Capítulo 10 de 13

Una puerta para los vivos

Gabriel siguió hablando en la oscuridad.

—Puedes volver, Rafael. Estaré aquí.

Anastasio buscó la pared con la mano libre. El vidrio del farol estaba frío, aunque la llama acababa de apagarse.

Desde la casa de Antonia llegó el ruido de la tranca.

La anciana apareció con una vela protegida dentro de una pequeña linterna.

—Entren.

El sacerdote miró una última vez hacia la puerta tapiada.

No había nadie.

Anastasio lo acompañó hasta la casa verde. Solo cuando Antonia cerró detrás de ellos comprendió que le temblaban las piernas.

Se sentó sin quitarse la capa.

La anciana puso la luz sobre la mesa.

—¿Habló?

Gabriel asintió.

—¿Pidió perdón?

El sacerdote tardó en responder.

—Empezó a decir por qué lo necesita.

Antonia les sirvió agua.

Anastasio sostuvo el vaso entre ambas manos, incapaz de beber. Recordaba la frase del muerto con una claridad que volvía inútiles los demás sonidos. La oí respirar.

Había cosas que podía comprender: un arrebato, una caída, el espanto de descubrir que alguien no se levantaba.

Pero después había existido un tiempo.

Un tiempo para abrir la puerta.

Para llamar.

Para elegir.

Gabriel parecía pensar en lo mismo. Miraba el vaso intacto del comerciante.

—No sabemos cuánto vivió Rosa —dijo.

Anastasio levantó la cabeza.

—Él sabía que seguía viva.

—Sí.

—Y Esteban dijo que ya no respiraba cuando llegó.

Gabriel juntó las manos.

—Eso tendrá que investigarlo Robles con lo que puedan decir los vivos. Lo que Rafael me confíe cuando pida confesión quedará entre él, Dios y este sacerdote.

Anastasio no discutió.

Había escuchado la primera admisión. También había visto el terror con que Rafael intentaba seguir hablando.

Antonia se sentó frente a ellos.

—Yo tampoco abrí cuando pidió ayuda.

El comerciante la miró.

—Usted estaba sola.

—Lo sé. Por eso no abrí.

La anciana dejó el rosario sobre la mesa.

—Puedo explicar mi miedo. No puedo cambiar aquella noche.

Regresaron por las calles principales. Gabriel llevaba la linterna de Antonia. Anastasio cargaba su farol apagado.

Antes de separarse, el sacerdote dijo:

—Mañana darán sepultura a Rosa, si terminan de examinar los restos.

—Pagaré lo necesario.

Gabriel lo miró.

—Pregúntele primero a Matilde cómo quiere despedirse.

Anastasio bajó los ojos.

Había vuelto a ofrecer dinero antes de pensar en la persona que debía recibir la ayuda.

—Hablaré con ella.

El sacerdote asintió.

Caminaron juntos hasta la esquina de la parroquia.

Allí Gabriel se detuvo.

—También yo tengo que decir algunas cosas mañana.

Anastasio comprendió que se refería a su declaración ante Robles.

—¿Todo?

—Todo lo que sé y puedo declarar.

La respuesta no le devolvió confianza de inmediato. Pero tampoco esperaba ya que una sola conversación reparara veintiocho años.

Isabel lo aguardaba despierta.

La vela del dormitorio había sido reemplazada por otra. Sobre una silla estaba la camisa limpia que Jacinta dejó para él.

Anastasio se quitó las botas antes de acercarse a la cama.

—Volvió —dijo.

Su esposa lo miró en silencio.

Le contó lo ocurrido, incluida la última frase. Isabel no intentó tranquilizarlo. Cuando terminó, apartó la manta de Tomás para comprobar que dormía cómodo.

—Quiero que llames a un albañil —dijo. Anastasio se quedó mirándola.

—¿Para qué?

—Para revisar esa escalera y abrir la salida al callejón.

Él pensó en la advertencia que Rafael había pronunciado al morir.

No deje que abra.

—No sabemos si conviene.

Isabel sostuvo su mirada.

—Tampoco sabemos a qué se refería. Y no quiero pasar el resto de mi vida decidiendo cada cosa por una frase incompleta.

Anastasio se sentó junto a ella.

—La puerta lleva años cerrada.

—Por eso mismo. Quiero saber qué sostiene ese muro, por dónde entra el agua y si la escalera puede usarse. Después decidiremos.

Había serenidad en su voz, pero también cansancio.

Él le acarició la mano.

—Mañana mandaré llamar a alguien.

El albañil llegó por la mañana.

Se llamaba Simón Herrera y había trabajado antes en el techo de la tienda. Trajo a un ayudante, una cuerda y varias herramientas envueltas en un costal.

Anastasio les mostró el cuarto y bajó con ellos hasta el descanso.

Simón examinó los muros, golpeó la argamasa y se agachó junto al marco.

—Esto se añadió después —dijo—. Se puede retirar sin tocar la pared principal.

El ayudante alzó la luz.

—La madera está podrida por abajo.

Simón señaló la grieta.

Por allí entraba agua cuando el callejón se anegaba. La humedad había dañado parte del marco y una viga pequeña. —Primero hay que asegurar esto.

Anastasio asintió.

—Hágalo.

Antes de que empezaran, les advirtió que podían encontrar objetos antiguos. Les pidió que no tiraran nada sin mostrárselo.

Simón lo observó con curiosidad.

—¿Buscan alguna cosa?

El comerciante miró los escalones.

—Estamos intentando saber qué hubo aquí.

Mientras los hombres trabajaban, Anastasio fue a buscar a Matilde.

La encontró vestida de negro, aunque las mangas del vestido estaban gastadas y una costura había sido reparada con hilo de otro color.

Sobre la mesa tenía una vela, unas flores blancas y la carta de Rosa.

—Robles vino temprano —dijo—. Ya puedo verla.

Anastasio se quitó el sombrero.

—Quisiera ayudar con la sepultura. De la manera que usted decida.

Matilde acarició el borde de la carta.

—Quiero que tenga su nombre.

—Lo tendrá.

—Y que no la pongan lejos de donde pueda visitarla.

El comerciante asintió.

La mujer levantó los ojos.

—No voy a agradecerle como si me estuviera haciendo un regalo.

Anastasio recibió la frase sin apartarse.

—No se lo estoy pidiendo.

Matilde lo miró un momento más. Después le entregó las flores.

—Llévelas. Tengo que cerrar.

Gabriel los esperaba junto a una pequeña capilla.

Robles había permitido la entrega de los restos de Rosa después de que Matilde reconociera sus prendas. El examen confirmaba una lesión en la cabeza, aunque nadie podía establecer ya cada circunstancia de aquella noche.

La tía de Rafael entró primero.

Anastasio se quedó cerca de la puerta.

En el interior había un ataúd sencillo. Sobre la tapa colocaron las flores y la vela.

Gabriel preguntó a Matilde si quería añadir algo.

Ella sacó del bolsillo una peineta de madera.

—La usaba cuando todavía podía arreglarse sola.

La depositó junto a las flores.

Anastasio pensó en los objetos de Baltasar, conservados durante once años en baúles y cajones. Su padre había dejado tantas pertenencias que algunas ni siquiera tenían para él una historia.

Rosa cabía ahora en una carta, una cinta y aquella peineta.

El sacerdote comenzó las oraciones.

Matilde no bajó la cabeza.

Miró el ataúd todo el tiempo.

Después de la sepultura, Anastasio acompañó a Gabriel hasta la parroquia.

El sacerdote iba a declarar.

Robles aguardaba con los papeles recuperados del baúl. Le pidió que identificara los hechos que había presenciado y distinguiera lo que solo conocía por otras personas.

Gabriel se sentó.

Contó la visita de Matilde después del nacimiento. La negativa inicial de Baltasar. La conversación con Rosa, todavía convaleciente. Cuando llegó al momento en que repitió que el niño había muerto, tuvo que detenerse.

Robles dejó de escribir.

—Continúe cuando pueda.

Gabriel tomó aire.

—No lo había visto. Acepté la palabra de Baltasar.

Anastasio permaneció junto a la ventana.

Esta vez oyó al sacerdote explicar su error sin atribuirlo a la confusión de Rosa.

Más tarde declaró que Matilde le había contado la recuperación del niño. Reconoció también que Rosa volvió a buscarlo y que él no escuchó su relato completo.

Robles recogió las hojas.

—Buscaré a quienes todavía puedan responder por sus actos.

Gabriel asintió.

Había envejecido durante aquella mañana.

Al regresar a casa, Anastasio encontró el patio cubierto de polvo.

Simón y su ayudante habían retirado los ladrillos. La luz del callejón entraba hasta el descanso de la escalera.

La puerta de madera seguía cerrada, sostenida ahora por un puntal.

—Encontramos algo —dijo el albañil.

Le mostró una tabla que habían sacado junto al marco.

En la cara interior había una frase tallada con torpeza.

Anastasio acercó la tabla a la ventana.

Mi hijo está vivo.

Debajo se veían varias rayas, como si la mano que escribió hubiera intentado continuar y alguien la hubiese interrumpido.

El comerciante pasó los dedos por las letras.

Simón aguardó.

—¿La guardamos? —Sí.

Anastasio la llevó al dormitorio.

Isabel leyó en silencio.

Después pidió que la dejaran sobre una silla, junto a la carta de Rosa que Matilde les había permitido conservar unos días para copiarla.

—Que no vuelva al baúl —dijo.

Aquella tarde, Gabriel pasó por la casa antes de ir al callejón.

Anastasio le mostró la tabla.

El sacerdote la sostuvo largo rato.

—Ella sabía.

—Sí.

Gabriel devolvió la madera.

—Esta noche iré solo a hablar con Rafael.

—Puedo esperar cerca —dijo el comerciante.

—Hazlo si quieres. Pero si llega a confesarse, necesitará que nadie más lo escuche.

Anastasio asintió.

No intentó preguntar qué diría ni cuánto tiempo debían esperar.

Al salir, Gabriel se detuvo junto a la escalera abierta.

La corriente que bajaba desde el corredor movió el borde de su sotana.

—¿Han terminado?

—Mañana cambiarán la puerta. Quedará una salida segura.

El sacerdote miró hacia la luz del callejón.

—Bien.

La noche llegó sin lluvia. Gabriel se sentó junto al muro. Anastasio esperó en casa de Antonia, donde Nicolás había llevado carbón antes de volver con su familia.

La anciana preparó una lámpara nueva.

Pasó una hora.

Luego otra.

Anastasio se acercó a la ventana sin abrirla. Desde allí veía al sacerdote inclinado, con las manos sobre las rodillas.

Entonces Gabriel levantó la cabeza.

Había alguien delante de él.

Rafael se quitó el sombrero.

La distancia impedía escuchar sus palabras, pero Anastasio distinguió el movimiento de su boca y la forma en que apretaba el ala entre las manos.

Gabriel se puso de pie.

El muerto retrocedió.

Durante unos segundos pareció que iba a desaparecer otra vez.

Después hizo algo que Anastasio no había visto en ninguna de las apariciones anteriores.

Se arrodilló.

Antonia llegó junto a la ventana.

El comerciante cerró el postigo con cuidado.

Volvieron a sentarse.

Afuera, el padre Gabriel empezó a escuchar.