Capítulo 7 de 13
La carta de Rosa
Anastasio sostuvo el papel cerca de la lámpara.
La humedad había borrado algunas palabras. En los dobleces, la tinta se extendía como una sombra, y una esquina amenazaba con desprenderse.
Del otro lado de la puerta no llegó ningún ruido más.
Gabriel aguardaba junto a él. Mateo permanecía unos peldaños arriba, con el cubo apretado contra las piernas.
—Léala —repitió el sacerdote, esta vez en voz baja.
Anastasio empezó.
Para mi hijo, si algún día viene a buscarme.
Tuvo que detenerse. La línea siguiente era casi ilegible.
Acercó la hoja a la luz sin permitir que rozara el vidrio caliente.
Me llamo Rosa Valdés. Si te han dicho otra cosa, ese es mi nombre y tú eres mi hijo. Anastasio tragó saliva.
Siguió leyendo.
La carta no llevaba fecha.
Rosa explicaba que la había escrito a escondidas, después de comprender que Baltasar no pensaba entregarle ninguna noticia verdadera sobre su niño.
Dicen que naciste sin aliento. Yo te escuché llorar.
Anastasio miró hacia los peldaños.
La casa estaba silenciosa.
No fue un sueño. La mujer que te recibió me dejó tocarte la cara antes de que te llevaran. Tenías la boca abierta y las manos apretadas. Después llegó don Baltasar y mandó que me acostaran.
Más abajo, la escritura se volvía pequeña, comprimida para aprovechar el espacio.
Rosa relataba que había intentado bajar por la escalera durante la noche. Apenas podía sostenerse. Quería alcanzar la puerta del callejón porque había escuchado allí el ruido de un carro.
Me caí junto a la tinaja. Alguien abrió antes de que pudiera levantarme. Vi salir a un hombre con un bulto entre los brazos. Tu llanto venía de ese bulto.
Gabriel apoyó la mano contra el muro.
Anastasio continuó.
Cuando pregunté adónde te llevaban, dijeron que deliraba.
Mateo bajó los últimos escalones.
—¿La obligaron a volver arriba?
Anastasio asintió después de leer el siguiente párrafo.
Dos criados habían levantado a Rosa. Baltasar la esperaba en el corredor. Le dijo que guardara silencio, que no hiciera un escándalo capaz de arruinarla.
Rosa no escribió qué respondió.
Solo dejó una frase: Me habló como si yo hubiera hecho algo malo por querer saber dónde estabas.
Anastasio reconoció aquella manera de hablar.
Su padre sabía convertir una pregunta en una falta de respeto. Lo había hecho con empleados, proveedores y con él mismo. Bastaba que alguien insistiera para que Baltasar cambiara de tono y obligara a los demás a justificarse.
Siguió leyendo, aunque le dolía la mandíbula de tanto apretarla.
He escondido aquí lo que puedo guardar. Si Matilde consigue entrar, se lo diré. Si no viene, quizá algún día tú lo encuentres.
El comerciante miró el paquete abierto.
Había dos hojas más, una cinta y un pequeño fragmento de tela con puntadas azules. Las hojas eran apuntes de Rosa: cantidades copiadas de recibos y nombres que había alcanzado a escuchar. Anastasio las conservó con la carta para entregarlas a Robles.
La cinta era de mi pelo. La tela la corté de la ropa que preparé para ti.
La última parte estaba peor conservada.
Anastasio logró distinguir una referencia a Josefa, una cantidad y el nombre de un hombre que parecía comenzar con la letra L. El resto del nombre se había perdido en un doblez. Guardó aquel indicio, aunque todavía no podía identificarlo.
Después había un párrafo completo.
No sé qué vida tendrás. No sé quién te enseñará a leer estas palabras. Si llegas a saber lo ocurrido, no vayas a esa casa con un arma. He visto lo que hacen cuando tienen miedo de perder lo suyo.
Anastasio bajó la hoja.
Nadie habló.
El sacerdote tomó aire, pero no llegó a decir nada.
Rafael había encontrado el camino hasta la casa. Había herido su mano tratando de abrir la puerta. Había pedido trabajo y esperado una oportunidad.
La carta que podía haberlo apartado de la violencia seguía escondida unos metros más allá del lugar donde murió.
Anastasio volvió a levantarla.
Si estás vivo, quiero que vivas más que mi tristeza.
La firma aparecía al final, temblorosa.
Tu madre, Rosa. Del otro lado de los ladrillos se oyó un roce.
Gabriel acercó el rostro a la grieta.
—Rafael, hemos leído la carta.
Anastasio permaneció inmóvil.
—Vamos a cuidar sus cosas —añadió el sacerdote—. Y buscaremos dónde está enterrada.
No recibió respuesta.
Mateo alzó la lámpara hacia la puerta. El hilo de claridad que entraba desde el callejón había desaparecido. Afuera ya era de noche.
Anastasio recogió la cinta.
Por un instante sintió que alguien le rozaba los dedos.
La soltó.
Cayó sobre el paquete sin hacer ruido.
Gabriel lo miró.
—Subamos.
Esta vez el comerciante no discutió.
Isabel estaba despierta cuando llevaron los papeles al dormitorio.
Anastasio se sentó junto a ella y volvió a leer la carta, despacio, omitiendo solo las palabras que no podía descifrar.
Su esposa escuchó con los ojos fijos en Tomás.
Al terminar, pidió ver la cinta.
La sostuvo sobre la manta.
—¿Rosa recuperó a Rafael después?
Gabriel asintió.
—Matilde me dijo que sí.
—Entonces esta carta quedó aquí porque se marcharon sin poder recogerla. —Eso parece.
Isabel miró a Anastasio.
—Tal vez él sabía que existía. Su madre pudo hablarle de ella.
El comerciante recordó lo que Esteban había contado.
Algo bajo la escalera.
—Vino a buscar esto —dijo.
Gabriel juntó las manos sobre las rodillas.
—Y quizá otras respuestas.
Isabel volvió a dejar la cinta junto a los papeles.
—Mañana busquen a Matilde. No podemos conocer toda una vida por lo que Baltasar decidió guardar.
Anastasio sintió el peso de aquella observación.
Hasta entonces había leído cartas, recibos y notas escritos para administrar un problema. Rosa y Rafael aparecían en ellos como gastos, nombres que convenía apartar.
Su esposa acababa de señalar lo que faltaba.
Robles regresó pasada la primera hora de oscuridad.
Esta vez no traía a Esteban.
Mateo hizo pasar al hombre de la ronda al comedor. Anastasio bajó acompañado por Gabriel.
Robles se quitó el sombrero y lo dejó sobre una silla.
—Encontramos el cuerpo.
El comerciante se sentó.
No había imaginado que oírlo le produciría aquel cansancio repentino.
—¿Era él?
—Esteban lo identificó. Necesitaré que usted también lo haga.
Anastasio asintió.
—¿Dónde lo llevaron? —A una dependencia donde podremos examinarlo. Mañana vendrá un hombre a reconocer la herida.
Gabriel preguntó si habían avisado a algún familiar.
—Estamos buscando a la tía.
—Matilde Valdés —dijo el sacerdote.
Robles levantó los ojos.
—La mujer del barrio nos dio ese nombre.
Anastasio colocó la carta sobre la mesa.
—Esto también debe verlo.
Robles se inclinó para leerla.
Cuando llegó al final, permaneció callado.
—No cambia que lo atacara —dijo Gabriel.
—No —respondió Robles—. Pero puede explicar por qué estaba esperándolo.
Anastasio miró sus manos.
Agradeció que nadie intentara absolverlo con facilidad.
La identificación se realizó al amanecer.
Gabriel acompañó al comerciante. Robles los condujo a una habitación fría donde habían dispuesto el cuerpo sobre unas tablas.
Anastasio se detuvo antes de acercarse.
El hombre parecía más joven sin el sombrero.
Alguien le había limpiado la cara. La barba seguía húmeda en algunos lugares y la herida del pulgar se distinguía con claridad.
—¿Es el mismo? —preguntó Robles.
—Sí.
El comerciante notó una pequeña cicatriz junto a la ceja. No la había visto cuando Rafael pidió trabajo.
Ahora le sorprendía descubrir algo nuevo en un rostro que ya no podía cambiar. Gabriel se acercó y rezó.
Anastasio permaneció al lado de la mesa hasta que Robles apoyó una mano en su hombro.
—Es suficiente.
Antes de salir, el comerciante miró las manos del muerto.
Estaban juntas sobre el pecho.
Recordó lo que Esteban había dicho en la cocina.
Recordó que Esteban las había encontrado juntas antes de que interviniera la ronda. Gabriel también las observó.
—Quizá ya estaba pidiendo que alguien lo escuchara —murmuró el sacerdote.
Anastasio no podía comprobarlo. Aquella postura seguía siendo una de las señales que no tenían explicación entre los vivos.
Encontraron a Matilde esa misma mañana.
Vivía en una casa donde varias familias compartían el patio. Una mujer que lavaba junto a una pila les indicó una puerta del fondo.
Matilde abrió con un paño entre las manos.
Tendría cerca de sesenta años. Sus ojos fueron primero hacia Gabriel y luego hacia Anastasio.
—No venía a buscarme desde hace mucho, padre.
El sacerdote se quitó el sombrero.
—Traemos una noticia dolorosa.
Ella no se apartó.
Anastasio comprendió que sabía algo antes de que hablaran.
—¿Rafael?
Gabriel asintió.
El paño cayó al suelo.
Matilde se apoyó en el marco y cerró los ojos.
No gritó.
Aquella quietud resultó más difícil de soportar que cualquier reproche.
—Entre —dijo finalmente. La habitación tenía una cama, una mesa y un arca pequeña.
Matilde escuchó el relato del ataque. Anastasio lo contó sin omitir la bolsa, el cuchillo ni el movimiento de su espada.
Al terminar, la mujer lo miró largamente.
—Rosa me pidió que lo sacara de Puebla.
Matilde explicó que vivían con ella desde hacía meses. Su cuarto era aquel mismo que ahora ocupaba sola, en la casa de vecindad próxima al río. No habían vuelto a cambiar de domicilio antes de la muerte de su hermana.
—¿Cuándo?
—Antes de morir.
Gabriel se inclinó hacia ella.
—¿Dónde la enterraron?
Matilde bajó los ojos.
—No lo sé.
El sacerdote frunció el ceño.
—¿Cómo puede no saberlo?
—Murió mientras yo estaba fuera. Cuando regresé, Rafael dijo que ya se habían ocupado de todo.
Anastasio sintió una inquietud que no supo ordenar.
—¿No le mostró el lugar?
Matilde negó.
—Se enfurecía cuando preguntaba. Después empezó a venir a esta parte de la ciudad. Volvía con la mano lastimada y no quería explicar nada.
Anastasio sacó la carta.
La mujer reconoció la letra en cuanto vio el encabezado.
Se llevó los dedos a la boca.
—Rosa la escribió aquí —dijo él.
Matilde tomó la hoja.
—Me habló de ella. Nunca consiguió volver por sus cosas.
Al llegar a la advertencia sobre las armas, empezó a llorar.
Gabriel esperó a que pudiera hablar. —¿Rafael estaba con Rosa cuando murió?
Matilde dobló la carta con cuidado.
—Eso dijo.
Luego abrió el arca y sacó una camisa de hombre.
Había manchas oscuras en el cuello y una manga desgarrada.
—Encontré esto después —susurró—. Él juró que había sido una caída.
Anastasio miró a Gabriel.
El sacerdote ya no estaba mirando la camisa.
Tenía los ojos fijos en una marca sobre la mesa: tres cortes profundos, hechos uno al lado del otro.
Matilde siguió su mirada.
—Rafael los hizo la última vez que vino.
—¿Por qué? —preguntó Anastasio.
La mujer abrazó la camisa contra el pecho.
—Dijo que si alguien preguntaba por su madre, yo debía decir que había muerto en paz.
Desde el patio llegó el ruido del agua derramada en la pila.
Ninguno de los tres se movió.
Matilde bajó la voz.
—Pero nunca me dijo dónde estaba su cuerpo.