Capítulo 5 de 13

La casa sin patio

El segundero avanzaba.

Inés lo observó completar una vuelta, después otra. La aguja de los minutos permaneció sobre el diecisiete. Julián acercó el reloj a la luz.

—Puede tener roto el mecanismo.

Inés no respondió.

La correa tenía la misma rajadura que Tomás había remendado con pegamento. En el cristal seguía la marca de un golpe contra el marco de una puerta, durante una discusión que terminó con ambos riéndose.

No era un reloj parecido.

Era el suyo.

—No lo pongas en hora —dijo Amalia desde la cocina.

Julián levantó la cara.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos para qué lo dejó.

Inés tomó un frasco vacío de la alacena. Julián colocó el reloj dentro y cerró la tapa.

El sonido continuó.

Un tictac leve, obstinado.

⁂

El sábado por la mañana, la señora Ortega quiso preparar desayuno.

Batió huevos, calentó tortillas y puso café sobre la mesa. Ninguno tenía hambre, pero comieron por ella, por la necesidad de hacer algo que perteneciera a una mañana corriente.

Julián propuso salir de Mixcoac.

—Tengo un primo en Cuernavaca. Podemos ir hoy.

Inés abrió el cuaderno en la página marcada.

—Primero quiero hablar con este hombre.

Señaló el nombre de Esteban Valdés.

—Podemos llamarlo.

—No hay teléfono.

Amalia se inclinó para leer la dirección.

—La casa sigue ahí. Está detrás de lo que fue la relojería.

Julián dejó la taza.

—No vamos a meternos en el callejón.

—Es de día.

—Anoche también había luces cuando llegamos a mi casa.

Inés miró hacia el frasco, apartado junto al fregadero. Durante ocho años había vivido lejos, convencida de que la distancia podía protegerla de sus recuerdos. Ahora el reloj de su hermano había aparecido en un patio ajeno.

—Irme no impidió que me encontrara —dijo—. Necesito saber qué buscaba mi abuela.

Julián tardó en decidirse. Finalmente tomó las llaves.

—Vamos juntos.

Amalia se quedó con la señora Ortega. Antes de que salieran, pidió a Inés que le mostrara una vez más la anotación.

La leyó despacio.

—Mercedes fue a verlo varias veces —dijo—. Nunca me contó qué le respondió.

⁂

La antigua relojería tenía la cortina metálica abajo.

Sobre ella quedaba un letrero despintado: VALDÉS. REPARACIÓN DE RELOJES.

A un costado había una puerta azul con una placa pequeña. El número coincidía con el del cuaderno.

Julián pulsó el timbre.

Nada ocurrió.

Volvió a hacerlo.

Una mujer que barría la entrada de la casa vecina los observó desde la banqueta.

—Si buscan al señor, toquen fuerte. Casi no oye.

Julián golpeó con los nudillos. Desde dentro llegó un arrastre de muebles. Después, una voz:

—No compro nada.

—Buscamos a Esteban Valdés —respondió Inés—. Soy la nieta de Mercedes.

El movimiento cesó.

La mujer de la escoba bajó los ojos y entró en su casa.

Un cerrojo se abrió.

Esteban tenía unos setenta años y llevaba una bata gris sobre el pantalón. Sus lentes colgaban de un cordón. Miró primero a Inés, luego a Julián.

—¿Cuál nieta?

—Inés.

El hombre apretó la boca.

—Tu abuela murió.

—La enterramos ayer.

Esteban sostuvo la puerta con el hombro.

—Lo siento.

Parecía dispuesto a cerrar.

Inés sacó el cuaderno de la bolsa.

—Nos dejó su dirección.

El hombre miró las tapas negras.

Luego se apartó.

—Entren. No se queden ahí.

⁂

La casa olía a aceite, madera vieja y café quemado.

Atravesaron una habitación llena de relojes desmontados. Había carátulas sin agujas, cajas de péndulo apoyadas contra el muro y pequeños sobres con tornillos ordenados sobre una mesa.

Inés esperaba encontrar un patio después del taller.

Llegaron a una segunda habitación.

Luego a una cocina estrecha.

Las ventanas daban a un corredor cubierto por láminas.

La casa parecía haber sido construida por partes, cada cuarto añadido donde antes existía otra cosa. Esteban les indicó dos sillas.

—¿Qué les pasó?

Inés le contó lo del patio de Mercedes, la visita a casa de Julián y los zapatos.

No mencionó el reloj hasta el final.

Esteban se quitó los lentes.

—¿Lo trajeron?

—Se quedó guardado —respondió Julián.

El hombre asintió, aliviado.

—¿Le movieron las agujas?

—No.

Esteban apoyó las manos en la mesa.

—Tu abuela quería traerme uno. El de su hermano. Decía que se había detenido a la misma hora.

Inés abrió el cuaderno.

—Aquí dice que usted conserva unos planos.

—No van a ayudarles.

—Déjenos verlos.

—Mercedes también pensaba que bastaba con saber dónde estaba una puerta.

Julián se inclinó hacia él.

—¿Usted la ha visto?

Esteban observó el corredor cubierto.

—Vi lo que hizo mi padre para taparla.

⁂

La casa había pertenecido a su familia desde mucho antes de que Esteban naciera.

Originalmente tenía un patio, una cisterna y dos accesos: la entrada de la calle y una puerta de servicio hacia el paso estrecho que los vecinos llamaban el Callejón del Diablo.

Su padre cerró aquella salida cuando Esteban era niño.

—Mandó poner ladrillos delante. Después construyó otra pared dentro.

—¿Por qué?

Esteban buscó algo en el bolsillo de la bata. Sacó una llave, volvió a guardarla.

—Decía que entraban ladrones.

—¿Usted le creyó?

—A los siete años uno cree lo que puede.

Se levantó.

Inés y Julián lo siguieron al taller. Esteban abrió un cajón y sacó una carpeta atada con cordón. Dentro había documentos amarillentos y un plano trazado a mano.

Lo extendió bajo una lámpara.

Inés localizó el patio. Esteban señaló una abertura en el muro posterior.

—Aquí.

Julián comparó las líneas con la distribución que acababan de recorrer.

—Eso quedaría detrás de la cocina.

—Detrás de dos paredes.

—¿Y el patio?

Esteban pasó el dedo sobre el plano.

—Mi padre lo cubrió. No quería que viéramos ese muro desde ninguna parte de la casa.

Inés recordó la anotación de Mercedes.

Preguntar por la casa sin patio.

Su abuela había encontrado el lugar.

Pero no había conseguido entrar.

⁂

—¿Por qué no le enseñó esto? —preguntó.

Esteban recogió el cordón.

—Porque quería abrir.

—¿Cómo lo sabe?

—Me pidió permiso para derribar la pared.

Inés permaneció inmóvil.

En el cuaderno había listas de desaparecidos, advertencias, dibujos. Había imaginado a Mercedes tratando de cerrar una entrada, de impedir que algo siguiera escapando.

No buscando abrirla.

—Quería recuperar a Tomás.

Esteban la miró.

—Eso decía.

—¿Y usted qué piensa?

El hombre tardó en contestar.

—Que llevaba demasiado tiempo oyendo promesas.

Julián sacó el teléfono y mostró la fotografía del callejón. Esteban la acercó a sus lentes.

—¿Cuándo tomaste esto?

—Después de que desapareció Tomás.

—¿Escuchaste a alguien?

Julián asintió.

—La puerta apareció aquí.

Señaló el rectángulo oscuro.

Esteban dejó el teléfono sobre la mesa.

—Esa es la parte de afuera de mi cocina.

⁂

Inés pidió ver el muro. Esteban se negó al principio. Julián explicó que solo querían comparar el plano, sin tocar nada. El hombre acabó llevando una lámpara portátil hasta la cocina.

Apartó un estante con latas, botellas y herramientas. Detrás había un tabique de yeso, distinto de las paredes antiguas.

En la parte inferior, cerca del suelo, se veía una abertura cuadrada cubierta con una rejilla.

—Sirve para revisar la humedad —dijo Esteban.

Quitó dos tornillos y retiró la rejilla.

Más allá había un espacio estrecho entre el tabique y una pared de ladrillo.

Julián se agachó con la lámpara.

El muro antiguo tenía grietas en el mortero.

En algunos sitios los ladrillos parecían colocados con demasiada prisa.

Inés se arrodilló junto a él. Al fondo de aquella separación había algo brillante.

Una pieza de metal.

—¿Qué es eso?

Esteban bajó la luz.

El objeto estaba incrustado entre dos ladrillos.

Parecía la punta de un dedo.

Inés recordó el dibujo.

La mano izquierda.

El llamador.

Extendió el brazo.

Esteban la sujetó de la muñeca.

—No lo toques.

El tirón la hizo golpearse el codo contra el borde.

—Solo quería verlo.

—Ya lo viste.

El hombre volvió a colocar la rejilla sin ajustar los tornillos.

Tenía las manos temblorosas.

⁂

Regresaron al taller.

Esteban se quedó de pie, apoyado contra una mesa.

—Mi padre oyó a mi madre detrás de esa puerta.

Inés alzó la mirada.

—¿Había muerto?

—La enterraron tres días antes.

En los meses siguientes, el padre de Esteban trabajó de noche, bebió demasiado y comenzó a dejar abierta la salida al callejón.

Afirmaba que su esposa venía a verlo.

Una madrugada, el niño lo encontró sentado en el patio, hablando hacia la oscuridad.

—Le estaba dando mis datos —dijo Esteban—. Mi nombre. Mi edad. A qué escuela iba.

Julián dejó de mirar el plano.

—¿Para qué?

—No quiso decírmelo.

Después de aquella noche, su padre tapió la puerta, cubrió el patio y colocó la segunda pared.

Nunca volvió a mencionar a su esposa.

—¿Qué cambió? —preguntó Inés.

Esteban se sujetó al borde de la mesa.

—Algo le pidió que me llevara.

Del fondo de la casa llegó un golpe leve.

Los tres callaron.

Otro golpe.

Esteban tomó un martillo de la mesa.

No avanzó hacia la cocina.

Se quedó escuchando.

⁂

El ruido cesó.

Julián guardó el teléfono y ayudó a Inés a doblar el plano. Esteban permitió que lo fotografiaran, pero se negó a prestarlo.

—Vayan a ver a Teresa Alarcón —dijo mientras los acompañaba a la entrada—. Tiene la papelería frente a la plaza. Su padre recogía historias del barrio.

Escribió el nombre en un papel.

—Mercedes le dejó unos documentos.

Inés recibió la nota.

—¿Cuándo?

—La semana pasada.

Su abuela había repartido lo que sabía. Había preparado algo antes de morir. Esteban abrió la puerta azul.

La calle estaba llena de luz. Pasó una señora con bolsas del mercado. Un automóvil se detuvo junto a la banqueta.

Inés salió primero. Julián se quedó un momento en el umbral.

—¿Tiene familia? —preguntó—. Alguien que pueda acompañarlo hoy.

—Mi hija vendrá en la tarde.

Desde la cocina llegó una voz de mujer.

—Esteban, ¿ya se fueron?

El hombre cerró los ojos. Julián dio un paso hacia dentro. Esteban lo detuvo con la mano.

—Mi hija vive en Toluca.

La voz volvió a hablar.

Esta vez estaba más cerca.

—Diles que dejen pasar a Inés. Su hermano la está esperando.