Capítulo 2 de 13
La voz detrás de la puerta
Inés sostuvo la llave entre los dedos hasta que el metal le lastimó la piel. Al otro lado de la puerta, su hermano respiraba.
Reconocía aquella respiración: una aspiración breve, un pequeño silbido al soltar el aire. Tomás había tenido problemas de asma durante la adolescencia. En las noches frías, cuando olvidaba el inhalador, se escuchaba así.
—Sé que estás ahí —dijo la voz.
Inés retrocedió hasta tocar la cama con las piernas. Sobre la colcha seguían las hojas de Mercedes.
Si escuchas a tu hermano, no le contestes.
Ya le había hablado en el patio, aunque creyendo que era Amalia. ¿Eso contaba? La pregunta le provocó una angustia absurda y precisa, como si hubiera cometido un error cuyo alcance aún desconocía.
El picaporte bajó lentamente.
La cerradura resistió.
—Me duele caminar —susurró Tomás—. Mira cómo me dejaste los pies.
Inés apretó los dientes. No había puesto sus zapatos junto a la cama aquella noche. Los había encontrado allí, vacíos. Sin embargo, por un instante dudó de su propio recuerdo.
Sacó el teléfono.
Abrió la conversación con Julián y escribió:
Hay alguien dentro. Estoy encerrada en el cuarto de mi abuela. Llama a la policía.
El mensaje quedó marcado como enviado.
Casi enseguida recibió una respuesta.
Estoy afuera. El portón está cerrado. ¿Tienes las llaves contigo?
Inés miró hacia el tocador. Había dejado las llaves de la casa en la cocina.
Antes de que pudiera responder, sonó el timbre.
La respiración detrás de la puerta se interrumpió.
Inés oyó un roce sobre la madera. Algo descendía desde la altura del picaporte hasta el suelo. Después, la voz dijo:
—Él tampoco tendría que haber vuelto.
El timbre sonó otra vez.
—¡Inés! —gritó Julián desde la calle.
Unos pasos avanzaron por el pasillo. No se alejaban con el ritmo normal de alguien que caminaba: había un golpe, una pausa y un arrastre prolongado.
Inés esperó a que cesaran.
Luego escribió:
Estoy aquí. No puedo llegar al portón.
Julián la llamó. Ella contestó y se cubrió la boca con una mano para hablar lo más bajo posible.
—Está en el pasillo.
—Ya pedí una patrulla. Amalia tiene una copia. Voy a entrar con ella.
—No entres solo.
—Quédate encerrada.
La llamada terminó.
Inés miró la puerta. Bajo ella se filtraba la luz amarilla del pasillo. Ninguna sombra interrumpía aquella franja.
Aun así, no se acercó.
⁂
La espera duró nueve minutos.
Inés los contó mirando la pantalla del teléfono. Durante ese tiempo escuchó abrirse el portón, las voces de Amalia y Julián y, finalmente, la de un hombre que pidió que nadie tocara nada.
Cuando Julián llamó desde el pasillo, ella no respondió enseguida.
—Inés, estoy con los policías.
El teléfono vibró en su mano.
Soy yo. Estoy frente al cuarto.
Solo entonces abrió.
Julián tenía el rostro pálido. Detrás de él había dos agentes y Amalia, envuelta en un chal tejido.
—¿Dónde está? —preguntó uno de los policías.
Inés señaló el patio.
—Lo vi ahí. Después vino hasta esta puerta.
El agente miró hacia su compañero.
—¿Cómo era?
Inés tragó saliva.
Podía describir la camisa, la estatura, la forma de inclinar la cabeza. Decir que tenía la voz de un muchacho desaparecido ocho años atrás haría que dejaran de escucharla.
—Un hombre. Delgado. Llevaba una camisa clara.
Revisaron la cocina, el baño, las habitaciones y la azotea. Julián acompañó a uno de ellos por la escalera exterior mientras el otro examinaba la puerta del patio.
Amalia permaneció junto a Inés.
No preguntó qué había visto.
Sus ojos fueron directamente al cuarto de Mercedes y a la caja abierta sobre la cama.
—Encontraste el cuaderno —murmuró.
Inés se volvió hacia ella.
—¿Sabía que existía?
La vecina se acomodó el chal.
—Lo vi una vez.
—¿Y la carta?
Antes de que Amalia respondiera, el policía regresó del patio.
—No encontramos a nadie. El acceso de atrás está asegurado y no hay señales de que hayan forzado el portón.
—Yo lo vi.
—Vamos a dejar el reporte. Si vuelve a escuchar algo, llame de inmediato.
El agente le pidió sus datos. Inés respondió mientras observaba sus botas mojadas.
Había llovido durante el entierro. La banqueta seguía húmeda.
Las marcas que el hombre dejaba en el mosaico tenían una forma normal: suela, talón, otra suela.
Junto a la puerta de su cuarto había una mancha diferente.
Parecía la huella de un pie descalzo.
Demasiado larga.
⁂
Cuando los policías se fueron, Julián se agachó frente a la mancha.
Inés había tenido que insistir para que el agente la fotografiara. Él dijo que podía ser una pisada antigua deformada por la humedad.
—No estaba antes —aseguró ella.
Julián acercó la linterna del teléfono. Había cinco marcas estrechas en un extremo. La del dedo mayor aparecía separada del resto, como si el pie se hubiera apoyado torcido.
El rastro terminaba allí.
No había otras huellas hacia el patio.
—¿Puedes traer un trapo? —pidió Amalia.
Inés la miró.
—No vamos a limpiarlo.
—Mercedes no dejaba que esas cosas se secaran dentro.
El silencio que siguió fue más inquietante que la frase.
Julián se incorporó.
—Amalia, si sabes algo, dilo.
La mujer caminó hacia la cocina y se sentó. Parecía agotada.
—Primero cierren la puerta del patio.
Julián comprobó el seguro. Inés llevó la caja metálica hasta la mesa. Sacó la fotografía y la puso delante de Amalia.
—¿Quién era Rafael?
La vecina acercó la imagen, pero no la tomó.
—El hermano de Mercedes.
Inés sintió que algo cedía dentro de ella.
—Mi abuela no tenía hermanos.
—Tu abuela dejó de hablar de él.
—Viví con ella toda mi infancia.
Amalia levantó los ojos.
—Lo sé.
Inés pensó en las comidas de los domingos, en las fotografías familiares, en las historias repetidas cada Navidad. Mercedes mencionaba a primas lejanas, a una tía que bordaba manteles y a un abuelo que vendía carbón.
Nunca a Rafael.
—¿Qué le pasó?
—Desapareció.
Julián apartó una silla y se sentó junto a Inés.
—¿En el callejón?
Amalia asintió.
⁂
El cuaderno olía a papel encerrado.
Las primeras páginas estaban escritas con una letra distinta de la carta. Mercedes debía de haber comenzado a llenarlo muchos años antes: los trazos eran firmes y pequeños, sin el temblor que había adquirido al envejecer.
Inés leyó una fecha. Después, una frase:
Rafael regresó a las dos. Mi madre le abrió porque estaba llorando.
La siguiente línea había sido tachada varias veces. Debajo podía distinguirse apenas una palabra: cara.
Continuó.
No quiso comer. Pidió que apagáramos las luces. Dijo que había un hombre esperándolo al final del paso y que lo siguió hasta nuestra casa.
Inés levantó la mirada hacia Amalia. La vecina tenía los labios apretados.
—¿Usted estuvo ahí?
—Yo era niña. Vivía enfrente.
Inés volvió al cuaderno.
Mi madre lo acostó. Cuando regresó con una cobija, ya no estaba. Encontramos la ventana cerrada por dentro.
Más abajo había una anotación añadida con otra tinta:
La primera noche vuelve asustado. Después aprende a pedir.
Julián leyó la frase por encima de su hombro.
—¿Quién vuelve?
Nadie contestó. Inés pasó varias páginas. Encontró fechas separadas por años, nombres completos y descripciones breves.
Un velador que escuchó a su esposa muerta llamarlo desde una obra.
Una mujer que siguió la voz de su hijo hasta la entrada del callejón.
Un vendedor que apareció caminando sin zapatos y no pudo recordar dónde había pasado la madrugada.
Algunos nombres estaban acompañados por direcciones. Otros tenían una cruz.
Inés se detuvo al reconocer uno. Tomás.
Debajo estaba escrita la fecha de su desaparición.
Tuvo que apoyar el cuaderno en la mesa para que no se le cayera.
Inés me contó que había vuelto asustado y que miraba hacia la ventana. Cuando llegué al cuarto, solo quedaban los zapatos. Durante mucho tiempo pensé que, de haber despertado antes, quizá habría podido retenerlo.
—Ella sabía que había vuelto —dijo Inés.
La indignación llegó antes que el llanto.
—Me dejó buscarlo. Fui a hospitales, a albergues. Pegué su fotografía por toda la ciudad.
Amalia se llevó una mano al pecho.
—Mercedes también lo buscó.
—¿Dónde?
La vecina no respondió. Julián señaló la parte inferior de la página. Había otra anotación. Inés habló con él aquella noche. Creo que desde entonces la reconoce. No sé si escuchó a Tomás o a lo que venía detrás.
⁂
Amalia intentó tocarle la mano. Inés la retiró.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé con certeza.
—Pero sabe más que yo.
La mujer aceptó el reproche con un movimiento de cabeza.
—Mercedes decía que aquella cosa se fijaba en quienes le respondían. Que podía tardar mucho en volver a buscarlos. No significaba que se los llevara de inmediato. Era como darle una ocasión para seguir hablando.
—¿Aquella cosa?
Amalia miró hacia el pasillo.
—Los vecinos le dicen el diablo. Yo nunca lo he visto de frente.
Julián se frotó los ojos.
—Puede haber alguien usando estas historias para asustar a la gente.
—Entonces que explique cómo sabía lo de los zapatos —dijo Inés.
Él no discutió.
Fuera de la casa pasó una motocicleta. El ruido del motor se perdió hacia la avenida. Por primera vez desde que había abierto la caja, Inés escuchó la ciudad: un claxon lejano, música en una vivienda, el ladrido de un perro.
Aquellos sonidos la ayudaron a respirar.
—Voy a llevarte a mi casa —dijo Amalia—. Los dos pueden quedarse.
Inés miró el cuaderno. Durante ocho años había evitado dormir en aquella habitación, caminar por esas calles, recordar la expresión de Tomás. Ahora había una explicación escondida en las páginas y no podía abandonarla sobre una mesa.
—Me llevaré esto.
Julián fue a buscar su maleta. Amalia tomó un trapo de la cocina y regresó al pasillo. Inés estuvo a punto de detenerla, pero la mujer ya se había arrodillado junto a la huella.
Frotó una vez.
El trapo se oscureció.
Amalia dejó de mover la mano.
—Julián.
Él apareció con la maleta. La vecina levantó lentamente la tela.
Bajo la mancha había quedado marcado el mosaico, como si alguien hubiera acercado un hierro caliente.
En el centro de la huella se distinguían tres letras.
Inés se agachó.
No era un nombre completo.
Era la forma en que Tomás la llamaba cuando eran niños.
Ine.
El teléfono de Julián sonó. Los tres se sobresaltaron. Él miró la pantalla.
—Es mi mamá.
Contestó mientras se alejaba hacia la cocina.
Inés oyó que preguntaba qué ocurría. Después su voz cambió.
—¿Quién está afuera?
Amalia se puso de pie. Julián regresó con el teléfono pegado al oído.
Miraba a Inés.
—Mi mamá dice que hay un muchacho frente a nuestra puerta.
Inés sintió que el pasillo se estrechaba a su alrededor.
—¿Qué muchacho?
Julián escuchó unos segundos más.
Luego apartó el teléfono y habló con dificultad.
—Dice que es Tomás. Que quiere devolverme unos zapatos.