Capítulo 21 de 25
Nadie se va
Damián llegó a las doce. Aurelio lo hizo esperar. Durante casi media hora permaneció en una sala donde el aire acondicionado estaba demasiado frío. Sobre una mesa había revistas que nadie parecía abrir y una bandeja de café que él no tocó.
Antes, aquella espera habría sido una advertencia suficiente. Habría preparado una disculpa, una explicación breve y la disposición de aceptar cualquier encargo que demostrara que seguía siendo confiable. Ese día llevaba en la cartera una imagen de Mateo.
No la sacó. La sintió contra el costado cada vez que se movía en la silla. Cuando un hombre apareció en la puerta, Damián se levantó.
—Ya puede pasar.
• • •
Aurelio estaba revisando unos documentos. No alzó la vista de inmediato. Damián ocupó la silla sin esperar la indicación habitual.
El hombre dejó el bolígrafo.
—Parece que tienes prisa.
—Necesito hablar contigo.
Aurelio se recostó.
—Para eso te llamé.
La habitación quedó en silencio. Damián miró el escritorio. Había una taza, un teléfono y un sobre cerrado. Ninguna fotografía de la plaza.
—Voy a dejar de trabajar para la organización —dijo.
Aurelio no respondió. Durante unos segundos, Damián escuchó un ruido lejano, quizá una puerta cerrándose en otra parte de la casa. El hombre inclinó la cabeza.
—Repite eso.
Damián sostuvo su mirada.
—Voy a salir.
Aurelio sonrió. La sonrisa duró apenas lo suficiente para que pareciera una concesión ante una tontería.
—Estás confundido.
—No.
El rostro del hombre cambió. Damián sintió el impulso de corregir el tono. Lo dejó pasar.
• • •
—¿Por la maestra? —preguntó Aurelio.
—Por lo que quiero hacer con mi vida.
—Tu vida.
Aurelio repitió las palabras lentamente. Después abrió un cajón y lo cerró sin sacar nada.
—Cuando llegaste conmigo no tenías dónde caerte muerto.
Damián no respondió.
—Te di trabajo. Te puse hombres. Te hice ganar lo que nunca habrías visto en veinte vidas.
—Lo sé.
—Entonces compórtate como si lo supieras.
Damián apoyó las manos sobre las piernas.
—Voy a responder por lo que hice.
Aurelio dejó de moverse. La frase había cambiado la conversación.
—¿Ante quién?
Damián entendió que cualquier respuesta podía aumentar el peligro. No iba a revelar consultas ni comprometer a otras personas.
—Ante quienes corresponda.
Aurelio lo observó con una quietud que le resultó más amenazadora que un grito.
—Cuidado, Damián.
Él respiró despacio.
—No quiero seguir.
El hombre se inclinó hacia delante.
—Aquí nadie sigue porque quiere. Sigue porque entró.
• • •
Damián miró sus manos. Había imaginado aquel momento muchas veces durante la noche. En algunas versiones encontraba palabras capaces de convencerlo. En otras ofrecía dinero, propiedades o un reemplazo.
Ahora veía con claridad que Aurelio no estaba discutiendo una renuncia. Estaba defendiendo su derecho a decidir cuánto duraba la vida de otro hombre.
—Tengo un hijo por nacer —dijo.
Aurelio soltó una risa breve.
—También otros tienen hijos.
—No quiero esto para él.
—Pues no lo metas.
Damián levantó la mirada.
—Ya lo metí cuando traje a su madre.
Aurelio pareció perder la paciencia.
—Entonces arregla lo que tengas que arreglar. Pero deja de venir con historias de familia feliz.
Damián sintió una punzada en el pecho. No por la burla. Porque había deseado de verdad una vida tan sencilla que aquellas palabras, pronunciadas con desprecio, sonaban casi imposibles.
—No estoy pidiendo permiso —respondió.
Aurelio se quedó inmóvil. Después se puso de pie.
• • •
La diferencia entre ambos era mínima en estatura. Damián, sin embargo, había pasado años viéndolo desde abajo. Aurelio rodeó el escritorio y se detuvo junto a él.
—Todo lo que sabes pertenece a esta organización.
Damián se levantó despacio.
—Yo también hice cosas. No voy a fingir que no.
—No te estoy hablando de culpa.
El hombre bajó la voz.
—Te estoy hablando de lealtad.
Damián miró la puerta. Dos hombres estaban afuera. Había visto sus sombras moverse cuando Aurelio se levantó. Volvió los ojos hacia él.
—No voy a seguir demostrando lealtad haciendo lo mismo.
Aurelio sostuvo su mirada. Por primera vez, Damián vio desaparecer toda posibilidad de acuerdo.
—Si sales por esa puerta creyendo que terminamos, estás equivocado.
Él sintió la imagen del bebé dentro de la cartera.
—Lo sé.
Aurelio dio un paso atrás.
—Entonces todavía estás a tiempo de sentarte.
Damián no se sentó. El trayecto de regreso transcurrió en silencio. Rogelio conducía.
Damián había rechazado que otro hombre los acompañara y no explicó por qué. Al llegar a un semáforo, su teléfono vibró. Sofía.
¿Cómo fue?
Miró el mensaje hasta que el vehículo volvió a avanzar. No podía responder que todo estaba bien. Tampoco quería darle una noticia a medias y dejarla imaginando el resto.
Marcó. Ella contestó casi de inmediato.
—¿Damián?
Él cerró los ojos. Escuchar su voz hizo que el miedo adquiriera una forma concreta.
—No aceptó.
Del otro lado hubo silencio.
—¿Te amenazó?
Damián miró hacia la calle.
—Sí.
Sofía respiró hondo.
—¿A mí también?
Él tardó.
—Habló de ti. No puedo asegurar hasta dónde piensa llegar.
Ella no respondió enseguida. Damián esperó.
—Voy a llamar a mi abogada —dijo al fin.
—Hazlo.
—Y a mi mamá.
—Sí.
Sofía guardó una pausa.
—No vengas a mi casa.
La frase dolió. Él sabía que tenía razón.
—No voy a ir.
• • •
Mauricio llegó al despacho antes de las cinco. Escuchó la conversación con Aurelio sin interrumpir. Cuando Damián terminó, el abogado se quitó los lentes.
—Te dije que no confiaras en una despedida.
—No confié.
—Fuiste igual.
Damián miró hacia la ventana. No había una respuesta que lo justificara. Quiso decir que necesitaba mirarlo a los ojos, que estaba cansado de pedir permiso, que había llegado un momento en que seguir aplazando parecía otra forma de obedecer.
Nada de eso reducía el riesgo.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó.
Mauricio abrió su libreta.
—Ahora dejamos de tratar esto como una conversación pendiente.
Hablaron durante horas. Damián escuchó opciones legales, límites y medidas que requerían intervención de personas a las que antes solo habría considerado enemigas. No obtuvo garantías.
Tuvo que aceptar preguntas, entregar información a sus asesores y autorizar que avanzaran por vías formales. Cuando Mauricio se marchó, la casa ya estaba oscura.
• • •
Sofía pasó la noche en casa de Elena. No quiso estar sola. Su madre preparó una cama limpia y dejó el teléfono cargando cerca. Lucía llegó con comida y permaneció hasta tarde.
Nadie dijo que aquello ocurría por haber besado a Damián. Sofía se lo reprochó sola, y tuvo que escucharse en voz alta para reconocer la injusticia.
—Tal vez debí alejarme.
Elena levantó la vista.
—Él ya había llevado ese mundo a tu vida antes de que tú lo quisieras.
Sofía bajó los ojos. Lucía se sentó junto a ella.
—Ahora necesitamos pensar en lo que puedes hacer hoy.
Había comunicado la amenaza a su abogada y a quienes llevaban su caso. Recibió instrucciones para conservar la información y continuar en contacto mientras se evaluaban medidas. Eran pasos reales. No bastaban para que dejara de mirar hacia la ventana.
El bebé se movió con fuerza. Sofía apoyó ambas manos sobre el abdomen.
—No quiero que nazca así —susurró.
Elena se acercó.
—Va a nacer acompañado.
Su hija comenzó a llorar. Damián llamó al día siguiente, a la hora que ella había indicado. Sofía contestó desde el patio.
—Estoy con mi mamá.
—Me alegra.
Él le explicó que Mauricio estaba avanzando en las gestiones y que no iba a intentar resolver aquello únicamente con los hombres de la casa. Sofía escuchó. Después dijo:
—Quiero que sigas.
—Voy a seguir.
—Aunque yo tenga que alejarme más.
Damián apretó el teléfono.
—Sí.
Ella permaneció callada. Él sintió el impulso de pedirle que no lo dejara, de recordarle lo que había dicho en la cafetería. No lo hizo.
—Te amo —añadió.
Sofía cerró los ojos.
—Yo también.
No volvieron seguro el patio ni quitaron a Aurelio de sus vidas.
• • •
Rogelio pidió hablar con Damián esa tarde. Aún cumplía tareas para él, pero Mauricio estaba organizando que dejara la casa y rindiera su propia declaración. Entró en el despacho y cerró la puerta.
—Me llamaron.
Damián levantó la cabeza.
—¿Quién?
Rogelio dijo un nombre que ambos conocían.
—Quieren que vaya mañana.
Damián lo observó. Había trabajado con él durante años. Le había confiado la vigilancia de sus casas, los traslados y, después, el secuestro de Sofía. Nunca había necesitado preguntarse de quién era la última orden que Rogelio obedecería.
—¿Qué vas a hacer?
El hombre tardó en responder.
—No quiero que le pase nada al bebé.
Damián mantuvo la mirada.
—No te pregunté eso.
Rogelio bajó los ojos. Por un momento pareció mayor.
—Quiero saber si de verdad va a salir.
Damián asintió.
—Sí.
El hombre levantó la cabeza.
—Entonces tiene que entender que esta casa ya no significa lo que significaba antes.
Damián miró hacia el corredor. Había comprado muros, cámaras, vehículos y puertas capaces de detener a desconocidos. Casi todos los hombres que las cuidaban conocían a Aurelio.
—Lo entiendo —dijo.
Y comprendió que todavía no lo había entendido por completo. Rogelio dejó una memoria pequeña sobre el escritorio.
—Ahí están los turnos y las entradas del encino. Me los pidió para averiguar quién habló de la señora. No alcancé a saberlo.
Damián miró el objeto.
—¿Vas a ir mañana?
—No. Le voy a decir a Mauricio lo que todavía no he declarado: que fui por ella por orden suya.
Damián levantó los ojos.
—Eso también te compromete.
—Ya estoy comprometido.
Al salir, Rogelio pidió el número del defensor. Por primera vez, Damián lo vio apartarse sin esperar otra orden. Cuando Rogelio salió, Damián abrió la antología por la página donde había escrito Mateo y escuela. Debajo añadió: Casa.
Se quedó mirando la palabra. No pensaba en el encino. Pensaba en una ventana abierta, una cuna y una mujer que pudiera dormir sin escuchar pasos detrás de la puerta.
Luego tomó el teléfono y llamó a Mauricio.
—Necesitamos adelantarlo.
El abogado no respondió de inmediato.
—Estoy haciendo lo que puedo.
Damián miró la ecografía.
—Haz todo lo que puedas.
Afuera comenzó a llover. En casa de Elena, Sofía estaba doblando la primera manta de su hijo. Los dos escucharon el agua caer en lugares distintos, imaginando una misma vida que aún no sabían cómo alcanzar.