Capítulo 3 de 13
El hombre sin sepultura
Anastasio levantó la mano hacia el cerrojo.
Doña Eulalia le sujetó la muñeca.
—Primero pregunte.
Él miró la puerta. La madera tenía una grieta junto al marco, demasiado estrecha para distinguir algo del interior.
—¿Quién está ahí?
No hubo respuesta.
En el dormitorio, Tomás dejó de llorar. Aquel silencio repentino permitió oír una gotera en el patio y la voz de Robles, que volvía a llamarlo desde abajo.
Anastasio retiró el brazo.
—Aquí no puede haber nadie.
La partera soltó su muñeca.
—Entonces abrirá cuando haya otro hombre con usted.
Él quiso protestar, pero Eulalia ya se encaminaba hacia Isabel.
Anastasio guardó la medalla en el bolsillo del chaleco y bajó.
Robles lo esperaba junto al zaguán.
—¿Qué lo entretiene?
—Un ruido en la habitación de los trastos. —¿Entró alguien durante la noche?
—No que yo sepa.
El hombre de la ronda miró la escalera.
—¿Quiere que revise?
Anastasio estuvo a punto de aceptar. Después pensó en Isabel, agotada, y en los vecinos que empezarían a preguntar si veían a Robles registrando la casa.
—Al regreso —dijo—. Prefiero mostrarle primero el callejón.
La ciudad despertaba entre charcos. Una mujer barría agua desde su puerta; dos hombres empujaban un carro cuya rueda se había atascado entre las piedras. El aire olía a leña húmeda.
Anastasio caminó sin mirar a nadie.
Al llegar al callejón reconoció el muro donde había apoyado al desconocido. A plena luz parecía más bajo. Había una mancha oscura cerca del suelo y un surco rojizo entre dos piedras.
Se detuvo a unos pasos.
—Ahí.
Robles se agachó.
—¿Lo dejó sentado?
—Al principio. Después se inclinó hacia un lado.
—¿Hacia cuál?
Anastasio señaló.
Robles examinó el suelo.
—La lluvia borró bastante.
El comerciante miró el espacio vacío.
Había esperado encontrar alguna prueba indiscutible: una prenda, un rastro que condujera a otra calle, algo que explicara cómo un hombre muerto había desaparecido.
Solo quedaba aquel rincón.
—No se levantó —dijo.
Robles se incorporó. —Ya me lo ha dicho.
—Creo que piensa que estoy equivocado.
—Pienso que todavía nos faltan cosas por saber.
La ventana que Anastasio había oído durante el forcejeo pertenecía a una casa con puerta verde.
Robles llamó.
Los recibió una anciana envuelta en un rebozo oscuro. Al ver al comerciante, apretó los labios.
—Usted gritó anoche.
—Sí —respondió Anastasio—. Pedí ayuda.
La mujer bajó los ojos.
—Estaba sola.
Robles le preguntó su nombre.
—Antonia Cárdenas.
—¿Vio lo ocurrido?
—Una parte. Abrí el postigo porque oí voces.
—¿Qué voces?
—La del señor y la de otro.
Anastasio sintió una punzada de alivio. Por fin alguien podía confirmar que no había inventado el ataque.
—¿Vio el cuchillo?
—Vi algo en la mano del otro hombre. Cuando se echaron encima, me aparté.
Robles esperó a que continuara.
La anciana retorció una punta del rebozo.
—Luego miré de nuevo. El señor estaba arrodillado.
—¿Había alguien con él?
—El hombre contra la pared. —¿Lo conocía?
Doña Antonia negó.
—¿Y después?
—El señor se fue corriendo. Cerré.
Anastasio no pudo evitar preguntarle:
—¿No salió nadie?
La anciana lo miró por primera vez de frente.
—Yo no.
Robles intervino antes de que él respondiera.
—¿Oyó un carro? ¿Pasos? ¿Alguien que arrastrara algo?
La mujer tardó en contestar.
—Oí llamar a mi puerta.
Anastasio volvió la cabeza hacia el muro.
—¿Cuánto tiempo después?
—No sé. Todavía llovía.
—¿Abrió? —preguntó Robles.
—No.
—¿Le hablaron?
Doña Antonia asintió lentamente.
—Un hombre pidió que fuera por un sacerdote.
Anastasio sintió frío debajo del chaleco.
—¿Dijo que estaba herido?
—Dijo que no podía entrar a la iglesia.
Robles frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Eso no lo explicó. La anciana se abrazó el cuerpo.
—Le dije que esperara al amanecer. No contestó más.
Revisaron las dos salidas del callejón.
En un portal, un mozo aseguró haber dormido allí toda la noche y no haber visto pasar a nadie. Robles le hizo repetirlo mientras le examinaba los zapatos secos.
Un vendedor recordó a un hombre de sombrero viejo que solía detenerse cerca de las cocinas buscando sobras. No sabía su nombre.
Anastasio describió la mano herida.
El vendedor levantó la cabeza.
—Ese trabajó descargando costales por San Antonio. Un muchacho le decía Rafael.
—¿Rafael qué?
—No lo sé.
Las iniciales de la medalla parecieron pesar dentro del bolsillo.
Robles anotó el nombre en un papel.
—Mañana preguntaremos por allí.
—Puedo ir hoy —dijo Anastasio.
—Hoy va a descansar y a declarar lo sucedido. Después veremos.
El comerciante miró de nuevo el callejón antes de marcharse.
Doña Antonia estaba detrás de su ventana.
Cuando sus miradas se encontraron, ella cerró el postigo.
Al volver, hallaron a Mateo en el patio, tratando de reparar un cubo.
Robles señaló la escalera.
—Ahora esa habitación.
Anastasio fue por la llave.
La guardaba en un cajón del escritorio, junto con llaves de baúles y un sello de su padre. La reconoció por el diente roto. Eulalia salió del dormitorio cuando los oyó subir.
No preguntó nada. Se quedó junto a ellos.
Anastasio abrió primero el cerrojo y luego la cerradura. Tuvo que empujar con el hombro: la humedad había hinchado la madera.
La habitación olía a polvo y alcanfor.
Había tres baúles, dos sillas cubiertas con una sábana y un escritorio arrimado al muro. La ventana estaba cerrada por dentro. En la esquina, una vasija recogía agua que caía del techo.
Robles entró antes que él.
Revisó detrás de los muebles, se agachó para mirar debajo del escritorio y abrió la ventana.
—Nadie puede bajar por aquí sin dejar una cuerda.
Anastasio se acercó a la vasija.
Una gota cayó con un golpe seco.
Esperaron otra.
Sonó distinto de los tres golpes que habían oído.
Eulalia lo miró, pero guardó silencio.
Robles señaló los baúles.
—¿Están vacíos?
—Ropa, papeles. Cosas de mi padre.
Levantaron las tapas.
En uno había mantas y cortinas. En otro, libros de cuentas. El tercero estaba cerrado con una cerradura pequeña.
—¿La llave? —preguntó Robles.
—Tendré que buscarla.
El hombre tanteó el peso del baúl sin moverlo demasiado.
—No cabe una persona ahí.
Anastasio sintió vergüenza de su propio alivio.
Cuando Robles salió, Eulalia se quedó mirando el escritorio. Sobre el polvo había una línea limpia, curva, como si alguien hubiera arrastrado un cordón.
Anastasio la vio también.
Tenía la forma de la cadena de la medalla.
Isabel quiso escuchar lo ocurrido antes de que terminara la mañana.
Anastasio se sentó junto a la cama y le contó el ataque. Esta vez no ocultó la muerte ni la desaparición del cuerpo.
Ella escuchó con Tomás dormido en los brazos.
—¿Y la medalla?
Él levantó la vista.
—¿Quién te habló de ella?
—Eulalia.
Anastasio sacó la pieza.
Isabel la recibió con cuidado y pasó el pulgar por las letras.
—Rafael —dijo él—. Alguien cree que se llamaba Rafael.
Su esposa tardó en devolvérsela.
—Hay algo que no te dije.
Anastasio recordó su advertencia antes de salir.
—¿Por eso no querías que cruzara?
—No sabía lo que iba a pasar.
Isabel miró la pared junto a la cabecera.
—He escuchado llorar a un niño ahí.
Él no se movió.
Ella le contó lo de la tarde del bordado y el sueño de la mujer que acomodaba ropa. Cuando mencionó la mano ensangrentada del hombre que esperaba en la puerta, Anastasio se levantó.
Isabel lo sujetó por la manga.
—No te lo digo para asustarte. Él volvió a sentarse.
Durante un rato solo miraron al pequeño.
Tomás abrió la boca, buscó alimento y empezó a inquietarse.
Aquel movimiento ordinario les permitió respirar.
—No quiero que te quedes sola —dijo Anastasio.
—Entonces no me escondas nada más.
Doña Eulalia se marchó al mediodía, después de dejar instrucciones a Jacinta.
Anastasio la acompañó hasta el zaguán.
—¿Conoció a mi padre?
La mujer ajustó la bolsa contra su costado.
—Lo vi algunas veces.
—¿En esta casa?
—Una vez.
—¿Cuándo?
Eulalia miró hacia la calle antes de contestar.
—Hace muchos años. Yo ayudaba a otra partera.
Anastasio sintió que la medalla le rozaba el pecho a través de la tela.
—¿A quién atendieron?
—No llegamos a atenderla.
—¿Por qué?
La mujer se quedó inmóvil.
—Su padre nos dijo que ya no hacíamos falta.
Anastasio esperó una explicación más.
Eulalia evitó sus ojos.
—Yo era joven. La mujer con quien venía decidió que nos marcháramos. —¿Recuerda el año?
—No con certeza.
Él sacó la medalla.
—¿Pudo ser en mil setecientos cincuenta y ocho?
La partera no tomó la pieza.
Su expresión cambió apenas, pero Anastasio lo advirtió.
—Pregunte al padre Gabriel —dijo—. Lleva en la parroquia más tiempo que yo atendiendo partos.
Después salió.
Esa tarde, Anastasio buscó la llave del tercer baúl.
No entró de nuevo en la habitación. Llevó al escritorio de abajo el manojo entero y fue separando las llaves por tamaño.
Mientras trabajaba, oyó a Mateo discutir con alguien en el zaguán.
—Ya le dije que aquí no.
Anastasio salió al patio.
Frente al mozo había un muchacho descalzo, con barro hasta los tobillos.
—¿Qué ocurre?
El niño retrocedió.
—Traigo un recado.
—¿De quién?
—De la señora Antonia.
Anastasio se acercó.
El muchacho le tendió un trozo de papel doblado. La letra era temblorosa y apenas ocupaba dos renglones.
Venga antes de que oscurezca. El hombre volvió a llamar.
Anastasio leyó dos veces.
—¿Lo viste? —preguntó al niño. —No, señor.
—¿La señora está sola?
El muchacho asintió.
Anastasio fue por su sombrero. Al pasar frente a la cocina, Jacinta lo llamó.
La criada sostenía el cubo que Mateo había reparado.
—Esto estaba adentro.
Sobre su palma descansaba una llave pequeña, ennegrecida.
Anastasio la reconoció por la tira de cuero atada al aro.
Era la llave que llevaba años buscando para abrir el baúl de su padre.
La tomó.
El cuero estaba empapado.
Y entre sus pliegues había una mancha de sangre todavía fresca.