Capítulo 11 de 13
El umbral
Un ladrillo cayó junto a la rodilla de Esteban.
Julián tiró de él antes de que otro se desprendiera. Laura lo sujetó por debajo de los brazos y entre los dos lo alejaron del muro. Inés permaneció inmóvil.
Detrás de la grieta había una superficie de madera.
La puerta estaba apareciendo en el lugar que el padre de Esteban había intentado borrar.
—Inés —llamó Teresa.
Ella retrocedió un paso.
El llamador descendió lentamente.
La argolla golpeó.
Una vez.
Los ladrillos se separaron a lo largo de una línea vertical. No se derrumbaron todos: algunos giraron hacia dentro y dejaron ver un marco oscuro.
Del otro lado, Tomás tosió.
Inés cerró los ojos.
La tos había precedido a muchas noches de su infancia. Ella se levantaba, buscaba el inhalador en la mochila de su hermano y regresaba para acercárselo.
Su cuerpo recordaba qué hacer.
Abrió los ojos antes de dar otro paso.
—Vamos a salir —dijo.
La puerta se entreabrió hacia la cocina. La hoja giró hasta quedar casi pegada a uno de los lados del hueco; para cerrarse tendría que barrer de nuevo el espacio frente al umbral. Inés retrocedió fuera de su recorrido.
⁂
El corredor olía a tierra mojada.
Más allá del umbral, un muchacho estaba sentado contra la pared.
Llevaba una camisa clara.
Tenía el rostro inclinado sobre las rodillas y los pies descalzos.
Inés lo vio durante apenas unos segundos, pero reconoció la forma de sus hombros. Tomás levantó la cabeza. Había envejecido.
No conservaba los veinticuatro años de las apariciones anteriores. Tenía la barba crecida y unas líneas profundas junto a la boca. Sobre la ceja izquierda se extendía una cicatriz que Inés no recordaba.
—No cierres —dijo.
Julián también lo vio. Ella lo supo por el modo en que dejó de moverse. Laura sostenía a su padre cerca de la salida. Teresa se acercó a Inés y le apretó la mano.
—Lo estamos viendo —murmuró.
Aquello hizo más difícil apartarse.
Hasta entonces, saber que una imagen podía existir solo para ella le había permitido resistir.
Ahora había testigos.
Tomás apoyó una palma en el suelo.
Intentó ponerse de pie.
⁂
Esteban comenzó a llorar.
—Yo solo quería que dejara a mi hija.
Laura lo abrazó.
—Estoy aquí, papá. Mírame.
Él no podía.
La mirada le regresaba al corredor, donde algo se movía detrás de Tomás.
Julián llevó el martillo hasta la mesa y lo dejó lejos del muro.
—Nadie más toca eso.
Tomás levantó la vista.
—Julián.
El nombre sonó con dificultad.
—Ayúdame.
Inés sintió que Teresa le apretaba la mano con más fuerza.
El muchacho se incorporó hasta quedar de rodillas.
Una línea oscura rodeaba su tobillo derecho.
Parecía una cuerda.
Se extendía hacia el fondo del corredor, donde la luz no alcanzaba.
Tomás tiró de ella.
El movimiento dejó una marca húmeda sobre el suelo.
Inés miró hacia atrás.
La entrada de la cocina seguía allí.
La calle también.
No habían perdido todavía el camino de salida.
—Laura, llévate a tu padre afuera.
La joven obedeció.
Esteban protestó débilmente, pero caminó apoyado en ella. Teresa salió detrás para asegurarse de que llegaran al portón. Inés y Julián quedaron frente al umbral.
⁂
—No podemos saber si es él —dijo Julián.
Inés asintió. Tomás los observó.
—No soy el que fue a tu casa.
La frase hizo que ella levantara la cabeza.
—No voy a entrar.
—No te estoy pidiendo eso.
Él se arrastró unos centímetros.
La cuerda se tensó.
Su expresión cambió, pero contuvo el grito.
Inés se arrodilló del lado de la cocina. Desde allí podía ver sus manos.
Una tenía la uña del pulgar deformada.
Tomás se la había aplastado reparando una bicicleta.
La otra mostraba una quemadura pequeña cerca de la muñeca.
También la reconoció.
Sin embargo, la presencia ya había copiado cicatrices y recuerdos.
—¿Qué te pasó? —preguntó.
Julián le tocó el hombro. Inés entendió la advertencia. Había iniciado otra conversación. Tomás miró hacia el fondo.
—No puedo contártelo mientras escucha.
Desde el corredor llegó un roce.
Algo pesado cambió de posición.
⁂
Teresa regresó.
—Están en la banqueta. Arturo está al teléfono.
Le acercó el aparato.
Inés mantuvo la mirada sobre Tomás. Arturo habló con voz firme.
—¿Alguien cruzó?
—No.
—Salgan de la cocina.
—Hay un hombre dentro. Parece mi hermano.
El anciano guardó silencio.
—Puede salir hasta el umbral —añadió Inés—. Tiene algo amarrado al pie.
—No hagas promesas.
—No voy a hacerlas.
Tomás extendió una mano.
No llegó a tocar la entrada.
Tenía los dedos temblorosos.
Arturo volvió a hablar:
—Mercedes escuchó a Rafael llorar durante años. Nunca consiguió demostrar que era él.
Inés cerró los ojos un instante.
—Lo sé.
Devolvió el teléfono a Teresa.
Luego se levantó.
Tomás la siguió con la mirada.
—¿Te vas?
La pregunta no contenía reproche.
Eso la lastimó más.
⁂
Inés recordó la noche de la desaparición. Su hermano sujetándola por la muñeca.
La frase que no había conseguido comprender:
Si pregunta por mí, dile que no regresé.
Siempre había pensado que Tomás temía a alguien que lo buscaba.
Ahora miraba a un hombre que decía no ser la aparición de su casa.
Quizá su hermano había sabido algo desde el principio.
Quizá la presencia estaba utilizando aquel recuerdo para hacerle creer precisamente eso.
Se llevó una mano al bolsillo.
Dentro estaba la carta.
La tocó sin sacarla.
—No sé quién eres —dijo.
Tomás bajó la cabeza.
—Ya sé.
Julián hizo un movimiento junto a ella. El hombre del corredor lo miró.
—Tú tampoco me viste en la escalera.
Julián palideció.
La cuerda volvió a tensarse.
Tomás cayó de costado.
Esta vez gritó.
⁂
Inés dio un paso hacia delante. Julián la sujetó del brazo.
El grito terminó en una tos seca.
Desde el fondo llegó una voz distinta.
Más grave.
—Todavía puedes ayudarlo.
El hombre del traje apareció detrás de Tomás. No había llegado caminando. Inés simplemente distinguió su cuerpo en un lugar que un momento antes parecía vacío.
Llevaba el sombrero en una mano.
En la otra sostenía la cuerda.
Tomás intentó apartarse. El hombre apoyó un zapato sobre ella, inmovilizándolo.
—Has venido hasta aquí —dijo a Inés—. Sería una pena irte sin nada.
Julián la mantuvo junto a él. Teresa dejó el teléfono sobre la mesa y se colocó del otro lado. Inés sintió ambas manos. El hombre miró aquel gesto.
Su sonrisa desapareció.
—Quiero que sueltes la cuerda —dijo Inés.
—Entonces entra.
Ella no se movió. El hombre giró la muñeca.
La cuerda se enrolló un poco más entre sus dedos.
Tomás apretó los dientes.
—O dile a Julián que cumpla lo que prometió.
Julián respiró hondo.
—No voy a entrar.
El hombre volvió la cara hacia él. Inés no alcanzó a ver qué cambió, pero Julián retrocedió y tuvo que apoyarse en la pared.
Las marcas del hombro se oscurecieron.
Teresa le sostuvo el brazo.
—Estamos aquí.
El hombre miró después a Inés. Durante un segundo, su cara fue la de Mercedes.
No la del ataúd.
La de los domingos, con los lentes sobre la punta de la nariz.
—No me dejes esperando, hija.
Inés sacó la carta.
La abrió con manos torpes.
No necesitó leerla completa.
Encontró la frase.
No vayas a buscarme a mí también.
Cuando levantó los ojos, el rostro de su abuela había desaparecido.
Tomás se movió en el suelo.
Conseguía acercar la mano derecha a la cuerda, pero no soltarla.
Sus uñas raspaban el material negro.
Inés buscó algo alrededor.
El martillo estaba sobre la mesa.
Junto al fregadero había un cuchillo de cocina.
Julián siguió su mirada.
—No.
—No voy a cruzar.
El hombre del traje pareció divertirse.
—¿Qué piensas hacer desde ahí?
Inés tomó el cuchillo.
No se acercó al umbral.
Se lo mostró a Tomás.
—Puedo dejarlo aquí. Tú tendrás que alcanzarlo.
Julián permaneció a su lado. Teresa miró hacia el corredor. Tomás observó el cuchillo.
Luego la cuerda.
No pidió que se acercara más.
Se arrastró sobre los codos.
El hombre pisó la cuerda con mayor fuerza.
—Eso no estaba en lo que hablamos.
Inés puso el cuchillo en el suelo, de su lado de la entrada.
El mango quedó dirigido hacia dentro.
Tomás avanzó.
La tela de su pantalón se rasgó contra una astilla.
La cuerda no le permitía acercar el tobillo, pero podía estirar el torso.
Extendió la mano.
Le faltaban varios centímetros.
El hombre se agachó junto a él.
Le dijo algo al oído.
Inés no escuchó las palabras.
Sí vio el efecto: Tomás dejó de moverse y volvió el rostro hacia ella con una desesperación nueva.
—No le creas —dijo Inés.
No sabía qué acababan de prometerle.
Lo dijo de todos modos.
El hombre alzó la cabeza.
Sus ojos ya no tenían un color que pudiera nombrar.
Julián empujó ligeramente el cuchillo con la punta del zapato, sin cruzar la línea del marco. Tomás lo alcanzó.
Cerró los dedos sobre el mango.
La cuerda se contrajo.
El grito que salió del corredor no fue suyo.
⁂
El hombre se puso de pie.
Por un instante pareció demasiado alto para el techo.
La sombra le ocupó la cara.
Inés retrocedió, pero no soltó a Julián. Tomás apoyó la hoja contra la cuerda.
Cortó una vez.
Luego otra.
El material no se rompía con facilidad.
De la marca en su tobillo comenzó a salir sangre.
Teresa llamó a Laura para que se alejara del portón con Esteban. El hombre dio un paso hacia el umbral.
La madera del marco crujió.
Inés sintió que las piernas querían llevarla hacia la calle. Julián temblaba junto a ella.
Entonces Tomás cortó la última fibra.
La cuerda se soltó de su tobillo.
El hombre avanzó. Tomás levantó los ojos y, por primera vez, dejó de mirarlo como alguien a quien debía pedir permiso.
Se impulsó sobre el suelo.
Una mano cruzó el umbral.
Después la otra. Inés se inclinó, todavía del lado de la cocina. Tomás le sujetó los dedos.
Estaban tibios.
Tenía pulso.
Detrás de él, la puerta comenzó a cerrarse.