Capítulo 12 de 13
Los nombres que quedaron
Matilde pidió que abrieran el ataúd unos momentos antes de llevarlo a la sepultura.
Gabriel aguardó junto a la puerta. Anastasio permaneció detrás de ella, lo bastante lejos para que pudiera acercarse sin sentirse observada.
Rafael tenía el rostro limpio y la camisa cambiada.
Alguien había acomodado sus manos sobre el pecho. La herida del pulgar quedaba oculta debajo de los dedos de la otra mano.
Matilde sacó un pañuelo.
No lloró enseguida.
Primero le alisó un mechón de cabello, con un gesto que debió de haber repetido cuando era niño.
—Siempre te crecía hacia este lado —murmuró.
Anastasio bajó la vista.
La mujer apoyó una mano en el borde del ataúd.
—Rosa pasaba agua por el peine. Tú te quejabas de que estaba fría.
La voz le falló.
Gabriel se acercó, pero esperó a que ella extendiera el brazo antes de ayudarla. Rafael fue enterrado con su nombre completo.
Matilde decidió que no quedara en la misma sepultura de Rosa. Quiso dos lugares cercanos, separados por una franja de tierra donde pudiera ponerse de pie.
—Necesito saber a cuál le estoy hablando —explicó.
Gabriel aceptó sin intentar cambiar su decisión.
Anastasio pagó los gastos convenidos y dejó que Matilde eligiera las cruces.
Cuando terminaron de cubrir la sepultura, ella colocó unas flores pequeñas junto a la madera.
Después fue a la de su hermana.
El comerciante se quedó atrás.
Había pensado en arrodillarse, en pedir perdón por la muerte de Rafael, en decir algo que dejara constancia de su pesar. Al verla entre las dos tumbas comprendió que aquel momento no le pertenecía.
Esperó junto al sacerdote.
Matilde regresó despacio.
—Ya podemos irnos —dijo.
Durante los días siguientes, nadie volvió a ver al hombre del sombrero.
Antonia dejó una lámpara encendida detrás de la ventana durante tres noches. Al cuarto día retiró el banco que Gabriel había utilizado y volvió a ponerlo en su cocina.
Los vecinos preguntaban.
Ella contestaba lo que sabía.
—Pidió un sacerdote. El padre vino.
Algunos querían detalles: si había cadenas, si el suelo se abrió, si la aparición soltó un grito al desaparecer.
Antonia los miraba hasta que terminaban de preguntar.
—Yo estaba dentro de mi casa.
La respuesta disgustaba a quienes habían ido buscando una historia más terrible.
Una tarde, Nicolás apareció con el cubo de agua y anunció: —Mi madre dice que ahora le llaman el Callejón del Muerto.
Antonia recibió el cubo.
Miró hacia el paso angosto.
—Ya veremos qué nombre se queda.
Anastasio volvió a declarar.
Esta vez lo recibió un hombre encargado de revisar las diligencias reunidas por Robles. Le pidió que repitiera el ataque y que señalara el lugar del corte en su brazo.
La herida ya había cerrado.
Quedaba una línea rosada.
Anastasio habló sin cambiar lo que había contado la primera noche. Antonia había confirmado las voces, el cuchillo y el forcejeo. El examen de la espada y de los restos coincidía con una herida producida a corta distancia.
Después de varias comparecencias, le comunicaron que los testimonios respaldaban que había actuado para defenderse.
Le devolvieron el arma.
Anastasio la recibió envuelta en una tela.
Robles lo acompañó hasta la salida.
—Puede ir a casa.
El comerciante asintió.
Durante un instante quiso explicarle que una decisión escrita no le quitaba el recuerdo del rostro de Rafael. No encontró motivo para hacerlo.
Robles ya lo estaba mirando con una seriedad distinta de la primera noche.
—Cuide a su familia —dijo.
Anastasio estrechó su mano.
La espada quedó sobre el escritorio hasta el anochecer.
Isabel bajó al comedor por primera vez desde el parto. Jacinta caminó a su lado, aunque ella insistió en sostenerse de la barandilla. Anastasio se levantó para acercarle una silla.
—Despacio.
Su esposa sonrió.
—Eso intento.
Vio el bulto sobre el escritorio.
No preguntó qué era.
Después de cenar, Anastasio lo desenvolvió.
La hoja había sido limpiada. A la luz de la vela, parecía igual que antes de aquella noche.
Isabel la observó desde su silla.
—¿Vas a colgarla otra vez?
Él tardó en contestar.
—No lo sé.
La guardó en la vaina.
Después buscó un baúl pequeño donde pudiera quedar asegurada.
No quiso destruirla ni regalarla. Tampoco quiso verla cada vez que abriera una puerta.
Isabel esperó a que cerrara la tapa.
Luego le pidió que le mostrara la escalera.
Bajaron juntos.
Anastasio llevaba una lámpara. Isabel se apoyaba en el pasamanos nuevo que Simón había instalado.
Los peldaños estaban limpios. La tinaja rota había sido retirada y el hueco bajo la escalera permanecía vacío.
Al llegar al rellano, Isabel se detuvo para recuperar el aliento.
Miró la puerta.
—Aquí cayó Rosa.
Anastasio asintió. Su esposa apoyó la mano sobre la pared, cerca de las letras que habían quedado en el marco antiguo.
Simón conservó aquel fragmento al sustituir la madera dañada. Anastasio se lo había pedido.
Isabel abrió la puerta.
El callejón estaba iluminado por un farol que un vecino había encendido al caer la tarde.
Pasó un hombre con una canasta al hombro.
Los saludó sin detenerse.
Isabel respiró el aire fresco.
—Huele a lluvia.
Anastasio levantó la vista.
Sobre los tejados se reunían nubes oscuras.
Esta vez no cerró de inmediato.
Robles encontró a Josefa Villaseñor a finales de aquel mes.
Vivía con una sobrina y había dejado de recibir niños muchos años atrás. Al principio aseguró no recordar a Rosa ni a Baltasar.
Cambió de respuesta cuando vio los recibos.
Anastasio no asistió al interrogatorio. Conoció parte de lo declarado cuando Robles acudió a pedirle otro libro de cuentas.
Josefa había recibido al recién nacido con la promesa de que permanecería poco tiempo. Matilde llegó semanas después, acompañada por un hombre que exigió ver al niño y amenazó con denunciarla.
—Mi tío Lorenzo —dijo Matilde cuando se lo contaron—. Fue conmigo porque Josefa no quería entregarme al niño. Murió hace años.
Anastasio recordó la inicial que había leído en la carta. Matilde examinó aquel fragmento y reconoció el nombre incompleto: Rosa había pensado en pedir ayuda a Lorenzo si su hermana no conseguía entrar.
Josefa acabó entregándolo.
Las fechas de sus recibos permitieron seguir el dinero durante aquellos meses.
No había otro nombre que explicara quién era el padre de Rafael.
Anastasio revisó los papeles varias veces.
Encontró pagos, instrucciones y una preocupación constante por evitar que Rosa regresara. La pregunta que nadie había respondido seguía allí.
Una tarde se la hizo a Matilde.
—¿Mi padre era también el padre de Rafael?
La mujer lo miró sin sorpresa.
—Rosa nunca quiso decírmelo.
Anastasio bajó los ojos.
—Pensé que quizá…
—Yo también pensé muchas cosas. No voy a darte una certeza que mi hermana no me dio.
Él aceptó la respuesta.
Conservar aquella duda resultaba difícil, pero era mejor que llenar el silencio con una versión conveniente.
Esteban continuó detenido.
Sus declaraciones permitieron recuperar objetos robados y relacionarlo con otros asaltos. También debía responder por haber ayudado a ocultar el cuerpo de Rosa.
Pidió ver a Gabriel.
El sacerdote fue.
Cuando Anastasio preguntó por él, se limitó a decir:
—Sigue vivo. Todavía puede hacer cosas distintas.
No añadió detalles.
Robles explicó que la causa de la muerte de Rosa no podía reconstruirse en cada uno de sus momentos. Había una lesión, una discusión relatada por terceros y un entierro clandestino admitido por Esteban.
Las palabras de una aparición no quedarían convertidas en una declaración firmada.
Matilde escuchó aquello con amargura.
—Entonces habrá preguntas sin respuesta.
Robles asintió.
—Sí. La mujer tomó el pañuelo donde guardaba la medalla.
—Por lo menos ya sé dónde llevarle flores.
Gabriel cambió algunas costumbres en la parroquia.
Dejó de permitir que el ayudante rechazara a una persona solo porque llegaba sin cita o mal vestida. Si estaba ocupado, pedía su nombre y averiguaba para qué lo buscaba.
No siempre podía recibirla enseguida.
Pero dejó de suponer que la urgencia de los demás podía esperar porque a él le incomodaba.
Anastasio lo notó una mañana.
Una mujer aguardaba junto a la sacristía con dos niños. Gabriel salió, escuchó unas palabras y volvió para cancelar una conversación que pensaba tener con el comerciante.
—Vendré otro día —dijo Anastasio.
El sacerdote le agradeció con un gesto.
No hablaron de Rosa.
Tampoco era necesario hacerlo cada vez.
Matilde fue invitada a comer cuando Isabel recuperó fuerzas.
Antes de aceptar preguntó si debía llevar algo.
—Solo venga —respondió ella.
La mujer llegó con pan envuelto en una tela.
Jacinta acomodó un plato más. Tomás dormía en la cuna que el carpintero finalmente había entregado.
Matilde se acercó a mirarlo.
El niño abrió los ojos y agitó una mano.
—Rafael hacía eso —dijo.
Anastasio se quedó inmóvil junto a la mesa.
Matilde advirtió su expresión. —Fue un niño antes de todo lo demás.
Isabel acercó una silla a la cuna.
—Siéntese con él mientras servimos.
La mujer obedeció.
Durante la comida habló de Rosa lavando ropa junto a la pila, de su manera de cantar cuando creía que nadie escuchaba y de los domingos en que llevaba a Rafael a comprar fruta.
No ocultó el dolor.
Pero permitió que aquellos recuerdos también ocuparan la mesa.
Después, Isabel le devolvió la carta original.
Habían preparado una copia cuidadosa, respetando los espacios donde ya no podían leerse las palabras.
Matilde guardó la hoja entre dos telas.
Anastasio le mostró la tabla encontrada en la puerta.
Mi hijo está vivo.
La mujer recorrió las letras con la punta de los dedos.
—Esto sí quisiera que se quedara aquí.
Él levantó la vista.
—¿Está segura?
Matilde miró hacia la escalera.
—Ella lo escribió para que alguien la creyera.
Isabel pidió que la colocaran en un lugar donde no se deteriorara.
Eligieron la pared de la habitación que había sido de Rosa.
Los baúles de Baltasar fueron trasladados al almacén.
En aquel cuarto pusieron una mesa, dos sillas y una ventana que podía abrirse sin esfuerzo.
La primera noche de noviembre volvió a llover. Anastasio despertó al escuchar el agua en el patio.
Durante un momento sintió el impulso de levantarse, comprobar cerrojos y recorrer el corredor con una vela.
Isabel dormía a su lado.
Tomás respiraba dentro de la cuna.
El comerciante permaneció acostado.
Escuchó la lluvia hasta distinguir sus distintos golpes: sobre las tejas, contra los cristales, en las hojas de las macetas.
No había pasos en la habitación contigua.
Tampoco voces.
Cuando empezaba a dormirse, alguien llamó a la puerta de servicio.
Anastasio abrió los ojos.
Hubo otros dos golpes.
Esta vez no esperó a que el miedo decidiera por él.
Encendió una vela y fue a preguntar quién necesitaba ayuda.