Capítulo 8 de 13
La casa junto al agua
Matilde dobló la camisa y la dejó sobre la mesa.
Anastasio siguió mirando las manchas. Algunas podían ser barro; otras tenían el color apagado de la sangre seca. No bastaban para explicar una muerte.
Gabriel acercó una silla.
—Cuéntenos cómo encontró la casa cuando regresó.
La mujer se sentó con dificultad. —Había ido a cuidar a una prima enferma. Rosa llevaba varios días en cama, pero cuando me marché todavía comía y podía levantarse. Rafael se quedó con ella.
—¿Cuánto tiempo estuvo fuera?
—Cinco días.
Matilde apoyó las manos sobre las rodillas.
Al regresar encontró la cama vacía y las mantas amontonadas junto al arca. Rafael le dijo que su madre había muerto la víspera. Aseguró que unos hombres habían venido por el cuerpo y que la habían enterrado antes del anochecer.
—No me explicó quién pagó —añadió—. No teníamos dinero ni para comprar leña.
Anastasio miró al sacerdote.
—¿Nadie de la parroquia recibió aviso?
Gabriel negó.
Matilde se cubrió el rostro un momento.
—Quise creerle. Pensé que le dolía demasiado hablar.
La camisa pertenecía a Rafael.
Matilde la había encontrado debajo de la cama, envuelta en una manta. Al preguntarle por las manchas, él dijo que su madre había caído y se había golpeado la boca.
—¿Antes de morir? —preguntó Anastasio.
—Eso dijo.
—¿Y usted vio dónde había caído?
—Al regresar al día siguiente de su muerte, todavía había agua junto a la pila del cuarto. La mesa estaba movida. Rafael no había limpiado ni ordenado nada.
Señaló la mesa que tenían delante. Anastasio comprendió que las manchas, la camisa y los cortes pertenecían a una sola habitación, aquella donde Rosa había pasado sus últimos meses.
Gabriel observó los tres cortes sobre la madera.
—¿Estos ya estaban?
—No. Los hizo después, cuando insistí en que me llevara a la sepultura.
Anastasio se acercó a la ventana.
En el patio, la mujer de la pila colgaba una sábana. Un niño pasaba un dedo por el borde del agua, persiguiendo su propio reflejo.
El comerciante necesitó mirar aquello para ordenar lo que acababa de escuchar. Rafael podía haber mentido por miedo, por vergüenza o para ocultar algo peor. No tenían todavía una respuesta.
—Voy a avisar a Robles —dijo.
Matilde levantó la cabeza.
—¿Van a decir que la mató?
—Vamos a buscar a Rosa.
La mujer lo sostuvo con la mirada.
Luego asintió.
Robles llegó al mediodía.
Escuchó a Matilde y examinó la camisa. Después pidió ver al propietario de aquella misma casa y hablar con quienes habían ocupado las habitaciones cercanas la noche de la muerte.
—¿Por qué vinieron a vivir con usted? —preguntó.
—El dueño reclamaba las rentas. Rosa ya no podía lavar ropa como antes.
—¿Rafael trabajaba?
—Cuando lo llamaban. Después empezó a llegar con dinero que no explicaba.
Robles tomó nota.
Anastasio esperaba junto a la puerta. Gabriel se había quedado cerca de Matilde, acompañándola mientras se preparaba para salir.
Salieron al patio de la vecindad. La casa estaba en una calle próxima al río, donde el aire llevaba un olor agrio a agua detenida y desperdicios. Tenía habitaciones de techo bajo y una acequia detrás del muro.
El propietario, que vivía junto al zaguán, abrió con desconfianza.
Su actitud cambió al ver a Robles.
—La señora Matilde ya le habrá contado. Los otros dos murieron.
—Necesito hablar con los vecinos de su cuarto.
El hombre los condujo a la habitación contigua. Una pareja había instalado allí sus pocas pertenencias.
La mujer estaba remendando junto a la puerta. Su marido, que acababa de regresar del trabajo, se quitó el sombrero al ver al sacerdote.
Les permitieron entrar. Desde aquella habitación podían oírse las conversaciones del patio y los carros que se detenían junto al zaguán. La mujer recordó una discusión en el cuarto de Matilde la noche en que murió Rosa, pero no había alcanzado a distinguir las palabras.
Robles preguntó al propietario si había visto salir el cuerpo.
—Vi un carro por la noche.
—¿Quién lo llevaba?
El hombre miró hacia Matilde.
—El hijo y otro.
Anastasio sintió una presión en el estómago.
—¿Esteban Cota?
—No sé los nombres.
—¿Llevaban un ataúd? —preguntó Gabriel.
El propietario negó.
—Un bulto envuelto.
Matilde dio un paso atrás.
Gabriel le ofreció el brazo.
Robles se acercó al hombre.
—¿Por qué no avisó?
—Pensé que sacaban sus cosas.
—¿A medianoche?
El propietario bajó la vista.
—Matilde estaba fuera. Los otros debían dinero y no quise meterme. Después Rafael dijo que habían enterrado a su madre. Yo no pregunté más. La mujer que remendaba dejó la aguja.
—Mi hermana vive enfrente. Tal vez vio algo.
La encontraron limpiando frijoles en un plato de barro.
Recordaba el carro.
También recordó a Rosa, porque había lavado ropa para su madre años atrás.
—El hijo iba delante —dijo—. El otro empujaba.
Robles le pidió que describiera al segundo hombre.
—Bajo. Ancho de hombros. Tenía un corte aquí.
Se señaló la ceja.
Anastasio cerró los ojos un instante.
Esteban.
—¿Hacia dónde fueron? —preguntó Robles.
La mujer señaló la calle.
—Al camino del agua. Pensé que iban a cruzar.
—¿Escuchó algo?
Ella dejó el plato sobre las piernas.
—El hijo decía que no quería hacerlo.
Nadie la interrumpió.
—Y el otro le respondió que ya era tarde para arrepentirse.
Anastasio regresó a casa para ver a Isabel mientras Robles iba a interrogar de nuevo a Esteban.
Encontró a su esposa dormida.
Jacinta sostenía a Tomás junto a la ventana. El pequeño abría y cerraba los ojos sin llegar a fijar la mirada.
—¿Lo toma, señor?
Anastasio extendió los brazos. Le sorprendió el peso leve del niño y la confianza con que se acomodó contra su pecho.
Se sentó.
Después de un rato, Isabel despertó.
Lo miró con una sonrisa cansada.
—Has aprendido a sostenerlo.
Él bajó los ojos hacia Tomás.
—Me da miedo apretarlo demasiado.
—Te darás cuenta.
Anastasio permaneció callado.
Isabel advirtió su expresión.
—¿Qué encontraron?
Se lo contó.
Ella escuchó sin apartar la mirada de ambos.
—¿Crees que Rafael hizo daño a su madre?
—No lo sé.
—Entonces espera a saberlo.
Anastasio acarició con un dedo la mano diminuta que asomaba entre las mantas.
Isabel añadió:
—Puedes lamentar lo que le ocurrió y reconocer lo que hizo. No necesitas escoger una sola cosa.
Esa tarde, Robles mandó buscarlo.
Esteban había aceptado hablar.
Lo encontraron sentado en un cuarto pequeño, con las manos libres y un hombre de guardia junto a la puerta. Tenía el rostro hinchado de cansancio.
Gabriel acudió con ellos, pero se quedó a un lado.
Robles colocó la camisa sobre la mesa. —Lo vieron llevar un bulto con Rafael.
Esteban se pasó la mano por la ceja.
—No la maté.
—Le pregunté qué llevó.
El detenido bajó la cabeza.
—A su madre.
Anastasio sintió que todo lo oído durante la mañana se reunía en aquel cuarto.
Robles acercó una silla.
—Ahora va a contarme desde que llegó a la casa.
Rafael había ido a buscar a Esteban entrada la noche.
Estaba alterado y tenía sangre en el cuello de la camisa.
Le dijo que Rosa se había caído durante una discusión. Cuando Esteban llegó, la encontró junto a la cama, sobre una manta.
—¿Respiraba? —preguntó Gabriel.
—No.
—¿Llamaron a alguien?
Esteban negó.
Robles apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Por qué?
El hombre se frotó las muñecas.
—Rafael había bebido. Decía que no iban a creerle.
—¿Y usted qué le dijo?
Esteban miró hacia la puerta.
—Que se la llevaran y luego averiguarían cómo había muerto.
—¿Eso fue lo que hicieron?
—No. El silencio obligó al detenido a levantar los ojos.
—Le dije que podíamos enterrarla antes de que amaneciera.
Gabriel apartó la mirada.
Anastasio sintió repugnancia, pero también reconoció el miedo que Esteban describía. Después del ataque, él mismo había huido del cuerpo para volver con su esposa. Había pedido ayuda más tarde. La diferencia existía y era enorme, aunque no le permitía escucharlo desde una tranquilidad limpia.
Esteban describió el carro.
Habían envuelto a Rosa en una manta y la llevaron fuera de las calles más transitadas. Rafael caminaba delante, volviéndose a cada momento.
—Lloraba —dijo el detenido—. Yo le decía que bajara la voz.
—¿Dónde la dejaron? —preguntó Robles.
—Junto a una huerta abandonada.
—Sea preciso.
Esteban indicó un camino, una pared derrumbada y un árbol partido cerca de la acequia.
Robles llamó al guardia.
Prepararían la búsqueda antes de que oscureciera.
Gabriel se acercó al detenido.
—¿Rafael quiso volver allí?
Esteban asintió.
—Al día siguiente. No lo dejé.
—¿Por qué?
—Pensé que alguien podía vernos.
El sacerdote retiró lentamente la mano que había apoyado en el respaldo.
—¿Y después?
—Volvió solo. Dijo que el sitio había cambiado con la lluvia.
Anastasio recordó la pregunta que la aparición había hecho a la mujer de la canasta. No sabía dónde habían puesto a su madre.
Quizá había regresado tantas veces que ya no distinguía un lugar de otro.
O quizá no podía soportar reconocerlo.
Salieron hacia la huerta con dos hombres y herramientas.
Matilde quiso acompañarlos, pero Gabriel le pidió que esperara en su casa hasta que supieran qué encontrarían. Ella aceptó después de exigir que fueran por ella si hallaban a Rosa.
El camino estaba blando por las lluvias recientes.
Esteban avanzaba entre Robles y un guardia. Señaló la pared derrumbada y después el árbol.
Anastasio observó el terreno.
La acequia había desbordado. Había ramas acumuladas junto a una piedra y franjas de tierra removida por el agua.
Esteban se detuvo.
—Era aquí.
Robles pidió que marcaran el sitio y empezaran a cavar.
Al principio solo encontraron raíces.
Después, uno de los hombres dejó la pala.
Se agachó y apartó tierra con cuidado.
Había tela.
Gabriel se acercó, pero Robles le indicó que esperara.
Anastasio vio el borde de una manta ennegrecida.
Esteban comenzó a respirar demasiado rápido.
—Yo no sabía que…
Robles lo sujetó por el hombro.
—Quédese donde pueda verlo.
Los hombres siguieron trabajando. La tierra dejó al descubierto un pliegue y, junto a él, unos dedos inmóviles.
Anastasio volvió la cabeza.
A varios pasos, bajo el árbol partido, había un hombre con sombrero.
Tenía la camisa manchada y la mano derecha apoyada contra el tronco.
Gabriel lo vio también.
Dio un paso hacia él.
—Rafael.
La figura levantó el rostro.
Anastasio reconoció sus ojos.
El muerto miró el lugar donde estaban cavando y abrió la boca.
Su voz llegó apenas por encima del ruido de las palas.
—Yo la empujé.