Capítulo 1 de 13

Antes del último toque

La primera vez que Isabel escuchó llorar a un niño dentro de la pared, faltaban tres semanas para que naciera su hijo.

No se lo contó a Anastasio.

Él llevaba meses despertándose con cualquier movimiento suyo, preguntándole si tenía dolor, si necesitaba agua, si debía mandar llamar a la partera. Después de dos embarazos malogrados, había convertido la casa en un lugar donde todos caminaban despacio y nadie se atrevía a hablar del porvenir.

Aquella tarde, Isabel estaba sentada junto a la ventana del dormitorio, remendando una camisa diminuta. Del patio subía el olor de las piedras recién lavadas. Jacinta, la criada, sacudía un mantel junto a la fuente.

Entonces llegó el llanto.

Era breve y apagado, como si alguien sostuviera a un recién nacido al otro lado del muro.

Isabel dejó la aguja sobre el regazo.

—¿Jacinta?

La muchacha apareció bajo la ventana.

—¿Mande, señora?

—¿Hay alguna mujer con un niño en la cocina?

—Estamos solas.

Isabel miró la pared contigua a la cabecera. Detrás quedaba una habitación cerrada donde Anastasio guardaba baúles, documentos antiguos y algunos muebles de su padre.

El llanto volvió.

Esta vez terminó con un gemido que le hizo apretar la tela entre los dedos.

—Sube —pidió.

Pero cuando Jacinta llegó al dormitorio, el sonido había cesado. A comienzos de octubre de 1786, las noches de Puebla empezaban temprano dentro de las casas.

Aunque quedara claridad sobre las torres, los patios ya estaban oscuros y las cocinas olían a carbón encendido. Los comerciantes recogían sus mercancías; los últimos compradores apresuraban el paso. A cierta hora, cada puerta cerrada hacía más larga la distancia entre una casa y otra.

Don Anastasio Priego conocía bien aquella ciudad. Había nacido en ella, comerciaba con telas y podía reconocer a muchos de sus vecinos por la manera de llamar a su zaguán.

Sin embargo, durante las últimas semanas, había empezado a sentirse observado.

Una mañana encontró a un desconocido enfrente de su tienda.

El hombre llevaba un sombrero vencido por el uso y una chaqueta que le quedaba grande. Tendría unos treinta años, aunque la barba descuidada y los pómulos hundidos lo envejecían. No miraba las telas del escaparate. Miraba hacia el interior, buscando algo.

Anastasio salió.

—¿Se le ofrece alguna cosa?

El desconocido bajó la vista.

—Trabajo.

—¿Qué sabe hacer?

—Cargar. Limpiar. Llevar recados.

Anastasio reparó en sus manos. La derecha estaba hinchada; tenía una herida junto al pulgar.

—Vuelva la próxima semana. Ahora no necesito a nadie.

El hombre levantó los ojos.

Por un instante pareció dispuesto a decir otra cosa.

—¿Usted es Priego?

—Sí.

—¿Hijo de don Baltasar?

Anastasio se quedó inmóvil.

Su padre llevaba once años enterrado. —¿Lo conoció?

El desconocido se acomodó el sombrero.

—Conocí su nombre.

Se marchó antes de que Anastasio pudiera preguntarle más.

Aquella misma tarde, el comerciante revisó los cerrojos de la tienda y ordenó al aprendiz que no dejara entrar a nadie en el almacén sin avisarle.

En casa no habló del encuentro.

Isabel tenía suficiente con sus propios temores.

El embarazo avanzó entre pequeños preparativos.

Jacinta lavó las mantillas. Anastasio encargó una cuna a un carpintero que juró entregarla antes del nacimiento. Isabel bordó una inicial y luego la deshizo, incapaz de decidir si debía coser una T o una M.

—Mariana, si es niña —dijo una noche.

Anastasio, sentado al borde de la cama, le acarició el vientre.

—¿Y si es niño?

—Tomás.

Él sonrió.

—Mi padre habría querido que se llamara Baltasar.

Isabel dejó de mover la aguja.

—Lo sé.

Hubo un silencio breve.

Don Baltasar nunca la había considerado una esposa adecuada para su hijo. Aun después de muerto, su retrato dominaba el comedor: un hombre de labios finos, cuello rígido y una mano apoyada sobre un libro de cuentas.

—Tomás está bien —resolvió Anastasio.

Isabel volvió al bordado.

Esa noche soñó con la habitación cerrada. En el sueño, los baúles estaban abiertos y alguien había extendido ropa de niño sobre el suelo. Una mujer de espaldas acomodaba las prendas. Isabel intentaba preguntarle quién era, pero la desconocida se llevaba un dedo a los labios.

Después señalaba la puerta.

Allí esperaba un hombre con la mano derecha ensangrentada.

Isabel despertó antes de verle la cara.

La partera visitó la casa dos días después.

Se llamaba doña Eulalia Mendoza y tenía la costumbre de lavarse las manos antes de tocar a una madre, aunque hubiera llegado sin mancharse los dedos. Hablaba poco, observaba mucho y no permitía que los maridos dieran instrucciones durante sus visitas.

Palpó el vientre de Isabel y le hizo varias preguntas.

—Todavía falta —dijo—. Pero cuando empiecen los dolores de verdad, no se entretengan.

Anastasio acompañó a la mujer hasta el patio.

—Vendré personalmente por usted.

—Mande al muchacho.

—Prefiero ir yo.

Doña Eulalia lo miró.

—Entonces vaya por las calles donde haya gente. La semana pasada le quitaron la bolsa a un arriero.

—Conozco el camino.

—Todos lo conocen hasta que alguien les sale al paso.

Anastasio abrió el zaguán.

La partera salió, pero antes de despedirse volvió la cabeza hacia el piso superior.

—¿Quién duerme junto al cuarto de su esposa?

—Nadie. Es una habitación de trastos.

—Anoche había luz.

Él frunció el ceño.

—¿Pasó usted por aquí? —Volvía de atender a una mujer.

Anastasio miró las ventanas.

La habitación llevaba meses cerrada.

—Sería un reflejo.

Doña Eulalia ajustó el rebozo sobre sus hombros.

—Será.

Tres semanas después de aquel primer llanto, la noche del veintidós de octubre, el parto llegó con lluvia.

Primero fueron gotas dispersas contra los cristales. Luego el agua empezó a caer sobre el patio con tanta fuerza que Jacinta tuvo que retirar las macetas del corredor.

Isabel estaba cenando cuando sintió el primer dolor.

Apoyó la cuchara sobre el plato y esperó.

Anastasio alzó los ojos.

—¿Qué ocurre?

—No sé todavía.

El segundo dolor llegó antes de que recogieran la mesa.

Subieron al dormitorio. Jacinta llevó agua caliente, sábanas y una vela nueva. Isabel intentó acostarse, pero enseguida volvió a incorporarse, buscando una postura que le permitiera respirar.

—Ve por doña Eulalia —dijo.

Anastasio se acercó a la cama.

—¿Estás segura?

Ella lo miró con una mezcla de miedo e impaciencia.

—Ve.

Él abrió el ropero y sacó su capa.

Después tomó la espada.

No era un arma de guerra. La había heredado de su padre y casi siempre permanecía colgada detrás de la puerta. Anastasio comprobó que saliera de la vaina sin dificultad. Isabel siguió el movimiento.

—No hace falta que lleves eso.

—Está lloviendo. Habrá poca gente.

Otra contracción la obligó a sujetarse del colchón.

Anastasio dejó la espada un momento y le tomó la mano.

—Volveré pronto.

Isabel no lo soltó.

—Si te llaman desde algún sitio, sigue caminando.

Él creyó no haber entendido.

—¿Quién va a llamarme?

Ella negó con la cabeza.

—No sé.

Jacinta entró con una palangana. Anastasio aprovechó para besar a su esposa en la frente y salir.

En la escalera oyó que Isabel pronunciaba su nombre.

Se volvió.

Ella estaba en la puerta del dormitorio, sostenida por la criada.

—No cruces por el callejón.

Anastasio quiso preguntarle por qué, pero un nuevo dolor la dobló sobre sí misma.

—Cierren bien —ordenó.

Y salió a la lluvia.

La casa de doña Eulalia quedaba a poco más de diez minutos si tomaba el camino más corto.

Por las calles principales tardaría casi el doble.

Anastasio avanzó pegado a los muros. El agua le entraba por el cuello y las suelas resbalaban sobre las piedras. A lo lejos sonó una campana, pero no se detuvo a contar los golpes. Pensaba en Isabel.

En el primer niño, que no había llegado a llorar.

En el segundo, que había vivido apenas lo suficiente para que ella aprendiera a reconocer su respiración.

Al llegar a la esquina, miró hacia el callejón.

Era un paso angosto entre dos edificios, con una puerta tapiada a un lado y un farol apagado al fondo. Durante el día lo cruzaban vendedores, mozos y mujeres cargadas de canastas. De noche parecía conducir a una parte distinta de la ciudad.

Recordó la advertencia de Isabel.

Después oyó, muy lejos o solamente en su memoria, el gemido de su esposa.

Entró.

Había recorrido la mitad cuando una figura se desprendió del muro.

—Quieto.

Anastasio se detuvo.

El hombre llevaba un cuchillo.

Bajo el ala mojada del sombrero reconoció los mismos pómulos hundidos, la misma barba. Era el desconocido que había pedido trabajo.

—Tengo prisa —dijo Anastasio—. Mi esposa está de parto.

—La bolsa.

El comerciante buscó el dinero dentro de la capa.

—Tómelo. Déjeme pasar.

El otro no extendió la mano.

Miraba la espada.

—También eso.

—No quiero hacerle daño.

El desconocido soltó una risa breve.

—Ustedes siempre dicen lo mismo.

Anastasio sacó la bolsa y la arrojó a sus pies. Las monedas golpearon las piedras.

—Ahí está todo.

El hombre dio un paso hacia él.

—No. Todo no.

A la luz que escapaba de una ventana, Anastasio vio la herida de su mano derecha. El cuchillo temblaba entre sus dedos.

—¿Qué quiere?

El desconocido abrió la boca.

Parecía que iba a responder.

Entonces se oyó el chirrido de un postigo y ambos volvieron la cabeza.

El asaltante se abalanzó.

Anastasio sintió el tirón de la capa, el filo rozándole el brazo. Sacó la espada por instinto, retrocedió contra el muro y empujó para apartarlo.

El hombre dejó escapar un sonido pequeño.

Quedaron muy cerca.

Anastasio vio cómo cambiaba su expresión: primero sorpresa, después incredulidad. Bajó los ojos.

La hoja había entrado bajo las costillas.

—No… —murmuró el comerciante.

El cuchillo cayó.

Anastasio retiró la espada y el desconocido se desplomó contra la pared, arrastrando una mano sobre las piedras mojadas.

El agua empezó a llevarse la sangre.

—¡Ayuda! —gritó Anastasio—. ¡Que venga alguien!

Nadie abrió.

Se arrodilló junto al herido y trató de presionar la herida con un extremo de la capa.

—Voy a buscar a un sacerdote.

El hombre lo sujetó de la muñeca. Tenía una fuerza inesperada.

—Mi madre…

—¿Dónde vive?

Los labios del desconocido se movieron sin producir voz.

Anastasio se inclinó.

—Dígame su nombre.

El hombre miró por encima de su hombro, hacia la entrada del callejón.

Su mano se cerró una última vez.

—No deje… que abra…

La presión cedió.

Anastasio permaneció arrodillado, esperando una palabra más.

Pero el desconocido ya no respiraba.

Al levantarse, algo brilló junto al cuerpo: una medalla pequeña, desprendida durante el forcejeo. La recogió sin pensar y se la guardó en el bolsillo.

Entonces recordó a Isabel.

La partera.

El niño.

Retrocedió, mirando al muerto, y echó a correr.

Solo al salir del callejón comprendió qué le había parecido extraño en aquella última frase.

El hombre no había mirado hacia la calle.

Había mirado hacia la casa de Anastasio.