Capítulo 22 de 25

Lo que cabía en una maleta

Sofía guardó primero los documentos. Los colocó dentro de una carpeta azul y la dejó sobre la cama de su madre: identificación, estudios médicos, copias de la denuncia y los números que su abogada le había pedido conservar. Después añadió ropa para unos días.

La maleta parecía demasiado pequeña para lo que estaba intentando hacer. Elena observaba desde la puerta.

—Te falta el cargador.

Sofía miró la mesa de noche.

—Cierto.

Su madre fue a buscarlo. La valoración de riesgo había recomendado trasladarlas temporalmente a otra ciudad. La unidad que seguía el caso coordinó el alojamiento, un contacto de emergencia y el seguimiento de la amenaza. La abogada les entregó por escrito las condiciones antes de que aceptaran.

Era un lugar distinto donde podrían esperar sin que Sofía siguiera mirando cada automóvil que se detenía frente a la casa. La abogada había insistido en que ambas participaran en la decisión. Damián no pagaría el alojamiento ni elegiría a las personas encargadas. Sofía había preguntado expresamente por eso. También había pedido que no compartieran su dirección con él.

Sofía aceptó. Elena también, aunque dejó detrás una casa llena de pequeñas responsabilidades: plantas, recibos, comida en el refrigerador y una vecina a la que no podía explicarle demasiado.

—Lucía va a revisar todo —dijo Sofía.

Le había confiado además las cajas con sus materiales escolares. El dibujo del alumno Mateo quedó protegido dentro de la agenda, junto con las primeras cartas; llevaría únicamente los documentos necesarios y la antología que Damián le devolviera. Su madre asintió. Luego miró la maleta.

—Nunca pensé que iba a necesitar esto para irme de mi casa.

Sofía bajó la cabeza. Elena se acercó.

—No te estoy culpando.

Le acomodó una blusa doblada.

—Estoy tratando de acostumbrarme.

•  •  •

Damián no preguntó la dirección. Sofía se lo dijo antes de que pudiera hacerlo.

—Prefiero que no la sepas todavía.

Él guardó silencio al otro lado de la llamada.

—Está bien.

Ella esperaba alguna resistencia, quizá una explicación sobre por qué necesitaba saber dónde estaba su hijo. No llegó.

—¿Tu madre va contigo?

—Sí.

Damián respiró más despacio.

—Me alegra.

Sofía miró la carpeta azul.

—¿Tú cómo vas?

Él tardó en responder.

—Mañana tengo una reunión con los abogados. Después voy a tener que hacer cosas que ya no dependen solamente de mí.

Ella se sentó en la cama.

—¿Vas a seguir?

—Sí.

Sofía apretó el teléfono. Quería verlo. La confesión le pareció inoportuna y, aun así, verdadera.

Había pasado varios días imaginando aquella despedida sin saber cuándo volverían a encontrarse.

—Me gustaría verte antes de irme —dijo.

Damián guardó silencio.

—Solo si podemos hacerlo sin añadir peligro —añadió ella.

Él respondió con una tristeza que no intentó ocultar.

—Voy a preguntarle a Mauricio.

•  •  •

Se encontraron en una sala del despacho de la abogada de Sofía. No era un lugar romántico. Había una mesa larga, sillas incómodas y una ventana que daba a un patio interior. Elena esperaba en otra habitación, acompañada por una asistente.

Sofía había elegido ese lugar precisamente porque no pertenecía a Damián. Él llegó con una bolsa de papel. Se detuvo al verla.

Durante unas semanas habían podido compartir cafeterías, una plaza y caminatas breves. Ahora cada encuentro parecía necesitar una conversación previa sobre el riesgo. Sofía se levantó. Damián esperó a que ella se acercara.

Lo abrazó con cuidado, dejando espacio para el abdomen. Él apoyó una mano en su espalda. No hablaron durante unos segundos.

Sofía sintió el cansancio de su cuerpo y la tensión que él conservaba incluso al sostenerla. Al separarse, le acarició la mejilla.

—No estás durmiendo.

—Un poco.

Ella lo miró. Damián sonrió apenas.

—Muy poco.

•  •  •

La bolsa contenía un libro. No era nuevo. Sofía reconoció la antología que le había prestado en la casa del encino.

—Pensé que todavía la estabas leyendo.

Damián la dejó sobre la mesa.

—La terminé.

Ella recorrió el lomo con los dedos. Dentro había varias páginas marcadas y una hoja doblada.

—¿Puedo verla?

Él asintió. Sofía abrió el papel. La letra era lenta, de trazos desiguales.

Para Mateo:

Se detuvo antes de seguir. Damián miraba la ventana.

—No sabía qué escribir —dijo—. Después pensé que podía empezar por algo que sí sé.

Sofía continuó.

Tu mamá sabe escuchar. Escúchala tú también.

Debajo había otra frase.

Yo estoy aprendiendo tarde algunas cosas. Espero que tú puedas aprenderlas sin tener miedo.

La firma era pequeña. Damián. Sofía levantó la vista.

Él parecía avergonzado.

—No tienes que enseñársela si no quieres.

Ella dobló la hoja con cuidado.

—La voy a guardar.

•  •  •

Se sentaron frente a frente. Damián colocó sobre la mesa unos documentos que Mauricio había revisado. Sofía no los tocó de inmediato.

—¿Qué son?

—Información sobre unos bienes que pueden revisarse legalmente. Quiero que tengas asesoramiento antes de aceptar cualquier cosa.

Ella observó la carpeta. Damián continuó:

—No hay ninguna condición sobre verme ni sobre el niño.

Sofía alzó los ojos.

—Tampoco quiero que Mateo crezca con dinero que le deba algo a alguien.

Él asintió.

—Yo tampoco.

La frase le costó. Había imaginado dejarle todo. Ahora estaba intentando distinguir qué podía legar sin ponerle alrededor del cuello una obligación que él mismo ya no quería cargar.

—Mi abogada lo revisará —dijo Sofía.

—Eso quiero.

Ella acercó la carpeta. Por primera vez, el dinero aparecía sobre una mesa sin convertirse en una forma de ordenar el futuro.

•  •  •

Hablaron de cosas prácticas. El seguimiento del embarazo en la otra ciudad. Las llamadas que podrían hacer. La posibilidad de que Damián dejara de estar disponible en algún momento por las gestiones legales.

El defensor había solicitado que fijaran una fecha para entregar su declaración y completar la información. Todavía no se la habían confirmado. Hasta entonces no había una decisión que permitiera a Damián prometer libertad ni una vida juntos; el alcance de los delitos, los bienes y las medidas que le impondrían seguía bajo revisión. Sofía guardó también el contacto de ese abogado, independiente de Mauricio.

Sofía necesitaba saberlo antes. No quería confundir un silencio con un abandono o despertar una mañana buscando explicaciones entre rumores.

—Si puedo avisarte, lo haré —dijo él—. Mauricio sabrá qué está pasando.

Ella asintió. Después se quedó mirando sus manos.

—Tengo treinta y cinco semanas.

Damián miró el abdomen.

—Ya falta poco.

—Sí.

La proximidad del nacimiento cambió el silencio. Sofía deseaba verlo junto a una cuna, intentando aprender cómo sostener al bebé. Deseaba una discusión pequeña sobre una manta o una madrugada compartida. No sabía cuánto de eso sería posible.

Damián parecía imaginarlo también.

—Si no puedo estar… —comenzó.

Ella levantó la cabeza. Él se detuvo.

—No quiero pedirte que me esperes todo el tiempo.

Sofía apoyó los dedos sobre la mesa.

—No voy a prometerte una vida entera hoy.

Damián asintió. Ella acercó su mano.

—Pero tampoco voy a fingir que no quiero que estés en ella.

•  •  •

El bebé se movió con fuerza. Sofía hizo una mueca y se acomodó en la silla. Damián la miró con preocupación.

—¿Te dolió?

—Se acomodó donde no había mucho espacio.

Sonrió y tomó la mano de él. La llevó a un lado del abdomen. Damián esperó.

Había aprendido a no presionar, a no buscar un movimiento como si pudiera provocarlo por voluntad. Unos segundos después sintió algo bajo la palma. Le cambió el rostro.

Sofía lo observó.

—Siempre te sorprende.

Él asintió.

—Todavía no entiendo que esté ahí.

Ella rio.

—Yo tampoco del todo.

Damián mantuvo la mano quieta.

—Hola, Mateo.

La voz salió tan baja que Sofía tuvo que inclinarse para escucharlo. Él miró su abdomen.

—Estoy intentando arreglar algunas cosas.

Los ojos se le humedecieron. Sofía le sostuvo la muñeca un momento. No le dijo que lo conseguiría.

Se quedó con él.

•  •  •

Teresa se despedía de la casa del encino esa misma tarde. Damián había hablado con ella por la mañana. Le pagó lo que correspondía y le dijo que no necesitaba volver mientras se resolvía su situación. La mujer miró la cocina antes de recoger su bolso.

—¿La señora Sofía está bien?

—Está con su madre.

Teresa asintió.

—Dígale que me acuerdo de ella.

Damián guardó silencio. Luego le entregó el número de Mauricio para cualquier asunto pendiente de su trabajo. La mujer recibió el papel.

Había pedido además una copia de las fechas en que trabajó durante el cautiverio. Mauricio le explicó que podrían llamarla a declarar. Teresa no preguntó si eso podía evitarse.

—Voy a contar lo que vi —dijo.

—Usted también debería irse de aquí —dijo.

Él miró hacia la terraza. No respondió. Cuando Teresa salió, la casa perdió una de las pocas voces que nunca había necesitado imponerse.

•  •  •

En el despacho de la abogada, Sofía sabía que el encuentro estaba terminando. Elena había enviado un mensaje avisando que el traslado estaba confirmado para la mañana siguiente. Sofía guardó el libro, la carta y los documentos.

Damián la ayudó a acercar el bolso, pero esperó a que ella se levantara por sí misma. Al quedar frente a él, Sofía lo tomó del rostro. Lo besó despacio.

Había deseo en aquel gesto, una cercanía que le pertenecía y que no necesitaba justificar. También había una despedida que ninguno sabía medir. Damián apoyó la frente junto a la suya.

—Quería otra cosa para hoy —murmuró.

Sofía sonrió con tristeza.

—Yo también.

Pensó en cuánto deseaba abrazarlo sin mirar la hora, quedarse hablando en una habitación donde nadie vigilara la puerta. No podía convertir ese deseo en una razón para ignorar el peligro.

—Todavía tenemos cosas que hacer —dijo.

Él asintió. La dejó separarse.

•  •  •

Sofía salió acompañada por Elena. Llevaba la antología dentro del bolso y la carta de Damián guardada entre las páginas. Su madre no preguntó de inmediato cómo había estado.

Esperó hasta que se sentaron en el automóvil.

—¿Lista?

Sofía miró el edificio. Damián no había salido detrás de ellas.

—No del todo.

Elena encendió el motor.

—Nos vamos igual.

Sofía soltó una risa pequeña. Después apoyó la mano sobre el abdomen. Durante el trayecto pensó en la maleta abierta sobre la cama. Tendría que cerrar el cierre, revisar el cargador y asegurarse de llevar la carpeta azul.

No sabía dónde terminarían viviendo. Por primera vez desde el secuestro, aquella incertidumbre incluía decisiones propias.

•  •  •

Esa noche, Damián recibió una llamada de un número que no tenía guardado. Contestó. Aurelio habló sin saludar.

—Me dijeron que estás despidiendo gente.

Damián permaneció de pie junto al escritorio.

—Estoy arreglando mis asuntos.

—Tus asuntos los arreglo yo cuando dejan de funcionarme.

Él miró la fotografía de su madre.

—No voy a seguir.

El silencio al otro lado duró varios segundos. Después Aurelio habló más bajo.

—Te di tiempo para que se te pasara.

Damián cerró los ojos un instante.

—No se me va a pasar.

La llamada terminó. Permaneció con el teléfono en la mano hasta que la pantalla se apagó. Luego avisó a Mauricio.

En casa de Elena, Sofía cerró la maleta y dejó encima el libro. Los dos habían empezado a desprenderse de una vida. Solo uno de ellos había creído alguna vez que podía hacerlo sin que alguien intentara impedírselo.