Capítulo 13 de 13

Un hombre en el camino

La primera noche sin el Charro fue la más difícil.

Mateo había imaginado que podría dormir en cuanto Clara estuviera a salvo y el caballo dejara de recorrer las calles. Sin embargo, permaneció despierto, sentado en una silla junto a la cama de su hermana.

Cada ruido exigía una explicación.

El viento movía un postigo.

Una tabla crujía en el corredor.

Petra dejaba una jarra sobre la mesa del cuarto contiguo.

Mateo reconocía aquellos sonidos y aun así levantaba la cabeza.

Clara también despertaba.

No preguntaba nada. Extendía una mano por debajo de la manta hasta tocarle la manga.

Él se inclinaba.

—Estoy aquí.

La niña volvía a cerrar los ojos.

Al amanecer, Mateo descubrió que tenía la espalda dolorida y la mano de su hermana todavía cerrada alrededor de dos dedos.

No la soltó hasta que ella despertó por completo.

Tomás tardó tres días en levantarse.

El médico que vino de la cabecera le examinó los ojos, el pecho y las articulaciones. Le hizo preguntas que el hombre respondía con palabras sueltas.

No supo explicar su estado.

Habló de agotamiento, falta de alimento y una conmoción prolongada. Recomendó reposo y comidas pequeñas.

Inés escuchó sin discutir.

Después acomodó las mantas y ayudó a su hermano a beber un caldo.

La recuperación no siguió una línea recta.

Había mañanas en que Tomás conversaba durante varios minutos y tardes en las que no reconocía la habitación al despertar. Evitaba cerrar el puño. Si una moneda caía al suelo, su respiración cambiaba.

Inés dejó de llevar dinero en el bolsillo mientras lo cuidaba.

Mateo guardó las herramientas que tintineaban cerca del cuarto.

Nadie le pidió que relatara todo lo ocurrido.

Una vez, Tomás habló por voluntad propia.

Estaba junto a la ventana, mirando el patio de la parroquia.

—No sabíamos cuándo amanecía.

Inés se quedó quieta.

Él apoyó la mano abierta sobre el alféizar.

—Uno esperaba que alguien dijera que ya había pasado una noche. Pero siempre seguía igual.

Su hermana se acercó.

—Ahora puedes verlo.

Tomás observó la luz sobre el pozo.

Tardó en asentir.

La desaparición de Laureano tuvo explicaciones distintas según quién la contara.

Algunos afirmaron que huyó después de que se descubrieran sus fraudes. Otros dijeron que sus propios hombres lo asaltaron en el camino.

Quienes habían estado en la vereda no consiguieron que su relato entrara completo en los documentos de la investigación.

Sí pudieron entregar otras cosas.

Los libros.

Los recibos.

Las escrituras escondidas debajo del piso del despacho.

La caja que Eusebio encontró en el dormitorio utilizando la llave arrojada por el prestamista.

Había firmas copiadas, pagos retenidos y propiedades adquiridas mediante deudas alteradas. Las cuentas de Julián figuraban entre ellas.

La declaración del escribiente coincidió con lo que Mateo e Inés habían encontrado. Hilario habló de la carreta donde vio a Clara. Petra identificó al hombre que se acercó a su casa. El herrero describió la puerta cerrada de la bodega.

El acompañante de Laureano fue detenido en otro pueblo varios días después.

Ya no llevaba la venda.

No pudo explicar por qué sabía dónde había estado la niña.

La acusación contra Mateo comenzó a deshacerse.

Eusebio describió cómo cayó la lámpara y cómo la vela alcanzó el aceite. Los hombres que estaban en la sala de espera confirmaron que Laureano gritó antes de que ninguno pudiera ver lo ocurrido dentro.

Hubo preguntas.

Viajes a la cabecera.

Semanas en las que Mateo tuvo que cerrar el taller para comparecer.

Pero ya no estaba solo frente a una cifra y una firma.

La casa no quedó libre de dificultades de un día para otro.

Se revisaron los préstamos auténticos de Julián y se descontaron los pagos que Laureano había ocultado. La suma que realmente quedaba era mucho menor.

Mateo pudo organizarla en plazos que el taller alcanzaría a cubrir.

Cuando regresó con los papeles corregidos, Clara lo esperaba en la entrada.

—¿Nos quedamos?

Él asintió.

Su hermana miró el limonero.

Después el tejado.

Finalmente sonrió.

—Entonces puedo pintar la pata del caballo.

Mateo tardó un momento en entender.

La madera nueva tenía un tono distinto del resto del juguete.

—Puedes.

Clara entró corriendo a buscar los colores.

Mateo se quedó junto a la puerta con los documentos en la mano.

No había recibido una fortuna.

Seguía teniendo deudas.

La silla del taller seguía sin terminar y tendría que levantarse temprano para conseguir nuevos encargos.

Aquella tarde le pareció suficiente.

El cofre de la moneda quedó en el escondite hasta que volvieron a casa.

Mateo lo sacó una mañana, mientras Inés estaba con Clara en el patio.

No quiso abrirlo solo.

Lo colocó sobre la mesa.

Retiró el pañuelo.

La moneda había perdido su color.

No mostraba un caballo.

No mostraba al jinete.

En la superficie lisa tampoco quedaba el nombre de Mateo.

Parecía una pieza de metal común, gastada y sin valor reconocible.

Clara se acercó.

Él cubrió el cofre antes de que pudiera inclinarse.

Su hermana lo miró.

—¿Todavía hace cosas?

Mateo negó.

—No desde aquella noche.

Clara pensó unos segundos.

—Guárdala donde no tengamos que verla.

Inés sostuvo la mirada de Mateo.

No había en sus ojos curiosidad por venderla, probarla ni arrojarla a otro pozo.

La envolvieron junto con la nota de Julián.

Anselmo la recibió en una caja de hierro, con los papeles que describían su origen. La cerró y la colocó en el fondo del archivo.

Mateo conservó el cuaderno de su padre.

Las cartas eran suyas.

El oro ya no tenía nada que decirle.

Pasaron varias semanas antes de que retiraran la tela del espejo de la cocina.

La decisión fue de Clara.

Mateo estaba cepillando una tabla cuando oyó que lo llamaba.

Entró con las manos cubiertas de virutas.

Su hermana permanecía frente al aparador.

—Quiero ver cómo me quedó la trenza.

Él miró la tela.

Había aprendido a pasar junto a ella sin pensar en lo que ocultaba. Cubrirla fue necesario durante aquellos días; después se convirtió en una costumbre.

Clara sostenía una cinta.

Mateo se acercó y desató el cordón.

La tela cayó sobre sus manos.

El cristal reflejó la mesa, la puerta del patio y a una niña que intentaba mirar la parte posterior de su cabeza.

Nada más.

Mateo permaneció observando unos segundos.

Clara se volvió.

—¿Está chueca?

Él sonrió.

—Un poco.

La niña le entregó la cinta.

Mateo dejó la tela sobre una silla y volvió a hacerle la trenza.

Tuvo que intentarlo dos veces.

Su hermana se quejó porque tiraba demasiado fuerte.

Él pidió paciencia.

La discusión llenó la cocina con una familiaridad que no habían tenido en años.

Tomás empezó a visitar el taller cuando pudo caminar sin ayuda.

Al principio se quedaba junto a la puerta.

Observaba a Mateo trabajar y preguntaba cosas sencillas: qué madera utilizaba, para quién era la mesa, cuánto tardaba en secar el pegamento.

Una mañana recogió una viruta del suelo.

La sostuvo entre los dedos.

—Puedo barrer.

Mateo le acercó la escoba.

No hicieron una ceremonia de aquello.

Tomás barrió.

Al día siguiente volvió.

Después sostuvo una tabla mientras Mateo marcaba las medidas. Más adelante lijó las patas de una silla.

Cuando llegó el momento de pagarle, Mateo dejó la cantidad dentro de un sobre.

Tomás lo tomó y permaneció mirándolo.

—Esto sí lo trabajé —dijo.

Mateo asintió.

Tomás abrió el sobre.

Contó el dinero una vez.

Lo guardó.

Esa tarde regresó a casa con pan para Inés.

El primer encargo grande llegó de Santa Aurelia.

El administrador apareció en el taller con el sombrero entre las manos y una lista de muebles.

Mateo lo reconoció antes de que dijera su nombre.

El hombre miró las herramientas.

—Seguimos necesitando reparar las puertas.

Mateo dejó el cepillo sobre el banco.

Esperó.

El administrador se aclaró la garganta.

—Laureano pidió que no te contratara.

—Lo sé.

—Tenía negocios con el propietario.

Mateo observó las dos puertas de su propio taller, una de ellas todavía torcida.

Durante mucho tiempo había imaginado lo que diría si volvía a encontrarse con aquel hombre.

Ahora estaba allí.

Parecía más pequeño de lo que recordaba.

—Voy a pasar a tomar medidas —respondió.

El administrador exhaló.

Mateo levantó una mano.

—Primero acordamos la paga. Y el adelanto para la madera.

El hombre asintió.

Lo dejaron por escrito.

Tomás fue con él al día siguiente.

Inés continuó ordenando el archivo.

Añadió los documentos de Laureano a una sección separada y conservó una copia de cada testimonio.

Las cartas de Rosario regresaron junto al cuaderno.

Mateo la ayudó a buscar los registros que faltaban de Nicolás.

Encontraron primero una anotación de salida.

Rosario abandonó la hacienda pocos meses después de la desaparición de Esteban. Se llevó a su hijo y dejó parte de los bienes al cuidado de un administrador.

Años más tarde, Nicolás apareció en un registro de matrimonio de otro pueblo.

Había cambiado de oficio.

Trabajaba como maestro.

En la copia de una carta dirigida al párroco de San Jerónimo, pidió que conservaran los papeles de su madre y no volvieran a utilizar el nombre de Montenegro para solicitar donaciones.

Mateo leyó la petición en silencio.

Nicolás había vivido.

Creado una familia.

Tomado decisiones que no parecían dictadas por el oro.

Inés acomodó la carta dentro de una carpeta.

—Rosario consiguió sacarlo de la casa.

Mateo asintió.

Pensó en Clara aprendiendo a dormir otra vez.

En las cosas que podría hacer cuando los recuerdos dejaran de ocupar cada esquina.

Con el tiempo, Inés empezó a quedarse a cenar.

A veces llevaba cuadernos para corregir mientras Mateo terminaba un trabajo. Clara se sentaba junto a ella y fingía no mirar las respuestas de los otros niños.

Tomás llegaba después.

Petra aparecía cuando olía comida y afirmaba que solo iba a devolver un plato.

Casi nunca se marchaba sin probar algo.

La casa se llenó de sillas desiguales.

Mateo dejó de contar cuántas faltaban para que todo pareciera correcto.

Una noche, mientras los demás recogían la mesa, Inés salió al patio.

Él la siguió con una taza.

Se sentaron junto al limonero.

—Mi hermano volvió a reír hoy —dijo ella.

Mateo miró hacia la cocina.

Tomás discutía con Clara sobre el tamaño del caballo de madera.

—Lo oí.

Inés sostuvo la taza entre las manos.

—Todavía hay días malos.

—Sí.

Ella apoyó la cabeza contra el muro.

Mateo dejó su mano sobre el banco, entre ambos.

Inés la tomó.

Permanecieron así hasta que Petra salió a preguntar si pensaban lavar los platos desde el patio.

Mateo visitaba la tumba de Julián los domingos.

Al principio llevaba frases preparadas.

Explicaciones.

Disculpas.

Cosas que había repetido durante el camino sin saber cómo decirlas al llegar.

Después comenzó a hablarle del taller.

De Clara.

De las puertas de Santa Aurelia, que resultaron peores de lo que el administrador había admitido.

Una mañana llevó una pequeña cruz nueva.

La hizo con madera del banco viejo que su padre había sustituido años atrás.

Se arrodilló para colocarla.

No sabía dónde estaba Julián después de la noche de las cuentas.

Había leído otra vez las condiciones, buscado notas en los papeles de Rosario y preguntado a Anselmo.

Ninguno pudo darle una certeza.

Solo conservaba el último gesto de su padre.

La mano levantada.

Aquella despedida le había permitido dejar de buscar una moneda capaz de deshacer la muerte.

—Terminé la silla —le dijo.

El viento movió unas flores secas junto a la tumba.

Mateo pasó una mano sobre la cruz.

—Te quedó corta una espiga.

Sonrió apenas.

Después se quedó un rato en silencio.

La lluvia llegó al terminar la temporada seca.

Mateo reparó el tejado con ayuda de Tomás y del herrero. Petra les gritó desde el patio cada vez que alguno se acercó demasiado al borde.

Clara colocó cubetas donde antes caían las gotas.

Aquella primera noche no se llenó ninguna.

La niña despertó a Mateo para decírselo.

Él salió al corredor medio dormido.

Vio las cubetas vacías.

El agua golpeaba las tejas nuevas.

Clara lo miró, esperando una reacción.

Mateo levantó una y la volvió boca abajo.

—Parece que hicimos bien el trabajo.

Su hermana sonrió.

Regresó a la cama.

Él permaneció unos instantes escuchando la lluvia.

Le recordó a su madre.

Esta vez no la vio enferma.

La recordó junto al fogón, pidiendo que cerraran una ventana porque el agua le mojaba el piso recién barrido.

El encuentro ocurrió varios meses después.

Mateo regresaba de entregar una mesa en una finca cercana.

Había salido acompañado por un carretero que lo dejó en la bifurcación al continuar hacia otro pueblo. Le faltaba poco para llegar a San Jerónimo.

La tarde había terminado y el camino conservaba charcos pequeños.

Mateo caminaba con una lámpara, el recibo del pago dentro de la chaqueta y barro en las botas.

Al llegar junto a la primera cruz vio una figura.

Un hombre estaba sentado sobre una piedra.

No había caballo.

Llevaba ropa oscura, gastada en los puños, y sostenía un sombrero sencillo sobre las rodillas.

Mateo se detuvo.

El hombre levantó el rostro.

Tenía arrugas alrededor de los ojos.

Una marca sobre la ceja derecha.

La misma cicatriz pequeña en el mentón.

Esteban Montenegro.

Durante varios segundos ninguno habló.

Mateo observó sus manos.

Estaban vacías.

En una palma había una cicatriz reciente que atravesaba la base de los dedos.

Esteban se puso de pie con dificultad.

La rodilla pareció dolerle.

—Buenas noches.

Mateo levantó un poco la lámpara.

No encontró bordados de oro.

Botones de plata.

Una bolsa.

Solo un hombre cansado que lo miraba sin esconderse bajo el sombrero.

—¿Es usted?

Esteban asintió.

Mateo sintió que las preguntas se amontonaban.

Qué ocurrió después de la puerta.

Dónde estaba Julián.

Qué habían decidido sobre los demás.

El hombre aguardó.

No parecía tener una respuesta preparada para cada cosa.

—¿Terminó? —preguntó Mateo.

Esteban miró el camino.

—Mi oficio, sí.

Mateo dejó que pasaran unos segundos.

—¿Y lo que debe?

El hombre bajó la vista hacia la cicatriz.

—Eso no terminó porque dejara el caballo.

Mateo lo observó.

La respuesta no le ofrecía una absolución.

Tampoco pretendía que la devolución de Tomás borrara los nombres de las otras vidas.

—Mi padre —dijo.

Esteban levantó los ojos.

Mateo no consiguió terminar la pregunta.

El hombre comprendió.

—Presenté su cuenta como fue.

La lluvia empezó a caer sobre las hojas.

Esteban continuó:

—Lo que recibió. Lo que aceptó. Lo que intentaron cobrarle después. No dejé fuera las condiciones que Laureano añadió ni lo que yo permití.

Mateo sintió que apretaba el mango de la lámpara.

—¿Dónde está?

Esteban negó lentamente.

—No puedo decirte más de lo que sé.

Mateo sostuvo su mirada.

Le habría gustado una certeza sencilla.

Un lugar.

Una frase que le permitiera dejar de preguntarse.

Pero ya había escuchado suficientes promesas pronunciadas por hombres que conocían exactamente lo que uno deseaba oír.

Esteban no intentó dársela.

—¿Por qué está aquí? —preguntó Mateo.

El hombre miró hacia San Jerónimo.

—Tengo que seguir andando.

Había algo en su voz que recordaba a alguien recién despertado después de una enfermedad larga.

Mateo observó sus botas.

La suela de una estaba abierta junto al talón.

Esteban se acomodó el sombrero.

No lo hizo con elegancia.

Lo colocó sobre la cabeza como cualquiera que quisiera protegerse de la lluvia.

—¿Falta mucho para el pueblo?

Mateo miró la torre, apenas visible al otro lado de los árboles.

Durante un momento vio al jinete junto a su casa.

La bolsa sobre el arroyo.

La moneda negra en la cama de Clara.

No había olvidado ninguna de aquellas cosas.

Tampoco las olvidaría por encontrar a Esteban caminando sin caballo.

El hombre aguardó.

No le pidió que lo perdonara.

No se acercó.

Mateo levantó la lámpara para iluminar el sendero.

—Un poco.

Comenzó a caminar.

Después añadió:

—Voy para allá.

Esteban lo siguió a cierta distancia.

Mateo no redujo el paso enseguida.

Solo cuando oyó que el otro tropezaba junto a un charco, caminó más despacio.

Continuaron sin hablar.

Al llegar a la barranca escucharon un golpe metálico.

Mateo se detuvo.

Entre las piedras, cerca del borde, brillaba una moneda.

El agua corría alrededor sin arrastrarla.

El oro conservaba su resplandor bajo la lluvia.

Esteban también la vio.

Ninguno se inclinó.

Desde los árboles llegó un silbido.

Después, el roce de cuero y el sonido lejano de una herradura.

Mateo sintió frío en la espalda.

La noche no había dejado de ser peligrosa porque un hombre renunciara a su oficio.

Esteban observó la moneda durante un instante.

Luego volvió la cabeza hacia el camino.

Mateo sostuvo la lámpara.

Siguieron andando.

Las primeras luces del pueblo aparecieron poco después.

En casa de Petra había una ventana abierta. El olor de la cena alcanzó la calle.

Más adelante, el portón del taller estaba cerrado.

Una línea de luz salía de la cocina.

Mateo se detuvo frente a la casa.

Esteban permaneció a unos pasos.

—Gracias por el camino —dijo.

Mateo asintió.

El hombre miró la puerta iluminada.

No hizo ninguna oferta.

No preguntó quién estaba dentro.

Se acomodó la ropa mojada y continuó hacia la iglesia.

Mateo lo observó hasta que dobló la esquina.

Después llamó.

Clara abrió.

—Te tardaste.

Llevaba una cinta verde en el cabello y una mancha de tinta sobre el pulgar.

Mateo entró.

Inés estaba junto a la mesa, corrigiendo cuadernos. Tomás levantó la vista desde una silla que empezaba a aprender a reparar.

Petra preguntó cuánto lodo pensaba dejarles en el piso.

Mateo se quitó las botas junto al umbral.

Apoyó el recibo del trabajo sobre el aparador.

El espejo reflejó su mano, la lámpara y a su hermana cerrando la puerta.

Nada más.

Clara acomodó la tranca.

Después se volvió hacia él.

—¿Encontraste a alguien?

Mateo miró un momento hacia la ventana.

—A un hombre que venía caminando.

Su hermana pensó unos segundos.

—¿Venía solo?

—Sí.

Clara asintió y fue a buscar otro plato.

Mateo dejó la lámpara sobre la mesa.

Afuera, al otro lado de los sembradíos, una moneda seguía esperando junto a la barranca.

Dentro, Inés apartó sus cuadernos para hacerle sitio.

Mateo se sentó.

FIN