Capítulo 17 de 25
Una promesa no bastaba
El segundo encuentro ocurrió nueve días después. Sofía eligió la misma cafetería y una mesa distinta. Esta vez Elena la acompañó hasta la entrada. No quiso sentarse cerca.
—Voy a estar en la librería de enfrente —dijo—. Me llamas cuando termines.
Sofía asintió. Su madre le acomodó una hebra de cabello detrás de la oreja, un gesto que había recuperado desde su regreso.
—No tienes que quedarte si no estás cómoda.
—Lo sé, mamá.
Elena sostuvo su mirada unos segundos. Después cruzó la calle. Damián llegó a la hora acordada. Al ver a Sofía junto a la ventana, se detuvo antes de acercarse, como si necesitara comprobar que ella lo había reconocido.
No llevaba el teléfono en la mano.
—Buenas tardes.
Sofía señaló la silla.
—Buenas tardes.
El mesero apareció con una carta. Damián la tomó y recorrió las primeras líneas. Ella esperó. Él pidió un café y cerró la carta sin apresurarse a devolverla.
Sofía notó el esfuerzo, pero no dijo nada. Había entendido que algunas cosas le resultaban más difíciles cuando sentía que alguien las estaba observando.
• • •
Hablaron primero del bebé. Sofía tenía veintisiete semanas de embarazo y el abdomen empezaba a impedirle alcanzar objetos colocados demasiado lejos. Una noche se había sorprendido tratando de recoger un zapato con el pie para no inclinarse otra vez. Al contarlo, sonrió.
Damián la escuchó con una atención que todavía le resultaba extraña.
—¿Te duele la espalda?
—A veces.
Él estuvo a punto de ofrecer algo. Sofía lo vio detenerse.
—¿Hay alguna cosa en la que pueda ayudar? —preguntó al fin.
Ella pensó antes de responder.
—Por ahora tengo lo que necesito.
Damián asintió. No insistió. Durante las semanas anteriores había escrito solo cuando ella aceptaba continuar una conversación. Preguntaba por un libro o compartía alguna frase que no terminaba de entender.
Sofía había tardado en acostumbrarse a que pudiera dejar un mensaje sin contestar y no recibir después una llamada. Aquella ausencia de presión le daba tranquilidad. También la obligaba a reconocer que empezaba a interesarle lo que él decía.
No quería precipitarse.
• • •
—Volví con el psicólogo —comentó Damián.
Sofía apoyó el vaso sobre la mesa.
—¿Cómo estuvo?
Él soltó aire.
—Me hace preguntas que no sé responder.
—A mí también me pasa.
Damián la miró. No había preguntado antes por sus sesiones. Quizá suponía que ella hablaba únicamente de lo que él había hecho y no sabía cómo escuchar eso.
—¿Te ayuda?
—Sí. Aunque a veces salgo más cansada de lo que entré.
Él asintió lentamente.
—Le hablé de mi madre.
Sofía no lo interrumpió. Damián bajó los ojos hacia la taza.
—Me preguntó qué habría querido que hiciera un adulto por mí.
Ella esperó.
—No pude contestar.
—¿Y después?
Él tardó.
—Que me sacara de ahí.
La frase cayó entre ambos. Sofía miró la calle. Al otro lado, una mujer llevaba de la mano a un niño con uniforme escolar. El pequeño se detuvo frente al escaparate y ella esperó a que terminara de mirar.
Damián siguió la dirección de sus ojos.
—Me di cuenta de algo —dijo.
Sofía volvió a mirarlo.
—Eso era lo que tu madre estaba intentando hacer.
• • •
No dijo nada durante unos segundos. Había esperado muchas veces que Damián comprendiera el daño cometido. Cuando por fin lo escuchaba relacionar aquellas dos historias, no sabía si sentía alivio o tristeza por todo lo que había sido necesario para llegar allí.
—Sí —respondió.
Damián apretó la taza entre las manos.
—Yo quería que dejara de buscarte.
—Lo recuerdo.
Él asintió. No trató de suavizar la frase.
—No he hablado con ella —dijo—. No sé si debería.
Sofía levantó la cabeza.
—No sin preguntarle antes.
—Por eso te lo digo.
Ella miró el agua dentro del vaso. Elena no quería recibirlo. Lo había dicho con claridad, y Sofía no pensaba pedirle que cambiara de opinión para facilitarle algo a Damián.
—No quiere verlo.
Él bajó la mirada.
—Está bien.
Sofía sintió que aquella respuesta le importaba más que cualquier disculpa preparada. Damián sacó una hoja del bolsillo y la puso junto a la taza.
—Firmé esto con un abogado independiente que me recomendó Mauricio. Voy a declarar cómo obtuve los datos y quiénes te trajeron. Mauricio no va a preparar mi versión de lo que tú viviste.
Sofía leyó el encabezado, la fecha y la firma. No era una sentencia ni una garantía, pero lo comprometía con hechos que hasta entonces había admitido únicamente frente a ella.
—Se lo voy a mostrar a mi abogada.
—Hazlo.
Guardó la copia antes de seguir hablando.
• • •
Cuando salieron, Sofía vio a Rogelio al otro lado de la calle. Estaba junto a una camioneta, sin mirarlos directamente. Se detuvo.
Damián siguió su mirada.
—Vino conmigo.
Sofía sintió que el cuerpo se le endurecía. Recordó la voz en el estacionamiento, la mano sobre el brazo y el asiento donde había pasado el trayecto sin saber adónde la llevaban. Damián notó el cambio.
—No está siguiéndote.
Ella continuó mirando a Rogelio.
—No quiero verlo cerca de mí.
Damián guardó silencio. Podía decirle que era necesario, que confiaba en él o que siempre lo acompañaba. Sofía vio esas respuestas pasar por su rostro antes de que eligiera otra. Sacó el teléfono.
Habló brevemente y la camioneta se alejó. Rogelio no cruzó la calle. Sofía soltó el aire.
—Gracias —dijo, casi por reflejo.
Después negó con la cabeza.
—No. No debería tener que agradecerle esto.
Damián guardó el aparato.
—No tienes que hacerlo.
• • •
Elena esperaba en la puerta de la librería. Cuando vio a su hija, se acercó sin mirar a Damián. Sofía sintió el impulso de explicar algo, de presentar aquel encuentro como una prueba de que las cosas podían cambiar.
Se detuvo. Se acercó a Elena sin ensayar una defensa del encuentro.
—¿Vamos? —preguntó Elena.
—Sí.
Damián permaneció a unos pasos.
—Buenas tardes, señora.
Elena lo miró entonces. No respondió al saludo.
—No vuelva a poner a mi hija en una situación en la que tenga que pedirle permiso para vivir.
Sofía cerró los ojos un instante. Damián recibió las palabras sin moverse.
—No voy a hacerlo.
Elena sostuvo su mirada.
—Yo no tengo motivos para creerle.
Él bajó la cabeza.
—Lo sé.
Su madre tomó el brazo de Sofía, con suavidad. Se marcharon juntas.
• • •
El siguiente encuentro lo propuso ella. Tardó cuatro días en escribir el mensaje y lo borró dos veces antes de enviarlo. Había pasado la mañana hablando con la psicóloga de aquella curiosidad que ya no podía llamar únicamente compasión. Le gustaban algunas conversaciones con Damián. Esperaba a veces sus mensajes. Había imaginado cómo sería verlo en un lugar donde nadie supiera nada de ellos.
También continuaba despertándose cuando una puerta se cerraba demasiado fuerte. No quería negar ninguna de esas cosas. Le escribió:
Podemos vernos el domingo. Quiero hablar de algo importante. Eligió una terraza abierta, junto a una plaza. Elena sabía dónde estaría y Lucía quedó pendiente del teléfono. Damián llegó sin Rogelio a la vista.
Sofía observó primero la calle. Después lo miró a él.
—Necesito preguntarle algo y quiero una respuesta verdadera.
Damián tomó asiento.
—Pregúntame.
—¿Qué espera de mi hijo ahora?
• • •
Él miró las manos de Sofía sobre el abdomen. Durante mucho tiempo habría respondido sin dudar: un heredero, alguien que continuara lo construido, un nombre que sobreviviera al suyo. Ahora esas palabras le resultaban difíciles de pronunciar.
—Quiero conocerlo.
Sofía esperó.
—Quiero verlo crecer —añadió.
—¿Dónde?
Damián alzó la vista.
—Donde tú decidas vivir.
Ella lo observó con atención.
—¿Y haciendo qué?
Él frunció el ceño.
—No entiendo.
—¿Qué vida imagina para él?
Una pelota cruzó la terraza y golpeó la pata de una mesa. Un niño llegó corriendo, se disculpó y la recogió. Damián lo siguió con la mirada.
—Que estudie —dijo.
Sofía no respondió todavía.
—Que no tenga que trabajar siendo un niño. Que pueda… —Se detuvo—. Que pueda escoger.
Ella sintió que se le humedecían los ojos.
—Entonces su vida no puede parecerse a la de usted.
Damián dejó de mirar al niño. El ruido de la plaza continuó alrededor de ellos.
—Ya lo sé —respondió.
• • •
Sofía apretó los dedos.
—No estoy hablando solo de dinero o de la casa. Estoy hablando de las personas a las que responde. De las amenazas. De lo que hace cuando sale de allí.
Damián se recostó en la silla.
—Hay cosas que no puedo contarte.
—No necesito detalles.
Ella respiró hondo.
—Necesito saber si piensa seguir haciendo lo mismo.
Él miró hacia la calle. La respuesta tardaba demasiado. Sofía sintió tristeza antes de escucharlo.
—No es algo que pueda dejar de un día para otro.
Ella asintió.
—Entonces no me diga que todo cambió.
—No dije eso.
—Pero está pidiendo un lugar cerca de nosotros.
Damián volvió a mirarla. Sofía sostuvo su mirada.
—No puedo construir una vida tranquila con alguien que sigue trayendo ese peligro a la puerta.
Él abrió la boca. No encontró una respuesta que no fuera una promesa.
• • •
Caminaron después hasta una banca de la plaza. Sofía necesitaba moverse y Damián preguntó si podía acompañarla. Ella aceptó. Se sentaron dejando espacio entre ambos.
Unos niños jugaban alrededor de una fuente. Cada tanto, una madre levantaba la voz para pedirles que no se acercaran demasiado al borde. El bebé se movió. Sofía apoyó la palma y sonrió.
Damián miró su mano.
—¿Ahora?
Ella asintió. Él no intentó tocarla. Aquella espera le produjo una ternura que no había buscado.
Sofía se quedó mirando su perfil: la frente tensa, el cansancio bajo los ojos, la manera en que procuraba mantenerse quieto para no arruinar el momento. Tomó su mano. Damián volvió el rostro de inmediato.
Ella la colocó sobre un lado del abdomen.
—Aquí.
Esperaron. El movimiento llegó unos segundos después. Damián levantó los ojos hacia ella.
No sonrió al principio. Pareció quedarse sin palabras. Luego sus dedos se aflojaron y dejó la mano quieta, sin apropiarse del gesto.
—Lo sentí —murmuró.
Sofía asintió. Tenía los ojos húmedos. Retiró la mano de él cuando el bebé dejó de moverse.
Damián no intentó recuperarla.
• • •
Al despedirse, Sofía permaneció frente a él unos segundos más de lo necesario. Había algo naciendo entre las conversaciones y los silencios, algo que la asustaba porque no sabía si podría sostenerlo sin perder la claridad. Damián también parecía sentirlo.
No se acercó.
—Quiero volver a verte —dijo.
Sofía miró la plaza.
—Yo también.
La confesión salió baja. Él la recibió con una emoción que no trató de esconder. Ella volvió a mirarlo.
—Pero eso no cambia lo que hablamos.
Damián asintió lentamente.
—Lo sé.
Sofía se marchó hacia el lugar donde la esperaba Lucía. Durante el camino llevó una mano sobre el abdomen, exactamente donde había colocado la de él. Damián permaneció junto a la banca.
Todavía podía sentir el movimiento contra la palma. Sacó el teléfono y buscó el número de Mauricio. Cuando el abogado respondió, miró a los niños que seguían jugando cerca de la fuente.
—Necesito saber qué tendría que hacer para dejar todo esto.
Mauricio no preguntó a qué se refería.
—¿Estás dispuesto a escuchar la respuesta completa?
Damián cerró los ojos un instante. Luego volvió a mirar la plaza.
—Sí.