Capítulo 4 de 13

La puerta verde

Anastasio sostuvo la llave entre dos dedos.

La tira de cuero le dejó una mancha en la mano.

—¿Quién usó el cubo? —preguntó.

Jacinta miró hacia el patio.

—Mateo lo reparó. Después lo llené para lavar.

—¿Estaba esto dentro?

—Lo encontré al vaciarlo.

El muchacho del recado aguardaba junto al zaguán, cambiando el peso de un pie al otro. Anastasio lo vio y recordó a doña Antonia.

Guardó la llave en el cajón del escritorio. Antes de cerrarlo, puso debajo una hoja limpia. Quería comprobar, al volver, si aquella sangre seguía allí.

—No dejen sola a la señora —le dijo a Jacinta.

Subió para avisar a Isabel.

La encontró despierta, con Tomás junto al pecho. —Debo salir un momento.

Ella observó su sombrero.

—¿Por lo del hombre?

Anastasio asintió y le mostró el recado.

Isabel lo leyó sin soltar al niño.

—Busca al sacerdote.

—Iré después de ver a Antonia.

—Hazlo hoy.

Él se inclinó para besar a Tomás. El pequeño olía a leche y a la tela tibia que lo envolvía.

Por primera vez desde el parto, Anastasio deseó poder quedarse en aquella habitación y dejar que otros resolvieran cuanto sucedía afuera.

Pero Isabel le devolvió el papel.

—Ve antes de que oscurezca.

El muchacho se llamaba Nicolás.

Anastasio lo supo durante el camino, cuando trató de darle una moneda y él tardó en extender la mano.

—¿Trabajas para doña Antonia?

—Le llevo agua. A veces voy por carbón.

—¿Desde cuándo?

—Desde que murió su hermana.

El comerciante miró sus pies descalzos.

—¿Y hoy qué te pidió?

—Que corriera.

No quiso decir más.

Al llegar al callejón encontraron la puerta verde entreabierta. Doña Antonia estaba sentada junto a una mesa, con un rosario enrollado alrededor de la muñeca.

Se levantó apenas los vio. —Cierre.

Anastasio obedeció.

La casa era pequeña. Un corredor conducía a la cocina y, a un lado, había una habitación con la ventana que daba al callejón. Sobre una silla descansaban unas mantas revueltas.

—¿A qué hora volvió? —preguntó él.

—Después del mediodía.

—¿Lo vio?

Antonia apretó el rosario.

—Por la rendija.

Nicolás se quedó junto a la puerta. La anciana le indicó que esperara en la cocina.

Cuando estuvieron solos, Anastasio se quitó el sombrero.

—Cuénteme exactamente qué pasó.

Antonia había estado recogiendo el agua que entró durante la tormenta.

Escuchó tres golpes y creyó que Nicolás llegaba por el cubo. Se acercó a la puerta, pero antes de levantar la tranca oyó una voz.

—Antonia, ahora sí puede ir.

La anciana preguntó quién llamaba.

El hombre no respondió de inmediato.

—El padre Gabriel. Dígale que venga.

Antonia se asomó por la rendija.

Vio una chaqueta oscura, un sombrero deformado por el agua y una mano apoyada contra la madera.

El pulgar tenía una herida.

Anastasio dejó el sombrero sobre la mesa.

—¿Le vio la cara?

—Solo una parte. Estaba mirando hacia abajo.

—¿Había sangre? La mujer asintió.

—En la camisa.

Anastasio sintió que se le secaba la boca.

Podía estar vivo.

Había cometido un error al darlo por muerto. Tal vez alguien lo socorrió, tal vez se escondió por miedo a la ronda.

Se aferró a esa posibilidad.

—¿Se fue caminando?

Antonia lo miró con cansancio.

—Me aparté para buscar el chal. Cuando volví a asomarme, ya no estaba.

—¿Oyó pasos?

—No.

—Es posible que…

—No me diga lo que es posible, don Anastasio. Anoche oí cómo le hablaba usted a un hombre que acababa de morir.

Él se quedó inmóvil.

La anciana bajó la voz.

—Y hoy ese hombre conocía mi nombre.

Nicolás los acompañó hasta la parroquia.

Antonia caminaba despacio, apoyándose en el brazo de Anastasio. En las calles había vendedores recogiendo canastas, niños persiguiendo una pelota de trapo y mujeres que regresaban de comprar lo necesario para la cena.

Todo seguía su curso.

Aquella normalidad irritó al comerciante. Le parecía injusto que nadie se detuviera, que las campanas pudieran sonar como cualquier tarde mientras él no sabía si había matado a un hombre o lo había dejado desangrándose.

Encontraron al padre Gabriel en la sacristía. Era un sacerdote delgado, con el cabello blanco y un pequeño temblor en la mano izquierda. Estaba revisando unas cuentas junto a una ventana.

Al reconocer a Antonia se levantó.

—¿Se encuentra mal?

—Necesitamos hablarle.

El sacerdote hizo salir al ayudante y les ofreció asiento.

Anastasio relató el ataque.

Esta vez incluyó la medalla, los golpes dentro de la habitación y la advertencia que el desconocido había intentado pronunciar.

El padre Gabriel no lo interrumpió.

Cuando Antonia terminó su parte, cerró el libro de cuentas.

—¿Han encontrado el cuerpo?

—No —respondió Anastasio.

—¿Y avisaron a la autoridad?

—La ronda está buscándolo.

El sacerdote se quedó pensativo.

—Antes de decidir qué significa todo esto, hay que encontrar al herido o sus restos.

Antonia se inclinó hacia él.

—Pidió confesión.

—Pidió que viniera un sacerdote —precisó Gabriel—. Eso basta para que vaya.

Anastasio sacó la medalla.

La dejó sobre la mesa.

El padre Gabriel la tomó, leyó las iniciales y después la fecha.

Su pulgar dejó de moverse.

—¿La conoce? —preguntó el comerciante.

El sacerdote acercó la pieza a la luz.

—He visto muchas semejantes. —Eulalia me dijo que hablara con usted.

Gabriel levantó los ojos.

—¿Doña Eulalia Mendoza?

—Estuvo en mi casa en el año cincuenta y ocho. Mi padre no la dejó entrar.

El sacerdote depositó la medalla con cuidado.

—¿Qué busca, don Anastasio?

La pregunta lo desconcertó.

—Saber qué ocurre.

—¿Aunque no le guste lo que encuentre?

Anastasio miró a Antonia.

La anciana tenía la vista fija en el suelo.

—Sí —respondió.

Gabriel se levantó.

—Acompañaré a doña Antonia. Usted vuelva con su esposa. Si el hombre aparece, trataré de hablar con él.

—Quiero estar allí.

—Esta noche tiene un hijo recién nacido esperándolo.

Antes de salir, Anastasio se quedó un momento en la nave de la iglesia.

La luz de las velas apenas alcanzaba los primeros bancos. Cerca de un altar, una mujer rezaba con la cabeza inclinada.

El comerciante intentó recordar el rostro del desconocido cuando pidió trabajo.

Ahora comprendía que había reparado en la herida, en la pobreza de sus ropas, en cuanto podía advertirle de un peligro. No había prestado atención a la vacilación con que el hombre preguntó por Baltasar.

Quizá buscaba algo más que empleo.

Aquella idea no borraba el cuchillo.

Tampoco la espada. Anastasio se arrodilló.

No pidió que desaparecieran los ruidos.

Pidió encontrar al hombre, cualquiera que fuera su estado.

Cuando volvió a casa, Mateo estaba cerrando el zaguán.

—La señora preguntó por usted.

Anastasio subió de inmediato.

Isabel había logrado sentarse con ayuda de Jacinta. Le hicieron un sitio entre las almohadas y él le contó la visita al sacerdote.

—¿Qué dijo cuando vio la medalla? —preguntó ella.

—Que había visto muchas.

—Pero no le creíste.

Anastasio negó.

Isabel acomodó la manta de Tomás.

—Entonces tendremos que preguntarle otra vez.

Él sonrió débilmente.

—Tendremos.

Su esposa le tomó la mano.

—Esta casa también es mía.

Anastasio acarició sus dedos entrelazados.

—Lo sé.

—A veces actúas como si debieras protegerme incluso de lo que necesito saber.

Él pensó en su padre. En la facilidad con que Baltasar había decidido siempre lo que convenía a cada persona bajo aquel techo.

—No quiero parecerme a él.

Isabel no preguntó a quién se refería.

—Entonces déjame decidir cuándo tengo miedo. La llave seguía en el cajón.

Debajo, la hoja blanca mostraba una marca rojiza que empezaba a secarse.

Anastasio llamó a Mateo.

Le explicó dónde había aparecido y le pidió que lo acompañara al cuarto de los baúles.

El mozo miró hacia la escalera.

—¿Esta noche?

—Mientras haya luz en el corredor.

Subieron con dos velas.

La gotera había cesado, pero la vasija continuaba medio llena. Mateo la retiró. Anastasio abrió la ventana unos centímetros para aliviar el olor a encierro.

Después se arrodilló ante el tercer baúl.

La llave entró hasta el fondo.

Tuvo que moverla varias veces antes de que cediera la cerradura.

Dentro había una capa antigua, una caja estrecha y paquetes de papeles atados con cordel. Anastasio reconoció el sello de su padre en varios sobres.

Mateo sostuvo la vela.

El comerciante apartó la capa.

Debajo encontró una camisa de mujer doblada con esmero. Era sencilla, de lino, con un remiendo junto al cuello.

En medio descansaba un pequeño gorro de niño.

Anastasio no lo tocó enseguida.

Pensó en el llanto que Isabel había escuchado al otro lado de la pared.

—¿Señor?

Tomó el gorro. La tela estaba amarillenta, pero conservaba unas puntadas azules alrededor del borde.

La caja estrecha contenía recibos y dos cartas.

Una llevaba escrito, con la letra firme de Baltasar: Asunto de Rosa Valdés. Marzo de 1758.

Anastasio leyó el nombre una segunda vez.

R. V.

Podían ser las iniciales de Rosa.

También las de Rafael.

Debajo de aquella carta había un papel más pequeño, doblado sin sobre. La letra era irregular y algunas palabras habían quedado desvaídas.

Solo una frase se distinguía completa:

No le diga que el niño murió.

Mateo acercó la vela.

Anastasio extendió el papel sobre la tapa del baúl.

Del corredor llegó la voz de Jacinta:

—Don Anastasio. Hay alguien en la puerta.

Él levantó la cabeza.

—¿Quién?

—El padre Gabriel.

Anastasio salió con la carta en la mano.

El sacerdote lo esperaba abajo. Tenía barro en el borde de la sotana y el rostro muy pálido.

—¿Lo encontró? —preguntó el comerciante.

Gabriel miró el papel que sostenía.

Después alzó los ojos hacia la habitación abierta.

—Ha empezado a leer.

Anastasio descendió los últimos escalones.

—¿Qué sabe de Rosa Valdés?

El sacerdote se quitó lentamente el sombrero.

—Más de lo que debí callar.

Afuera, desde la dirección del callejón, una mujer comenzó a gritar.