Capítulo 23 de 25
La noche antes de partir
En la otra ciudad, las ventanas daban a una calle donde nadie conocía a Sofía. Al principio, esa circunstancia le produjo alivio.
Después descubrió que también podía hacerla sentir perdida. Elena había colocado una planta pequeña junto al fregadero del departamento que ocuparían temporalmente. Compró una olla, dos tazas y un mantel que no combinaba con las cortinas.
—No vamos a comer sobre una mesa desnuda —dijo.
Sofía la ayudó a extenderlo. Habían llevado pocas cosas. La cuna quedó en su departamento, desmontada otra vez, y Lucía prometió encargarse de que la enviaran cuando supieran dónde permanecerían.
Mientras tanto, prepararon un espacio para Mateo junto a la cama. La vida empezó a organizarse alrededor de una consulta nueva, compras pequeñas y llamadas a personas que continuaban preguntando por ellas desde lejos.
Al cumplir treinta y siete semanas, Sofía sintió que cada plan tenía menos tiempo. Su hijo podía llegar antes de que terminara de ordenar los cajones.
• • •
Damián no conocía la dirección. Había respetado aquella decisión, aunque algunas llamadas terminaban con un silencio difícil de sostener.
Sofía podía verlo en la pantalla. Él no podía imaginar con precisión lo que había alrededor.
—¿Qué hay detrás de ti? —preguntó una tarde.
—Una pared.
Damián sonrió.
—Eso ya lo veo.
Ella movió un poco el teléfono y le mostró la planta de Elena, una lámpara y la manta que había empezado a doblar sobre el sillón. Él observó todo con atención.
—Tu madre ya lo convirtió en una casa.
Sofía asintió.
—Está intentando.
Al otro lado, Damián permanecía en una habitación que no reconoció. Había dejado la casa del encino después de hablar con Mauricio. Dormía en distintos alojamientos vinculados a las gestiones que estaban realizando, sin explicar a Sofía detalles que no podía compartir.
Le había contado lo importante: se habían abierto conversaciones formales con las autoridades y habría una entrega de información acompañada por sus abogados. Después vendrían otras decisiones.
Ninguna garantizaba que volviera a quedar libre. La fecha se confirmó un jueves.
Damián llamó después de cenar.
—El lunes tengo que presentarme.
Sofía dejó la ropa del bebé sobre la cama.
—¿Y después?
Él respiró hondo.
—No sé cuánto tiempo voy a poder comunicarme contigo. Mauricio te avisará de lo que pueda decirte.
Ella miró la manta. Durante semanas había insistido en que debía actuar. Ahora que la fecha existía, sintió miedo de todo lo que podía significar.
No quiso pedirle que aplazara.
—Voy a estar pendiente.
Damián asintió. Su imagen se quedó quieta unos segundos por la conexión.
Cuando volvió a moverse, tenía los ojos húmedos.
—Quería verte antes.
Sofía bajó la vista. Ella también.
Había imaginado el nacimiento con él a su lado y después había aprendido a no darlo por hecho. Pero todavía podía verlo una vez antes de que la vida de ambos cambiara otra vez.
—Preguntemos si se puede —dijo.
• • •
No lo decidieron solos. Sofía habló con su abogada. Damián consultó a Mauricio y a las personas encargadas de acompañarlo durante aquel proceso.
El encuentro se organizaría en la residencia temporal donde Damián esperaba la comparecencia, después de abandonar el encino. Su defensor había comunicado la dirección a los responsables del caso y contratado vigilancia de una empresa ajena a los antiguos guardias. Un enlace del equipo de protección comprobó el lugar y el traslado de Sofía. No pertenecía a Aurelio.
Tampoco era la casa del encino. La visita tendría una hora de salida, transporte disponible y un hospital de referencia a quince minutos. Elena conservaría el teléfono del enlace y avisaría al llegar y al marcharse. Sofía leyó el plan y preguntó qué harían si empezaba el parto: llamarían al hospital y la trasladarían. No aceptó pasar allí la noche.
Elena iría con ella. Herrera había acudido a esa ciudad para entregar sus informes y declarar sobre el cautiverio. Una semana antes le había pedido a Sofía, a través de su abogada, permiso para verla. Sofía aceptó una revisión breve durante la visita; seguiría atendiendo el embarazo con el equipo del hospital que ya conocía.
La médica había confirmado que era obstetra y llevaría su equipo de consulta. No se había previsto que atendiera un nacimiento en aquella residencia. Nada de aquello volvía imposible el peligro.
Lo sabían. Sofía pensó durante una noche entera antes de confirmar.
Su abogada le ofreció mantener la despedida por videollamada. Sofía prefirió ir acompañada: quería hablar con Damián antes de su comparecencia, y el plan no exigía volver a sus propiedades ni revelar el domicilio donde se refugiaba.
• • •
Llegaron el domingo por la tarde. La casa tenía muros claros, una terraza cubierta y un jardín pequeño donde el viento movía las ramas de un limonero.
Sofía se detuvo junto al automóvil. El lugar no se parecía al encino.
Su cuerpo tardó en aceptarlo. Damián apareció en la entrada.
No avanzó hasta que ella levantó la mirada.
—Puedes cambiar de opinión —dijo.
Sofía lo observó. Elena permanecía a su lado.
—Quiero entrar.
Él asintió y se apartó. La puerta quedó abierta mientras atravesaban el vestíbulo.
Sofía notó ese detalle antes que los muebles. Dentro no había música ni invitados. Sobre una mesa descansaban una jarra de agua, vasos y un plato de fruta.
La doctora Herrera salió de una sala lateral.
—Buenas tardes, Sofía.
Ella respondió al saludo. Herrera se detuvo frente a ella.
—Entregué los informes completos y conté por qué acepté seguir entrando a la casa. No quiero pedirle que me perdone por revisarla bien después de haberla dejado allí.
Sofía sostuvo la carpeta contra el pecho.
—Quiero que diga lo mismo cuando le pregunten.
—Lo diré.
Elena escuchó desde la entrada. Después de un momento, Sofía pasó a la sala lateral. Damián miró a Elena.
—Gracias por venir.
Su madre no sonrió.
—Vine con mi hija.
Él aceptó la corrección.
• • •
La revisión fue tranquila. Sofía respondió preguntas, mostró sus estudios recientes y explicó las molestias de la espalda y la presión que sentía algunas veces.
La médica le indicó qué cambios debían comunicar y confirmó que no había motivo, en aquel momento, para modificar el plan de atención. Después se retiró a conversar con Mauricio, que acababa de llegar.
Elena permaneció en la terraza. Sofía y Damián se sentaron en una sala cuya ventana daba al limonero.
Durante unos minutos hablaron de cosas pequeñas. Una llamada de Mateo, el alumno.
La planta comprada por Elena. Un libro que Damián había empezado y no lograba terminar porque le costaba concentrarse.
Sofía lo miraba intentando memorizar la forma de sus manos, la voz y el cansancio que ya no escondía detrás de una orden. Finalmente preguntó:
—¿Tienes miedo?
Él asintió. No sonrió.
No dijo que estaba acostumbrado.
—Sí.
Sofía le tomó la mano.
• • •
Damián miró sus dedos entrelazados.
—Hay gente que va a escuchar lo que hice. Cosas que tú no sabes.
Sofía sintió que se le cerraba un poco la garganta.
—Voy a tener que escucharlas también.
Él levantó los ojos.
—Puedes dejar de quererme.
Ella no respondió enseguida.
—No sé qué voy a sentir cuando sepa más —dijo.
Damián bajó la cabeza. Sofía mantuvo su mano.
—Sí sé que prefiero que digas la verdad.
Él asintió despacio. Afuera, Elena hablaba por teléfono con Lucía. Su voz entraba desde la terraza, reconocible incluso cuando no podían distinguir las palabras.
Damián la escuchó.
—Tu madre sigue aquí.
Sofía miró hacia la ventana.
—Sí.
Él apretó suavemente sus dedos.
—Me alegra que Mateo vaya a tenerla.
Habían preparado una comida sencilla. Comieron los tres, con Mauricio sentado al otro extremo de la mesa. La conversación se sostuvo gracias a preguntas prácticas, alguna historia de la escuela y los esfuerzos de Sofía por no convertir cada silencio en una despedida.
Elena observaba a Damián. Lo vio preguntar antes de servir algo en el plato de su hija. Lo vio levantarse para acercar un cojín y dejarlo sobre una silla, esperando a que Sofía decidiera usarlo.
No eran gestos capaces de reparar los meses de ausencia. Pero eran distintos de los que había imaginado al escuchar la primera llamada.
Después de comer, Mauricio pidió hablar con Damián. Sofía salió a caminar unos minutos con Elena.
—¿Cómo estás? —preguntó su madre.
Ella miró el limonero.
—No quiero que termine la tarde.
Elena le acarició el brazo. No intentó decirle que todo saldría bien.
• • •
En el despacho, Mauricio habló con voz baja. Había una inquietud nueva en su rostro.
—Tengo que verificar una información antes de que salgas de aquí.
Damián lo observó.
—¿Sobre Aurelio?
El abogado asintió. El defensor había recibido un aviso: un antiguo intermediario de la organización conocía la hora de la comparecencia y mencionaba la residencia. La dirección se había compartido únicamente para coordinar la protección y el traslado de Damián. Alguien había filtrado esos datos. Todavía no sabían quién.
Damián sintió frío.
—Sofía se va ahora.
Mauricio negó.
—Primero hay que comprobar que el traslado pueda hacerse.
Él se levantó. Miró la puerta.
Años antes habría respondido ordenando vehículos y hombres. Ahora había aceptado que aquella situación requería otras personas y no podía resolverla solo. Pero esperar mientras Sofía estaba en la casa le resultaba insoportable.
—Avísales —dijo—. A todos los que tengan que saberlo.
Mauricio ya tenía el teléfono en la mano. El enlace ordenó suspender la salida por el acceso habitual hasta comprobar la ruta. La vigilancia mantuvo a todos dentro y pidió refuerzos. Damián miró hacia la terraza, donde Sofía caminaba con Elena, y entendió que la visita había coincidido con un peligro que no habían detectado a tiempo.
• • •
Sofía sintió la primera contracción cuando recogía su bolso. Al principio pensó que era otra de las molestias que había sentido durante la semana.
Se quedó quieta. Damián entró y la encontró apoyada en el respaldo de una silla.
—¿Qué pasa?
Ella esperó a que aflojara.
—No sé.
La doctora Herrera se acercó cuando Elena la llamó. Sofía intentó sonreír.
—Tal vez Mateo decidió que ya esperamos bastante.
La médica le hizo algunas preguntas y pidió que se sentara mientras observaban cómo evolucionaba. El tiempo cambió de ritmo.
Ya no se medía por la hora de salida. Se medía por el intervalo entre una presión y la siguiente.
Cuando Sofía comprendió que aquello podía ser el comienzo del parto, buscó la mirada de su madre. Elena le tomó la mano.
La doctora pidió organizar el traslado al hospital. Mauricio estaba al teléfono en el corredor. Al escucharla, se acercó y habló con ella aparte.
Sofía vio la expresión de ambos. Damián permanecía junto a la ventana.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
Nadie respondió con suficiente rapidez. Ella levantó la voz.
—Necesito que me lo digan.
La doctora regresó a su lado. Un vehículo había bloqueado el acceso y los hombres de vigilancia habían visto personas armadas junto a él. La ruta al hospital pasaba por aquel punto. El enlace estaba pidiendo apoyo para abrir una salida y asistencia médica para Sofía.
La doctora había llamado al hospital, comunicado la evolución de las contracciones y preparado con el personal de la casa lo que pudieran necesitar mientras llegaba la ambulancia. Sofía miró a Damián.
Él no intentó tranquilizarla con una certeza inventada.
—Ya lo saben —dijo—. Están intentando llegar.
Otra contracción la hizo inclinarse. Elena sostuvo sus hombros.
En algún lugar de la casa, una puerta se cerró de golpe. Sofía sintió el viejo miedo y una urgencia nueva, más poderosa.
Su hijo estaba llegando.
• • •
El primer disparo se escuchó cuando empezaba a oscurecer. Durante un instante nadie se movió.
Después llegaron otros. Un cristal se rompió en el frente de la casa.
Damián giró hacia la puerta y Mauricio gritó una indicación que Sofía no consiguió entender. La doctora la ayudó a levantarse con Elena.
—Vamos a alejarnos de las ventanas.
Sofía caminó doblada sobre el dolor, sujetando el brazo de su madre. Damián las acompañó hasta una habitación interior y se detuvo en la entrada.
Ella lo tomó de la camisa.
—No te vayas.
Él miró su rostro. La mano de Sofía seguía aferrada a la tela.
—Voy a pedir que lleguen hasta aquí —dijo—. La doctora se queda contigo.
Afuera volvió a sonar una ráfaga. Sofía no pudo evitar un grito cuando la siguiente contracción le atravesó el cuerpo.
Damián la miró como si aquel sonido le hubiera hecho más daño que los disparos. Se inclinó y le besó la frente.
Después salió. La doctora cerró la puerta.
Elena se sentó junto a su hija y le sostuvo la mano con ambas. Sofía miró el bolso que alguien había dejado sobre una silla.
Dentro estaban los calcetines blancos. Había querido llevarlos al hospital.
Otro disparo sacudió el silencio entre sus respiraciones.
—Mamá —susurró.
Elena se inclinó hacia ella.
—Aquí estoy.
Sofía apretó su mano. Y, mientras afuera los hombres seguían intentando decidir quién podía abandonar aquel mundo, Mateo comenzó a abrirse camino hacia él.