Capítulo 11 de 13

Antes del perdón

Antonia añadió aceite a la lámpara.

Anastasio seguía sentado frente a la mesa. Había dejado el sombrero sobre las rodillas y lo giraba entre las manos sin advertirlo.

Afuera no se escuchaba nada.

Desde que cerraron el postigo, la anciana había ido dos veces a la cocina. En la segunda regresó con una taza de agua caliente. —Beba algo.

Anastasio la recibió.

Quiso preguntar cuánto tiempo había transcurrido, pero comprendió que Antonia tampoco lo sabía. Ambos esperaban un golpe en la puerta, unos pasos, cualquier señal que les permitiera levantarse sin sentir que interrumpían.

La campana de una iglesia sonó a lo lejos.

Antonia contó los golpes moviendo apenas los labios.

Después volvió a sentarse.

—Cuando pidió un sacerdote aquella primera noche, pensé que era una trampa —dijo.

Anastasio dejó de girar el sombrero.

—Un hombre llamando a esas horas podía querer entrar por la fuerza.

—Sí.

Ella miró el postigo cerrado.

—Esta noche habría abierto.

En el callejón, Gabriel había acercado el banco hasta quedar frente a Rafael.

No sabía si debía mirarlo como a un hombre o como a algo que no alcanzaba a comprender. Decidió atender a su voz.

El muerto sostenía el sombrero contra el pecho.

—No sé por dónde empezar.

El sacerdote reconoció aquellas palabras. Las había escuchado en hombres presos, mujeres enfermas y muchachos que llegaban avergonzados por faltas pequeñas.

—Por aquello que has venido a decir.

Rafael levantó los ojos.

Gabriel tuvo que resistir el impulso de apartarse. Detrás del rostro distinguía una irregularidad del muro.

—Quiero confesarme —dijo el muerto.

El sacerdote inclinó la cabeza. Hasta entonces habían hablado de hechos, de nombres, de restos escondidos. Ahora debía guardar lo que escuchara.

Le indicó que comenzara.

Rafael apretó el ala del sombrero y habló en voz baja.

Anastasio se levantó cuando oyó una rueda en la calle.

Antonia lo miró.

—Es un carro.

Él se detuvo antes de tocar la ventana.

El ruido pasó de largo.

Volvió a su silla.

Durante la espera pensó en la espada que Robles conservaba como parte de la investigación. Había pertenecido a Baltasar durante décadas y a él durante once años. Nunca había servido para nada más que acompañar ciertas salidas y sostener una seguridad que ahora le parecía ingenua.

La noche del parto la tomó para volver con su esposa.

Había vuelto.

También había dejado un hombre en el suelo.

No podía desear que Isabel y Tomás estuvieran a salvo y, al mismo tiempo, fingir que aquella muerte no formaba parte de la misma noche.

Antonia recogió la taza vacía.

—¿Está rezando?

Anastasio levantó la vista.

—No sé.

La anciana no le pidió una respuesta mejor.

Rafael habló durante mucho rato. Hubo silencios en los que Gabriel creyó que la aparición se desvanecería. Entonces esperaba, como había aprendido a esperar junto a una cama o detrás de la celosía del confesionario.

En una ocasión, el muerto empezó a levantarse.

El sacerdote no lo sujetó.

—Puedes quedarte —dijo.

Rafael miró hacia la salida del callejón.

Después volvió a arrodillarse.

La voz se hizo más clara a medida que avanzaba. La mano herida seguía temblando sobre el sombrero, pero ya no buscaba esconderse detrás de él.

Gabriel escuchó sin apresurarlo.

No le pidió que suavizara ninguna palabra.

Tampoco llenó los silencios con consuelos.

Cuando Rafael terminó, el sacerdote permaneció un momento con las manos juntas.

A su alrededor, el callejón conservaba sus ruidos: agua escurriendo de un tejado, una contraventana mal asegurada, el crujido de una puerta lejana.

Gabriel habló entonces.

Su voz apenas alcanzaba la pared opuesta.

En casa, Isabel despertó cuando Tomás empezó a moverse.

Jacinta se incorporó en la silla.

—Yo lo acerco, señora.

Le acomodó al niño y encendió una vela nueva. Después miró hacia el corredor.

—El señor tarda.

Isabel bajó los ojos hacia su hijo.

—Está esperando.

Jacinta recogió una manta caída.

Por la puerta abierta llegaba aire del patio. La habitación contigua había perdido el olor pesado de los baúles después de que Simón retirara los muebles para trabajar. —¿Quiere que cierre? —preguntó la criada.

Isabel escuchó.

No había llantos detrás de la pared.

Isabel no los había vuelto a oír desde el entierro de Rosa. Antes de aquella ceremonia, después de encontrar la carta, todavía había escuchado una respiración junto al muro. Ahora el cuarto estaba en silencio.

—La que llamaba aquí era ella —le dijo a Jacinta—. Empezó antes de que muriera Rafael.

La criada miró la pared.

—Y él seguía afuera.

Isabel asintió. Habían necesitado cosas distintas: Rosa, que encontraran su cuerpo y escucharan su historia; Rafael, decir lo que había hecho.

Solo el pequeño sonido que Tomás hacía al alimentarse.

—Déjala así un rato.

Jacinta se sentó cerca de la cama.

Las dos permanecieron despiertas, acompañándose mientras la casa seguía abierta al aire de la noche.

Rafael escuchaba al sacerdote con la cabeza inclinada.

Por primera vez no miraba la salida, ni la puerta de su nacimiento, ni el sitio donde había caído.

Gabriel le habló del arrepentimiento sin prometerle que pudiera deshacer lo ocurrido. Nombrar una falta no devolvía la vida perdida. Pedir perdón exigía dejar de esconderse de ella.

El muerto asintió.

Lentamente apoyó el sombrero en el suelo.

Su figura parecía menos oscura. Gabriel podía distinguir el borde de la chaqueta y, al mismo tiempo, la piedra que quedaba detrás.

El sacerdote sintió miedo.

No era el miedo al cuchillo ni a una amenaza. Era la certeza de estar delante de algo que ningún aprendizaje le había preparado para ver.

Respiró.

Había un alma pidiendo lo que él había acudido a ofrecer.

Le indicó que expresara su arrepentimiento.

Rafael empezó con dificultad.

Luego la voz encontró un ritmo.

Gabriel alzó la mano.

Pronunció las palabras de absolución. La lámpara de Antonia dejó de humear.

Anastasio se dio cuenta porque el olor a aceite quemado había llenado la habitación durante toda la espera. Ahora el aire parecía limpio.

No hubo un golpe ni un destello.

La anciana levantó la cabeza.

Ambos oyeron pasos.

Eran lentos, pesados, y se detuvieron junto a la puerta verde.

—Soy yo —dijo Gabriel.

Antonia abrió.

El sacerdote se apoyó un momento en el marco.

Anastasio se levantó para ayudarlo.

Gabriel tenía las manos frías y los ojos húmedos. Se dejó conducir hasta una silla.

La anciana le acercó agua.

Nadie preguntó de inmediato.

El sacerdote bebió un sorbo y miró hacia la puerta que Antonia acababa de cerrar.

—Ya no está.

Anastasio sintió que debía sentarse.

—¿Se fue?

Gabriel asintió.

—Pidió confesión. La recibió.

Antonia se cubrió la boca con los dedos.

El sacerdote no añadió nada sobre lo que había escuchado.

Anastasio tampoco se lo pidió.

Más tarde salieron los tres al callejón. Antonia llevó la lámpara. Gabriel avanzó junto al muro, todavía con el cansancio reflejado en la postura.

Anastasio se detuvo donde Rafael había aparecido.

En el suelo no había sombrero.

Tampoco huellas.

El banco seguía frente a la pared.

La anciana tocó la madera con una mano y luego retiró los dedos, como si hubiera comprobado la temperatura de una frente.

—Está seco.

Gabriel miró hacia la nueva abertura.

Simón había colocado un cierre provisional mientras preparaba la puerta definitiva. Por una rendija se veía la claridad de una vela encendida dentro de la casa.

Anastasio oyó un ruido familiar.

Tomás lloraba.

El comerciante volvió la cabeza.

Aquella vez supo exactamente de dónde venía el llanto.

Al entrar por el zaguán, encontró a Jacinta al pie de la escalera.

—La señora está despierta.

Anastasio subió sin quitarse la capa.

Isabel lo vio desde la cama y reconoció el cambio antes de que hablara.

—Terminó.

Él se sentó junto a ella.

—Gabriel lo escuchó.

Tomás movió la boca y volvió a quedarse dormido.

Isabel acomodó la manta.

Anastasio contempló al niño durante un rato. Había esperado regresar con una alegría completa. En cambio, sentía alivio y una tristeza honda, tan persistente que no podía separarla del cansancio.

Isabel apoyó la cabeza contra su hombro.

—Podemos dormir un poco —dijo.

Él asintió.

Pero antes de acostarse fue hasta la habitación contigua.

La tabla con la frase de Rosa descansaba sobre una silla.

Anastasio la llevó a un lugar seco, donde no recibiera la humedad de la ventana.

Después apagó la vela.

Por la mañana, Simón terminó de colocar la puerta.

La madera nueva contrastaba con las piedras viejas del callejón. El albañil mostró a Anastasio el cerrojo y comprobó que la hoja abriera sin rozar el suelo.

Mateo bajó por la escalera con un cubo.

Salió, vertió el agua donde Simón le indicó y volvió a entrar.

Un gesto sencillo.

Anastasio lo siguió con la mirada.

Durante veintiocho años, aquel paso había permanecido cerrado por una orden de su padre. Ahora un muchacho podía usarlo para trabajar sin tener que recorrer toda la casa.

Isabel no bajó. Todavía debía recuperar fuerzas.

Cuando Anastasio subió a informarle, ella sonrió.

—Quiero verla cuando pueda caminar bien.

—La verás.

Matilde llegó poco antes del mediodía.

Traía la peineta de Rosa envuelta en un pañuelo. Después de la ceremonia había decidido conservarla.

Anastasio la recibió en el comedor. Gabriel ya estaba allí.

El sacerdote le dijo lo mismo que a los demás: Rafael había pedido confesión y había recibido el perdón.

Matilde escuchó de pie.

—¿Eso cambia lo que hizo?

Gabriel negó.

La mujer apretó el pañuelo.

—Entonces seguiré llorando a los dos.

El sacerdote inclinó la cabeza.

Anastasio fue por la medalla y la puso sobre la mesa.

—Esto le pertenece a usted.

Matilde la tomó. Miró las iniciales, la fecha y la imagen gastada.

Después se sentó.

—La compró Rosa cuando recuperó al niño —dijo—. Mandó grabar el año para que nadie volviera a decirle que no había nacido.

Anastasio se quedó mirándola.

La medalla dejó de parecerle una señal misteriosa.

Era algo que una madre había pagado con el poco dinero que tenía.

Matilde guardó la pieza en el pañuelo.

Luego levantó los ojos hacia Gabriel.

—Quiero despedirme de Rafael antes de que lo entierren.

El sacerdote asintió.

Anastasio ofreció acompañarlos.

La mujer lo observó largamente.

—Puede venir.

No sonó a perdón ni a amistad. Era un permiso pequeño, preciso.

El comerciante lo recibió sin pedir más.

Cuando Matilde se levantó, Gabriel acercó una mano al respaldo de su silla. Ella se apoyó apenas y consiguió mantenerse de pie.

Los tres salieron al patio.

Desde arriba llegó la voz de Isabel preguntando quién había venido.

Anastasio levantó la cabeza para responderle.

Y mientras hablaba, oyó al otro lado del muro el paso de una carretilla atravesando el callejón.

Las ruedas avanzaron sin detenerse.