Capítulo 19 de 25

La vida que empezaba afuera

Aurelio tenía sobre la mesa una fotografía de Damián. No estaba tomada en una reunión ni junto a una de sus propiedades. Era de la plaza.

Sofía aparecía sentada a su lado, sosteniendo un ramo pequeño. Damián se detuvo antes de llegar a la silla. Aurelio observó su reacción.

—Parece que ya tienes otras ocupaciones.

Él miró la imagen.

—No tenías que meterla en esto.

Aurelio alzó las cejas.

—¿Yo?

Damián sintió el impulso de recoger la fotografía. No lo hizo.

—Ella no tiene nada que ver con el trabajo.

—Entonces procura que siga así.

Aurelio señaló la silla. Damián se sentó, pero no apartó los ojos de la imagen. Había pasado años recibiendo noticias sobre otros hombres de la misma manera: un papel sobre una mesa, una fecha, un lugar.

Ahora comprendía con el cuerpo lo que significaba descubrir que alguien había observado un momento que creía suyo. Aurelio comenzó a hablar de asuntos pendientes. Damián escuchó.

Al salir, la fotografía permaneció donde estaba.

•  •  •

Sofía supo que algo había ocurrido apenas él respondió el teléfono. La voz era distinta. Más breve.

—¿Estás ocupada? —preguntó Damián.

Ella estaba en la cocina, lavando la jarra donde había puesto las margaritas.

—No. ¿Qué pasa?

Él guardó silencio. Sofía cerró la llave.

—Damián.

Era una de las primeras veces que lo llamaba por su nombre al hablar directamente con él. La palabra pareció hacerlo respirar.

—Necesito contarte algo.

Ella se sentó. Damián le habló de la fotografía, de Aurelio y de lo poco que podía asegurar sobre las intenciones de su superior. No le dijo que seguramente no ocurriría nada.

No le pidió que confiara en él. Sofía escuchó hasta el final. Después miró la ventana de su departamento.

—¿Saben dónde vivo?

Él tardó.

—No puedo decirte que no.

El miedo le subió por el pecho. Durante meses había deseado estar afuera. Ahora el peligro parecía capaz de atravesar la puerta sin necesidad de llevarla otra vez a la casa.

—No quiero que vuelvas a decidir por mí —dijo.

—Por eso te estoy llamando.

•  •  •

Sofía habló con su abogada antes de volver a contestarle. También llamó a Elena y a Lucía. Le avergonzó sentir que las palabras se le rompían al explicar que alguien los había fotografiado. Había esperado contarles un encuentro, un beso, una incertidumbre que le perteneciera.

Terminó hablando de otro hombre al que no conocían. La abogada le pidió conservar los mensajes y no minimizar lo ocurrido. Revisarían qué medidas podían solicitar y cómo comunicar la nueva información a quienes llevaban la investigación.

Esa tarde entregó una ampliación del relato y solicitó una valoración de riesgo. El expediente ya incluía la declaración de Sofía y las copias que Damián había comenzado a aportar por medio de su defensor. La fotografía no era una inquietud aislada: mostraba que alguien conocía sus encuentros.

A Sofía le dieron un número de contacto y acordaron que avisaría cualquier nueva amenaza. El apoyo para un cambio temporal de residencia quedaría preparado si la situación empeoraba. Sofía tomó notas. Elena fue a su departamento esa misma tarde.

No la regañó. Se sentó junto a ella y escuchó.

—Sabía que podía pasar algo —dijo Sofía.

Su madre le tomó una mano.

—Saberlo no significa que hayas elegido esto.

Ella bajó la cabeza.

—Fui a verlo.

—Sí.

Elena esperó a que levantara los ojos.

—Y él tenía que decirte lo que supiera. Ahora tú puedes decidir qué hacer.

•  •  •

No se vieron durante diez días. Sofía no quiso. Damián aceptó la distancia sin presentarse en su casa ni mandar a Rogelio.

Se comunicaron por mensajes breves. Él le avisó que había compartido lo ocurrido con Mauricio y que continuaba explorando una salida formal de la organización. Sofía no le preguntó cada día cuánto había avanzado. Necesitaba recuperar la sensación de que el embarazo no transcurría únicamente alrededor de decisiones tomadas por hombres peligrosos.

Fue a la consulta con Elena. Recibió fotografías de sus alumnos. Lavó la primera ropa del bebé y la tendió dentro del departamento, donde el sol alcanzaba una parte del suelo.

Al recogerla, se quedó mirando un pequeño body blanco. Le habló a Mateo. Había dejado de probar otros nombres.

—Vamos a tener que ser pacientes —susurró.

•  •  •

Damián pidió ver a Mauricio en una oficina distinta de las habituales. Al abogado no le sorprendió la solicitud. Lo escuchó explicar lo de la fotografía y anotó lo necesario.

—No puedes controlar a Aurelio —dijo al final.

Damián miró hacia la puerta.

—Puedo mantenerlo lejos de ella.

Mauricio dejó el bolígrafo.

—No lo sabes.

Él se quedó inmóvil. La respuesta le produjo rabia antes de producir claridad. Había asegurado muchas veces que podía mantener a alguien a salvo. Su poder dependía, en parte, de que otros lo creyeran.

Ahora una fotografía bastaba para mostrarle el límite.

—Entonces hay que avanzar —dijo.

Mauricio asintió.

—Eso significa aceptar que tu información y tus actos serán examinados. Todo. También lo que le hiciste a Sofía.

Damián miró las manos.

—Lo sé.

—Necesito que no lo digas solo porque quieres estar con ella.

Él levantó la vista.

—Quiero que mi hijo no tenga que esconder quién es.

Mauricio lo observó. Después volvió a abrir la libreta.

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Sofía propuso el siguiente encuentro. No quería regresar a la plaza ni a la cafetería. Eligió una sala de espera del consultorio donde había terminado su revisión. Elena permaneció con ella durante la primera parte.

Damián llegó solo. Su madre lo miró sin saludar. Él no intentó acercarse.

Sofía señaló una silla frente a ambas.

—Quiero saber qué está haciendo.

Damián explicó lo que podía contar sin inventar avances. Había consultado a un abogado especializado y estaba dispuesto a iniciar conversaciones formales sobre su situación. No había acuerdos. No podía prometer plazos.

Elena escuchó con las manos juntas.

—Mi hija no puede esperar a que usted resuelva su vida para estar tranquila —dijo.

Damián asintió.

—Tiene razón.

Sofía lo observó. Había cambiado algunas cosas. Respondía sin levantar la voz, reconocía límites y no convertía las preguntas en una ofensa. Nada de eso conseguía volver inocuo el mundo que seguía rodeándolo.

—Voy a mantener la distancia cuando la necesite —dijo ella.

—Está bien.

—Aunque a usted no le guste.

Damián sostuvo su mirada.

—Está bien.

•  •  •

Cuando Elena salió para hablar con la recepcionista, quedaron solos unos minutos. Sofía tenía las piernas cansadas y una mano apoyada sobre el abdomen. Damián miró la carpeta de la consulta.

—¿Cómo está?

Ella sonrió apenas.

—Crece.

Le mostró una imagen. Él la recibió como si fuera algo frágil. La observó durante largo rato.

—Mateo —dijo.

Sofía asintió.

—Mateo.

Damián levantó los ojos. No preguntó si podía añadir su nombre. No habló de apellidos.

—Me gusta —respondió.

Ella sintió una ternura dolorosa. Lo quería cerca y necesitaba protegerse de todo lo que llegaba con él. Cuando él le devolvió la ecografía, Sofía la guardó y comprobó que Elena seguía en la recepción.

•  •  •

Después del encuentro, caminaron unos minutos por el patio interior del edificio. Elena los esperaba en la recepción. Sofía se detuvo junto a una maceta.

—No quiero pasar el resto del embarazo pensando que cualquier automóvil puede venir por mí.

Damián se quedó frente a ella.

—No quiero eso para ti.

—Ya sé que no quiere.

Ella lo miró con firmeza.

—Necesito que lo que haga corresponda con eso.

Él bajó la cabeza. Sofía no retiró la frase. Al cabo de unos segundos, Damián habló.

—Estoy intentando dejar de prometer cosas que no puedo asegurar.

Ella asintió.

—Eso sí lo noto.

Él levantó los ojos. Fue una respuesta pequeña. Le importó más de lo que esperaba.

•  •  •

Dos semanas después, Sofía lo invitó a una videollamada. Estaba preparando una actividad para la escuela y necesitaba leer en voz alta un texto antes de enviarlo a Lucía. Damián había preguntado por el cuento y ella decidió compartirlo. Él apareció en la pantalla sentado en el despacho.

La fotografía de su madre se veía detrás. Sofía leyó. Después hablaron del personaje, de una palabra que él confundió y de una pregunta que ninguno supo responder.

No hablaron de Aurelio durante casi media hora. Sofía se dio cuenta de que estaba sonriendo. Damián también.

—¿Qué? —preguntó él.

Ella acomodó el teléfono.

—Nada. Hoy pudimos hablar de otra cosa.

Él miró el libro.

—Me gustó.

Sofía sintió una emoción que ya no podía atribuir solamente a la compasión. Le gustaba estar con él. Le gustaba que escuchara.

Deseaba conocer al hombre que podía aparecer cuando dejaba de ordenar. Y seguía necesitando que ese hombre se hiciera responsable del otro.

•  •  •

Al terminar la llamada, Sofía permaneció junto a la cuna. Había alcanzado las treinta y dos semanas. El bebé se movía con una fuerza que a veces la hacía detenerse en medio de una frase. Apoyó ambas manos sobre el abdomen.

Pensó en Damián leyendo despacio y en el muchacho de la fotografía al lado de su madre. Después pensó en Elena esperándola durante meses. Tomó el teléfono y escribió:

Quiero volver a verte. Pero no quiero volver a la casa del encino. La respuesta llegó minutos después. No tienes que volver allí.

Sofía leyó el mensaje dos veces. Luego añadió: No sé cómo va a ser esto.

Damián tardó. Yo tampoco. Aquella respuesta le pareció, por primera vez, un lugar desde donde podían empezar a hablar.

•  •  •

Damián dejó el teléfono junto a la fotografía de su madre. Miró alrededor del despacho. Había pasado años llenando aquella casa de personas para no escucharla vacía. Ahora le resultaba insoportable imaginar a Mateo aprendiendo a caminar entre hombres que esperaban órdenes.

Llamó a Rogelio.

—No quiero más fiestas aquí.

El hombre asintió.

—¿Por ahora?

Damián miró la ecografía.

—No quiero más.

Rogelio esperó.

—Y avisa que ninguna visita entra sin que yo la haya autorizado.

Cuando quedó solo, Damián abrió la antología. En la primera página libre escribió, con letras más lentas de lo que habría querido: Mateo.

Lo leyó en voz baja. Después llamó a Mauricio para preguntar cuándo sería la siguiente reunión. Ya no estaba buscando una manera de llevar a su familia dentro de aquella casa.

Empezaba a entender que tendría que construir una vida fuera de ella.