Capítulo 13 de 13

Lo que guarda la piedra

El amanecer encontró a Luis sentado junto a la cama.

Seguía sosteniendo la mano de Carmen.

Alguien había colocado una silla detrás de él y le había pedido que se sentara. No recordaba quién. Tampoco sabía en qué momento habían llevado otra lámpara al cuarto ni cuándo Brígida había cubierto el vestido de la joven con una sábana limpia.

La luz empezó a entrar entre las cortinas.

Luis miró hacia el balcón.

Desde allí podía ver su propia habitación: la vela consumida, la mesa y las dos tazas. Una bolsa de viaje descansaba junto a la cama.

Todo estaba preparado para una mañana que ya no existiría.

Bajó los ojos hacia Carmen.

Quiso acomodarle un mechón de cabello y se detuvo antes de tocarlo. La noche anterior había tenido miedo de molestarla, de acercarse demasiado, de hacer algo que ella no deseara.

Ahora no sabía cómo cuidarla.

Brígida se acercó con un paño húmedo.

—Déjame limpiarte las manos.

Luis la miró sin comprender.

El ama de llaves se arrodilló junto a él y pasó el paño sobre sus dedos. Lo hizo despacio, sin obligarlo a soltar a Carmen.

Al llegar a los nudillos, Luis comenzó a llorar otra vez.

Brígida dejó de moverse.

Permanecieron junto a la cama hasta que se escucharon voces en el pasillo.

Don Rodrigo fue detenido antes de que la ciudad terminara de despertar.

Habían llegado hombres que hicieron preguntas, examinaron el cuarto y recogieron el cuchillo. Uno de ellos pidió a Brígida que contara lo ocurrido.

El ama de llaves habló de pie, junto a la puerta.

No omitió el encierro.

Ni la amenaza del convento.

Ni el arma que había visto en la mano de don Rodrigo antes de entrar.

Inés confirmó lo que sabía. Se equivocó en una hora, corrigió una frase y tuvo que detenerse para respirar.

Nadie le pidió que dejara de llorar.

Cuando preguntaron a Luis, él levantó la cabeza.

—Estaba enfrente.

El hombre siguió su mirada hacia el balcón.

Luis contó lo demás con dificultad. A veces regresaba a un momento que ya había explicado; otras se quedaba mirando la mano de Carmen sin conseguir continuar.

Al terminar, uno de los hombres salió al corredor.

Don Rodrigo esperaba allí.

Había pasado las últimas horas sentado contra la pared, con la chaqueta abierta y los ojos fijos en la puerta del dormitorio.

Al verlo ponerse de pie, Luis sintió que el cuerpo se le tensaba.

Don Rodrigo miró hacia dentro.

Por un instante sus ojos se encontraron.

Luis no apartó los suyos.

El hombre abrió la boca, pero no dijo nada.

Lo condujeron hacia la escalera.

Esta vez Brígida no bajó a acompañarlo.

Mateo llevaba mucho rato esperando junto al mesón.

Había llegado cuando don Eusebio todavía aseguraba una cuerda alrededor de la carga. Lo ayudó a ajustar un nudo y después se quedó mirando el camino por donde debían aparecer Luis y Carmen.

El conductor revisó las ruedas.

Dio agua a los animales.

Subió y bajó del carro dos veces.

Al fin miró hacia el muchacho.

—¿Tu hermano viene?

Mateo asintió.

No estaba seguro.

El cielo había empezado a aclararse.

—Voy a buscarlo.

Don Eusebio le indicó que fuera deprisa.

Mateo corrió.

Al acercarse a la casa de Carmen vio gente en la entrada. Una mujer estaba sentada en el escalón de una vivienda vecina. Dos hombres hablaban en voz baja.

Se detuvo.

Uno de ellos lo reconoció.

—¿Eres el hermano?

Mateo no respondió.

El hombre miró hacia arriba.

Aquella mirada bastó para hacerlo entrar.

Encontró a Inés en el vestíbulo.

La muchacha intentó hablar, pero él ya subía la escalera.

Al llegar al dormitorio vio a Luis junto a la cama.

Su hermano levantó la cabeza.

Mateo nunca olvidaría aquella expresión.

Se acercó sin preguntar nada y lo abrazó.

Luis tuvo que soltar la mano de Carmen para sujetarse a él.

La noticia recorrió Guanajuato durante la mañana.

Llegó al puesto de fruta, al taller y a la mina. Pasó de una voz a otra, cambiando algunos detalles y conservando otros.

Un padre.

Una hija.

Un joven en el balcón opuesto.

Hubo quien habló de desobediencia antes de saber lo ocurrido. Hubo quien prefirió callar al enterarse del apellido de don Rodrigo.

La madre de Tomás escuchó la historia mientras acomodaba sus cestas.

Dejó una manzana sobre el mostrador.

Recordó a Carmen preguntando por la rodilla del niño, el pañuelo limpio y a Luis esperando cerca de la fuente.

Cuando alguien dijo que aquellas cosas sucedían por no guardar las distancias, la mujer lo miró.

—Yo los vi hablar —respondió—. Nunca vi que hicieran daño a nadie.

Tomás estaba junto a ella.

No entendía por qué su madre había dejado de trabajar.

Esa tarde no salieron a vender.

Doña Mercedes llegó antes del mediodía.

Entró buscando a su hermano.

Brígida la recibió en el salón.

—Se lo llevaron.

La mujer permaneció de pie.

Miró el retrato sobre la pared, el reloj y la puerta del despacho. Todo seguía allí, pero nadie parecía dispuesto a obedecer la costumbre de aquella casa.

—¿Y Carmen?

Brígida sostuvo su mirada.

Doña Mercedes se cubrió la boca.

Subió despacio.

Al verla sobre la cama, se sentó en la silla que Luis había dejado vacía. Intentó acomodar la sábana, pero sus manos empezaron a temblar.

Luis permanecía junto al balcón.

No podía soportar el aire inmóvil del cuarto y había abierto ambas hojas.

Doña Mercedes lo miró.

Reconoció en él al hombre del que habían hablado sin conocerlo.

Quiso decir algo.

No encontró qué.

Brígida entró con una lámpara apagada y la dejó sobre el tocador.

Doña Mercedes volvió hacia ella.

—Yo no sabía que…

Se detuvo.

El ama de llaves esperó.

La mujer bajó los ojos.

No sabía cómo terminar la frase sin mentir.

Los días siguientes dejaron en Luis recuerdos incompletos.

Una habitación llena de velas.

El sonido de un vestido rozando el suelo.

Las manos de Mateo alcanzándole agua.

El momento en que tuvo que apartarse para que llevaran a Carmen.

En el entierro permaneció cerca de Brígida e Inés.

Julián llegó con otros hombres de la mina. El maestro del taller se colocó junto a Mateo. La madre de Tomás sostuvo al niño de la mano.

Luis los vio uno por uno.

Carmen había conocido a pocos de ellos.

Sin embargo, todos estaban allí.

Cuando llegó el momento de marcharse, Luis no pudo moverse.

Mateo esperó a su lado.

No le habló de resignación ni de tiempo.

Se quedó hasta que su hermano fue capaz de dar el primer paso.

Volvió a la casa del callejón aquella tarde.

La puerta se abrió con la llave grande.

Adentro olía a la ropa limpia que había preparado para el viaje.

Subió.

La baranda seguía torcida.

Mateo había apuntalado el anclaje desprendido para que nadie se acercara por accidente. Luis observó la reparación y recordó que su hermano había trabajado allí días antes, creyendo que estaba preparando una casa donde Carmen podría entrar.

Se sentó frente a las tazas.

No encendió una vela.

Al caer la noche levantó la cabeza hacia el cuarto opuesto.

Las cortinas estaban cerradas.

Esperó.

La costumbre de hacerlo era más fuerte que lo que sabía.

Solo cuando amaneció comprendió que había pasado toda la noche sentado.

Brígida le llevó el equipaje de Carmen una semana después.

Mateo abrió la puerta.

El ama de llaves sostenía el pequeño envoltorio con ambas manos.

—Quisiera hablar con él.

Luis bajó al escuchar su voz.

Brígida lo miró de los zapatos al rostro, como había hecho tantas veces con Carmen cuando intentaba saber si se encontraba bien.

Él se apartó para dejarla entrar.

Subieron despacio.

El ama de llaves colocó el equipaje sobre la mesa.

—Lo preparó para venir contigo.

Luis tocó la tela.

No abrió el nudo.

Brígida sacó también el pañuelo.

Dentro seguía la llave del patio.

—La tenía en el bolsillo.

Luis miró el metal.

Después la letra azul.

Recordó que aquella misma tela los había hecho encontrarse por segunda vez.

Brígida dejó la llave junto al paquete.

—No tienes que devolver nada.

Luis asintió.

La mujer miró el balcón.

Desde allí se veía la silla de Carmen al otro lado.

—Voy a irme de la casa —dijo.

Él levantó la cabeza.

—¿Adónde?

—Una sobrina tiene un cuarto.

Luis miró las manos que Brígida mantenía juntas sobre el regazo.

—¿E Inés?

—Irá con su madre.

Permanecieron en silencio.

Al despedirse, el ama de llaves le sujetó una mano.

—Yo debí…

Luis negó.

No podía escuchar otra vez todos los momentos en que alguien hubiera podido cambiar aquella noche. Los había recorrido tantas veces que ya no conseguía dormir sin volver a ellos.

Brígida comprendió.

Le apretó la mano y se marchó.

Luis abrió el equipaje al día siguiente.

Encontró el vestido doblado, las prendas interiores y un pequeño paquete de agujas e hilo.

El peine estaba envuelto para que no rompiera la tela.

Debajo apareció el retrato de la madre de Carmen.

Luis lo apoyó sobre la mesa.

Después sacó el cuaderno.

Lo sostuvo un largo rato antes de abrirlo.

Las primeras páginas contenían poemas copiados. Reconoció algunos títulos que ella había mencionado junto a la fuente.

Más adelante encontró versos propios, tachaduras y frases incompletas.

Luego apareció una fecha.

Hoy me llamó por mi nombre.

Luis dejó de leer.

Apoyó el cuaderno contra el pecho.

Mateo estaba en el umbral. Lo vio, bajó los ojos y se retiró sin hacer ruido.

Luis tardó varios días en llegar a las últimas páginas.

No leyó todo de una vez.

A veces encontraba una frase que lo obligaba a cerrar el cuaderno. Otras conseguía avanzar hasta sentir que Carmen había pasado un rato hablándole.

Estaban las cuentas.

El costo del cuarto.

El hilo y las tijeras.

La anotación de las dos tazas.

En una hoja doblada encontró la pregunta:

¿Cómo salgo de esta habitación?

La sostuvo entre los dedos.

Después siguió.

Cerca del final había un poema terminado.

Describía una mesa pequeña, ropa tendida en un patio y dos personas que discutían porque una de ellas dejaba enfriar el café. Había pan cortado de manera desigual y una ventana que podía abrirse sin pedir permiso.

Luis leyó lentamente.

No le costó ninguna palabra.

Al llegar al último verso, apoyó la mano sobre la página para que el temblor no le impidiera continuar.

Era la vida que habían empezado a preparar.

Carmen la había escrito como si pudiera verla.

El tiempo no hizo desaparecer el dolor.

Lo volvió distinto.

Al principio Luis necesitaba que Mateo se quedara con él para comer. Después pudo preparar algo solo. Más tarde consiguió caminar hasta el taller sin sentir que cada esquina debía llevarlo de regreso a Carmen.

Continuó leyendo.

Una noche abrió el libro de cuentas y terminó una página que antes había dejado a medias.

Mateo lo observó desde la otra silla.

—Está bien —dijo cuando acabó.

Luis asintió.

Al día siguiente escribió a Andrés.

Le contó lo ocurrido.

Tardó horas en redactar la carta y no pidió a su hermano que la escribiera por él. Solo le consultó algunas palabras.

La respuesta llegó semanas después.

Andrés seguía dispuesto a ayudarlo.

También podía preguntar por trabajo para Mateo.

Luis dejó la carta sobre la mesa.

Su hermano la leyó.

Después ambos miraron las herramientas que habían empezado a reunir de nuevo.

La conversación duró hasta muy tarde.

Se marcharon de Guanajuato al terminar la temporada de lluvias.

Antes de salir, Luis fue a despedirse de Inés.

La encontró ayudando a su madre a colgar ropa.

La joven lo recibió con una sonrisa triste.

—Le traje esto.

Luis le entregó una hoja.

Había copiado un poema de Carmen.

Inés reconoció la letra diferente y miró hacia él.

—¿Lo escribió usted?

—Lo copié.

La muchacha lo leyó despacio.

Después lo dobló y lo guardó cerca del pecho.

—Ella habría querido verlo hacer eso.

Luis miró la ropa moviéndose sobre sus cabezas.

No pudo responder enseguida.

Antes de marcharse, le prometió escribir cuando llegaran.

Inés le pidió lo mismo que había pedido a Carmen.

Aunque las cosas fueran difíciles.

Luis se lo prometió.

Las tazas quedaron en la casa del callejón.

Luis no consiguió guardarlas en la bolsa.

Las envolvió para protegerlas del polvo y las dejó sobre la mesa. El cuaderno, el pañuelo y las cartas viajaron con él.

La vecina que le había hablado de don Anselmo aceptó vigilar la propiedad mientras encontraba a alguien que pudiera alquilarla.

Luis le entregó una llave.

Luego subió por última vez.

Abrió el balcón.

Enfrente, las puertas del dormitorio de Carmen estaban cerradas. Doña Mercedes se ocupaba ya de la casa y había retirado la silla de la ventana.

Luis apoyó las manos en la baranda reparada.

Escuchó pasos debajo.

Un vendedor llamó desde la esquina.

Más lejos sonaron las campanas.

Durante toda su vida, Carmen había conocido la ciudad por aquellos sonidos.

Él cerró los ojos y los escuchó por ella.

Después entró.

La puerta del balcón se cerró sin chirriar.

Había puesto aceite en las bisagras.

Los vecinos siguieron contando lo ocurrido.

Algunos habían visto al joven comprar la casa. Otros recordaban a Carmen asomada durante las tardes. Los que estuvieron allí aquella noche hablaban de la mano que Luis sostuvo y del beso que dejó sobre sus dedos cuando ya no podían responderle.

La historia pasó a los hijos.

Luego a los nietos.

Cambió en pequeños detalles: la hora, el vestido, las palabras dichas antes del golpe. La distancia entre los balcones permaneció igual.

También permanecieron los nombres.

Carmen.

Luis.

Con los años, las personas empezaron a llamar a aquel paso estrecho el Callejón del Beso.

Llegaban visitantes que levantaban la cabeza y medían con los ojos el espacio entre las barandas. Algunos se acercaban de la mano. Otros pedían que les contaran la historia.

A veces la escuchaban sonriendo y terminaban en silencio.

Mucho tiempo después, una muchacha se detuvo frente a la casa.

Iba acompañada de un joven que sostuvo su bolso mientras ella miraba hacia arriba.

Una anciana sentada junto a la entrada les contó lo que sabía.

Habló del minero, de la compra y de las conversaciones nocturnas.

Cuando llegó al final, la muchacha dejó de mirar los balcones.

—¿Por qué nadie la dejó salir antes?

La anciana bajó los ojos hacia sus manos.

Había escuchado aquella pregunta otras veces.

Se volvió hacia la puerta de la casa de Carmen.

—Porque decidieron por ella durante demasiado tiempo.

La muchacha permaneció quieta.

Luego tomó la mano de su compañero.

Él la dejó escoger por dónde seguir.

En Querétaro, Luis conservó el cuaderno dentro de una caja de madera que Mateo fabricó para él.

Aprendió a reparar carros, a llevar cuentas y a escribir cartas sin consultar cada palabra. Hubo días de trabajo, enfermedades, comidas compartidas y noticias de Guanajuato.

Carmen siguió apareciendo en momentos pequeños.

Al escoger hilo para un encargo.

Al ver a alguien ayudar a un niño.

Al escuchar una risa debajo de un arco mientras llovía.

En algunas noches abría el cuaderno.

Leía la página donde estaban anotadas las tazas o el poema de la mesa junto al patio. Después cerraba la caja y continuaba con lo que necesitaba hacer.

Nunca contó su historia empezando por el cuchillo.

Cuando alguien le preguntaba por Carmen, hablaba primero de aquella mañana junto a la fuente.

De cómo se había acercado con un pañuelo limpio.

De cómo recogió las manzanas del suelo.

De la pregunta que le hizo antes de irse.

Y al recordar su despedida, Luis todavía podía verla volviéndose entre la gente, esperando escuchar su nombre.

Fin.