Capítulo 10 de 13
La puerta que llevaban consigo
Inés retrocedió con los papeles apretados contra el pecho.
El paramédico seguía sonriendo.
A su espalda, el otro hombre examinaba a Julián con un aparato sujeto a uno de sus dedos.
—¿Lo escucharon? —preguntó Inés.
Esteban se volvió hacia ella.
—¿Qué cosa?
El hombre de la mochila inclinó la cabeza.
Ya no sonreía.
—Le pedí que despejara la mesa, señora.
Inés miró sus botas.
Estaban puestas correctamente.
Sintió un vértigo breve, suficiente para obligarla a sostenerse del respaldo de una silla.
Arturo se acercó.
—Ven conmigo.
La condujo hasta la cocina.
Inés dejó el cuaderno sobre el fregadero.
—Lo vi.
—Te creo.
—Tenía los zapatos al revés. Habló como Tomás.
Arturo miró hacia la sala.
—Pero nosotros no lo vimos.
Inés respiró despacio.
La frase no negaba lo ocurrido. Le daba un sitio desde el cual observarlo.
Había algo capaz de alterar lo que ella veía sin cambiar lo que los demás tenían enfrente.
⁂
Los paramédicos recomendaron trasladar a Julián.
Las marcas del hombro seguían visibles. Él explicó que había sufrido una lesión antigua y que el dolor apareció de repente.
Inés preguntó el nombre del hospital. Esteban anotó el número de la unidad y llamó a un taxi. Arturo se quedaría en el departamento.
—No puedo bajar y subir esas escaleras otra vez —dijo—. Llámenme cuando sepan algo.
Inés fue al balcón por su bolsa.
La lata con el reloj permanecía sobre una mesa, bajo unas pinzas y un rollo de alambre.
Durante un momento pensó en dejarla. Después recordó que Arturo dormiría solo.
—¿Puedo guardarla en algún sitio donde no tenga que verla?
El anciano señaló una caja de herramientas.
—Ahí. Yo no voy a abrirla.
Inés colocó la lata dentro y cerró.
Luego recogió la carta escondida de Mercedes.
Era lo único que quiso llevar separado de los demás papeles.
⁂
En urgencias, Julián volvió a respirar con normalidad.
Un médico revisó el hombro, preguntó si alguien lo había sujetado y tomó fotografías de las manchas. Julián no encontró una respuesta que pudiera explicar lo sucedido.
Quedó en observación.
Inés y Esteban esperaron en unas sillas de plástico. Había una televisión encendida sin sonido. Un niño dormía sobre las piernas de su madre. Dos hombres discutían en voz baja junto a una máquina de café. Inés leyó la carta otra vez.
El reloj de Rafael no abre la puerta.
Habían interpretado el movimiento de las agujas como una señal. La voz de la grabadora había completado el engaño.
Ahora ya puede abrir.
Pensó en la mochila del paramédico, en su sonrisa, en los zapatos que cambiaron cuando volvió a mirar. La presencia había intentado convertir a quien atendía a Julián en una amenaza.
—Quiere que dejemos de confiar —murmuró.
Esteban se inclinó.
—¿Qué?
—En los que pueden ayudarnos.
El hombre miró hacia la puerta de urgencias.
—O que corramos antes de comprobar lo que vemos.
Inés asintió.
Sacó una hoja y escribió lo ocurrido, distinguiendo lo que habían visto todos de lo que solo había visto ella.
⁂
Julián recibió el alta después de varias horas.
Salió con el hombro dolorido y una recomendación de vigilancia. Las manchas se habían aclarado, pero aún podía distinguirse la forma de los dedos.
Afuera comenzaba a amanecer. Era domingo. Inés llamó a Arturo. El anciano contestó al primer tono.
—Estoy bien —dijo antes de que preguntara—. La caja no se ha movido.
Julián se sentó en una jardinera.
Parecía exhausto.
—No quiero volver a tu casa —le dijo a Esteban.
—Yo tampoco quiero que vuelvan.
Inés observó la calle.
El cansancio le hacía sentir una lentitud extraña, como si necesitara ordenar cada movimiento antes de ejecutarlo.
—Primero vamos a comer —decidió—. Luego buscamos dónde descansar.
Julián la miró.
—¿Y después?
Ella sostuvo la carta dentro del bolsillo.
—Después hablamos de lo que sí podemos hacer.
⁂
Durmieron unas horas en un hotel cercano a una avenida.
Esteban llamó a Laura y le pidió que regresara por él esa tarde. Esta vez le contó que tenía miedo de volver a la casa y que necesitaba alejarse unos días. Inés escuchó solo su parte de la conversación.
—No, no estoy perdiendo la memoria.
Una pausa.
—Hay cosas que nunca te conté.
El hombre salió al pasillo para continuar. Julián se quedó sentado junto a la ventana de la habitación.
—Voy a pedirle a mi mamá que se quede en Toluca.
—Sí.
—Y voy a contarle lo del callejón.
Inés dejó su bolsa en el suelo.
—Puedes empezar por lo que recuerdas. No tienes que explicarlo todo.
Él asintió.
Luego la miró.
—Anoche pensaste que el paramédico era esa cosa.
—Lo vi así.
—¿Cómo supiste que no debías salir corriendo?
Inés tardó en responder.
—Porque Arturo estaba ahí.
Julián se acomodó la camisa sobre el hombro dolorido.
—Entonces no vuelvas a ir sola a ninguna parte.
Ella sostuvo su mirada.
—Tú tampoco.
⁂
Por la tarde, Teresa los recibió en la papelería.
Había cerrado la trastienda para que pudieran revisar los testimonios sin interrupciones. Arturo habló con ellos por teléfono; Esteban había ido a encontrarse con su hija. Inés extendió una hoja sobre la mesa.
Escribió tres nombres: Mercedes, Arturo, Julián.
Debajo anotó lo que cada uno había hecho al regresar o intentar salir.
Mercedes había dejado de negociar.
Arturo había esperado. Julián había rechazado volver, mientras los demás permanecían junto a él.
—No sabemos si esto basta —dijo Inés—. Pero las voces intentan hacernos mover.
Teresa leyó la hoja.
—A mi padre le pasó algo parecido.
Inés levantó la vista.
—¿Qué escuchó?
—A mi hermano.
Teresa se sentó.
Hasta entonces había hablado de Ernesto como alguien que recopilaba historias ajenas.
—Mi hermano murió antes de cumplir veinte años. Después de entrevistar a Mercedes, papá empezó a oírlo en el taller de atrás.
—¿Por eso dejó el libro?
—Sí.
—¿Qué hizo?
Teresa frotó el borde de una factura.
—Me llamó. Le daba vergüenza, pero me llamó.
Encontraron una anotación de Ernesto en la última página de su libreta.
Mientras Teresa estaba aquí, la voz no consiguió que me levantara.
Debajo había una frase añadida varios días después.
No volvió cuando dejé de esconderlo.
Inés fotografió la página. Julián miró las cajas de documentos.
—Hay más familias que no saben nada de esto.
Teresa asintió.
—Y algunas todavía viven por aquí.
Hablaron durante casi una hora.
No querían ofrecer certezas que no tenían ni convertir la papelería en un lugar donde curiosos fueran a pedirles la dirección de una puerta.
Teresa propuso reunir a los vecinos que habían conocido a Mercedes.
De día.
En el salón de una asociación del barrio.
Leerían los testimonios y preguntarían si alguien estaba escuchando voces.
—Sin mandar a nadie a comprobarlas —añadió.
Inés recordó a su abuela yendo de casa en casa. Aquella parte de su trabajo había quedado escondida entre desapariciones y promesas.
Podían continuarla.
⁂
Laura llamó poco antes de las seis.
Su padre había regresado a la relojería.
Julián se incorporó.
—¿Por qué?
Inés activó el altavoz. Laura hablaba con respiración agitada.
—Dijo que necesitaba recoger unos papeles y su medicamento. Lo traje. Entró mientras yo estacionaba.
—¿Cuánto lleva dentro?
—Veinte minutos. Le llamo y no contesta.
Inés miró a Julián. Él ya estaba guardando sus cosas.
—Quédate afuera —le pidió ella a Laura—. Vamos para allá.
Teresa bajó la cortina de la tienda y los acompañó. Durante el trayecto, Inés sintió el deseo de correr. Lo reconoció con una claridad desagradable.
La urgencia.
Una persona querida que no respondía.
Una puerta cerrada.
Era la misma situación con otra cara.
Llamó a Arturo mientras caminaban.
Le explicó lo ocurrido.
El anciano guardó silencio unos segundos.
—No entren separados.
⁂
Laura esperaba frente a la puerta azul.
Tenía las llaves de su padre en una mano.
—Me las dio para cerrar cuando saliera.
Julián le pidió que abriera.
La joven giró la llave.
El taller estaba iluminado.
Sobre la mesa había una bolsa con medicamentos y una carpeta de documentos. Esteban había recogido lo que necesitaba.
Pero no había salido.
—¡Papá! —gritó Laura.
Desde el fondo llegó una respuesta.
—Aquí.
Inés tomó el brazo de la joven antes de que avanzara.
—Espera.
Laura se soltó.
—Es mi padre.
—Lo sé. Vamos juntas.
Entraron los cuatro.
La cocina olía a polvo.
El estante estaba apartado. La rejilla yacía en el suelo.
Del tabique de yeso habían arrancado un trozo del tamaño de una persona.
Más allá, la pared de ladrillos seguía en pie.
Esteban estaba arrodillado frente a ella.
⁂
Sostenía un martillo.
Había sacado dos ladrillos alrededor de la pieza metálica.
Ahora podía verse la mano completa.
Los dedos sujetaban una argolla ennegrecida.
—Papá.
Esteban volvió la cabeza.
Tenía los labios blancos.
—Me dijo que ya no iba a seguirla.
Laura se acercó. Inés la sostuvo esta vez con ambas manos.
—¿Quién?
El hombre señaló el hueco.
—Mi padre.
Del otro lado del muro, alguien habló con voz cansada.
—Déjenlo terminar. El viejo sabe lo que está haciendo.
Julián se agachó junto a Esteban.
Le quitó el martillo sin forcejear.
—Míreme.
Esteban tenía los ojos clavados en la mano de metal.
La argolla comenzó a levantarse sola.
Los ladrillos crujieron.
Inés vio una línea oscura abrirse de arriba abajo, atravesando la pared como si allí hubiera un marco escondido. Desde la grieta llegó el silbido de una respiración. Después, la voz de Tomás.
—No tienes que traer a nadie, Ine.
La madera empezó a empujar desde el otro lado.
—Esta vez puedo salir yo.