Capítulo 3 de 13
Los zapatos del ausente
—Dile que no abra.
Inés lo dijo tan rápido que Julián tardó en comprenderla. Después volvió a pegarse el teléfono al oído.
—Mamá, escúchame. No abras la puerta. Voy para allá.
La voz de la señora Ortega llegaba débil desde el aparato. Inés alcanzó a distinguir una pregunta, seguida de un silencio.
Julián palideció.
—¿Mamá?
Otra pausa.
—Sí, ya sé que parece él. No importa. Aléjate de la puerta.
Amalia apretó el trapo húmedo entre las manos.
—¿Le habló?
Julián levantó la mirada.
—¿Qué?
—Tu mamá. ¿Le contestó?
Él escuchó unos segundos más.
—Le preguntó dónde había estado.
Inés miró el cuaderno que llevaba bajo el brazo. Desde entonces la reconoce. Julián salió hacia el portón. Ella lo siguió.
—Voy contigo.
—Quédate con Amalia.
—No sabes lo que puede pasar.
Él se detuvo, con las llaves en la mano.
Por primera vez desde que habían vuelto a encontrarse, Inés vio enojo en su cara.
—Es mi mamá.
—Por eso voy contigo.
Amalia dejó el trapo en la pileta.
—Los tres —dijo—. Y por la avenida.
La casa de Julián quedaba a seis calles.
Caminaron bajo las luces de los comercios que todavía estaban abiertos. Una taquería tenía las mesas ocupadas; frente a una farmacia, un repartidor sujetaba una bolsa a su motocicleta. En una esquina, dos muchachos discutían por el precio de un teléfono.
Inés se aferró a esos detalles.
Mientras pudiera escuchar platos, motores y conversaciones, el mundo conservaba alguna estabilidad.
Julián mantenía a su madre en la línea.
—¿Sigue ahí?
Escuchó.
—No te acerques para mirar. Quédate en la sala.
Al llegar a una calle menos transitada, Amalia les pidió que bajaran el paso.
—No corran.
—¿Por qué? —preguntó Julián.
—Porque tienes que ver por dónde caminas.
La mujer miraba las entradas de las casas. Inés comprendió que buscaba algo concreto, pero no supo qué hasta que pasaron junto a un zaguán abierto. Amalia se detuvo. Dentro había un corredor oscuro y, al fondo, una luz blanca.
—Por aquí no —murmuró.
—No íbamos a entrar —respondió Julián.
Amalia no contestó.
Siguieron caminando.
A media cuadra de la casa, Julián guardó el teléfono.
—Dice que dejó de tocar.
El portón verde estaba iluminado por un foco sobre la entrada.
No había nadie enfrente. Inés buscó una silueta entre los coches estacionados, junto al árbol de la banqueta, en la esquina.
Nada.
Julián abrió con su llave.
—¡Mamá!
La señora Ortega apareció desde la sala. Llevaba un suéter sobre el camisón y sostenía el teléfono con ambas manos.
Abrazó a su hijo.
—Estaba igual —dijo contra su hombro—. Igual que antes.
Inés sintió que se le cerraba la garganta. La mujer la vio y soltó a Julián.
—Perdóname. No quise decir…
—¿Le vio la cara?
La señora Ortega asintió.
—Por la mirilla.
—¿Está segura de que era Tomás?
—Lo conocí desde chiquito, Inés.
Julián aseguró el portón y corrió el cerrojo.
Cuando se volvió, su madre señaló el suelo.
—Dejó eso.
Junto a la entrada había una bolsa negra.
⁂
Nadie la tocó al principio.
Era una bolsa de plástico corriente, con las asas anudadas. Tenía gotas de agua por fuera, aunque no había vuelto a llover.
Julián buscó unos guantes entre sus herramientas.
—¿Qué te dijo exactamente?
Su madre se sentó en una silla.
—Que venía a devolverte tus zapatos.
—¿Y qué más?
—Que tú sabías cuáles.
Julián dejó de ponerse el segundo guante. Inés lo observó.
—¿Sabes?
Él terminó de ajustárselo.
—Le presté unos una vez.
—¿Cuándo?
—Antes de que desapareciera.
Se agachó junto a la bolsa y aflojó el nudo.
Dentro había un par de zapatos negros. Inés reconoció de inmediato la costura despegada del derecho.
Eran los mismos que había encontrado junto a la cama.
Los mismos que la policía revisó y devolvió.
Los mismos que Mercedes guardó en una caja porque Inés no soportaba verlos.
Julián los sacó con cuidado.
Un líquido oscuro goteó de uno de ellos y cayó sobre el mosaico.
La señora Ortega se levantó.
—Voy por periódico.
—No —dijo Amalia—. Espere.
La anciana se acercó sin cruzar frente al portón.
Observó los zapatos.
—¿Dónde estaban guardados?
Inés intentó recordar. Después de la desaparición, Mercedes había recogido la ropa de Tomás y conservado su habitación intacta durante meses. Más tarde guardó algunas cosas en cajas.
—No lo sé. En su cuarto, supongo.
Julián inclinó el zapato izquierdo.
Algo blanco asomó por la abertura.
Lo extrajo entre dos dedos.
Era un trozo de papel doblado.
⁂
La nota estaba escrita con tinta azul.
Julián:
Si vienes, no traigas a Inés.
No había firma. Él la sostuvo frente a la luz. Inés reconoció la letra de Tomás: las letras mayúsculas demasiado grandes, la ese casi cerrada. Había revisado tantas veces sus cuadernos buscando una despedida que podía identificar aquellos trazos sin esfuerzo.
—Esto puede haberlo escrito antes —dijo Julián.
Inés señaló el papel.
—¿Antes de qué?
Él no respondió. Amalia pidió verlo.
La nota tenía una línea de humedad en el borde, pero la tinta permanecía intacta.
—¿Por qué te pide que vayas? —preguntó la anciana.
Julián se quitó los guantes.
—No me pide eso.
—Dice «si vienes».
—Puede significar cualquier cosa.
Inés recordó una frase de la aparición: Él tampoco tendría que haber vuelto. Miró a Julián.
—¿Tú has estado en el callejón?
—Todos hemos pasado alguna vez.
—Después de que Tomás desapareció.
Él sostuvo su mirada durante un momento.
Luego recogió la bolsa del suelo y metió los zapatos.
—Voy a dejar esto en el patio.
Inés se interpuso.
—Respóndeme.
La señora Ortega volvió a sentarse lentamente.
Julián la miró y después bajó la cabeza.
—Sí.
⁂
Había ido tres noches después de la desaparición.
Llevaba una linterna, el teléfono y una fotografía de Tomás. No se lo dijo a nadie porque no quería que Inés se empeñara en acompañarlo.
—Pensé que podía haber una entrada —explicó—. Alguna casa vacía, un terreno. Un sitio donde lo tuvieran escondido.
Se habían instalado en la cocina. La señora Ortega puso agua a hervir, aunque nadie pidió café.
Amalia se sentó cerca de la puerta.
—¿Qué encontraste?
Julián frotó con el pulgar una grieta de la mesa.
—Nada al principio. Caminé de un extremo al otro. Miré los muros, alumbré debajo de un portón.
—¿Y después?
—Escuché que alguien me llamaba.
Inés sintió náuseas.
—¿Tomás?
Julián asintió.
—Venía de una puerta. Una puerta angosta, de madera.
Amalia levantó la cara.
—¿Tenía un llamador?
—Sí.
—¿De qué forma?
Julián frunció el ceño.
—Una mano, creo.
La anciana cerró los ojos.
—¿La abriste?
—Lo intenté. No tenía manija. Empujé, pero no se movió.
El hervor de la olla llenó la cocina.
La señora Ortega apagó la estufa.
—Nunca me contaste eso.
—No había nada que contar.
Inés lo miró con incredulidad. Julián siguió hablando, ahora con mayor rapidez.
—Él estaba del otro lado. Dijo que lo ayudara. Que tenía algo atorado en el pie. Le pregunté cómo había llegado ahí y dejó de responder.
—¿Qué hiciste? —preguntó Inés.
—Llamé a la policía.
—¿Fueron?
—Sí. Les enseñé dónde había escuchado la voz.
Se detuvo.
Amalia abrió los ojos.
—La puerta ya no estaba.
Julián negó lentamente.
—Había una pared.
⁂
Inés se levantó de la mesa.
Necesitaba moverse, alejarse unos pasos antes de hablar.
—Yo seguía buscándolo.
—Lo sé.
—Me acompañabas a poner carteles.
—Sí.
—Y no me dijiste que lo habías escuchado.
Julián se puso de pie.
—Los policías dijeron que podía haber confundido un ruido de alguna casa. Volví de día. No encontré la puerta. Pensé que si te lo decía…
—Habría ido.
—Exactamente.
Inés lo miró. Durante años había agradecido su compañía. Ahora no sabía dónde colocar aquella omisión. Julián sacó el teléfono.
—Guardé esto.
Buscó entre varios archivos hasta encontrar una fotografía.
La pantalla mostraba una pared de ladrillos, parte de un portón metálico y una sombra proyectada sobre el pavimento.
—La tomé cuando llegaron los policías.
Inés amplió la imagen. No había ninguna puerta de madera.
Pero sobre los ladrillos se distinguía un rectángulo oscuro.
Podía ser humedad.
Podía ser la marca de una abertura clausurada.
En el centro, a la altura del pecho de una persona, había algo que parecía una mano apoyada contra el muro desde el otro lado.
Amalia apartó la vista.
—Mercedes estuvo buscándola —dijo.
Inés dejó de mirar el teléfono.
—¿La puerta?
La anciana asintió.
—Decía que aparecía para algunos. Nunca consiguió encontrarla de nuevo.
—¿De nuevo?
Amalia tardó demasiado en responder.
—La vio cuando desapareció Rafael.
⁂
Ya pasaba de medianoche cuando decidieron quedarse juntos en la sala.
Julián revisó ventanas y seguros. Su madre acomodó cobijas. Amalia comenzó a rezar en voz baja. Inés abrió el cuaderno sobre sus rodillas.
Buscó referencias a la puerta.
Las encontró varias páginas después de la desaparición de Rafael.
El llamador tiene forma de mano izquierda. No golpea la madera. Cuando lo levantas, alguien aprieta del otro lado.
Debajo había un dibujo.
Una puerta estrecha.
Una mano metálica.
Y tres palabras:
No volver sola.
Inés pasó la página.
La siguiente estaba arrancada.
Quedaba una tira de papel junto a la costura, con el comienzo de una frase:
Amalia sostuvo…
Levantó la mirada.
La vecina había dejado de rezar.
Observaba el cuaderno.
—¿Qué sostuvo usted? —preguntó Inés.
En el patio sonó un golpe.
Julián se levantó.
Luego llegó otro.
Algo chocaba contra la puerta que habían asegurado.
La bolsa con los zapatos estaba afuera.
Un tercer golpe hizo temblar el vidrio.
Amalia se cubrió el rostro.
—Yo era una niña —susurró.
Inés esperó.
Del patio llegó el ruido de unas suelas arrastrándose.
La anciana bajó las manos.
—Tu abuela me pidió que sostuviera la puerta mientras ella entraba.
—¿Y lo hizo?
Amalia comenzó a llorar.
—La solté.
Detrás del vidrio, alguien dejó de caminar.
Una voz de muchacho preguntó:
—¿Ya le contaste a Inés quién salió contigo?