Capítulo 9 de 13
La promesa del que escapó
Julián se quedó de pie junto a la mesa. Inés esperaba que añadiera algo. Una explicación que redujera el peso de aquella frase, una palabra que permitiera entenderla de otra manera. Él miró el teléfono apagado.
—No pensé que tuviera importancia después.
Arturo dejó el bastón contra su rodilla.
—Siéntate y cuéntalo completo.
Julián obedeció.
Tenía las manos sucias de grasa en los bordes de las uñas. Inés se fijó en ellas para no mirarle la cara. Habían sostenido carteles de Tomás, revisado cerraduras e iluminado la abertura del muro de Esteban.
Durante ocho años, también habían guardado un secreto.
—Cuando fui al callejón, sí encontré la puerta —comenzó—. Pero no ocurrió como les dije.
⁂
Había salido de casa poco después de la una.
Su madre dormía. Julián llevaba una linterna y el teléfono cargado. Pensaba revisar las entradas, fotografiar las paredes y regresar antes de que ella despertara.
La puerta apareció junto al muro posterior de la relojería. Escuchó a Tomás.
Se acercó.
—Me dijo que empujara.
La madera cedió apenas.
Julián introdujo el hombro y vio el corredor descendente. Había una luz al fondo, tan débil que no pudo identificar de dónde venía. Tomás lo llamó otra vez.
—Entré unos pasos.
Inés alzó la mirada.
—Dijiste que nunca abriste.
Él asintió.
—Mentí.
Arturo no lo interrumpió. Julián contó que dejó la puerta entreabierta y caminó hasta una segunda entrada. Allí encontró una habitación pequeña con una silla y ropa amontonada en el suelo.
—Había una chamarra de Tomás.
—¿Cuál?
—La café. La que tenía roto el cierre.
Inés la recordaba. Mercedes había buscado aquella chamarra entre las pertenencias de su hermano.
Nunca apareció.
—La levanté —continuó Julián—. Escuché algo detrás de mí.
La puerta del corredor se había cerrado.
⁂
Julián intentó regresar.
Encontró la salida donde debía estar, pero al abrirla volvió a entrar en la habitación de la silla.
Lo hizo dos veces.
A la tercera, había alguien sentado.
Un hombre con traje oscuro.
Tenía un sombrero sobre las rodillas.
—Me preguntó por qué había ido.
—¿Qué respondiste? —preguntó Esteban.
—Que buscaba a mi amigo.
El hombre señaló una puerta al fondo. Tomás estaba detrás. Julián escuchó que tosía. Después oyó el silbido de su respiración.
—Le dije que necesitaba un inhalador.
Inés sintió que las manos se le enfriaban. Julián había conocido a Tomás lo suficiente para identificar ese sonido. La presencia también.
—El hombre me preguntó qué haría para ayudarlo. Yo dije que lo que fuera.
Arturo movió la cabeza lentamente. Julián siguió:
—Entonces abrió la puerta de atrás.
No vio a Tomás.
Vio un tramo de escalera y algo extendido sobre los peldaños.
Había ropa.
Una mano.
La piel de los dedos parecía adherida a la pared.
Julián se quedó mirando sus propios zapatos.
—No pude entender cómo estaba colocado el cuerpo. Había una rodilla muy arriba y una cara debajo.
Inés no preguntó de quién era.
Temía que él lo supiera.
⁂
Había gritado. Después perdió la linterna. El hombre no se levantó de la silla.
Esperó a que Julián se apartara de la escalera y luego le preguntó si todavía quería llevarse a su amigo.
—Dije que quería salir.
Julián tragó saliva.
—Me contestó que todos terminaban pidiendo eso.
El hombre tomó la chamarra de sus manos.
Le ofreció abrir el camino.
A cambio, Julián regresaría cuando lo llamara.
—Le dije que sí.
Arturo apoyó ambas palmas en el bastón.
—¿Dijo que tenías que volver solo?
—No.
—¿Que debías entrar?
—No lo recuerdo.
—Inténtalo.
Julián se cubrió los ojos.
La habitación quedó en silencio.
Desde la calle llegaba el ruido de un vendedor recogiendo una estructura metálica.
—Dijo: «Cuando te devuelva lo que viniste a buscar, vendrás a buscarme».
Inés miró el teléfono.
La nota de los zapatos.
La voz de Tomás pidiendo que fuera.
Había estado preparando aquella llamada desde antes de que ella regresara a Mixcoac.
⁂
—¿Cómo saliste? —preguntó.
Julián bajó las manos.
—El hombre me dijo que cerrara los ojos.
Lo hizo.
Escuchó pasos junto a él y una respiración cerca de su oído.
Cuando volvió a mirar, estaba en el callejón.
La puerta ya no existía.
—Entonces llamé a la policía. Les dije que había escuchado a alguien.
—Y tomaste la foto —dijo Esteban.
Julián asintió.
—No pude explicar lo demás.
Inés se levantó.
Se acercó a la cocina y apoyó las manos en el fregadero vacío.
Julián no la siguió.
—Mi abuela lo sabía —dijo ella.
No era una pregunta.
—Me vio al día siguiente. Tenía el hombro lastimado y marcas en el cuello.
—¿Qué te dijo?
—Que no volviera. Que si escuchaba a Tomás, la buscara a ella.
Inés miró por la ventana pequeña de la cocina. Daba al cubo de las escaleras.
En algún piso inferior se encendió una luz.
—¿Y nunca volvió a llamarte?
—Hasta ahora, no.
⁂
Arturo pidió la nota que había aparecido dentro del zapato. Inés la sacó de la carpeta.
Si vienes, no traigas a Inés.
El anciano la colocó junto a la carta escondida de Mercedes.
—Quiere que ustedes se separen.
Julián se inclinó sobre la mesa.
—Tal vez si voy se acabe.
Inés se volvió hacia él.
—Eso mismo pensaba mi abuela cada vez que regresaba.
—Yo prometí.
—Estabas asustado.
—Aun así lo dije.
Arturo intervino:
—Él dijo que saldrías. Saliste. Después tuviste ocho años para pensar que le debías algo.
Julián lo miró.
—¿No le debo nada?
El anciano apretó los labios.
—No sé qué puede hacer. Puede lastimarte, como lastimó a Amalia. Eso no demuestra que pueda llevarte al corredor sin que hagas nada. Cada vez que habla te deja creer que obedecer será mejor.
Esteban se acercó a la mesa.
—Mi padre estuvo a punto de llevarme. Si hubiera pensado que aquella mujer era de verdad mi madre, habría terminado haciéndolo.
Inés regresó a su silla.
Le temblaban las piernas.
Ahora comprendía que la presencia había mantenido una conversación distinta con cada uno.
A Mercedes le ofrecía a Tomás.
A Esteban lo amenazaba con alcanzar a su hija.
A Julián le recordaba una deuda.
Y a ella le dejaba objetos.
⁂
Julián pidió perdón.
No intentó justificar de nuevo el silencio.
—Cuando dejaste la ciudad, pensé que era lo mejor. No quise darte otra razón para regresar.
Inés miró sus manos.
—Me dejaste creer que todos habían buscado en el mismo mundo que yo.
Él recibió la frase sin moverse. Durante un momento ella quiso hacerle daño con algo más. Recordarle cada hospital, cada llamada, cada noche en que había necesitado a alguien que hablara claro.
En cambio, tomó la carta escondida de Mercedes.
—No vuelvas a decidir qué puedo saber.
Julián asintió.
—No voy a hacerlo.
Arturo se levantó para traer cobijas. Esteban lo ayudó. Inés y Julián quedaron solos junto a la mesa.
—¿La persona de la escalera era Tomás?
Julián tardó en contestar.
—No vi bien la cara.
—¿De verdad?
Él sostuvo su mirada.
—De verdad.
Inés aceptó la respuesta.
No porque le bastara.
Porque era lo único que él podía darle.
⁂
Poco después de medianoche, Julián comenzó a sentir frío.
Se puso la chamarra.
Arturo cerró la ventana de la cocina, aunque ya estaba casi cerrada. Esteban ofreció preparar más café. Julián negó.
Se frotaba el hombro izquierdo.
—Es aquí donde me lastimé aquella noche.
Inés apartó los papeles.
—Déjame ver.
Él se desabrochó la camisa.
Tenía una cicatriz junto a la clavícula, apenas visible. Inés recordaba haberla visto años antes y haber aceptado su explicación: un accidente de trabajo.
Ahora la piel alrededor estaba enrojecida.
Cinco manchas oscuras comenzaban a aparecer sobre el hombro.
La forma de una mano.
Arturo se detuvo a su lado. Julián respiró con dificultad.
—Está apretando.
Inés tocó su brazo.
Lo sintió frío.
Esteban tomó el teléfono y marcó emergencias.
Mientras daba la dirección, Julián dobló las rodillas.
Inés y Arturo lo sostuvieron antes de que cayera.
⁂
Lo sentaron en el suelo.
Julián intentaba llevarse la mano al cuello. No había nada allí, pero sus dedos buscaban algo que no lograba apartar. Inés se arrodilló frente a él.
—Mírame. Como me dijiste antes.
Julián abrió los ojos.
El dolor le había llenado de lágrimas las pestañas.
Del otro lado de la puerta del departamento llegó una voz.
—Puedes venir caminando.
Esteban dejó de hablar por teléfono.
La operadora preguntó si seguía ahí.
Él confirmó la dirección y pidió una ambulancia.
La voz volvió a oírse:
—No hace falta que te pongas así, Julián.
Inés reconoció a Tomás.
También recordó el patio, los zapatos y la frase destinada a culparla.
Acercó su silla a la puerta sin tocar el picaporte.
Se sentó de espaldas a ella.
—No va a salir.
Julián hizo un sonido ahogado. Inés apretó los brazos de la silla. Había respondido a la presencia.
Lo sabía.
Pero aquella vez no había preguntado por su hermano ni pedido nada.
Detrás de la puerta alguien arrastró una uña sobre la madera.
—Eso no te corresponde decidir.
Inés miró a Julián.
—Entonces pregúntale a él.
⁂
Arturo se arrodilló junto al muchacho.
—¿Quieres ir?
Julián negó débilmente.
—Dilo.
Él tomó aire como pudo.
—No.
La presión en su hombro cedió un poco.
Inés observó las manchas.
La voz habló desde la puerta:
—Me prometiste volver.
Julián apoyó una mano en el suelo.
—Quería salir.
—Y saliste.
Arturo sostuvo su espalda.
—No le expliques más —murmuró.
En las escaleras se escucharon pasos.
Esteban corrió hacia la entrada, pero Inés levantó una mano.
—Espera.
Su teléfono sonó.
La operadora confirmó que el personal de emergencia estaba fuera del edificio y necesitaba acceso.
Esteban bajó a recibirlos.
La voz detrás de la puerta se perdió entre los ruidos de la calle.
Julián pudo respirar.
Las manchas seguían allí.
⁂
Cuando los paramédicos entraron, Inés se apartó.
Uno se arrodilló junto a Julián. El otro dejó una mochila sobre la mesa y comenzó a sacar material.
Arturo abrió espacio. Esteban explicó que había sufrido dificultad para respirar.
El segundo paramédico pidió a Inés que recogiera los documentos.
Ella reunió el cuaderno, las notas y la carta.
Entonces vio sus zapatos.
El izquierdo estaba en el pie derecho.
El derecho, en el izquierdo.
Levantó la mirada.
El hombre sonrió apenas.
Y dijo con la voz de Tomás:
—Ahora sí viniste a ayudarme, Inés.