Capítulo 7 de 13

El hombre al final del paso

Julián arrancó la batería de la grabadora.

La voz cesó.

Inés permaneció frente al fregadero, mirando el reloj dentro del frasco.

Tres y dieciocho.

Amalia había comenzado a rezar, pero Esteban le pidió silencio con una mano levantada.

Escucharon.

Desde alguna parte de la casa llegó un golpe de madera. Después otro.

La señora Ortega miró hacia el pasillo.

—Es el portón.

Julián fue hasta la sala. Inés lo siguió sin soltar el cuaderno.

El cerrojo estaba corrido. Sin embargo, cada golpe hacía vibrar la puerta dentro del marco.

No tocaban desde afuera.

El sonido venía del interior de la madera.

Julián retrocedió.

—Nos vamos.

Esta vez Inés no discutió.

⁂

Salieron por una puerta lateral que comunicaba el patio con el garaje de un vecino.

La señora Ortega llamó antes de abrir. El vecino los recibió con expresión confusa y permitió que atravesaran su casa. Julián explicó que había un problema en la entrada principal.

Nadie llevó los zapatos. Inés guardó el frasco con el reloj dentro de su bolsa, envuelto en una toalla. Dejarlo allí le pareció peor que cargarlo.

La grabadora quedó sobre la mesa, separada de su batería.

Ya en la calle, Esteban llamó a su hija. Le pidió que recogiera a la señora Ortega y a Amalia para llevarlas a su departamento en Toluca.

—¿Y usted? —preguntó Julián.

—Voy a quedarme con ustedes.

Se sentaron en una cafetería cerca de una avenida. Eligieron una mesa junto al ventanal, rodeados por conversaciones, tazas y el ruido de una licuadora.

Inés sacó la carpeta de Teresa. No había terminado de revisar los testimonios.

—Tiene que haber alguien que haya conseguido salir sin dejarlo entrar —dijo.

Julián acercó su silla. Esteban se puso los lentes.

Entre los tres comenzaron a leer.

Encontraron el nombre después de varias páginas.

Arturo Salcedo. Cargador. Cuarenta y nueve años al momento de la entrevista.

Ernesto Alarcón había hablado con él treinta años antes.

Arturo aseguró haberse perdido en el callejón durante una madrugada. Caminó hasta la salida, pero encontró de nuevo el lugar por donde había entrado. Lo intentó varias veces. Después apareció un hombre.

Vestía un traje oscuro y tenía un sombrero en la mano. Me preguntó a quién buscaba.

Inés siguió leyendo. Arturo contestó que no buscaba a nadie. El hombre le ofreció llevarlo a casa.

Le dije que sabía llegar solo. Entonces se enojó. No levantó la voz, pero dejó de parecer una persona.

La descripción terminaba allí. Ernesto había anotado al margen:

Se niega a precisar el rostro.

Julián señaló el siguiente párrafo. Arturo escuchó la voz de su hijo, muerto de fiebre cuando era pequeño. Venía de una puerta abierta en el muro.

Me pedía que lo cargara. Yo ya iba a entrar.

—¿Qué lo detuvo? —preguntó Esteban.

Inés leyó la última línea.

Mi niño nunca aprendió a hablar.

⁂

Teresa contestó enseguida cuando la llamaron.

Recordaba a Arturo.

—Venía a conversar con mi padre. Después siguió pasando por la tienda.

—¿Todavía vive?

—Hasta donde sé.

Buscó una dirección en una libreta y se la dictó.

Era un edificio cercano, al otro lado de una avenida.

—Vayan antes de que oscurezca —añadió—. Hace años que no abre después de las seis.

Cuando Inés terminó la llamada, Julián la estaba observando.

—No has dormido.

—Tú tampoco.

—Podemos ir mañana.

Inés tocó la bolsa donde llevaba el reloj.

—Mi abuela se murió esperando.

Él bajó la mirada. Esteban dobló con cuidado la hoja del testimonio.

—Arturo conoció a mi padre. Yo también quiero escucharlo.

⁂

La hija de Esteban llegó poco después.

Se llamaba Laura. Bajó del coche con el ceño fruncido y abrazó a su padre antes de preguntar qué ocurría.

Esteban dijo que había humedad y problemas eléctricos en las casas. Laura miró al grupo.

No le creyó.

Pero cuando vio las manos temblorosas de la señora Ortega, abrió la puerta trasera y ayudó a Amalia a subir.

—Mándame la dirección donde te vas a quedar —le pidió a su padre.

Él prometió hacerlo. Amalia llamó a Inés desde la ventanilla.

—No vayas a buscar esa puerta.

Inés se acercó. La anciana le tomó la mano.

—Aunque lo escuches llorar.

Durante un momento, Inés quiso prometerlo.

No pudo.

Amalia comprendió antes de que dijera nada.

Soltó su mano lentamente.

⁂

Arturo Salcedo vivía en el último piso de un edificio sin elevador.

Abrió cuando Esteban se identificó.

Era un hombre muy delgado, con manchas en las manos y una camisa abotonada hasta el cuello. Se apoyaba en un bastón.

Miró a Inés.

—¿Vienes por Mercedes?

Ella sintió una punzada.

—Soy su nieta.

Arturo los dejó entrar.

El departamento tenía pocas cosas: una mesa, dos sillas, un sillón cubierto con una sábana y fotografías enmarcadas sobre un mueble.

Inés reconoció en una de ellas a un bebé.

Apartó la mirada.

Arturo se sentó junto a la ventana.

—Mercedes vino el mes pasado.

—¿Qué quería saber?

—Si el hombre seguía apareciendo.

—¿Usted lo ha vuelto a ver?

El anciano señaló la calle con el bastón.

—A veces espera abajo.

Julián miró por la ventana. Había una camioneta estacionada y dos personas conversando frente a una tienda.

—¿Ahora?

—Todavía no.

⁂

Inés puso la copia del testimonio sobre la mesa. Arturo no quiso leerla.

—Me acuerdo.

Le contaron lo ocurrido desde el velorio.

El anciano escuchó sin interrumpir. Cuando Inés mencionó el reloj, pidió verlo. Ella sacó el frasco. Arturo observó la carátula.

—Le gusta devolver cosas.

—¿Por qué?

—Porque uno empieza a pensar que también puede devolver a la persona.

Inés dejó el frasco sobre la mesa antes de continuar.

—¿Mi hermano está vivo?

Arturo mantuvo los ojos sobre el reloj.

—No tengo cómo saberlo.

La honestidad de la respuesta le dolió y, al mismo tiempo, le permitió respirar.

Nadie estaba prometiéndole nada.

—¿Quién es el hombre? —preguntó Julián.

Arturo levantó la mirada.

—El que te pregunta lo suficiente hasta encontrar qué ofrecerte.

—¿El diablo?

—Así le decimos aquí.

Esteban se acomodó en la silla.

—¿Qué quiere?

Arturo tardó en contestar.

—Que lo sigas. Que le abras. Que lleves a alguien. Siempre te pide algo que puedes hacer con tus propias manos.

⁂

Inés recordó las palabras de la grabación.

Entonces no pidas que tu nieto salga.

Su abuela había buscado un intercambio.

El padre de Esteban también recibió una petición.

Llevar a su hijo.

—¿Se puede sacar a alguien de ahí? —preguntó.

Arturo cerró los ojos un momento.

—Mercedes me hizo esa misma pregunta.

—¿Qué le dijo?

—Que yo solo conseguí salir del callejón. Nunca entré por la puerta.

Inés se levantó y caminó hasta las fotografías.

Necesitaba unos segundos lejos de los demás.

En una imagen, Arturo aparecía joven junto a una mujer de vestido claro. En otra sostenía al bebé.

—¿Cómo salió? —preguntó sin volverse.

—Me senté.

Ella miró por encima del hombro. Arturo sostuvo el bastón entre ambas manos.

—Dejé de caminar cuando él quería que caminara. No miré hacia la puerta. Esperé.

—¿Cuánto?

—Hasta que escuché un camión pasando por la avenida. Después pude ver la salida.

Julián frunció el ceño.

—¿Y el hombre?

—Seguía ahí. Me dijo que iba a cansarme antes que él.

⁂

Arturo pidió un vaso de agua. Esteban fue a la cocina. Inés volvió a sentarse.

—La grabadora habló con la voz de mi abuela. Dijo que ahora ya podía abrir.

El anciano bebió despacio.

—¿Y le creíste?

—No sé.

—Que pueda imitarla no significa que ella haya hablado.

Inés bajó los ojos. Habían pasado horas interpretando la frase como una advertencia verdadera. Quizá eso era lo que buscaba: hacerlos actuar.

—¿También pudo escribir la nota de mi hermano?

—Pudo.

—¿Y el recibo?

Arturo miró hacia Esteban.

—¿Qué recibo?

Inés lo sacó de la carpeta. El anciano leyó:

Acepto esperar, pero ella no.

Después examinó la huella negra.

Su mano comenzó a temblar.

—¿Dónde encontraron esto?

—Mercedes lo tenía cuando murió.

Arturo dejó el papel.

Se puso de pie con dificultad.

—Tu abuela quería que yo guardara otra cosa. No acepté. Ya había tenido bastante.

Fue hasta un cajón y sacó un sobre.

—Pero olvidó esto.

Dentro había una hoja arrancada de una libreta de espiral.

La letra era de Mercedes.

No quiere mi muerte. Quiere que yo le entregue a Inés.

⁂

Inés leyó la frase dos veces.

Debajo había varias líneas.

Cada ofrecimiento cambia cuando intento cumplirlo. Rafael, Tomás, una hora más. Nunca debo aceptar sus palabras como condiciones completas.

Al final:

Si muero, no será porque haya ganado.

Julián se acercó a ella. Arturo señaló el recibo.

—Yo no sé quién escribió eso. Pero ella salió de aquí decidida a dejar de negociar.

Esteban se quitó los lentes. Inés pensó en su abuela guardando la grabadora, repartiendo documentos, escribiéndole una carta.

Mercedes había querido que ella supiera.

No que continuara haciendo promesas.

El reloj volvió a sonar dentro del frasco.

Un tictac.

Luego otro.

Arturo se acercó a la ventana.

Abajo, junto a la camioneta, había un hombre con traje oscuro.

Sostenía un sombrero.

No miraba la entrada del edificio.

Miraba directamente hacia ellos.

Inés se apartó del vidrio, pero el hombre levantó la mano antes de que terminara de moverse.

Entre sus dedos colgaba una cadena de plata.

El reloj de Rafael.

El que habían enterrado con Mercedes.