Capítulo 5 de 13
Lo que Baltasar dejó escrito
El grito volvió a escucharse antes de que Anastasio alcanzara el zaguán.
El padre Gabriel salió detrás de él. En la esquina, dos hombres habían dejado una carretilla y miraban hacia el callejón. Una mujer avanzaba tambaleándose, con una canasta apretada contra el pecho.
—¡Que nadie pase! —decía.
Anastasio se acercó.
—¿Qué ocurrió?
La mujer intentó responder, pero le faltaba aire. Uno de los hombres la ayudó a sentarse en el escalón de una tienda.
El sacerdote se inclinó frente a ella.
—Míreme. Respire despacio.
Tenía un rasguño en la mejilla y un zapato desabrochado.
—Me salió un hombre —consiguió decir—. Pensé que iba a robarme.
Anastasio sintió una presión debajo de las costillas.
—¿Llevaba sombrero?
La mujer asintió.
—Estaba junto al muro. Me agarró del rebozo.
—¿Le hizo daño? —preguntó Gabriel.
—No. Quería que lo oyera.
El comerciante miró al sacerdote.
—¿Qué dijo?
Ella empezó a llorar.
—Que no sabía dónde habían puesto a su madre.
Gabriel pidió a los hombres que acompañaran a la mujer hasta su casa. Después se volvió hacia Anastasio.
—Espéreme aquí. —Voy con usted.
—Entonces camine a mi lado.
Entraron en el callejón.
La claridad del atardecer apenas alcanzaba el fondo. El muro conservaba la mancha que Robles había examinado por la mañana. Cerca de la puerta verde había unas verduras esparcidas: la mujer debía haber volcado parte de la canasta al huir.
El sacerdote se detuvo.
—¿Hay alguien que necesite ayuda?
Su voz llegó hasta la otra salida.
Anastasio buscó detrás de un montón de tablas. No encontró nada. Una rata cruzó entre las piedras y desapareció bajo una puerta.
Gabriel volvió a llamar.
Esta vez dijo un nombre.
—Rafael.
El comerciante lo miró.
El sacerdote mantuvo la vista en el rincón vacío.
—Si puede oírme, volveré.
Desde la casa de Antonia llegó el ruido de una tranca. La anciana abrió apenas lo suficiente para asomarse.
—Padre, no se quede ahí después del último toque.
La anciana miró hacia las dos salidas. No creía que la campana gobernara las apariciones; lo había visto llamar en pleno día. Temía quedarse sin vecinos a quienes pedir ayuda cuando cerraran las puertas.
Gabriel se acercó.
—¿Lo vio otra vez?
—Desde que usted se fue, no.
Anastasio reparó en que el sacerdote no parecía sorprendido por la advertencia.
Al salir del callejón, le sujetó el brazo.
—Usted sabe quién es.
Gabriel bajó los ojos hacia la mano que lo retenía.
—Creo saber quién fue su madre. Regresaron a la casa antes de que cerraran los comercios.
Anastasio pidió a Mateo que avisara a Robles de lo ocurrido y que volviera acompañado. Después subió para contarle a Isabel que el sacerdote estaba allí.
Su esposa quiso recibirlo en el dormitorio.
Gabriel se detuvo ante la cama y felicitó a ambos por el nacimiento. Tomás dormía con una mano fuera de la manta.
Durante unos instantes, el sacerdote contempló al niño.
Anastasio cerró la puerta del corredor.
—Ahora díganos qué pasó en mil setecientos cincuenta y ocho.
Gabriel tomó la silla que Jacinta había acercado.
—Necesito ver esos papeles.
El comerciante bajó por las cartas y regresó con el paquete entero. Lo colocó sobre una mesa junto a la cama.
Isabel extendió la mano hacia el gorro pequeño que sobresalía entre los documentos.
Anastasio se lo entregó.
Ella examinó las puntadas azules sin decir nada.
Gabriel abrió el papel desvaído.
Leyó la frase que había inquietado al comerciante.
No le diga que el niño murió.
Después dejó la hoja sobre sus rodillas.
—Esto lo escribió Matilde, la hermana de Rosa.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Isabel.
—Me llevó una carta con esa misma letra, muchos años después.
Anastasio acercó otra vela.
—Empiece por Rosa.
Rosa Valdés había entrado a servir en casa de Baltasar cuando todavía era joven. Lavaba, remendaba ropa y ayudaba en la cocina. Su familia vivía lejos del centro, en dos habitaciones que compartía con una hermana y un cuñado.
Gabriel la conoció porque asistía a la parroquia con Matilde.
—Era una muchacha reservada —dijo—. Durante un tiempo dejó de venir. Cuando regresó, ya se le notaba el embarazo.
Anastasio miró el gorro que Isabel sostenía.
—¿Quién era el padre?
Gabriel tardó en responder.
—Ella no me lo dijo.
—¿Y usted nunca lo supo?
—Escuché rumores. No voy a convertirlos en certeza.
El comerciante apartó la mirada.
Su padre había sido viudo durante años. Anastasio recordaba mujeres en la casa, criadas que llegaban y se marchaban sin explicación. De niño jamás había preguntado por ellas.
—Rosa vivió aquí hasta el parto —continuó Gabriel—. Baltasar había prometido ocuparse de los gastos. Al menos eso aseguró cuando Matilde vino a buscarme.
—¿Por qué lo buscó?
—Porque no la dejaban entrar a ver a su hermana.
Isabel levantó los ojos.
—¿Estaba encerrada?
—No sé cómo lo llamaban dentro de esta casa. Sé que una mujer pidió ver a su hermana y le cerraron la puerta.
Anastasio sintió la frase como un reproche que llegaba con veintiocho años de retraso.
Gabriel había acudido la mañana siguiente al nacimiento.
Baltasar lo recibió en el patio. Le dijo que la criatura había muerto y que Rosa necesitaba reposo.
—Me permitió verla —explicó el sacerdote—. Estaba en la habitación donde ustedes guardan ahora los baúles. Anastasio recordó la luz que Eulalia había visto en la ventana.
—¿Qué le dijo Rosa?
—Preguntó por su hijo.
Gabriel se frotó la mano izquierda.
—Yo repetí lo que Baltasar me había contado.
Isabel dejó el gorro sobre la manta.
—Sin verlo.
—Sin verlo —admitió él.
En el silencio siguiente se oyó a Tomás mover los labios.
—¿Cuándo supo que era mentira? —preguntó Anastasio.
—Me enteré meses después. Matilde había sacado a Rosa de aquí unas semanas después del parto y, poco más tarde, recuperó al niño. Cuando vino a contármelo, los dos llevaban tiempo fuera de esta casa.
—¿Dónde?
—En casa de una mujer que criaba hijos ajenos por dinero.
Anastasio abrió el primer sobre.
La letra de Baltasar llenaba la hoja con la misma firmeza que recordaba en los libros de cuentas.
Encontró una suma, el nombre de una mujer y una instrucción.
Entregar a Josefa Villaseñor lo convenido por el cuidado del varón.
Leyó la línea en voz alta.
Gabriel cerró los ojos.
—Josefa. Sí.
Isabel se incorporó un poco más.
—¿Rosa recuperó a su hijo?
—Eso me dijo Matilde. Pero no volvió a vivir en Puebla. Se marcharon una temporada.
—¿Y usted no hizo nada contra Baltasar? —preguntó Anastasio.
El sacerdote sostuvo su mirada. —Hablé con él.
—¿Nada más?
—Nada más.
Anastasio apretó el papel hasta doblar una esquina.
—Hoy pidió que yo regresara con mi esposa mientras usted buscaba al hombre. Entonces ya sospechaba.
—Sí.
—Y otra vez decidió lo que convenía callar.
Gabriel no se defendió.
—Tiene razón.
Isabel tomó la carta de Matilde.
Una parte estaba demasiado borrada, pero consiguió leer fragmentos cerca del borde.
…no ha dejado de preguntar…
…escuchó llorar…
…sabe que se lo llevaron…
Pasó la hoja a Anastasio.
—Rosa no creyó que hubiera muerto.
El comerciante miró hacia la pared contigua.
Por primera vez, los llantos que Isabel había escuchado le parecieron ligados a una espera concreta: una mujer tendida en aquel cuarto, buscando en cada ruido la respiración de un hijo que le habían quitado.
—¿Rafael nació aquí? —preguntó.
Gabriel asintió lentamente.
—Si es el hijo de Rosa, sí.
—¿Y la medalla?
—Pudo ser de ella. No la recuerdo.
Anastasio examinó las iniciales. Había supuesto que nombraban al hombre. Ahora la fecha parecía señalar su nacimiento y las letras, a su madre.
No era una prueba completa.
Pero ya no era un objeto sin historia.
Mateo regresó acompañado de Robles.
El hombre de la ronda esperó en el patio hasta que Anastasio bajó. Gabriel lo siguió con los documentos.
Robles escuchó el relato sin interrumpir. Luego pidió ver las cartas.
—Esto explica por qué pudo buscarlo —dijo—. No explica dónde está.
—¿Encontraron algo?
—Una mujer del barrio de San Antonio lo conocía. Rafael Valdés. Cargaba costales cuando tenía trabajo.
Anastasio se apoyó en la mesa.
El nombre, pronunciado por otro, terminó de darle forma al desconocido.
—¿Tiene familia?
—La mujer dice que su madre murió hace unos meses.
Gabriel levantó la cabeza.
—¿Rosa murió?
—Eso dicen.
El sacerdote pidió la dirección.
Robles sacó un papel.
—También nos habló de un hombre que andaba con él. Esteban Cota. A veces descargaban juntos.
—¿Lo localizaron? —preguntó Anastasio.
—Todavía no. Quiero saber si ayudó a retirar el cuerpo.
El comerciante sintió un alivio breve y doloroso. Había una posibilidad que podían seguir a pie, con preguntas, sin esperar golpes detrás de una puerta.
Robles recogió los papeles. —Necesitaré estas cartas.
Anastasio dudó.
Después soltó la que todavía tenía en la mano.
Gabriel se quedó hasta que Jacinta sirvió un poco de caldo.
Isabel pidió que le llevaran al dormitorio lo que faltaba revisar. Anastasio subió la caja y se sentó cerca de ella.
Entre los últimos recibos encontraron uno doblado en cuatro.
Tenía una fecha posterior al nacimiento y una cantidad mucho mayor que las destinadas a Josefa.
El comerciante acercó la vela.
Había una firma que no reconocía. Encima, Baltasar había añadido una nota:
Por cerrar la puerta que da al callejón y asegurar que no vuelva a utilizarse.
Isabel miró a su marido.
—¿La puerta tapiada?
Anastasio recordó el muro junto al que había caído Rafael.
La había visto desde niño. Siempre creyó que pertenecía al edificio vecino.
Se levantó y fue hasta la ventana del dormitorio. Desde allí no alcanzaba a verla, pero pudo calcular la dirección.
La habitación de los baúles quedaba sobre ese extremo de la casa.
Gabriel apareció en el umbral.
Anastasio le mostró el recibo.
—¿Qué había detrás de esa puerta?
El sacerdote leyó la nota.
Esta vez no dijo que esperaran al amanecer ni que faltaban pruebas.
Miró hacia el corredor, donde la habitación permanecía abierta.
—Una escalera de servicio —respondió—. Bajaba desde el cuarto de Rosa.
Isabel estrechó a Tomás contra el pecho. Anastasio siguió mirando al sacerdote.
—¿Por qué la cerró mi padre?
Gabriel devolvió el recibo.
—Eso es lo que Rosa quiso contarme la última vez que vino.
—¿Y la escuchó?
El sacerdote negó.
Desde la habitación de los baúles llegó el ruido de un mueble arrastrándose.
Después una voz de mujer, apenas audible, pronunció un nombre.
—Rafael.