Capítulo 9 de 13
La noche que no quiso recordar
La pala quedó suspendida sobre la tierra.
Uno de los hombres había oído la voz y miraba hacia el árbol. El otro continuó apartando el barro hasta que Robles le ordenó detenerse.
Rafael permanecía junto al tronco partido.
Anastasio podía distinguir la herida bajo sus costillas. La camisa mojada se pegaba al cuerpo, aunque aquella tarde no había llovido. Sus zapatos parecían hundirse en el terreno sin dejar huella.
Gabriel avanzó.
—Te escuchamos.
El muerto bajó la cabeza.
—Yo la empujé.
Esteban retrocedió hasta chocar con el guardia que lo custodiaba.
—No se acerque —balbuceó—. Padre, no se acerque.
Robles levantó el farol. La luz alcanzó el árbol, la corteza abierta y las ramas desnudas. Ya no había nadie.
Anastasio siguió mirando el lugar. Había visto la mano apoyada en el tronco y, un instante después, la corteza a través de los dedos. Recordó el rebozo de la mujer y los objetos desplazados en casa: la aparición podía tocar las cosas, pero no conservaba siempre la misma consistencia.
La ausencia no deshizo lo que acababan de escuchar.
Terminaron de sacar los restos cuando empezaba a oscurecer.
Robles dispuso que los envolvieran en una tela limpia y los llevaran para su examen. Gabriel se quedó junto a ellos mientras los hombres acomodaban la carga.
Anastasio quiso ayudar.
Al extender los brazos, sintió el tirón de su herida y tuvo que detenerse.
El hombre que sujetaba un extremo de la tela lo miró.
—Déjenos, señor.
El comerciante apartó las manos.
Había pasado dos días intentando hacer algo útil. Ahora comprendía que también debía aceptar cuando su presencia estorbaba.
Esteban seguía junto al guardia, pálido, con la mirada clavada en el árbol.
Robles lo tomó del brazo.
—Nos contará esa discusión.
—No estuve allí.
—Entonces nos dirá lo que Rafael le contó.
El detenido asintió.
No volvió a mirar los restos.
Matilde los esperaba en su casa.
Anastasio supo que había entendido en cuanto abrió la puerta y vio el rostro de Gabriel.
La mujer se apoyó contra el marco.
—Era ella.
El sacerdote no se apresuró a responder. —Encontramos a una mujer en el lugar que señaló Esteban. Necesitaremos reconocer sus prendas.
Matilde cerró los ojos.
—La manta tenía una costura roja en una esquina.
Gabriel bajó la cabeza.
La habían visto.
Anastasio sacó un pequeño pedazo de tela que Robles le había permitido llevar para mostrárselo. Lo puso sobre la mesa.
Matilde pasó los dedos por la costura.
—La hice yo.
Se sentó lentamente.
Durante un rato no dijo nada.
Después preguntó:
—¿También van a traer a Rafael?
Gabriel acercó una silla.
—Podrá despedirse de él.
Matilde miró la tela.
—No sé cómo.
Anastasio regresó a casa entrada la noche.
Encontró a Isabel despierta y a Jacinta cabeceando en una silla. Tomás dormía entre mantas, cerca de su madre.
Isabel le hizo una seña para que bajara la voz.
—¿La encontraron?
Él asintió.
Se quitó la capa y la dejó junto a la puerta. Tenía barro en el borde y el olor húmedo de la huerta.
Su esposa esperó hasta que se sentó. Anastasio le contó lo ocurrido junto al árbol.
Al repetir las palabras de Rafael, tuvo que detenerse.
Isabel le tomó la mano.
—¿Lo vieron todos?
—No sé. Robles alzó el farol demasiado tarde.
—Pero tú lo viste.
—Sí.
Ella miró al niño.
—Entonces ya sabes por qué no puede descansar.
Anastasio negó despacio.
—Sabemos algo. Todavía no sabemos todo.
Isabel apretó sus dedos.
Aquella respuesta era distinta de las seguridades con que él solía intentar tranquilizarla. La recibió sin discutir.
Al día siguiente, Robles permitió que Anastasio escuchara la nueva declaración de Esteban.
Gabriel no entró con ellos. Esperó en el corredor, dispuesto a hablar con el detenido si este lo pedía.
Esteban tenía delante una taza de agua que no había tocado.
—Rafael dijo que su madre quería impedirle salir —empezó.
Robles se sentó frente a él.
—¿Salir para qué?
—Para buscar a Priego.
Anastasio sintió el impulso de corregirlo, de decir que Rafael buscaba a su padre muerto y no a él. Guardó silencio.
—¿Qué esperaba conseguir? —preguntó Robles.
—Dinero. Papeles. Algo que probara lo que le habían hecho.
—¿Rosa sabía que iban a robar? Esteban se quedó mirando la taza.
—Nos oyó hablar una vez.
Robles esperó.
—Le dije a Rafael que bastaba con detener al comerciante en un sitio solo. Su madre salió del cuarto y nos mandó callar.
Anastasio imaginó a Rosa levantándose enferma para enfrentarse a dos hombres.
—¿Qué dijo? —preguntó.
Esteban volvió la cabeza hacia él.
—Que usted no le había quitado nada. Que las culpas de Baltasar no pasaban a sus manos.
La discusión ocurrió varios días después.
Rafael había bebido. Rosa encontró un cuchillo entre sus cosas y lo escondió. Él exigió que se lo devolviera.
Según lo que contó a Esteban, su madre se colocó delante de la puerta.
—Le dijo que si salía con aquello, no volviera.
Robles observó al detenido.
—¿Y él?
—Quiso apartarla.
—¿Cómo?
Esteban bajó los ojos.
—La empujó.
Anastasio recordó la voz junto al árbol.
No había sido una acusación de otro.
Rafael había nombrado su propio acto.
—Cayó contra la mesa —continuó Esteban—. Se golpeó y no se levantó.
—¿Fue entonces cuando lo buscó?
—Después de un rato. —¿Cuánto?
El detenido tragó saliva.
—No lo sé.
Robles acercó el papel donde tomaba notas.
—¿Dijo que intentó ayudarla?
—Que le limpió la boca. Que la llamó.
—¿Y luego?
Esteban se cubrió los ojos.
—Luego vino por mí.
Cuando terminaron, Anastasio salió al corredor.
Gabriel se levantó.
—¿Qué dijo?
El comerciante repitió lo necesario.
El sacerdote escuchó con la mano apoyada en el respaldo de la silla.
—Rosa trató de detenerlo —murmuró.
Anastasio miró hacia la puerta cerrada.
—Esteban dice que esperó antes de pedir ayuda.
Gabriel no respondió.
La incertidumbre era insoportable: no saber cuánto había vivido Rosa después del golpe, si una mano ajena podía haberla levantado, si un llamado oportuno habría cambiado algo.
Anastasio pensó en el instante en que Rafael cayó contra el muro.
Él también había mirado una herida sin saber qué hacer.
Pero había gritado.
Recordó su propia voz pidiendo auxilio a ventanas cerradas.
Por primera vez comprendió cuánto le dolía todavía que nadie hubiera salido. Robles los alcanzó antes de que abandonaran el edificio.
—Hay algo más.
Llevaba un papel doblado.
Habían examinado la herida de Rafael y recogido la declaración de Antonia. El cuchillo y el corte en el brazo de Anastasio coincidían con su relato.
—El asunto seguirá su curso —dijo—. Tendrá que presentarse cuando lo llamen. Pero lo que encontramos respalda que hubo un ataque.
Anastasio asintió.
No sintió la alegría que habría esperado.
Robles le devolvió una copia de los datos de Rosa.
—Necesito que Matilde venga mañana. También averiguaremos quién era Josefa y quiénes participaron en llevarse al niño.
—Mi padre murió hace once años.
—Los demás quizá no.
Gabriel bajó la mirada.
Robles lo observó un momento.
—Y usted tendrá que contar lo que sabe.
—Lo haré —respondió el sacerdote.
La noticia de los restos se extendió por las calles.
Antes de la tarde, en la tienda ya preguntaban por el hombre que había vuelto del sepulcro. Algunos decían que se aparecía sin cabeza. Otros aseguraban haber visto fuego alrededor de su sombrero.
Anastasio encontró al aprendiz escuchando a un comprador.
—Dicen que mató a tres mujeres —afirmaba este.
El comerciante se acercó.
—No sabemos eso.
El hombre lo reconoció y cambió de expresión.
—Solo repito lo que oí. —Entonces repita también que se llamaba Rafael Valdés.
El comprador tomó su paquete y se marchó.
El aprendiz miró a Anastasio.
—¿Es verdad que aparece?
Él observó el lugar del escaparate donde Rafael había esperado trabajo.
—He visto algo que no puedo explicar.
El muchacho no hizo más preguntas.
Al anochecer, Gabriel fue al callejón.
Anastasio lo acompañó con un farol. Antonia abrió la puerta verde y les ofreció esperar dentro.
El sacerdote prefirió quedarse junto al muro.
—Si necesita hablar, quiero que me encuentre aquí.
La anciana les llevó un banco.
Se sentaron a cierta distancia de la mancha.
Durante mucho rato pasaron solo sonidos ordinarios: una puerta cerrándose, ruedas sobre las piedras, una mujer llamando a un niño que demoraba en volver.
Después el callejón quedó vacío.
Anastasio sintió el frío antes de verlo.
Rafael estaba junto a la puerta tapiada.
No apareció con un movimiento. Simplemente ocupó el sitio que un instante antes había sido oscuridad.
Gabriel se puso de pie.
—Encontramos a tu madre.
El muerto miró al sacerdote.
—No debieron verla así.
—No volverá a quedarse sola en aquella tierra.
Rafael apretó los dedos de la mano herida. Anastasio sostuvo el farol con ambas manos para que no temblara.
—Matilde sabe que la encontramos —dijo.
La figura bajó la cabeza.
Gabriel dio un paso.
—Has pedido un sacerdote. Estoy aquí.
Rafael retrocedió hasta tocar la puerta.
Anastasio alcanzó a ver la madera a través de su hombro y estuvo a punto de dejar caer la luz.
—No puedo entrar —dijo el muerto.
Miró hacia la salida que conducía a la parroquia.
—Me acerco y vuelvo al sitio donde caí. Hasta el pensamiento se me queda aquí.
Gabriel comprendió que no estaba describiendo una puerta cerrada por los hombres.
—Podemos hablar aquí.
—No puedo decirlo.
Gabriel esperó.
Rafael miró sus manos.
—Cuando se cayó… me miró.
La voz se quebró de una manera que Anastasio jamás olvidaría.
—Pensé que iba a levantarse. Pensé que iba a gritarme otra vez.
El sacerdote permaneció inmóvil.
—¿Qué hiciste después?
Rafael levantó el rostro.
Por un instante pareció el hombre cansado que había pedido trabajo, todavía capaz de elegir una respuesta.
—La oí respirar.
Anastasio sintió que el aire le faltaba.
Gabriel dio otro paso, muy despacio.
—Sigue, Rafael.
Pero la figura ya empezaba a perderse contra la puerta. La última frase llegó desde el sitio donde había estado su boca.
—Y aun así no abrí para pedir ayuda.
Anastasio lo llamó antes de que desapareciera.
—Cuando moriste dijiste que no dejara que alguien abriera. ¿De quién hablabas?
Rafael volvió los ojos hacia la casa.
—De tu esposa. Oí sus dolores. Pensé que buscaría la escalera, como mi madre. El descanso se vencía... No quería que cayera.
Anastasio recordó los cascotes y la madera dañada que habían encontrado abajo. Aquella frase no había sido una amenaza contra Isabel.
El farol de Anastasio se apagó.
En la oscuridad, Gabriel continuó hablando, aunque el muerto ya no respondió.