Capítulo 20 de 25
Una vida sin órdenes
La lluvia los obligó a quedarse en la cafetería más tiempo del previsto. Sofía miraba las gotas resbalar por el cristal. Tenía treinta y tres semanas de embarazo y había descubierto que levantarse de una silla demasiado baja requería una preparación que antes le habría parecido ridícula. Damián se dio cuenta cuando ella apoyó ambas manos en los bordes del asiento.
Se levantó, pero no la tocó.
—¿Quieres ayuda?
Sofía asintió. Él le ofreció el brazo. Ella se incorporó despacio y permaneció unos segundos a su lado, esperando que desapareciera la presión en la espalda.
—Gracias.
Damián acercó otra silla, más alta.
—Puedes sentarte aquí.
Sofía sonrió.
—Ahora que conseguí levantarme, quiero caminar un poco.
Recorrieron el pasillo entre las mesas hasta llegar a la ventana de la entrada. Afuera, una mujer intentaba abrir un paraguas mientras sujetaba dos bolsas. Damián observó la escena.
—Siempre imagino que voy a saber qué hacer —dijo—. Después te veo levantarte y ni siquiera sé dónde poner las manos.
Sofía miró su reflejo en el vidrio.
—Preguntar sirve bastante.
Él sonrió apenas.
—Estoy aprendiendo.
• • •
Habían comenzado a verse una vez por semana. Algunas tardes hablaban mucho. Otras transcurrían entre silencios que ya no necesitaban llenar para evitar una discusión. Damián le había contado que continuaba con las consultas psicológicas y que Mauricio seguía reuniéndose con especialistas para revisar sus posibilidades legales.
Sofía no le pedía nombres ni información sobre sus actividades criminales. Tampoco aceptaba respuestas vagas cuando algo podía afectar su seguridad. Era un equilibrio difícil. Ella conservaba sus propios apoyos, sus consultas y la investigación abierta. Damián no le pedía que retirara la denuncia.
Elena seguía sin confiar en él. Sofía no intentaba convencerla. Había días en que tampoco sabía cuánto podía confiar ella misma.
Pero podía reconocer una diferencia entre la incertidumbre y el miedo de antes: ahora tenía un teléfono, una casa y personas a quienes contarles lo que ocurría. Podía marcharse. Lo había hecho una tarde en que Damián recibió una llamada y respondió con un tono que le resultó insoportable.
Él la buscó después por mensaje. No para reprocharle. Para decirle que comprendía por qué se había ido.
• • •
La lluvia disminuyó cerca de las seis. Sofía debía llamar a Elena al llegar. Le había prometido cenar con ella y llevarle un libro que Lucía le prestó. Damián miró el reloj.
—¿Te espera tu madre?
—Sí.
Él asintió. Sofía observó su rostro. Había algo contenido desde el principio del encuentro. Lo notaba en la manera de mirar hacia la puerta y en las pausas antes de responder.
—¿Qué pasó?
Damián bajó los ojos.
—Aurelio quiere verme otra vez.
El nombre endureció el ambiente entre ambos. Sofía se sentó en la silla más alta.
—¿Por mí?
—No lo sé.
Ella esperó. Damián dejó el teléfono sobre la mesa.
—Le llegó que estoy consultando abogados.
Sofía sintió un movimiento fuerte bajo las costillas. Apoyó la palma.
—¿Quién se lo dijo?
—No lo sé todavía.
Él no añadió explicaciones que no podía comprobar. Aquello la tranquilizó apenas.
—¿Va a preguntarle si puede irse? —dijo.
Damián permaneció en silencio.
—No —respondió al fin—. No debería ser algo que él decida.
Sofía lo miró. Por primera vez lo escuchaba decirlo de esa manera.
• • •
El mesero retiró las tazas. Damián esperó a que se alejara.
—He pensado en lo que me preguntaste.
—¿Qué cosa?
—Qué haría si tú no quisieras estar conmigo.
Sofía entrelazó los dedos sobre la mesa.
—¿Y?
Él miró hacia la calle.
—Querría salir igual.
La frase no llegó acompañada de entusiasmo. Parecía el resultado de una idea que había tenido que revisar muchas veces.
—Al principio no —añadió—. Al principio lo pensaba como una manera de no perderte.
Sofía sintió que el pecho se le apretaba. Damián volvió a mirarla.
—Pero no puedo pedirte que confíes en mí y seguir haciendo que otros me tengan miedo.
Ella guardó silencio. No sabía cuánto le costaría sostener aquella decisión frente a Aurelio, frente a la justicia o frente a sí mismo. Necesitaba que lo intentara de todos modos.
—No quiero que deje de verlo un día y al siguiente actúe como si nada hubiera pasado —dijo.
—Lo sé.
—Hay gente a la que hizo daño. No solamente a mí.
Damián bajó la cabeza.
—También lo sé.
• • •
Sofía se quedó mirando sus manos. Había imaginado una familia con él y le daba vergüenza admitir cuánto deseaba algo que todavía no existía. Una cocina donde pudiera discutir quién había dejado los platos.
Un hombre que conociera el nombre de la maestra de su hijo. Una tarde en que llegaran cansados y nadie estuviera esperando órdenes. No quería un refugio lleno de lujos.
Quería una vida que pudiera contar sin bajar la voz.
—Yo sí quiero estar con usted —dijo.
Damián levantó los ojos. La emoción apareció en su rostro antes de que pudiera disimularla. Sofía continuó:
—Pero no quiero entrar a su mundo. Quiero que construyamos otra cosa.
Él acercó una mano sobre la mesa y esperó. Ella la tomó.
—Puede que termine preso —dijo Damián.
Sofía asintió. No era la primera vez que lo escuchaba, pero aquella tarde dejó de parecer una posibilidad abstracta.
—Entonces tendremos que afrontar eso.
Él apretó suavemente sus dedos.
—No quiero hacerte esperar.
—No puede decidir por mí lo que voy a sentir.
Damián la miró. Sofía respiró hondo.
—Sí puede decidir qué hace con su vida.
• • •
Caminaron hasta el automóvil cuando dejó de llover. Las baldosas estaban mojadas y Damián mantuvo el paso de Sofía sin apresurarla. Ella llevaba el libro de Elena dentro del bolso. Al llegar, buscó las llaves y luego se volvió hacia él.
—Hay algo más que quiero decirle.
Damián esperó. Sofía sintió al bebé moverse entre ambos, como si reclamara espacio en una conversación que ya lo incluía.
—Lo amo.
La frase salió sin preparación. Durante semanas la había pensado de distintas maneras, intentando encontrar una versión que no la hiciera sentirse ingenua. No había ninguna palabra capaz de volver seguro aquello que sentía.
Damián dejó de respirar un instante. Sofía sostuvo su mirada.
—No significa que olvidé lo que hizo.
Él negó despacio.
—No te pediría eso.
Ella le acarició la mejilla. Era la primera vez que lo tocaba así. Damián cerró los ojos un momento.
—Yo también te amo —dijo.
Sofía lo besó. El contacto duró más que el primero. Él apoyó una mano en su espalda después de que ella se acercara, sin sujetarla cuando se separó. Permanecieron con la frente casi unida.
Después Sofía abrió la puerta del automóvil. Tenía que llegar a casa. Y podía hacerlo.
• • •
Esa noche, Elena la encontró callada durante la cena.
—¿Estás cansada?
—Un poco.
Su madre miró la forma en que sonreía hacia el plato. Sofía dejó la cuchara.
—Se lo dije.
Elena no necesitó preguntar qué. Se recostó en la silla y permaneció mirando a su hija.
—¿Y él?
—También.
La mujer bajó los ojos. Había deseado verla amada. Durante años escuchó sus decepciones, preparó comidas que Sofía apenas probaba y la acompañó sin insistir en que encontrara pareja. Nunca imaginó temer tanto al hombre elegido.
—Quiero que seas feliz —dijo.
Sofía sintió que se le humedecían los ojos.
—Ya sé.
Elena levantó la mirada.
—Pero no quiero perderte por intentar salvarlo.
Sofía tomó su mano sobre la mesa.
—No puedo salvarlo, mamá.
Le costó decirlo con firmeza.
—Eso tiene que hacerlo él.
• • •
Damián regresó a la casa del encino cerca de las nueve. No había invitados. La terraza estaba vacía y en la cocina Teresa guardaba lo que había sobrado de la cena.
Él se detuvo junto a la puerta.
—¿Ya cenó?
La mujer levantó la vista, sorprendida por la pregunta.
—Sí.
Damián asintió. Antes de marcharse, añadió:
—Gracias por lo que hizo por Sofía.
Teresa dejó el recipiente. Durante unos segundos pareció buscar una respuesta que no lo ofendiera.
—Me alegra que esté con su madre.
Él bajó la cabeza.
—A mí también.
Subió al despacho. Sobre el escritorio estaban la fotografía y las ecografías. Abrió la antología por la página donde había escrito Mateo. Debajo añadió otra palabra.
Escuela. Se quedó mirándola. No sabía todavía dónde vivirían ni qué podría ofrecerles cuando terminara de rendir cuentas por su pasado.
Pero sabía algo del futuro que deseaba. Su hijo tendría una mochila.
• • •
Llamó a Mauricio.
—Quiero avanzar con la propuesta que revisamos.
El abogado guardó silencio.
—Necesito que estés completamente seguro.
Damián apoyó la mano sobre el libro.
—Estoy seguro de que no quiero seguir.
—Entonces mañana hablaremos de los siguientes pasos. Y de los riesgos.
—El defensor ya recibió los registros —añadió Mauricio—. Están contrastándolos antes de fijar tu comparecencia. No vayas a discutir con Aurelio mientras eso ocurre.
Damián sostuvo el teléfono sin contestar. Tenía pendiente la orden de presentarse ante él al día siguiente.
—¿Me escuchaste?
—Sí.
Mauricio esperó una respuesta más clara. Damián terminó la llamada sin dársela. Damián miró hacia el corredor. Por un momento imaginó a Sofía saliendo de una habitación sin tener que pedir permiso, a Mateo siguiéndola con un juguete en la mano.
—De todos —respondió.
Al terminar, encontró un mensaje de Aurelio. Mañana a las doce. Sin excusas. Damián lo leyó.
No contestó de inmediato. Escribió primero a Sofía. Gracias por decirme lo que sientes. Yo voy a ocuparme de lo que me corresponde hacer.
Ella respondió poco después. Quiero una vida contigo. No una promesa que nos mantenga esperando. Damián dejó el teléfono sobre el escritorio.
La frase no lo hirió. Lo obligó a mirar el calendario. Después confirmó la cita con Aurelio.
Aquella noche, antes de dormir, guardó en la cartera una de las imágenes del bebé. La dejó junto a la identificación. Al cerrar la cartera, seguía sabiendo que Mauricio le había pedido no ir.