Capítulo 8 de 13

La parte que faltaba

El hombre dejó de mover la cadena.

El reloj de plata quedó suspendido frente a su pecho.

Inés sintió el impulso de bajar. No había decidido hacerlo, pero su cuerpo ya se había apartado de la ventana y buscaba la puerta del departamento. Julián se interpuso.

—Mírame.

Ella intentó pasar.

—Tiene el reloj de mi abuela.

—O quiere que pienses eso.

Arturo cerró la cortina.

La habitación quedó en penumbra.

Inés se detuvo. Escuchaba su propia respiración, demasiado rápida, y el tictac dentro del frasco.

—Si pudo sacarlo de la tumba…

No terminó.

Esteban acercó una silla.

—Siéntate.

Inés obedeció sin ganas. Arturo apoyó el bastón contra la pared y encendió una lámpara.

—Lo hizo para que salieras.

—No puede quedarse ahí para siempre —dijo Julián.

El anciano lo miró.

—No necesitas esperar tanto. Solo tienes que dejar de hacer lo que espera.

⁂

Permanecieron lejos de la ventana.

Arturo preparó café en una olla pequeña. Esteban llamó a su hija para decirle dónde estaban y confirmar que Amalia y la señora Ortega habían llegado bien. Inés escuchó la conversación. Amalia quería hablar con ella. Esteban le pasó el teléfono.

—¿Encontraron a Arturo?

—Sí.

La anciana guardó silencio unos segundos.

—Entonces ya sabes que puede mentir.

—Tiene un reloj como el de Rafael.

—No salgas por eso.

Inés observó la hoja que Mercedes había dejado en el departamento.

Si muero, no será porque haya ganado.

—¿Mi abuela te dijo que iba a dejar de negociar?

Al otro lado se escuchó una respiración trabajosa.

—Me pidió que fuera al día siguiente temprano.

—¿A qué hora?

—A las seis.

—¿Por qué?

—Dijo que necesitaba dormir después de hacer algo.

Inés se enderezó.

—¿Qué cosa?

—No quiso explicarme por teléfono.

La llamada terminó poco después.

Inés devolvió el aparato. Arturo dejó las tazas sobre la mesa.

—Mercedes vino aquí para preguntar cómo conseguí esperar.

⁂

Volvieron al cuaderno.

Hasta entonces lo habían leído buscando respuestas inmediatas: una puerta, una regla, un modo de recuperar a Tomás. Inés comenzó otra vez desde la primera página.

Rafael.

Las fechas.

La noche en que Mercedes entró.

Después, años de anotaciones irregulares.

Algunas describían apariciones. Otras eran listas de nombres y direcciones. Había páginas dedicadas a personas que seguían vivas.

Inés se detuvo en una de ellas.

Clara Méndez.

Escuchó a su marido durante seis meses. Dejó de abrir cuando supo que otra vecina también lo oía.

Debajo:

La visitamos juntas. No volvió sola a la casa.

Más adelante había una nota sobre un hombre llamado Rogelio.

Le mostró los papeles a su hijo. Pasaron la noche en la cocina. A la mañana siguiente pudo salir.

Inés levantó la vista.

—Mi abuela no solo buscaba desaparecidos.

Arturo asintió.

—También iba a acompañar a los que estaban empezando a escucharlo.

Julián acercó el cuaderno.

—¿Por qué no escribió esto con más claridad?

Inés tocó una frase tachada.

—Porque quizá todavía estaba intentando entenderlo.

La idea le produjo una tristeza distinta.

Mercedes no había poseído todas las respuestas.

Había sido una muchacha que perdió a su hermano, luego una mujer que envejeció reuniendo pruebas sin saber cuáles podía creer.

⁂

En las últimas páginas encontraron varias hojas pegadas.

Inés creyó que la humedad las había unido, pero Julián examinó el borde bajo la lámpara.

—Tiene pegamento.

Arturo fue por un cuchillo de cocina. Julián lo utilizó para levantar una esquina sin cortar el papel. Trabajó despacio hasta separar las dos hojas.

Entre ellas había un sobre delgado.

En el frente, Mercedes había escrito:

Para Inés, si todavía quiere entrar.

Inés lo sostuvo durante un momento.

Luego abrió.

Dentro había una carta de cuatro páginas.

La primera comenzaba sin saludo.

No sé si Tomás puede volver.

Inés tuvo que detenerse.

Leyó de nuevo.

Mercedes había escrito aquello después de años de salir por las noches, guardar objetos y escuchar promesas.

Si alguien te asegura que sabe cómo traerlo, pídele que te diga a quién recuperó antes. Yo nunca conocí a una persona que regresara de esa puerta y pudiera contarlo. Yo salí del corredor. No llegué adonde estaba Rafael.

Julián permaneció junto a ella. Inés siguió leyendo.

⁂

La carta relataba la visita que faltaba en la grabación.

Mercedes había regresado al callejón después de hablar con Arturo.

El hombre la esperaba junto al muro de Esteban.

Le ofreció un último trato.

Tomás saldría si Inés entraba voluntariamente antes del amanecer.

Mercedes preguntó cómo podría reconocer a su nieto.

El hombre le respondió que conservaría su voz.

Le dije que una voz no bastaba.

Entonces la presencia adoptó la cara de Rafael.

Mercedes describía la boca de su hermano, la cicatriz cerca de la ceja y la forma en que inclinaba la cabeza cuando quería convencerla.

Me dijo que yo había vivido mientras él esperaba. Que ahora me tocaba hacer algo por la familia.

Inés dejó de leer. Conocía aquella manera de pedir. Tomás también había recibido reproches con su voz.

No acepté. Me fui. Me siguió hasta el patio.

La siguiente línea tenía manchas.

Anoche me senté frente a la cocina. Puse una taza para mí y otra para él porque quería verlo quedarse sin nada que ofrecer.

—Las dos tazas —murmuró Inés.

Esteban se quitó los lentes. Arturo miró hacia la cortina cerrada.

La carta continuaba.

Dijo que podía matarme.

Le dije que no necesitaba mi permiso para intentarlo.

Dijo que podía llevarte.

Le pregunté por qué seguía pidiéndome que te trajera.

Inés dejó escapar el aire lentamente. Julián apoyó una mano sobre su hombro.

La última página contenía una instrucción.

Cuando amaneció, la taza de enfrente tenía tierra. Yo seguía sentada. Ahora escribo antes de esconder estas hojas en el cuaderno. Esta noche volveré a esperar, pero no le ofreceré nada. Le pedí a Amalia que viniera temprano mañana.

Voy a dejar esta carta escondida. Si vuelve a hablar con mi voz, quiero que tengas algo que escribió mi mano antes de que muriera.

Debajo, Mercedes había añadido:

El reloj de Rafael no abre la puerta. Me lo devolvió cuando entendió que yo seguía esperando a mi hermano. Lo guardé porque fui incapaz de tirarlo.

Si después de mi muerte te muestra ese reloj, no des por hecho que lo sacó de mi tumba. Ya conocía su forma y podía hacerme verlo incluso cuando yo lo guardaba en un cajón.

Inés cerró los ojos.

Por primera vez desde el entierro pudo pensar en la tumba sin imaginar unas manos abriéndola desde abajo.

No tenía pruebas de que la tumba hubiera sido alterada. La cadena en manos de aquel hombre no bastaba para demostrarlo. Podía dejar de imaginar a Mercedes arrancada de la tierra cada vez que cerraba los ojos.

⁂

La carta terminaba con una confesión.

Quise protegerte escondiendo lo que sabía. Te dejé sola con una culpa que no era tuya.

Tomás no desapareció porque despertaras a la abuela.

Inés bajó la cabeza. Durante ocho años había repetido aquel minuto: soltar su muñeca, caminar por el pasillo, buscar ayuda. Había imaginado quedarse junto a él.

Sujetarlo.

No encender la luz.

No moverse.

Julián se arrodilló frente a su silla. Ella comenzó a llorar sin cubrirse la cara. Arturo recogió las tazas. Esteban se acercó a la ventana, pero no apartó la cortina. Nadie le pidió que se calmara. Inés lloró por Tomás, por Mercedes y por la muchacha de veintiocho años que se había quedado frente a una cama vacía sin saber qué acababa de perder.

Cuando pudo volver a mirar el papel, encontró la última frase.

No vayas a buscarme a mí también.

⁂

La luz de la tarde comenzó a desaparecer.

Arturo permitió que se quedaran. Esteban llamó otra vez a Laura y le explicó que pasarían la noche allí.

No inventó una avería.

Dijo que estaba asustado y que necesitaba compañía.

Laura no hizo preguntas durante unos segundos. Después le pidió que mantuviera el teléfono encendido. Julián dejó mensajes a su madre y a Teresa. Inés fotografió la carta completa y guardó las imágenes junto a las del plano.

Luego tomó el frasco.

El reloj seguía marcando las tres y dieciocho.

—Voy a dejar de cargarlo —dijo.

Arturo señaló una lata vacía en el taller improvisado de su balcón.

Colocaron el frasco dentro y cerraron la tapa.

No hubo golpes.

No se apagó ninguna luz.

Aquella ausencia de respuesta hizo que Inés comprendiera cuánto esperaba ya una reacción de la presencia cada vez que tomaba una decisión.

Se apartó de la lata.

Volvió a sentarse con los demás.

⁂

A las diez, Julián revisó su teléfono.

Tenía varias llamadas perdidas de un número desconocido.

No contestó.

Una nueva llamada entró mientras miraba la pantalla.

Arturo negó con la cabeza. El teléfono dejó de vibrar. Después llegó un mensaje de voz. Julián lo observó durante largo rato.

—Podría ser alguien del trabajo.

Inés sintió de nuevo la duda: bastaba una posibilidad pequeña para que uno extendiera la mano. Julián bajó el volumen y reprodujo el mensaje junto a su oído.

Su expresión cambió.

Inés supo quién hablaba antes de que él lo dijera.

—Tomás.

Julián no volvió a reproducirlo.

Pero la voz salió otra vez del altavoz.

—No la traigas. Ven tú.

Esteban se levantó. Julián pulsó el botón de apagado.

La voz continuó:

—Yo te saqué de ahí aquella noche.

Inés lo miró. Había creído que conocía ya todo lo que su amigo ocultaba. Julián tenía los ojos fijos en el aparato.

La voz bajó hasta convertirse en un susurro.

—Diles qué dejaste a cambio.

El teléfono se apagó.

En la habitación quedó el ruido del tráfico.

Julián apoyó el aparato sobre la mesa.

—Yo no me senté a esperar —dijo.

Arturo enderezó la espalda.

—¿Qué hiciste?

Julián miró a Inés.

—Le prometí que, si me dejaba salir, algún día volvería.