Inés creyó que intentaba sonreírle.

Luego los ojos de la joven volvieron hacia el balcón.

Luis comenzó a hablar.

No sabía si sus palabras podían ayudar, pero el silencio le parecía insoportable.

Le contó que Mateo había prometido guardar las tazas.

Que llevarían el libro.

Que Andrés los esperaría.

Se oyó prometiendo cosas que unas horas antes había sido cuidadoso de no asegurar.

—Encontraremos un cuarto con patio.

Carmen lo miraba.

—Puedes poner tus plantas —añadió—. Las dos, si quieres.

Su voz se quebró.

Las macetas seguían junto a ella. Una tenía una hoja doblada por el movimiento de Brígida.

Luis fijó los ojos en aquella hoja.

Necesitaba mirar algo que pudiera reparar.

Algo que no siguiera cambiando mientras lo observaba.

—Y podrás salir —dijo.

Carmen tomó aire con dificultad.

Él volvió a su rostro.

—Cuando quieras.

Brígida bajó la cabeza.

Inés empezó a llorar en silencio.

Don Rodrigo dio un paso.

—Carmen.

Luis levantó los ojos hacia él.

Por primera vez lo vio sin que la distancia, la oscuridad o el miedo le permitieran apartarse.

El hombre tenía la chaqueta abierta y una mano manchada. Cerca de sus zapatos estaba el cuchillo.

Luis lo miró.

No dijo nada.

Volvió hacia Carmen.

Don Rodrigo extendió el brazo.

Brígida se interpuso sin levantarse.

—Ahora no.

Él dejó caer la mano.

La joven no volvió la cabeza.

Su mirada permanecía sobre Luis.

Los dedos de Carmen empezaron a enfriarse.

Al principio Luis pensó que era el aire.

Los cubrió por completo con ambas manos y se inclinó para darles calor con su respiración.

Ella ya no apretaba.

—Carmen.

La joven movió apenas los ojos.

Él acercó su mano a los labios.

Besó los dedos.

Después los nudillos.

Se demoró en cada contacto, procurando devolverle aquella tibieza que conocía desde la tarde de lluvia.

Carmen lo miró mientras él levantaba de nuevo el rostro.

Quiso decir su nombre.

Solo salió un sonido breve.

Luis lo entendió.

—Sí. Estoy aquí.

Ella sostuvo sus ojos unos segundos más.

Brígida sintió un cambio en el cuerpo que mantenía apoyado contra el suyo.

Se inclinó.

—Carmen.

No obtuvo respuesta.

Luis volvió a besar la mano.

Ahora estaba fría.

El ama de llaves dejó de pedir paños.

Inés dejó de correr.

Fue aquel silencio lo que él comprendió.

Luis siguió sosteniéndola.

No sabía cuánto tiempo pasó.

Desde abajo llegaron otras voces. Alguien subió la escalera y entró con una bolsa. El médico se arrodilló junto a Brígida, hizo preguntas y apartó con cuidado una parte del paño.

Luis miraba el rostro de Carmen.

El médico la examinó.

Después levantó los ojos hacia el ama de llaves.

Brígida negó lentamente, como si todavía quisiera impedirle que dijera lo que ambos sabían.

El hombre bajó la cabeza.

Nadie pronunció la palabra al principio.

No hizo falta.

—Tengo que acostarla —dijo Brígida.

Luis no respondió.

El ama de llaves lo miró desde el otro balcón.

Tenía el rostro mojado.

—Luis.

Él alzó los ojos.

—Ven por la puerta.

La frase lo devolvió por un instante al plan de la noche.

La puerta.

El patio.

El lugar donde había prometido esperarla.

Miró la mano que sostenía.

No conseguía abrir los dedos.

Brígida se acercó todo lo que pudo.

—Yo la cuidaré.

Luis la miró.

Había escuchado su voz organizar la salida. Había visto la llave en la mano de Carmen.

Ahora necesitaba confiarle lo único que todavía tenía entre las suyas.

Aflojó despacio.

El ama de llaves recibió el brazo de la joven y lo acomodó sobre su cuerpo.

Luis retrocedió.

La baranda torcida produjo un ruido leve al dejar de soportar su peso.

Bajó la escalera sin tomar la bolsa.

La vela continuaba encendida en su habitación.

Las dos tazas estaban sobre la mesa.

Luis pasó junto a ellas y salió al callejón.

Había personas mirando hacia arriba.

Una mujer se apartó para dejarlo pasar. Otra intentó preguntarle algo, pero él siguió andando.

Al llegar a la entrada principal encontró la puerta abierta.

Inés lo esperaba al pie de la escalera.

La muchacha no pudo hablar.

Se limitó a señalar hacia arriba.

Luis subió.

Por primera vez entró en la casa de Carmen.

Vio el patio del que ella le había contado historias, el corredor que había aprendido a reconocer por sus ruidos y el peldaño que debían pisar en el centro.

No tuvo cuidado.

La madera crujió bajo su pie.

En el dormitorio, Brígida y el médico habían llevado a Carmen hasta la cama.

Uno de sus zapatos se había soltado.

El otro seguía puesto.

Luis se detuvo junto al umbral.

El equipaje permanecía debajo del colchón.

Carmen estaba frente a él, al alcance de sus brazos.

Ya no había un callejón entre los dos.

Se acercó y tomó otra vez su mano.

Afuera, Guanajuato seguía esperando el amanecer.

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