Capítulo 6 de 13

Los peldaños ocultos

Anastasio dejó el recibo sobre la cama.

La voz había sido débil, pero los tres la escucharon.

Isabel abrazó a Tomás. El padre Gabriel permaneció en el umbral, con una mano apoyada en el marco.

El ruido volvió: madera arrastrándose sobre el suelo.

—Quédate con ella —dijo Anastasio.

El sacerdote asintió.

Anastasio tomó una vela y salió al corredor.

La puerta de la habitación de los baúles seguía abierta. Desde allí podía ver la sábana sobre las sillas y el borde del escritorio. Entró despacio, levantando la luz.

Nadie.

La ventana estaba entreabierta, tal como la había dejado. El aire movía una esquina de la tela que cubría los muebles.

Entonces reparó en el escritorio.

Lo habían revisado esa mañana. Estaba arrimado al muro.

Ahora había un espacio detrás, apenas suficiente para introducir una mano.

Anastasio se acercó. Las patas habían dejado dos líneas claras en el polvo.

Llamó a Mateo.

El mozo subió con una lámpara y se detuvo cuando vio el mueble.

—Yo no lo moví, señor.

—Ayúdame a apartarlo.

Mateo dejó la lámpara en el suelo. Empujaron desde un extremo hasta separar el escritorio de la pared.

Detrás apareció una puerta baja.

La pintura tenía el mismo color del muro. Un clavo atravesaba el marco y sujetaba la hoja; otros dos habían sido hundidos más abajo. Anastasio acercó la vela al borde.

Allí estaba la escalera.

No necesitaba que Gabriel se lo confirmara.

Pidió a Mateo una tenaza.

Mientras el muchacho iba a buscarla, Anastasio examinó el clavo superior. Tenía óxido y una cabeza casi hundida en la madera. Nadie podía haber abierto aquella puerta recientemente sin dejar señales.

Por debajo, sin embargo, salía una corriente fría.

Olía a tierra mojada.

Gabriel apareció antes de que terminaran de retirar el segundo clavo.

—Isabel está con Jacinta.

Anastasio no se volvió.

—¿Usted entró por aquí alguna vez?

—No.

—Pero sabía que existía.

—Rosa me habló de esa escalera.

El comerciante dejó la tenaza sobre el escritorio. —Acaba de decir que no la escuchó.

Gabriel inclinó la cabeza.

—No la escuché hasta el final. Me dijo que había bajado por aquí durante la noche del parto. Después empezó a hablar de Baltasar y de una puerta cerrada. Yo le pedí que volviera cuando estuviera más tranquila.

Mateo miró al sacerdote.

Anastasio sintió vergüenza por él, y esa vergüenza le dolió más que la rabia.

—¿Volvió?

—No.

El último clavo cedió con un chirrido.

La puerta se abrió hacia ellos.

Del otro lado había unos peldaños estrechos que descendían entre dos muros. La luz alcanzaba cuatro escalones; más abajo, la oscuridad parecía espesa.

Gabriel tomó la lámpara.

—Déjeme bajar primero.

Anastasio se la quitó con suavidad.

—Esta vez iremos juntos.

Los peldaños estaban cubiertos de polvo.

A mitad de la escalera, Anastasio encontró una mancha más oscura sobre la pared. Pasó un dedo y lo retiró húmedo.

—La lluvia entra por algún sitio.

Mateo, que bajaba detrás del sacerdote, señaló el techo.

Había una grieta fina por la que se filtraba agua.

La escalera terminaba en un descanso. Frente a ellos estaba la cara interior de la puerta que daba al callejón, oculta detrás de una hilera de ladrillos y argamasa.

A un lado se abría un pequeño espacio bajo los escalones.

Anastasio alzó la lámpara.

No había un cuerpo. Solo una tinaja rota, una tabla y un montón de cascotes.

El alivio le llegó de golpe. Había bajado imaginando algo que ni siquiera se atrevía a decir.

Mateo se agachó junto a la tinaja.

—Aquí hay una tela.

Sacó un jirón que había quedado prendido en el borde quebrado. Estaba oscurecido por la humedad, pero conservaba un pequeño bordado azul.

Anastasio recordó el gorro.

Gabriel acercó la vela.

—No la tire.

El comerciante lo miró.

—No pensaba hacerlo.

Examinaron la puerta tapiada.

La argamasa tenía una grieta junto al suelo. Por allí se colaba aire del callejón.

Anastasio se arrodilló y acercó la luz.

Entre los ladrillos había marcas hechas con un objeto puntiagudo. Algunas eran profundas; otras parecían apenas raspaduras.

—Pudieron hacerlas al construir —dijo Mateo.

Gabriel no respondió.

Anastasio encontró tres letras en la madera visible junto al marco.

ROS

La última había quedado cubierta.

Pasó el pulgar sobre ellas.

Entonces oyó unos pasos del otro lado.

Los tres se quedaron quietos.

Una sombra interrumpió la poca claridad que entraba por la grieta.

—¿Quién está ahí? —preguntó Anastasio. Algo rozó la puerta exterior.

Gabriel se acercó.

—Soy el padre Gabriel.

El roce cesó.

Durante un instante solo escucharon el agua filtrándose entre las piedras.

Después llegó una voz de hombre.

—Todavía no.

Anastasio reconoció el tono.

La noche del ataque había oído esa misma voz pedirle la bolsa.

Soltó la lámpara.

Mateo alcanzó a sujetarla antes de que golpeara el suelo.

—¡Rafael! —llamó Gabriel.

No hubo respuesta.

Anastasio subió dos escalones de un salto, dispuesto a correr al callejón.

El sacerdote lo sujetó de la capa.

—No va a encontrarlo si sale solo y sin luz.

El comerciante respiraba con la boca abierta.

Más allá de los ladrillos, los pasos se habían apagado.

Robles llegó mientras ellos volvían al corredor.

Traía a un hombre con las muñecas atadas delante del cuerpo.

Era bajo, robusto, y tenía una ceja partida. Su chaqueta olía a humedad y aguardiente.

—Esteban Cota —anunció el hombre de la ronda—. Lo encontramos en una bodega.

El detenido levantó la cabeza al ver a Anastasio.

—Yo no le hice nada.

—Nadie lo ha acusado todavía —dijo Robles. Anastasio bajó con Gabriel.

El sacerdote pidió que llevaran al hombre a la cocina para que Isabel no oyera la conversación. Mateo encendió otra vela y puso un banco junto a la mesa.

Esteban se sentó sin esperar permiso.

No dejaba de mirar hacia el patio.

Robles se colocó frente a él.

—Díganos qué hizo la noche de la lluvia.

—Dormir.

—Su ropa estaba ensangrentada.

—Me peleé.

—¿Con quién?

Esteban se pasó la lengua por los labios.

Anastasio apoyó la medalla sobre la mesa.

El detenido dejó de moverse.

—Era de su madre —dijo Esteban.

Gabriel se acercó.

—¿De Rosa Valdés?

El hombre lo miró con brusquedad.

—¿Ahora se acuerda?

Nadie habló durante unos segundos.

Robles señaló la medalla.

—¿Dónde está Rafael?

Esteban bajó la cabeza.

—No sé.

—Piénselo bien.

—No sé dónde está ahora. Anastasio sintió que la cocina se estrechaba.

—¿Lo vio después del ataque?

El detenido asintió.

—Lo estaba esperando en la otra salida. Oí que gritaba un hombre y me escondí.

—¿Por qué lo esperaba?

Esteban apretó las manos atadas.

—Íbamos a conseguir dinero.

Robles no apartó la mirada.

—¿Asaltando?

El hombre no contestó.

—Continúe.

Esteban respiró hondo.

Había entrado en el callejón cuando Anastasio se marchó. Encontró a Rafael contra el muro. Intentó levantarlo, pero la cabeza se le venció sobre el hombro.

—Estaba muerto —dijo.

El comerciante se aferró al respaldo de una silla.

Ya no podía sostener la esperanza de haberlo dejado vivo.

—¿Qué hizo con él? —preguntó Robles.

Esteban señaló vagamente hacia afuera.

—Lo saqué de allí.

Para moverlo había utilizado una carretilla guardada bajo un portal.

Conocía el sitio porque descargaba mercancías cerca. Cubrió a Rafael con unos costales y lo llevó por las calles menos transitadas.

—No quería que me encontraran con él —explicó—. Sabían que andábamos juntos.

—¿Adónde lo llevó?

—A una bodega vacía. Robles dio un paso hacia él.

—¿Cuál?

Esteban le indicó la calle y describió una puerta sin aldaba.

El hombre de la ronda llamó a su compañero, que aguardaba en el zaguán, y le ordenó buscar refuerzos.

Anastasio se volvió hacia Gabriel.

El sacerdote comprendió sin que hablara.

Si el cuerpo estaba en aquella bodega, el hombre que acababan de escuchar detrás de los ladrillos no podía ser Rafael vivo.

Esteban empezó a temblar cuando Robles mencionó que irían por los restos.

—No voy con ustedes.

—Va a mostrarnos dónde.

—Yo ya fui esta mañana.

—¿Y qué encontró?

El detenido levantó los ojos.

—Lo mismo que anoche.

Anastasio esperó.

—Pero alguien había puesto sus manos juntas.

Gabriel se persignó lentamente.

—¿Entró otra persona?

—La puerta estaba cerrada como yo la dejé. No había nadie.

Esteban miró la medalla.

—Cuando me fui, lo escuché detrás de mí.

Robles soltó un suspiro impaciente.

—¿Qué escuchó?

El hombre habló casi en un murmullo. —Me preguntó por qué lo había abandonado.

Antes de llevárselo, Gabriel quiso saber por qué Rafael había buscado a los Priego.

Esteban se quedó mirando el suelo.

—Su madre habló de esta casa antes de morir.

—¿Qué dijo?

—Que había dejado algo bajo la escalera. Que nunca pudo volver por ello.

Anastasio pensó en el jirón azul.

—¿Sabía dónde estaba esa escalera?

—La buscó por el callejón. La puerta estaba tapada.

—Por eso hirió su mano —murmuró el comerciante.

Esteban asintió.

Había intentado arrancar argamasa con un hierro días antes de pedir trabajo en la tienda. Necesitaba entrar a la casa.

—¿Y por qué me atacó? —preguntó Anastasio.

El detenido lo miró.

—Porque yo le dije que usted nunca iba a dejarlo pasar. Que a los ricos había que hacerlos escuchar con miedo.

Robles lo tomó del brazo.

Esteban se levantó con dificultad.

Al cruzar el patio, volvió la cabeza hacia Gabriel.

—Él quería ir a verlo antes de hacer esto. Yo lo convencí de que no fuera.

El sacerdote cerró los ojos.

Anastasio regresó a la escalera oculta cuando la casa quedó en silencio.

Gabriel sostuvo la lámpara mientras él retiraba los cascotes junto a la tinaja. Mateo les pasó un cubo para recoger el escombro.

Debajo apareció una tabla corta. Anastasio la levantó.

Había un paquete envuelto en tela y sujeto con un cordón deshecho por la humedad.

Lo sacó con ambas manos.

Dentro encontró unos papeles, una cinta azul y una pequeña hoja doblada.

La abrió con cuidado.

La letra era distinta de la de Baltasar. Torpe en algunos trazos, firme en otros.

El encabezado decía:

Para mi hijo, si algún día viene a buscarme.

Anastasio levantó los ojos hacia el sacerdote.

Del otro lado de la puerta tapiada sonaron tres golpes.

Esta vez, Gabriel respondió:

—Ya lo encontramos, Rafael.

La voz llegó a través de la grieta, tan cerca que ambos retrocedieron.

—Léala.