Capítulo 13 de 13

El callejón que conservó su nombre

Anastasio bajó por la escalera con la vela protegida entre la mano y el pecho.

La lluvia golpeaba la puerta de servicio.

Se detuvo en el último peldaño.

—¿Quién llama?

—Nicolás.

Reconoció la voz del muchacho, pero no levantó el cerrojo hasta acercar la luz a la pequeña abertura que Simón había dejado en la madera.

Nicolás estaba empapado.

Detrás de él, Antonia se apoyaba contra el muro.

Anastasio abrió.

—¿Qué ocurrió? —Se cayó —dijo el niño—. Fui a llevarle el carbón y la encontré en el suelo.

La anciana intentó incorporarse.

—No era para despertarlo.

Anastasio salió a sostenerla.

—Ya estoy despierto.

La llevó hasta el descanso. Nicolás recogió la linterna que había dejado junto a la puerta y entró detrás.

Antonia se había golpeado la rodilla.

No parecía tener otra lesión, pero temblaba tanto que apenas podía hablar. Anastasio llamó a Mateo y le pidió que ayudara a subirla.

Jacinta apareció en el corredor con un chal.

Isabel salió del dormitorio, sujetándose la bata.

—Traigan una silla.

Entre todos acomodaron a la anciana junto al fuego de la cocina. Jacinta le retiró el rebozo mojado y Nicolás se quedó a su lado, con las manos escondidas debajo de los brazos.

Anastasio mandó al mozo por doña Eulalia.

—Dile lo que pasó. Que venga si puede.

Mateo tomó una capa.

Antes de salir, Anastasio añadió:

—Lleva el farol.

El muchacho asintió.

No necesitó recoger ninguna espada.

Eulalia llegó cuando el agua empezaba a bajar por los canales del patio.

Examinó a Antonia, movió con cuidado la pierna y preguntó dónde le dolía. Después revisó el golpe que tenía en el codo.

—Pasará la noche aquí —resolvió. La anciana quiso protestar.

Isabel se adelantó.

—Ya le estamos preparando una cama.

Nicolás levantó la cabeza.

—Mi madre va a buscarme.

Anastasio miró hacia el zaguán.

—Mateo irá a decirle dónde estás. Cuando vuelva, te acompañará.

El niño pareció aliviado.

Eulalia se lavó las manos y aceptó una taza caliente. Mientras bebía, observó al comerciante.

—Esta vez encontraron la puerta abierta.

Anastasio miró a Antonia, envuelta en el chal de Jacinta.

—Esta vez escuché quién estaba afuera.

La anciana durmió en la habitación que había sido de Rosa.

Antes de acostarse miró la tabla colocada sobre la pared.

Mi hijo está vivo.

Pasó un dedo cerca de las letras sin tocarlas.

—¿La escribió ella?

Isabel asintió.

Antonia volvió los ojos hacia la cama.

El cuarto tenía sábanas limpias, una jarra de agua y una vela. La puerta del corredor permanecía abierta.

—No quiero que la cierren —dijo.

Jacinta acomodó la almohada.

—La dejaremos así.

Anastasio permaneció un momento en el umbral. Recordó los baúles, la humedad, el escritorio que ocultaba el paso. No podía cambiar lo ocurrido allí, pero ahora sabía quién dormía dentro y qué necesitaba durante la noche.

Apagó la luz del corredor cuando Antonia se quedó dormida.

El invierno llegó con mañanas frías.

Tomás empezó a seguir los rostros con los ojos y a sonreír cuando Isabel inclinaba la cabeza sobre la cuna. Anastasio aprendió a reconocer sus llantos, aunque todavía lo cargaba a veces sin saber qué podía consolarlo.

Jacinta se reía al verlo caminar por el patio con el niño.

—Está buscando a su madre.

—Yo también —respondía él.

Matilde visitaba la casa algunos domingos.

Llevaba pan cuando podía y aceptaba quedarse a comer. Hubo días en que habló de Rosa con serenidad. En otros apenas decía unas palabras y se marchaba temprano.

Isabel dejó de preguntarle si se encontraba mejor.

Le preguntaba si quería compañía.

A veces Matilde decía que sí.

Entonces salían juntas a llevar flores.

El proceso de Esteban avanzó durante meses.

Las declaraciones de las personas asaltadas, los objetos recuperados y su propia admisión de haber ocultado dos cuerpos bastaron para que recibiera una condena.

Anastasio supo la noticia por Robles.

No preguntó si aquello había satisfecho a Matilde.

Ya conocía la diferencia entre una consecuencia y una reparación.

Josefa tuvo que declarar varias veces sobre el dinero recibido y sobre las instrucciones de Baltasar. Otros nombres aparecieron en los libros de cuentas, pero algunos correspondían a personas muertas y otros no pudieron localizarse.

Los documentos quedaron reunidos. La historia de Rosa dejó de depender únicamente de lo que su antiguo patrón había dicho.

Cuando Robles entregó las copias que podían devolverles, Anastasio las llevó a Matilde.

—¿Dónde quiere guardarlas?

Ella acarició el paquete.

—Aquí.

Señaló su arca.

Había hecho un espacio junto a la peineta y la medalla.

Gabriel nunca contó la confesión.

Quienes acudían a preguntarle recibían una respuesta breve:

—Un hombre pidió escuchar palabras de perdón. Yo cumplí con mi deber.

Algunos lo creían.

Otros decían que el sacerdote, cansado, había confundido a un mendigo con una aparición.

Gabriel no discutía.

Anastasio tampoco buscó convencer a nadie.

Conocía el rostro que había visto junto al árbol. Recordaba la madera visible a través del hombro de Rafael y la voz que llegaba desde el otro lado de los ladrillos.

No tenía una manera de ofrecer aquella experiencia a quienes no estuvieron allí.

La conservó.

Con el tiempo, dejó de despertarse esperando que volviera.

El nombre se extendió antes de que terminara el año.

Los vendedores lo usaban para dar direcciones.

—Por el Callejón del Muerto.

Los mozos lo repetían al organizar una entrega.

Las madres lo pronunciaban cuando advertían a sus hijos que regresaran antes de la noche. Antonia se resignó a escucharlo.

Una tarde, un hombre se detuvo frente a su ventana y preguntó si allí habían matado a un ladrón.

—Sí —respondió.

—¿Y todavía sale?

—Desde que vino el padre Gabriel, no.

El hombre observó la puerta nueva de los Priego.

—Dicen que arrastraba cadenas.

Antonia levantó los ojos de la labor.

—Yo nunca vi cadenas.

—También dicen que no tenía rostro.

—Lo tenía.

El visitante esperó algo más.

La anciana volvió a su costura.

—Se llamaba Rafael.

Pasaron los años.

Nicolás dejó de llevar agua y entró como aprendiz en un taller. Mateo comenzó a encargarse de algunas entregas de la tienda. Jacinta se casó y siguió visitando a Isabel, que guardó para ella una silla cerca de la cocina.

La casa cambió con quienes la habitaban.

La habitación de Rosa se usó para recibir visitas, atender a algún enfermo y sentar a Tomás cuando necesitaba una mesa tranquila para practicar sus letras.

Anastasio le enseñó a leer la frase tallada.

El niño recorrió las palabras con el dedo.

—¿Quién era su hijo?

Su padre tomó una silla.

No respondió desde la puerta ni le dijo que lo sabría cuando fuera mayor. Se sentó a su lado.

—Un hombre que nació aquí.

Tomás levantó la cabeza.

—¿Como yo?

—Sí.

Anastasio le contó la historia de acuerdo con lo que podía comprender.

Habló de una madre a la que no dejaron ver a su niño, de una carta escondida y de decisiones que lastimaron a otras personas.

Cuando Tomás creció, escuchó también lo ocurrido en el callejón.

Su padre no convirtió a Rafael en una criatura malvada desde su nacimiento. Tampoco ocultó el daño que había causado.

—¿Tú lo mataste? —preguntó el muchacho.

Anastasio sostuvo su mirada.

—Sí. Me atacó y me defendí. No quería que muriera.

Tomás permaneció callado.

Isabel, que había estado remendando junto a la ventana, dejó la labor sobre el regazo.

No intervino.

Anastasio permitió que su hijo hiciera las preguntas que necesitaba.

La tarde en que murió el padre Gabriel, las campanas sonaron despacio sobre Puebla.

Matilde ya no vivía. Antonia había fallecido el invierno anterior, después de una enfermedad corta durante la cual Isabel y Nicolás se turnaron para acompañarla.

Anastasio acudió a despedirse del sacerdote con su esposa y su hijo.

Gabriel parecía pequeño dentro del ataúd.

Las manos que habían temblado en la sacristía descansaban ahora una sobre otra.

Anastasio se arrodilló. Recordó al hombre que había repetido una mentira sin comprobarla. Recordó también al que se quedó a escuchar cuando una voz imposible llamó desde la oscuridad.

Ambos habían sido Gabriel.

Rezaron.

Al salir, Tomás se adelantó para sostener la puerta mientras pasaba una anciana.

Isabel miró a Anastasio.

Él siguió al muchacho con los ojos hasta que todos estuvieron afuera.

Aquella noche regresaron por el callejón.

Había llovido y las piedras brillaban bajo los faroles. Una ventana dejaba escapar el olor de la cena; al fondo, alguien discutía por una rueda rota.

Tomás caminaba unos pasos delante.

Se detuvo junto al muro donde había caído Rafael.

—¿Fue aquí?

Anastasio asintió.

Su hijo observó las piedras.

No quedaba ninguna mancha.

—¿Tienes miedo de pasar?

El comerciante pensó antes de responder.

—Durante mucho tiempo lo tuve.

Tomás esperó.

—Ahora recuerdo.

Isabel le tomó el brazo.

Siguieron caminando.

Al llegar a la puerta de servicio, Anastasio sacó la llave. Tomás sostuvo el farol y su madre entró primero.

Antes de cerrar, el comerciante miró una última vez hacia el callejón. No había una figura esperando junto al muro.

No se escuchaban ruegos detrás de las ventanas.

Rafael había dejado de manifestarse desde la noche en que recibió el perdón. Con los años, incluso quienes aseguraban haberlo visto hablaban de él como de un recuerdo heredado.

La ciudad conservaría la historia a su manera.

Algunos contarían solo que un ladrón murió intentando asaltar a don Anastasio Priego, que su alma espantó a los vecinos y que un sacerdote acabó con las apariciones.

Otros añadirían cosas que nadie había visto.

Anastasio no podría cuidar cada versión.

Dentro de la casa, en cambio, la tabla seguiría sobre la pared y la copia de la carta tendría un lugar entre los documentos de la familia.

Tomás lo llamó desde la escalera.

—Padre, se enfría la cena.

Anastasio guardó la llave.

Entró y cerró la puerta.

En Puebla, el paso angosto siguió llamándose Callejón del Muerto.

Y en aquella casa, Rosa y Rafael conservaron sus nombres.

Fin.