Capítulo 18 de 25
Lo que tendría que dejar
Mauricio no llevó una carpeta. Llegó al despacho con una libreta y dejó el teléfono apagado sobre la mesa. Damián observó el gesto.
—¿Por qué lo apagas?
—Porque quiero que terminemos esta conversación.
El abogado se sentó. Durante unos segundos miró la fotografía de la madre, la antología y una imagen reciente del embarazo. Antes, en aquel escritorio, casi todo podía confundirse con los objetos de cualquier hombre dedicado a administrar negocios. Ahora había cosas que Damián no permitía tocar a nadie.
—Quieres salir —dijo Mauricio.
—Eso te pregunté.
—Me preguntaste qué tendrías que hacer. No es lo mismo.
Damián apoyó los brazos sobre el escritorio.
—Habla.
Mauricio abrió la libreta.
—Primero tendrías que aceptar que no puedes conservar todo.
Él no respondió.
—Ni el poder, ni los negocios que dependen de él, ni el dinero que no puedes justificar. Tampoco puedes suponer que lo ocurrido desaparecerá porque ahora quieras vivir de otra manera.
Damián miró hacia la ventana. Había imaginado una casa más pequeña, una ciudad distinta y un nombre que no obligara a nadie a bajar la voz. No había imaginado qué quedaría de él al llegar.
—Tengo propiedades legales.
—Algunas tendrán que revisarse.
—Puedo mantenerlos.
Mauricio cerró la libreta un instante.
—No te estoy hablando todavía de cuánto puedes darles. Te estoy hablando de lo que tendrás que responder.
• • •
La palabra responder lo irritó. Había pasado años haciendo que otros respondieran ante él. Ahora Mauricio parecía colocar al final de cada posibilidad una puerta que no podía abrir dando órdenes.
—¿Quieres decir que vaya a entregarme?
—Quiero decir que necesitas asesoramiento independiente, evaluar una cooperación formal y aceptar las consecuencias legales. No puedo prometerte inmunidad ni una vida libre de procesos.
—No vamos a presentar tu información como si te volviera inocente —añadió Mauricio—. Y necesitarás otro abogado para lo que yo hice contigo. No puedo aconsejarte sobre mi propia responsabilidad.
Damián volvió a sentarse. Abrió la caja fuerte y puso sobre la mesa los primeros registros de pagos.
—Empieza por esto.
Mauricio no los tocó hasta que él retiró la mano. Aquella vez había recibido algo que podía ser usado contra ambos. Damián se levantó. Caminó hasta la ventana y regresó.
—¿Y mientras tanto qué hago con Aurelio?
Mauricio lo observó.
—No confíes en que va a despedirte con un apretón de manos.
Damián soltó una risa seca.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no pongas a Sofía ni a su hijo dentro de una decisión que todavía no has tomado.
Él dejó de moverse. El abogado sostuvo su mirada.
—Que ella quiera verte no significa que haya aceptado tu mundo.
Damián pensó en la plaza, en la mano que Sofía había tomado por voluntad propia y en el movimiento diminuto que había sentido contra la palma. No quería convertir aquel gesto en otra cosa que pudiera exigir. Se sentó de nuevo.
—Sigue.
Sofía tenía veintinueve semanas cuando comenzaron a armar la cuna. Llegó en una caja que ocupó casi toda la sala de su departamento. Lucía leyó las instrucciones mientras Elena separaba piezas sobre una manta. Sofía intentó agacharse.
—Tú, sentada —dijo su madre.
Ella alzó las cejas. Elena la miró y corrigió con una sonrisa:
—Por favor. Nos puedes decir cuál sigue.
Terminaron discutiendo sobre dos tornillos que parecían idénticos. La cuna quedó armada al cabo de una hora y media. Era de madera clara, sin adornos. Sofía la había pagado con parte de sus ahorros y llevaba días imaginando cómo se vería junto a la cama.
Cuando las otras dos salieron a comprar comida, permaneció sola frente a ella. Dentro no había mantas, juguetes ni almohadas. Solo un espacio preparado.
Apoyó la mano en el borde.
—Aquí vas a dormir.
El bebé se movió. Sofía sonrió. Aquella habitación seguía siendo pequeña. Necesitaría reorganizar libros, guardar ropa y aprender a moverse de noche sin golpearse con los muebles.
Le gustaba que el futuro tuviera problemas de ese tamaño.
• • •
Damián llamó esa tarde. Sofía contestó desde el sillón.
—Ya tenemos cuna.
Él guardó silencio un instante.
—¿La compraste?
—Sí. Hoy la armamos.
—Podía haber…
Se detuvo. Sofía miró hacia la habitación.
—Ya sé.
Damián respiró hondo.
—¿Te gusta cómo quedó?
Ella sonrió.
—Mucho.
Hablaron unos minutos. Después él preguntó si podían verse. Sofía miró la hora.
—Mañana, después de mi consulta. En la cafetería.
—Voy.
Ella dudó antes de terminar la llamada.
—Quiero que me cuente lo que habló con Mauricio.
Damián no fingió no entender.
—Te lo voy a contar.
• • •
Al día siguiente, Sofía llegó con una imagen nueva dentro de la carpeta. Damián se levantó al verla y esperó a que se sentara. La miró con una ternura que ella ya podía reconocer sin buscar inmediatamente una intención oculta.
En el bolso llevaba la copia firmada que su abogada había recibido. La miró antes de mostrarle las nuevas imágenes del bebé. Todavía había miedo. Algunas mañanas seguía despertando confundida.
Pero comenzaba a distinguir el recuerdo de lo que estaba pasando delante de ella. Damián pidió café. Sofía agua.
—Fui con Mauricio —dijo él.
Ella acomodó la carpeta sobre la mesa.
—Lo escucho.
Damián entrelazó las manos.
—No puedo decirte que voy a irme contigo y que todo va a estar bien.
Sofía sintió una tristeza breve, acompañada por alivio. Prefería aquello a una promesa demasiado fácil.
—Está bien.
—Puedo terminar preso.
Ella permaneció quieta. Él continuó:
—Pueden quitarme propiedades. Dinero. Y hay cosas que no dependen de que yo quiera salir.
Sofía miró su rostro. Era la primera vez que hablaba del futuro sin colocarse a sí mismo por encima de lo que podía ocurrir.
• • •
—¿Qué quiere hacer usted? —preguntó.
Damián bajó los ojos.
—No quiero que Mateo crezca allí.
Sofía notó el nombre. No lo corrigió. Todavía no era definitivo, pero cada vez le resultaba más difícil imaginar otro.
—Eso no responde lo que le pregunté.
Él asintió. Se quedó un momento en silencio.
—Quiero salir.
Sofía sostuvo el vaso con ambas manos.
—¿Para estar con nosotros?
Damián la miró.
—Sí.
Ella sintió que el pecho se le llenaba de una emoción difícil de contener. Después recordó algo que había hablado con la psicóloga.
—¿Y si yo no pudiera estar con usted?
La pregunta hizo que él se tensara. Sofía no apartó la mirada.
—No quiero que después me diga que dejó todo por mí y que le debo una familia.
Damián abrió la boca. Tardó en responder. Ella esperó.
—Tendría que hacerlo de todos modos —dijo al fin.
Sofía bajó los ojos hacia su abdomen. Quiso creerle. Todavía necesitaba ver qué haría.
• • •
Caminaron después por la plaza. Había llovido temprano y los bancos conservaban humedad en las esquinas. Sofía avanzaba más despacio que antes. Damián adaptó el paso sin comentarlo.
En un puesto vendían flores pequeñas envueltas en papel. Él se detuvo.
—¿Puedo comprarte unas?
Sofía miró los ramos. Eligió margaritas. Damián pagó y se las entregó sin añadir ninguna explicación.
Ella las sostuvo entre ambos. Recordó la habitación llena de rosas, el collar cerrado y la pregunta de qué quería recibir. Separó una margarita del ramo y se la acercó a la nariz. Le gustaba el olor tenue; cuando Damián preguntó si quería otro ramo, dijo que aquel bastaba.
Se sentaron en una banca. Damián miró las flores.
—No sé hacer esto.
Sofía volvió el rostro.
—¿Qué cosa?
Él hizo un gesto pequeño entre los dos.
—Estar sin arruinarlo.
Ella sonrió con tristeza.
—Yo tampoco sé cómo hacerlo con usted.
Damián recibió la respuesta sin fingir que no dolía.
• • •
Sofía le tomó la mano. No fue para acercarla al abdomen. La dejó sobre su propia rodilla, entrelazando los dedos.
Damián la miró. Ella respiró antes de hablar.
—Me importa.
La confesión la dejó expuesta de una manera distinta al miedo. Damián se quedó inmóvil.
—Tú también —respondió.
Sofía observó sus manos juntas.
—Eso me asusta.
Él no preguntó por qué. Sabía suficiente.
—No quiero que te asuste estar conmigo.
Ella levantó los ojos.
—Entonces tendrá que seguir aceptando que yo decida.
Damián asintió. No apretó la mano cuando ella la retiró para acomodarse. Se quedaron hablando hasta que el sol comenzó a bajar. Por primera vez, Sofía le contó una historia de la universidad que no tenía relación con sus alumnos ni con el embarazo.
Damián se rio. Ella descubrió que le gustaba escucharlo reír sin que alguien más estuviera siendo humillado.
• • •
Se despidieron junto a su automóvil. Sofía guardó las flores en el asiento trasero y volvió hacia él. Damián permaneció a un paso de distancia.
Había un silencio que ninguno parecía querer terminar.
—Quiero besarte —dijo él.
Sofía sintió el corazón acelerarse. No retrocedió. Miró su rostro, la boca, los ojos que esperaban una respuesta.
—Un beso —dijo.
Damián asintió. Ella fue quien se acercó. El contacto fue breve.
Al separarse, permaneció con una mano sobre su camisa, comprobando lo que sentía. Damián no buscó otro beso. Sofía bajó la mano.
—Tengo que irme.
Él se apartó.
—Avísame cuando llegues, si quieres.
Ella sonrió apenas.
—Si quiero.
Subió al automóvil. Antes de encender el motor, lo vio caminar hacia el suyo sin volverse para vigilarla.
• • •
Esa noche, Sofía llamó a Elena. Le contó lo de la cuna, la consulta y las flores. Después dejó un silencio.
—Lo besé —dijo.
Su madre no respondió de inmediato. Sofía miró las margaritas dentro de una jarra.
—No quiero ocultártelo.
Elena respiró hondo.
—Me da miedo, hija.
—A mí también.
Hablaron durante mucho tiempo. No llegaron a un acuerdo que volviera sencilla la situación. Pero Sofía pudo decir lo que sentía sin que su madre dejara de escucharla.
• • •
Damián recibió el mensaje cuando estaba en el despacho. Ya llegué. Lo leyó varias veces antes de responder.
Gracias por hoy. Después llamó a Mauricio.
—Quiero continuar.
El abogado guardó silencio un instante.
—Entonces vamos a hacerlo con seriedad.
Damián miró la ecografía.
—Sí.
Al terminar la llamada, encontró un mensaje de Aurelio enviado media hora antes. Mañana vienes. Tenemos que hablar de tus prioridades. La alegría del beso todavía estaba allí.
Por primera vez no le sirvió para olvidar el resto. Dejó el teléfono sobre la mesa y permaneció sentado, mirando el pequeño rostro borroso de su hijo, hasta comprender que desear otra vida era apenas el comienzo de lo que tendría que hacer para alcanzarla.