Capítulo 24 de 25

Cuando escuchó su llanto

Sofía perdió la noción de las horas. La luz de la habitación seguía encendida, pero afuera ya era de noche. Entre una contracción y otra intentaba escuchar lo que ocurría en la casa.

Pasos. Voces que se acercaban y se alejaban.

Disparos que a veces parecían lejanos y después hacían vibrar la puerta. La doctora Herrera permanecía junto a ella. Había conseguido material del maletín y recibido instrucciones por teléfono de un equipo que intentaba llegar.

La habitación interior tenía una cama y un baño pequeño. Elena había llevado toallas limpias; uno de los vigilantes acercó agua y el equipo de emergencia de la residencia antes de volver a cerrar. La médica dejó el teléfono en altavoz para mantener contacto con el hospital.

Habían pasado varias horas desde la primera contracción. Herrera había repetido la exploración y comprobado que el parto seguía avanzando. Ya no podía calcular el traslado como si aún dispusieran de toda la tarde. Elena sostenía la mano de su hija.

La tenía húmeda de sudor.

—Mírame —decía cuando el miedo empezaba a mezclarse con el dolor—. Estoy aquí.

Sofía la miraba. Después cerraba los ojos y gritaba.

No quería gritar, pero el cuerpo ya no obedecía a la parte de ella que seguía imaginando un hospital, una cama limpia y una ventana desde donde no se escuchara morir a nadie.

•  •  •

Damián oyó uno de sus gritos desde el corredor. Se detuvo.

Un hombre junto a la entrada le indicó que se apartara de las ventanas. Habían pedido ayuda y recibido confirmación de que venían unidades, pero nadie podía asegurar cuánto faltaba. Mauricio estaba al teléfono en una habitación lateral.

Al ver a Damián, bajó el aparato.

—No te acerques al frente.

Él no respondió. Escuchó otro grito.

Aquella casa debía haber sido un lugar de paso, una noche antes de presentarse acompañado de sus abogados. Había terminado convertida en lo mismo de lo que intentaba salir.

Una voz llegó desde el exterior, amplificada por el silencio entre dos ráfagas. Lo llamaban por su nombre.

Damián reconoció al hombre. Había trabajado con él años antes.

—¡Aurelio te dijo que nadie se iba!

Mauricio lo miró. No necesitaban otra explicación.

•  •  •

Dentro de la habitación, Sofía oyó el nombre. Levantó la cabeza.

—¿Está aquí?

La doctora le pidió que volviera a apoyarse.

—No lo sabemos. Ahora necesito que me escuches.

Sofía intentó seguir su voz. Pero estaba pensando en Damián afuera, en Aurelio, en la fotografía tomada en la plaza y en la frase que parecía perseguirlos desde entonces.

Nadie se va. Otra contracción le atravesó el cuerpo.

Se aferró a Elena.

—No puedo.

Su madre apoyó la frente junto a la suya.

—Estoy contigo.

La doctora revisó cómo avanzaba el parto y miró brevemente hacia la puerta. Ya no podían esperar a llegar al hospital para el nacimiento.

Sofía vio el cambio en su expresión.

—¿Va a nacer aquí?

La médica asintió.

—Voy a acompañarte.

Elena apretó la mano de su hija. Sofía comenzó a llorar.

Después respiró como pudo.

•  •  •

Damián volvía de la habitación lateral, donde había intentado hablar con el enlace. Para llegar hasta Sofía tenía que cruzar el tramo del corredor que daba al vestíbulo. Allí lo alcanzaron los disparos. El estruendo lo hizo inclinarse.

Oyó un golpe cerca de la pared y sintió, casi al mismo tiempo, una presión brutal en el costado. No comprendió de inmediato.

Dio otro paso. La pierna le falló.

Al apoyar la mano sobre la camisa, encontró sangre. Alguien lo tomó del brazo y lo arrastró fuera del espacio abierto. Damián intentó incorporarse y descubrió otra herida cerca del hombro. El hombre que lo había arrastrado cerró la puerta del corredor para alejarlos de la línea de fuego.

Mauricio apareció junto a él.

—No te levantes.

Damián buscó la puerta al final del corredor. Del otro lado escuchó a Sofía gritar su nombre.

Quiso responder. Solo consiguió respirar con un dolor que le cerró el pecho.

Mauricio se quitó el saco y trató de contener la pérdida de sangre mientras pedía asistencia por teléfono. Damián agarró su muñeca.

—¿Ella?

—Está con la doctora.

Él cerró los ojos. Otro grito atravesó la puerta.

•  •  •

Sofía había oído caer algo en el corredor. Después, la voz de Mauricio.

No distinguía las palabras. Miró a Elena.

—¿Qué pasó?

Su madre no sabía. La doctora continuaba a su lado, concentrada en ella.

—Sofía, el bebé está por nacer. Necesito que sigas conmigo.

El dolor no le permitió hacer otra pregunta. Durante unos segundos, todo quedó reducido a la voz de la médica, la mano de Elena y una fuerza que parecía arrancarle el cuerpo de sí misma.

Gritó. Afuera volvió a sonar una ráfaga.

La doctora habló otra vez. Sofía dejó de comprender frases completas, pero reconocía su nombre y conseguía volver a ella cada vez que el miedo intentaba llevarla a otro lugar.

Después sintió un cambio. Un alivio repentino, incompleto.

Y esperó. La espera le pareció interminable.

•  •  •

El primer llanto de Mateo llegó débil. Luego creció.

Sofía levantó la cabeza con una expresión que Elena recordaría durante el resto de su vida. Asombro.

Terror. Una alegría tan grande que no conseguía encontrarle sitio.

—Mi bebé…

La doctora comprobó la respiración del recién nacido, lo secó y lo acercó al pecho de Sofía. Elena los cubrió mientras Herrera continuaba la atención del alumbramiento y vigilaba el sangrado. El equipo del hospital seguía escuchándola por el teléfono. Elena ayudó a cubrirlos con una manta.

Sofía miró el rostro pequeño, arrugado, todavía enrojecido por el esfuerzo de nacer. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta.

Sus manos se movían cerca de las mejillas. Sofía comenzó a llorar sin hacer ruido.

—Hola, Mateo.

Apoyó los labios sobre su frente. El niño volvió a llorar.

Afuera, Damián abrió los ojos.

•  •  •

—Ya nació —murmuró.

Mauricio se quedó quieto un instante. El llanto llegaba claramente desde la habitación.

Damián intentó levantarse. El abogado lo sostuvo.

—No puedes caminar.

Él miró su camisa. No necesitaba una explicación para saber que estaba empeorando.

—Quiero verlo.

Mauricio apretó la tela contra la herida.

—La ayuda viene.

Damián movió la cabeza.

—Quiero verlo ahora.

El llanto continuó. Era distinto del sonido de la ecografía, distinto de todo lo que había imaginado al pensar en un hijo.

No había exigencia en él. Solo necesidad.

Damián volvió a intentar incorporarse y soltó un gemido. Mauricio llamó al hombre que seguía cerca.

Entre ambos lo ayudaron a recorrer los últimos metros. Cada paso pareció demasiado largo.

•  •  •

Elena abrió la puerta al escuchar el golpe. Vio primero a Mauricio.

Después vio a Damián sostenido entre dos hombres. La sangre en la camisa.

El rostro pálido. Se llevó una mano a la boca.

La doctora levantó la vista. Había terminado la atención inmediata de Sofía y el bebé; dejó a Elena pendiente de ambos y se acercó a Damián. Pidió ayuda para otra persona herida y comprobó rápidamente el estado de Damián.

Su expresión no dejó lugar para mentiras. Había que trasladarlo de inmediato.

Todavía no podían hacerlo. Sofía lo vio desde la cama.

—No.

La palabra salió tan baja que nadie la escuchó. Después la repitió.

Damián levantó los ojos hacia ella. Miró al bebé.

El hombre que había querido un heredero comenzó a llorar al encontrar un recién nacido temblando contra el pecho de su madre.

•  •  •

Lo acomodaron junto a la cama, apoyado contra la pared. La doctora se arrodilló junto a él. Indicó a Mauricio dónde sostener el apósito y pidió al vigilante que trajera el material de emergencia. Volvió a comunicar al hospital que ahora tenían también un herido grave.

Damián podía mirar al niño desde allí. Cada vez que intentó levantarse, la médica lo detuvo. Sofía quiso levantarse.

Elena la detuvo con suavidad.

—No, hija. Tú no puedes.

Damián alzó una mano. La dejó sobre el borde del colchón.

Sofía acercó el cuerpo lo suficiente para quedar junto a él, sin soltar a Mateo. El niño tenía una mejilla apoyada contra ella.

Damián lo miró como si temiera perder algún detalle.

—Es pequeño —susurró.

Sofía soltó un sollozo.

—Acaba de nacer.

Él intentó sonreír. La sonrisa se quebró.

—Mateo.

Su voz apenas alcanzó al bebé. Sofía tomó la mano de Damián y la acercó a la manta.

Él rozó los dedos diminutos con una delicadeza que nadie habría relacionado con el hombre que había sido.

•  •  •

—No te vayas —dijo Sofía.

Damián la miró. Tenía lágrimas en las sienes.

—Quería llevarlo…

Le faltó aire. Sofía se inclinó.

—No hables.

Él negó muy despacio.

—A la escuela.

Ella cerró los ojos. Había pensado en viajes, en una casa nueva, en desayunos. Él estaba pensando en una mochila.

—Lo vamos a llevar —respondió.

Damián sostuvo su mirada. No pudo aceptar aquella promesa como si todavía dependiera de ambos.

—Tú.

La palabra le rompió algo por dentro. Sofía comenzó a llorar con fuerza.

Mateo se inquietó contra su pecho. Elena la ayudó a sostenerlo.

•  •  •

Damián buscó aire. Afuera se escucharon nuevas voces y el sonido distante de sirenas.

No sabía quién había llegado. Solo sabía que el tiempo se le estaba haciendo pequeño.

—Llévalo lejos —pidió.

Sofía negó. Él mantuvo los dedos sobre la manta.

—Que aprenda… que tenga amigos.

Su voz se cortó. La doctora le pidió que no hiciera esfuerzos.

Damián la escuchó, pero volvió a mirar a Sofía.

—Que no tenga miedo de volver a casa.

Ella le acarició el cabello.

—No va a tenerlo.

Él cerró los ojos un instante.

—Si llora… escúchalo.

Sofía apoyó la frente junto a la suya.

—Lo voy a escuchar.

El bebé abrió la boca y soltó otro llanto. Damián lo miró de nuevo.

Las lágrimas siguieron cayéndole sin que intentara ocultarlas.

•  •  •

—Que no sea como yo.

Sofía tomó su mano.

—Va a ser él mismo.

Damián respiró con dificultad. Pareció aferrarse a aquella respuesta.

—No le dejes… mis venganzas.

—No.

—Nada de esto.

Ella miró la camisa manchada, la puerta y el maletín abierto.

—Nada de esto —repitió.

Damián rozó la manta una vez más. Después miró a Elena.

Elena estaba junto a Sofía, sosteniendo a su hija y a su nieto. Tenía el rostro mojado y una mano firme bajo la cabeza del bebé.

—Perdón —murmuró él.

Elena comenzó a llorar. No dijo que no importaba.

No era verdad. Solo asintió para que supiera que lo había escuchado.

•  •  •

Sofía sintió que los dedos de Damián perdían fuerza. Lo llamó.

Él volvió los ojos hacia ella.

—Te amo —dijo.

—Yo también. Quédate.

Damián intentó acercar la mano a su rostro. Ella lo ayudó.

Apoyó la mejilla sobre sus dedos y lloró mientras él miraba a Mateo por última vez.

—Qué bonito… —susurró.

El niño se movió dentro de la manta. Damián dejó escapar una respiración irregular.

Sofía esperó la siguiente. Lo llamó otra vez.

La doctora se acercó de inmediato y comenzó a atenderlo mientras Mauricio abría la puerta para pedir paso al personal que acababa de entrar. Elena tomó al bebé cuando las manos de Sofía ya no consiguieron sostenerlo con seguridad.

Sofía siguió llamándolo. Vio a otros inclinarse sobre él.

Los sanitarios pidieron espacio. Mauricio apartó la silla y Herrera les explicó las heridas mientras continuaban la atención. Sofía vio el equipo en el suelo y escuchó indicaciones que ya no pudo seguir. Durante varios minutos esperó una respuesta de Damián.

Cuando dejaron de trabajar sobre él, la médica se acercó a la cama.

—Sofía, lo siento. No han podido reanimarlo.

Ella siguió mirando hacia la pared donde lo habían acomodado. Herrera repitió la noticia sin soltarle la mano.

•  •  •

Sofía no comprendió cómo podía haberse detenido todo para Damián mientras Mateo seguía llorando. Se aferró a la manga de su camisa.

—No…

Elena se sentó junto a ella y le devolvió al bebé cuando pudo sostenerlo. Sofía lo recibió contra el pecho.

Miró a Damián inmóvil a su lado, con el rostro todavía húmedo. Había alcanzado a ver a su hijo.

Había alcanzado a tocarlo. No podría aprender el peso de cargarlo dormido ni escuchar su primera palabra.

Sofía inclinó la cabeza sobre Mateo y lloró. El bebé lloró con ella.

Afuera, la casa se llenaba de voces que anunciaban el fin del ataque. Dentro, Elena rodeó con sus brazos a su hija y a su nieto.

Los agentes que habían abierto el acceso aseguraron el corredor. Una ambulancia esperaba afuera para llevarlas al hospital. Sofía sostuvo a Mateo mientras Elena recogía sus documentos y alguien extendía una sábana sobre Damián. No pudo apartar la mirada hasta que la ayudaron a levantarse.