Capítulo 2 de 13
La vida que llegó con la lluvia
Anastasio golpeó la puerta de la partera con tanta fuerza que se lastimó los nudillos.
Durante unos segundos solo oyó la lluvia. Después, detrás de la madera, sonaron pasos y el roce de una tranca.
Doña Eulalia apareció con una vela.
—¿Ya empezó? Él asintió, buscando aire.
La mujer bajó la luz. Vio el desgarrón de la manga, la sangre diluida sobre los dedos y la espada que Anastasio todavía llevaba en la mano.
—¿De quién es eso?
El comerciante miró el arma como si acabara de encontrarla.
—Me salió un hombre al paso.
Eulalia lo hizo entrar y cerró.
—¿Puede caminar?
—Sí. Mi esposa…
—Lo he oído. Guarde la espada.
Mientras él obedecía, la partera reunió unas telas y una bolsa de cuero. Luego le examinó el brazo. El corte era superficial, pero seguía sangrando.
Le ató un paño limpio alrededor de la herida.
—¿Qué pasó con el otro?
Anastasio sintió otra vez la mano del desconocido cerrándose sobre su muñeca.
—Murió.
Eulalia dejó de ajustar el vendaje.
El silencio duró apenas un instante.
—Al llegar a su casa, mandará a alguien por la ronda —dijo—. Ahora alumbre.
Regresaron por las calles anchas.
Anastasio llevaba el farol de la partera y caminaba unos pasos delante de ella. Quiso apresurarse, pero Eulalia lo sujetó de la capa cuando resbaló por segunda vez.
—Si se rompe una pierna, no nos ayuda a ninguno.
Él moderó el paso.
Al pasar cerca de la entrada del callejón, levantó involuntariamente el farol.
Desde allí no se veía el lugar donde había quedado el cuerpo. Solo distinguió la boca oscura entre los edificios y el agua que salía de ella arrastrando basura. Eulalia siguió la dirección de su mirada.
—¿Fue ahí?
—Sí.
La mujer lo tomó del codo.
—Siga.
Cuando llegaron a la casa, Jacinta abrió antes del segundo golpe.
—¡Gracias a Dios!
Desde el piso superior llegó un quejido.
Anastasio intentó subir detrás de Eulalia, pero la partera se volvió en la escalera.
—Necesito agua caliente y luz. Usted espere abajo.
—Quiero verla.
—La verá cuando pueda ayudarla.
Jacinta lo miró al pasar. Sus ojos se detuvieron en la capa ensangrentada.
Él apartó el brazo.
—Despierta a Mateo. Que vaya por la ronda. Hay un hombre muerto en el callejón.
La criada se quedó quieta.
—¿Muerto?
—Dile que no entre solo.
Jacinta asintió y fue hacia el cuarto del mozo.
Anastasio permaneció al pie de la escalera, escuchando cómo doña Eulalia hablaba con Isabel. No distinguía las palabras. Aquel murmullo, sin embargo, lo tranquilizó más que cualquier promesa.
Su esposa seguía viva.
Todavía estaba a tiempo de algo.
Se lavó las manos en la cocina.
El agua de la palangana se tiñó enseguida. La cambió y volvió a frotarse, prestando especial atención a las uñas. Encontró una mancha en el puño de la camisa.
Después otra, debajo del cinturón.
Se quitó la capa y la dobló con la parte sucia hacia dentro. Al hacerlo sintió algo duro en el bolsillo.
La medalla.
La dejó sobre la mesa.
Era de latón, pequeña y gastada. En una cara se distinguía una figura religiosa cuyo rostro había desaparecido con el uso. En el reverso alguien había grabado unas letras torcidas.
Anastasio acercó una vela.
R. V.
Debajo había una fecha, pero una costra oscura le impedía leerla.
Buscó un paño. Antes de tocar la pieza, oyó un grito de Isabel.
Dejó todo y salió al corredor.
—¿Eulalia?
—¡Espere abajo!
Anastasio se apoyó contra una columna.
Nunca había pensado que una casa pudiera contener tantos ruidos. El hervor del agua. Los pasos de Jacinta. La lluvia sobre las tejas. El roce de un mueble en el dormitorio.
Y, entre todos ellos, la respiración de Isabel, que a veces parecía interrumpirse.
La ronda llegó poco después.
Mateo abrió el zaguán a dos hombres. Uno se quedó junto a la puerta; el otro entró en el patio, sacudiéndose el agua del sombrero.
Se presentó como Sebastián Robles.
Tenía una cicatriz bajo la oreja y la expresión cansada de quien había sido sacado de un sitio caliente.
—El muchacho dice que usted mató a un hombre.
Anastasio miró hacia la escalera.
—Me atacó. Iba por la partera. Robles siguió su mirada. Un gemido llegó desde arriba.
—¿Su esposa?
—Sí.
—Cuénteme desde el principio.
Anastasio relató el encuentro. Habló de la bolsa arrojada al suelo, del cuchillo, del movimiento con que había sacado la espada.
Al describir la herida se detuvo.
Robles esperó.
—No quise matarlo —dijo finalmente.
—¿Lo conocía?
—Había venido a mi tienda a pedir trabajo.
—¿Nombre?
Anastasio negó con la cabeza.
—¿Dónde quedó el arma del hombre?
—Junto al cuerpo.
Robles pidió ver la espada. La examinó sin desenvainarla del todo y ordenó a Mateo que buscara un lugar donde guardarla.
—Vendrá conmigo a señalar el sitio.
Desde el dormitorio, Eulalia llamó:
—¡Jacinta, otra sábana!
Anastasio levantó la cabeza.
—No puedo dejarla.
El hombre de la ronda observó el vendaje, la capa doblada sobre una silla y la palangana rojiza que se veía por la puerta de la cocina.
—Volveré al amanecer. Mientras tanto, permanezca aquí.
Anastasio asintió.
Cuando Robles se disponía a salir, él lo llamó.
—Antes de morir dijo algo de su madre. —¿Le dio una dirección?
—No.
—¿Algo más?
Anastasio estuvo a punto de repetir la advertencia.
No deje que abra.
Pero no sabía quién debía abrir ni qué. Decirlo en voz alta, delante de aquellos hombres, le pareció convertir un desvarío en una acusación contra su propia casa.
—No pude entenderlo.
Robles se marchó con su compañero.
La madrugada avanzó despacio.
Mateo avivaba el fuego. Jacinta bajaba con paños usados y volvía a subir con agua. Nadie comía.
Anastasio encontró un banco frente a la escalera y se sentó allí.
En una ocasión Isabel lo llamó.
Él llegó al dormitorio casi corriendo.
Su esposa estaba incorporada entre almohadas, con el cabello pegado a las sienes. Eulalia sostenía una taza cerca de su boca.
—Solo un momento —advirtió la partera.
Anastasio se arrodilló junto a la cama.
Isabel le tomó la mano.
Sus dedos buscaron los de él y luego se detuvieron sobre el vendaje.
—Te heriste.
—Es poca cosa.
—¿En el callejón?
Anastasio no respondió enseguida.
Isabel cerró los ojos.
—Lo cruzaste. —Había que llegar pronto.
Ella apretó su mano hasta que otra contracción la obligó a soltarlo.
Eulalia se inclinó sobre la cama.
—Míreme, Isabel. Ahora conmigo.
Anastasio retrocedió.
Ya en el corredor, oyó que su esposa preguntaba algo entre dos respiraciones.
—¿Cerraron esa puerta?
Él miró la habitación de los baúles.
El cerrojo seguía echado.
El niño nació cuando la lluvia empezaba a ceder.
Primero llegó un silencio que hizo levantarse a Anastasio.
Después un llanto fuerte, entrecortado, llenó el corredor.
Él apoyó las dos manos en la barandilla.
No se movió hasta que Jacinta apareció.
La criada sonreía con los ojos llenos de lágrimas.
—Es niño.
—¿Isabel?
—Está bien. Doña Eulalia dice que espere un poco.
Anastasio se cubrió la boca.
Había imaginado tantas veces aquel instante que ahora no sabía qué hacer con él.
Quiso rezar. Solo recordó el principio de una oración.
Cuando lo dejaron entrar, Isabel sostenía al niño envuelto contra el pecho. La habitación olía a cera, agua caliente y telas húmedas.
Anastasio se acercó con cuidado.
El pequeño tenía una mejilla aplastada contra la camisa de su madre y una mano cerrada bajo la barbilla. —Tomás —susurró Isabel.
Él asintió.
Se inclinó para besarla y sintió que ella le examinaba el rostro.
—¿Qué ocurrió afuera?
Anastasio miró a Eulalia.
La partera recogía sus cosas junto a la ventana.
—Después —dijo él.
Isabel acomodó al niño.
—Entonces tendrás que contármelo después.
Al amanecer, Robles regresó.
Anastasio salió al patio antes de que Mateo lo anunciara. Había cambiado de camisa, pero conservaba el vendaje.
—¿Lo encontraron?
—Encontramos la bolsa y el cuchillo.
El comerciante esperó.
Robles dejó ambos objetos sobre una mesa del corredor. Después pidió a Mateo la espada y se la llevó, envuelta en un paño, para conservarla mientras investigaban el ataque.
—También había sangre.
—¿Y el cuerpo?
—No estaba.
Anastasio sintió que el cansancio le aflojaba las rodillas.
—Quedó contra el muro.
—Lo buscamos en las dos salidas. Preguntamos en las casas cercanas.
—Alguien debió recogerlo.
—Tal vez.
Robles lo observaba con atención.
—¿Está seguro de que murió? Anastasio recordó los ojos inmóviles, el peso de la cabeza al inclinarse, la mano que ya no lo sujetaba.
—Sí.
—Entonces necesito que venga a mostrarme el lugar exacto.
Él miró hacia arriba.
Isabel dormía. Eulalia había decidido permanecer unas horas más.
—Voy por mi sombrero.
Regresó a la cocina para tomar también la medalla.
La mesa estaba limpia.
Preguntó a Mateo. El mozo negó haberla visto. Jacinta tampoco sabía de qué le hablaba.
Anastasio buscó entre los pliegues de la capa, debajo de la mesa y junto a la palangana.
Nada.
Desde arriba llegó el llanto de Tomás.
Luego oyó a Eulalia llamarlo.
Subió apresuradamente.
La partera lo esperaba en el corredor. Sostenía una pieza pequeña entre el pulgar y el índice.
La medalla.
—¿Es suya?
Anastasio se detuvo.
—¿Dónde la encontró?
Eulalia señaló la habitación cerrada.
—En el suelo, delante de esa puerta.
Él miró el cerrojo.
Seguía echado.
La partera depositó la medalla en su palma. El reverso estaba limpio ahora, y bajo las iniciales podía leerse una fecha:
1758. —Estaba mojada —añadió Eulalia—. Creí que se le había caído al subir.
Anastasio cerró los dedos sobre ella.
En la planta baja, Robles pidió que se apresurara.
Entonces, detrás de la puerta de los baúles, algo rozó lentamente la madera.
Eulalia levantó la vista.
Ambos escucharon.
Tres golpes suaves sonaron desde dentro.