Capítulo 1 de 13
El camino que no debía tomar
La última vez que Inés vio a su hermano antes de que desapareciera, él llevaba los zapatos puestos al revés.
Estaba sentado en el borde de la cama, a las tres y diecisiete de la madrugada, con las manos apoyadas sobre las rodillas. La lámpara del pasillo apenas le iluminaba la cara. Tenía los labios resecos y una mancha oscura en el cuello de la camisa.
—Tomás.
Él levantó la mirada. Inés se detuvo en la puerta. Su hermano había salido antes de medianoche para comprar cigarrillos. Ella se había quedado dormida frente al televisor y acababa de despertar con la sensación de que alguien caminaba dentro de la casa.
—¿Dónde estabas?
Tomás miró hacia la ventana.
—Me siguió.
La respuesta hizo que Inés buscara, instintivamente, una silueta detrás de los cristales. Afuera solo distinguió la azotea de los vecinos y un tinaco recortado contra el cielo.
—¿Quién?
Su hermano bajó los ojos hacia sus zapatos. Pareció advertir por primera vez que llevaba el izquierdo en el pie derecho.
—Creí que era un hombre.
Inés se acercó. Tomás tenía veinticuatro años, cuatro menos que ella, pero en ese momento parecía un niño sorprendido haciendo algo que no podía explicar.
—¿Te asaltaron?
Él negó con la cabeza.
—Pasé por el callejón.
Inés conocía aquel atajo. Lo habían recorrido de día cuando eran pequeños, de la mano de su abuela Mercedes. Era un paso estrecho entre muros antiguos, cerca de unas casas cuyos patios conservaban árboles enormes. Los vecinos lo llamaban el Callejón del Diablo. Su abuela siempre aceleraba al entrar.
Si alguno preguntaba por qué, contestaba que allí olía mal.
Sin embargo, jamás lo atravesaba después del anochecer.
—¿Qué callejón? —preguntó Inés, aunque sabía la respuesta.
Tomás se frotó las palmas contra el pantalón.
—Me habló con tu voz.
Un ruido seco llegó desde el patio.
Los dos miraron hacia la puerta. La casa de Mercedes era vieja, y los ruidos nocturnos formaban parte de ella: tuberías que golpeaban, madera que crujía, gatos sobre las láminas. Aquel sonido, sin embargo, hizo que Tomás se pusiera de pie.
—No abras —dijo.
—Debe ser la gata.
—No abras, Inés.
Ella le tocó el brazo. Estaba helado.
—Voy a despertar a la abuela.
Tomás la sujetó por la muñeca.
No con fuerza, pero sí con una urgencia que la asustó.
—Si pregunta por mí, dile que no regresé.
—¿Quién va a preguntar?
Él volvió a mirar la ventana.
En el patio, alguien golpeó tres veces.
Inés recordaría durante años lo que hizo después: soltarse de su hermano, encender la luz del pasillo y avanzar hacia el cuarto de Mercedes.
Tardó menos de un minuto.
Cuando regresó, Tomás ya no estaba.
La puerta de la calle seguía cerrada con llave.
Sus zapatos permanecían junto a la cama.
⁂
Ocho años después, Inés volvió a Mixcoac para enterrar a su abuela.
Llegó un jueves de noviembre, con una maleta pequeña y un abrigo demasiado ligero para el frío de aquella mañana. Durante el trayecto desde la terminal había observado los edificios, las avenidas y las fachadas conocidas con la incomodidad de quien reconoce una fotografía retocada.
Algunas cosas habían desaparecido. La papelería de la esquina era ahora una cafetería. El taller donde Tomás llevaba su bicicleta tenía un letrero de departamentos en venta. Los árboles frente a la iglesia seguían allí, aunque sus troncos le parecieron más anchos.
El taxi se detuvo frente a la casa.
Inés tardó en bajar.
La fachada conservaba la pintura amarilla que Mercedes había elegido cuando todavía vivía su esposo. Sobre el portón, una enredadera seca colgaba como cabello enredado. La ventana del cuarto de Tomás tenía las cortinas cerradas.
Doña Amalia la esperaba en la entrada.
—Pensé que no alcanzarías a llegar.
Inés pagó y tomó su maleta.
—El autobús se retrasó.
La vecina la abrazó. Olía a jabón y a café recién hecho.
—Tu abuela preguntó por ti hasta el último día.
Inés cerró los ojos. Habían hablado por teléfono el domingo. Mercedes se había quejado de las rodillas, preguntado si comía bien y recordado que debía ponerse una bufanda cuando saliera temprano. No había dicho que se estuviera muriendo.
—¿Sufrió?
Amalia tardó en responder.
—La encontraron sentada.
—¿Dónde?
—En el patio.
La mano de Inés se cerró sobre el asa de la maleta.
—¿Quién la encontró?
—Yo. Vine a traerle pan.
La vecina buscó las llaves en el bolsillo del suéter.
—El médico dijo que fue el corazón.
Abrió el portón.
Dentro, la casa olía a humedad, cera y flores. Habían colocado el ataúd en la sala, entre dos cirios eléctricos. Mercedes parecía más pequeña de lo que Inés recordaba. Tenía las manos juntas sobre el pecho y llevaba el vestido azul que reservaba para las bodas. Inés se acercó.
Esperó sentir algo reconocible: una tristeza inmediata, ganas de llorar, la necesidad de tocar aquella frente.
En cambio, recordó a su abuela caminando descalza por el pasillo la noche en que Tomás desapareció.
Recordó que no había preguntado qué ocurría. Había mirado la cama vacía, después los zapatos.
Y había dicho:
—Ya encontró por dónde entrar.
⁂
Durante el velorio, los vecinos hablaron en voz baja y evitaron mencionar a Tomás. Inés conocía aquella cortesía. Se había acostumbrado a las conversaciones que cambiaban de dirección cuando ella entraba, a los pésames formulados como si su hermano hubiera muerto, a las recomendaciones de aceptar que algunas personas se iban por voluntad propia.
La policía había buscado unos días.
Después aparecieron hipótesis.
Una novia desconocida. Una deuda. Una pelea. Un viaje.
Nunca explicaron los zapatos.
A media tarde llegó Julián Ortega, un amigo de la infancia que ahora trabajaba reparando instalaciones eléctricas. Traía una chamarra de mezclilla y un ramo de flores envuelto en papel transparente.
—Lo siento mucho, Inés.
Ella recibió su abrazo con alivio. Julián había sido el único que continuó ayudándola a buscar después de que los demás empezaran a decir que debía descansar.
—¿Sigues viviendo por aquí?
—A unas calles.
Dejó las flores junto al ataúd.
Mientras Amalia servía café a los recién llegados, Inés lo llevó hacia la cocina.
—¿Tú viste a mi abuela estos días?
—El lunes. Vine a cambiarle un contacto.
—¿Cómo estaba?
Julián apoyó las manos en el respaldo de una silla.
—Cansada.
—Amalia dice que murió en el patio.
Él bajó la mirada.
—Eso escuché.
—¿Hay algo que no me están diciendo?
Desde la sala llegó el murmullo de una oración. Julián esperó a que terminara.
—Tu abuela llevaba semanas sin dormir bien.
—¿Por qué?
—Decía que tocaban la puerta.
Inés sintió una presión bajo las costillas.
—Aquí siempre tocan. Vendedores, vecinos…
—De madrugada.
Ella miró hacia el patio. La puerta de vidrio estaba cerrada. Al otro lado había macetas, una pileta y la silla donde Mercedes acostumbraba limpiar frijoles.
—¿Llamó a la policía?
—Me pidió que revisara el timbre. Pensó que podía ser un corto.
—¿Y era eso?
Julián negó. Después añadió:
—Lo desconecté. A la noche siguiente volvió a sonar.
⁂
Enterraron a Mercedes al día siguiente.
Inés lloró cuando la tierra golpeó la tapa del ataúd. El ruido hizo que comprendiera, de una forma física y brutal, que ya no volvería a escuchar a su abuela preguntándole si llevaba dinero suficiente. Al regresar, Amalia quiso quedarse.
—Puedo dormir en el sillón.
—Necesito ordenar algunas cosas.
—Eso puede esperar.
Inés sonrió sin ganas.
—Voy a estar bien.
La vecina miró el pasillo.
—Tu abuela dejó un sobre para ti. Lo puse en la mesa de su cuarto.
—Gracias.
Amalia se acomodó el bolso bajo el brazo, pero no avanzó hacia la salida.
—Si sales a cenar, da la vuelta por la avenida.
Inés levantó los ojos.
—¿Todavía siguen con eso?
La mujer no fingió ignorar a qué se refería.
—Hazme caso esta noche.
⁂
El sobre tenía su nombre escrito con la letra inclinada de Mercedes.
Dentro había una llave pequeña y dos hojas de cuaderno. Inés se sentó en la cama.
Perdóname por haberte dejado creer que no sabía nada.
Leyó la primera línea varias veces.
Luego siguió.
Lo que pasó con Tomás empezó mucho antes de que ustedes nacieran. Quise terminarlo sola porque pensé que todavía podía hacerlo. Si estás leyendo esto, me equivoqué.
En la segunda hoja había una instrucción.
La llave abre la caja del ropero. No busques explicaciones entre los vecinos. Algunos solo conocen el cuento. Otros han aprendido a quedarse callados.
Debajo, con una presión tan fuerte que casi había roto el papel:
Si escuchas a tu hermano, no le contestes.
Inés dejó las hojas sobre la colcha.
El ropero estaba frente a ella.
Durante su infancia había tenido prohibido abrirlo sin permiso. Mercedes guardaba allí documentos, ropa de invierno y una caja metálica que alguna vez contuvo galletas.
La encontró detrás de varias cobijas.
El candado era pequeño.
Dentro había un cuaderno de tapas negras, un recorte amarillento y una fotografía. Inés tomó primero la foto.
Reconoció a Mercedes por los ojos, aunque debía de tener unos diecisiete años. Estaba junto a un muchacho delgado, frente a la entrada de un callejón. Ambos miraban a la cámara con seriedad.
Al reverso había una fecha y un nombre:
Mercedes y Rafael. La última tarde.
Inés nunca había oído hablar de Rafael.
Desdobló el recorte.
La noticia relataba la desaparición de un joven en Mixcoac. No había fotografía. Alguien había subrayado una frase con lápiz rojo:
Sus familiares declararon que regresó al domicilio antes de desaparecer.
Inés sintió frío.
Tomó el cuaderno, pero antes de abrirlo oyó una voz desde el patio.
—¿Inés?
Era Amalia.
O parecía serlo.
Dejó la caja en la cama y salió al pasillo.
—¿Se le olvidó algo?
No hubo respuesta.
La luz del patio estaba apagada. Inés buscó el interruptor y lo presionó dos veces. El foco no encendió.
Se acercó a la puerta de vidrio.
Alguien estaba de pie junto a la pileta.
La oscuridad le impedía distinguir la cara, pero alcanzaba a ver una camisa clara y unos pantalones oscuros.
La figura tenía la cabeza inclinada.
Inés retrocedió.
Entonces oyó la voz que había esperado durante ocho años.
—Me pusiste los zapatos donde no podía alcanzarlos.
Se tapó la boca.
La figura levantó la cabeza.
Aunque no vio sus facciones, Inés supo que estaba sonriendo.
—Abre. Tengo frío.
El teléfono vibró en su bolsillo. Inés lo sacó sin apartar la vista del vidrio.
Era un mensaje de Julián.
Amalia me dijo que te quedaste sola. Voy para allá. No salgas.
Cuando volvió a mirar, la figura estaba pegada a la puerta.
Tres golpes sacudieron el cristal.
Inés corrió al cuarto de Mercedes, cerró y giró la llave.
Del otro lado se escucharon pasos lentos.
Se detuvieron frente a ella.
—Inés —dijo su hermano—. Esta vez no vayas a despertar a la abuela.