Capítulo 6 de 13
Lo que Mercedes ofreció
Esteban salió a la banqueta y cerró la puerta azul.
La voz de su hija siguió hablando dentro.
—Papá, no me dejes sola.
El hombre introdujo la llave en la cerradura. Falló dos veces antes de conseguir girarla. Julián le sostuvo el antebrazo.
—Venga con nosotros.
Esteban guardó la llave.
—Necesito llamar a mi hija.
Se apartó unos pasos, marcó un número y esperó con el teléfono pegado al oído.
Cuando contestaron, su espalda se encorvó.
—¿Dónde estás?
Inés oyó apenas una voz de mujer.
—No, no pasa nada. Quería saber a qué hora llegabas.
Esteban miró la puerta.
—Mejor no vengas hoy. Estoy saliendo.
Colgó.
Durante un momento se quedó observando la pantalla, como si no confiara del todo en la conversación. Después dijo:
—Está en su trabajo.
Desde dentro, algo golpeó la madera. Los tres se alejaron sin volver la cabeza.
⁂
La papelería de Teresa Alarcón estaba frente a una pequeña plaza.
En el escaparate había cuadernos, carpetas y una cartulina con precios de impresiones. Dentro, una muchacha atendía a dos estudiantes que buscaban hojas de colores.
Esteban preguntó por Teresa.
La joven señaló una cortina detrás del mostrador.
—Está contando mercancía.
Una mujer de unos sesenta años apareció con una caja de plumas entre los brazos. Llevaba el cabello recogido y un lápiz detrás de la oreja.
—Esteban. Hace meses que no…
Se interrumpió al ver a Inés.
Su mirada descendió hacia el cuaderno negro.
—Tú eres la nieta.
Inés asintió. Teresa dejó la caja.
—Vengan atrás.
Los condujo a una habitación donde se apilaban paquetes de papel y cajas de libros. Había una mesa ocupada por una calculadora, facturas y un vaso con agua.
Teresa despejó un espacio.
—Supe lo de Mercedes. Quería ir al entierro, pero mi marido está enfermo.
—Esteban dice que le dejó documentos.
La mujer miró hacia la cortina.
—Me pidió que te los entregara si venías.
—¿Y si no venía?
Teresa comprobó que la cortina estuviera cerrada.
—Que los quemara.
⁂
La carpeta estaba guardada en un cajón con llave.
Teresa la puso sobre la mesa. Dentro había fotocopias de periódicos, hojas escritas a mano y un sobre cerrado.
En la primera página aparecía un título:
Testimonios del paso de Mixcoac.
Debajo figuraba el nombre de Ernesto Alarcón.
—Mi padre —explicó Teresa—. Era maestro. Recogía relatos de los vecinos cuando se jubiló. Pensó que podía hacer un libro.
Julián hojeó algunas páginas. Había historias repetidas con pequeñas diferencias: un hombre de sombrero detenido al final del callejón; una figura cuya sombra caía hacia la luz; pasos que seguían a quien caminaba solo.
Algunos vecinos hablaban del diablo.
Otros evitaban nombrarlo.
—¿Publicó el libro? —preguntó Inés.
—No.
Teresa señaló una hoja.
—Después de entrevistar a tu abuela, dejó de trabajar en él.
Esteban se sentó junto a la pared. Parecía haber envejecido durante el trayecto. Inés encontró el nombre de Mercedes en una transcripción. Había una pregunta subrayada:
¿La presencia se llevó a su hermano?
La respuesta ocupaba varias líneas.
No sé qué se llevó. Volvió alguien con su ropa y sus recuerdos. Mi madre lo abrazó. Yo también. Después desapareció otra vez.
Inés sintió que la habitación se enfriaba.
Mercedes había contado más a un desconocido que a ella.
Pero siguió leyendo.
Cuando entré por la puerta, escuché a Rafael. Lo escuché cerca. No pude alcanzarlo.
⁂
Teresa abrió el sobre.
Contenía una pequeña grabadora digital y una nota.
—Mercedes vino hace una semana. Me pidió que guardara esto junto con los papeles de mi padre.
Inés reconoció la letra.
No borres la conversación. Aunque te lo pida después.
Julián examinó el aparato.
—¿Tiene batería?
Teresa conectó un cable a una computadora del mostrador y regresó con él unos minutos después.
—Un poco.
Había tres archivos.
El primero contenía una conversación entre Mercedes y Teresa. Hablaron de fechas, del cuaderno y de un plano que Esteban se negaba a mostrar.
El segundo era casi puro ruido: viento contra el micrófono, pasos, el roce de una bolsa.
En el tercero, Mercedes respiraba con dificultad.
Luego decía:
—Ya estoy aquí.
Inés apoyó ambas manos en la mesa.
Una voz de hombre respondió.
—Tardaste.
Era Tomás.
Julián cerró los ojos. Teresa dejó de tocar los papeles.
La voz de Mercedes volvió a oírse:
—Quiero verlo.
—Lo has visto muchas veces.
—A él. Sin ti.
Hubo un sonido leve, semejante a una risa contenida.
—Siempre haces preguntas que no te convienen.
⁂
Inés quiso detener la grabación.
Su dedo quedó suspendido sobre el botón, pero no llegó a tocarlo.
—¿Dónde estaba? —preguntó.
Teresa señaló la nota.
—Solo sé que volvió con barro en los zapatos.
En el aparato, Mercedes hablaba otra vez.
—Dijiste que mientras yo viviera no irías por ella.
La respuesta llegó con la voz de Tomás, aunque más lenta.
—Y has vivido mucho.
Inés levantó la mirada hacia Julián. Él también había entendido. Inés quiso creer que Mercedes había conseguido tiempo. Tal vez aquella promesa explicaba los ocho años sin nuevas visitas; tal vez su abuela había confiado en una mentira. La grabación no permitía distinguirlo.
—No la he traído —dijo su abuela—. No voy a hacerlo.
Un ruido de cadenas ocupó la grabación.
Después:
—Entonces no pidas que tu nieto salga.
Esteban se llevó una mano a la boca.
Mercedes permaneció en silencio durante varios segundos.
Cuando volvió a hablar, apenas se la escuchó.
—Podría quedarme yo.
Inés sintió que el aire no le alcanzaba. Teresa bajó el volumen por instinto.
La voz masculina respondió:
—Tú ya entraste. No es lo mismo.
La grabación recogió tres golpes.
Mercedes dijo algo que ninguno comprendió.
Y terminó.
⁂
Nadie habló enseguida. Desde la tienda llegaban el sonido de la impresora y las preguntas de los estudiantes. Alguien pidió una goma blanca. La muchacha del mostrador respondió que estaban junto a la caja. Inés se aferró al borde de la mesa.
—Fue por mí.
Julián se acercó.
—No sabemos todo.
—Dijo que mientras viviera no iría por ella. Por mí.
Teresa apartó la grabadora.
—Cuando vino, parecía decidida a hacer algo. Le pregunté si necesitaba compañía.
—¿Qué respondió?
—Que todavía no.
Inés recordó a Mercedes sentada en el patio.
La explicación del médico.
El corazón.
—Tengo que hablar con Amalia.
Sacó el teléfono y llamó.
La anciana contestó al tercer tono.
—¿Dónde están?
—En la papelería de Teresa. Encontramos una grabación.
Amalia no respondió.
—Mi abuela ofreció quedarse a cambio de Tomás.
Al otro lado se oyó una silla arrastrándose.
—No sigas hablando por teléfono —dijo Amalia—. Vengan.
Esteban los acompañó hasta casa de Julián.
No quiso regresar por sus cosas.
La señora Ortega le preparó café y le ofreció el cuarto de su hijo para descansar. El hombre agradeció, pero se quedó sentado junto a una ventana.
Amalia escuchó la grabación sin interrumpir.
Cuando terminó, pidió oír la última parte otra vez.
Acercó el aparato a su oído.
Los tres golpes.
La respiración de Mercedes.
Aquellas palabras que no habían podido distinguir. Amalia retiró lentamente la grabadora.
—Dijo: «No uses su nombre».
Inés miró el aparato.
—¿El mío?
—No lo sé.
Julián tomó el cuaderno.
—Tenemos que poner las fechas en orden.
Extendieron las hojas sobre la mesa: la desaparición de Rafael, la salida de Mercedes por la puerta, el cierre del muro de Esteban y los testimonios posteriores.
Luego, Tomás.
Los ocho años.
La grabación.
La muerte de Mercedes.
Inés observó la última fecha.
—¿Qué pasó en el patio? —preguntó a Amalia.
La anciana juntó las manos.
—Ya te dije que la encontré sentada.
—Y yo te estoy preguntando qué viste.
⁂
Amalia mantuvo la mirada baja.
—Tenía la silla frente a la puerta de la cocina. Como si esperara a alguien.
—¿Había alguien?
—No cuando llegué.
—¿Qué más?
La anciana respiró hondo.
—Había dos tazas.
Inés recordó las flores del velorio y la pileta del patio. Amalia había tenido tiempo de ordenar la casa antes de su llegada.
—¿Las lavaste?
—Sí.
Julián dejó el lápiz.
—¿Por qué?
—Porque una tenía tierra dentro.
Inés se sentó. Amalia continuó:
—Tu abuela sostenía un papel. Lo apretaba tanto que tuve que separarle los dedos.
—¿Dónde está?
La anciana sacó un pañuelo del bolsillo.
Lo desdobló sobre la mesa.
Dentro había un recibo de luz arrugado. Al reverso, Mercedes había escrito una sola frase.
Acepto esperar, pero ella no.
Debajo había otra marca.
Una línea negra.
No parecía hecha con tinta.
Inés acercó el papel.
Era una huella de pulgar.
La piel había dejado surcos tan profundos que podían sentirse al pasar el dedo por detrás.
—No quise esconderte esto —dijo Amalia—. Quería entenderlo antes.
Inés ya no tenía fuerzas para discutir. Miró el cuaderno.
Mercedes había aceptado algo.
Pero la conversación grabada indicaba que su ofrecimiento no bastaba.
¿Había vuelto a negociar después?
¿O alguien había escrito aquellas palabras con su mano?
⁂
Julián propuso guardar juntos los objetos.
La grabadora, el recibo y la nota de los zapatos quedaron sobre una bandeja. El reloj seguía dentro del frasco, junto al fregadero.
Inés se acercó.
El segundero avanzaba.
Las otras agujas permanecían inmóviles.
Entonces recordó las palabras de Esteban: el reloj de Rafael se había detenido a la misma hora.
—¿Usted conserva el de su tío? —preguntó Amalia.
Inés negó.
—No lo encontré.
Esteban levantó la cabeza.
—Mercedes sí lo tenía. Una cadena de plata, tapa lisa.
—¿Dónde?
—Lo llevaba cuando me pidió abrir el muro.
Inés pensó en el ataúd.
En las manos de su abuela.
No había visto ninguna cadena.
Tomó el teléfono y buscó la fotografía que una prima le había enviado del velorio antes de su llegada.
Amplió la imagen.
Mercedes tenía las manos juntas sobre el pecho.
Entre sus dedos aparecía un tramo de plata.
Inés miró a Julián.
—La enterramos con él.
En ese instante, el reloj dentro del frasco dejó de sonar.
El segundero se detuvo.
La aguja de los minutos avanzó una marca.
Tres y dieciocho.
Desde la grabadora apagada llegó la voz de Mercedes.
—Ahora ya puede abrir.