Capítulo 16 de 25

Donde pudiera levantarse

Mateo leyó el cuento dos veces. La primera perdió el renglón y volvió al principio con una expresión tan seria que Sofía tuvo que contener las ganas de ayudarlo. La segunda llegó al final.

En la pantalla del teléfono, el niño levantó los ojos.

—¿Sí se oyó, maestra?

Sofía asintió.

—Se oyó muy bien.

Detrás de él, otros alumnos intentaban acercarse. Lucía les pidió que esperaran y acomodó el aparato sobre unos libros. Habían preparado una llamada breve, fuera del horario de clases. Mariana, la suplente, se quedó junto a la puerta mientras algunos niños mostraban sus trabajos. Sofía estaba sentada en la cocina de su madre.

Había elegido aquel lugar porque el fondo era claro y porque Elena podía ayudarla si necesitaba interrumpir. No tuvo que hacerlo. Escuchó preguntas sobre el bebé, sobre cuándo volvería y sobre una planta que habían sembrado en un vaso de plástico.

—Ya tiene cuatro hojas —anunció una niña.

La cámara se movió y Sofía vio el vaso demasiado cerca. Se rio. Después de tantos meses recordando el salón como un lugar inaccesible, lo estaba viendo lleno de ruido y movimiento.

No había desaparecido. Al terminar, Mateo regresó frente al teléfono.

—Le guardamos su silla.

Sofía llevó una mano al abdomen.

—Gracias.

La despedida fue desordenada. Varios hablaron a la vez, alguien gritó que la extrañaba y Lucía prometió enviarle fotografías de los trabajos. Cuando la pantalla quedó oscura, Sofía permaneció mirando su reflejo. Elena dejó una taza a su lado.

—Te hizo bien.

Ella asintió.

—Me dio tristeza también.

Su madre se sentó.

—Pueden pasar las dos cosas.

•  •  •

Durante las tres semanas siguientes, Sofía volvió al consultorio, hizo otra llamada a sus alumnos y comenzó las sesiones de apoyo psicológico. Aún no retomó las clases presenciales. La abogada la mantenía al tanto de las diligencias y Lucía le enviaba las actividades que podían preparar juntas. Damián no escribió durante cuatro días.

Sofía se sorprendió descubriendo que miraba el teléfono en ciertos momentos, como si esperara otra pregunta sobre el libro. La sensación la incomodó. Durante una sesión, habló de eso con la psicóloga.

También contó que había sentido compasión al verlo llorar y que algunas conversaciones le resultaron cercanas, incluso cuando todavía estaba encerrada. Le costó decirlo. Esperaba una expresión de alarma o una advertencia.

La psicóloga escuchó sin interrumpirla.

—¿Qué siente cuando imagina volver a verlo? —preguntó.

Sofía miró sus manos.

—Curiosidad. Miedo. A veces enojo.

—¿Y cuando imagina no verlo nunca más?

Tardó en responder.

—No sé.

La psicóloga le preguntó si había una decisión urgente que tuviera que tomar. Sofía negó y, al hacerlo, comprendió cuánto se había acostumbrado a responder bajo presión. Hablaron de lo que Sofía necesitaba para sentirse segura y de las decisiones que podía aplazar sin deberle explicaciones a nadie. Al salir, tenía una lista breve escrita en su agenda.

No encontrarse a solas. Conservar su propio transporte. Poder terminar una conversación.

Decidir sin amenazas ni regalos. La leyó antes de guardar el teléfono.

•  •  •

Damián había pasado esos días atendiendo asuntos que Aurelio no le permitía posponer. En la reunión, su superior preguntó por Sofía sin aparentar interés.

—¿Ya dejó de hacer ruido?

Damián sostuvo el vaso entre las manos.

—Volvió a su casa.

Aurelio levantó la vista.

—¿La soltaste?

La palabra hizo que Damián tensara los dedos.

—Está con su familia.

El hombre lo observó durante unos segundos.

—¿Y el niño?

—Todavía no nace.

—Eso ya lo sé.

Damián dejó el vaso.

—No es un asunto que vaya a afectar el trabajo.

Aurelio sonrió apenas.

—Más te vale.

Después cambió de tema. Damián respondió lo necesario y se marchó con la sensación de haber dejado algo expuesto sobre aquella mesa. Durante el trayecto pensó en escribirle a Sofía.

No sabía cómo contarle que alguien preguntaba por ella sin asustarla ni volver a utilizar el miedo como una razón para acercarse. Al llegar a la casa, llamó a Mauricio.

—Quiero hablar con una persona.

—¿Sobre qué?

Damián miró la fotografía de su madre.

—Sobre lo que me pasa.

El abogado guardó silencio.

—¿Un médico?

—Alguien que sepa escuchar esas cosas.

Mauricio comprendió.

—Puedo darte nombres. Pero tienes que ir tú.

Damián soltó una risa seca.

—Eso ya lo sé.

•  •  •

El mensaje llegó un jueves por la tarde. Quiero preguntarte si aceptarías hablar conmigo. Tú decides dónde. Si no quieres, no voy a insistir. Sofía lo leyó mientras esperaba en una tienda de artículos para bebé.

Había ido con Elena a mirar una cuna. Todavía no compraban nada grande, pero empezaban a comparar medidas y pensar dónde colocarla. Su madre notó el cambio en su expresión.

—¿Qué pasó?

Sofía le mostró el mensaje. Elena lo leyó y devolvió el teléfono.

—No me gusta.

—A mí tampoco me resulta sencillo.

Su madre miró las cunas alineadas. Durante un rato ninguna habló.

—No quiero mentirte —dijo Sofía—. Una parte de mí sí quiere escucharlo.

Elena cerró los ojos brevemente.

—Después de lo que hizo…

—Lo sé.

—¿Lo sabes o estás intentando olvidarlo?

La pregunta dolió. Sofía apretó el teléfono.

—Lo sé, mamá. Por eso no voy a ir a su casa.

Elena la observó. Había miedo en su rostro, pero también el esfuerzo de no convertirlo en otra orden.

—Si decides verlo, Lucía o yo estaremos cerca.

Sofía asintió.

—Sí.

•  •  •

Eligió una cafetería con ventanas grandes. Había estado allí varias veces antes del embarazo. Conocía las mesas, la salida y la manera en que el ruido de la calle entraba cada vez que abrían la puerta. Lucía llegó con ella.

Se sentó dos mesas más lejos, con un libro que apenas leería. Sofía dejó el bolso sobre una silla y conservó las llaves en el bolsillo. Cuando Damián apareció, sintió que se le tensaba el estómago.

Él la vio desde la entrada. No llevaba flores. Se acercó despacio y se detuvo junto a la mesa.

—¿Puedo sentarme?

Sofía asintió. Damián ocupó la silla frente a ella. Miró un instante a Lucía. Después volvió los ojos hacia Sofía sin hacer comentarios.

—Gracias por venir.

Ella apoyó las manos sobre la mesa.

—Tengo una hora.

—Está bien.

Un mesero se acercó. Sofía pidió agua y Damián café. Durante unos segundos, la presencia de alguien anotando una orden sencilla le resultó tranquilizadora. Allí, cualquiera podía acercarse.

Cualquiera podía verlos.

•  •  •

Damián fue el primero en hablar.

—No supe qué decirte cuando te fuiste.

Sofía lo observó.

—No necesitaba que dijera algo.

Él asintió.

—He pensado en lo que hice.

Ella no respondió. Damián miró sus manos.

—Te traje porque creí que podía resolver lo del niño como resuelvo otras cosas.

Sofía sintió una presión en el pecho.

—Mandando.

—Sí.

Él tardó antes de continuar.

—No tenía derecho.

La frase no borró nada. Sin embargo, Sofía necesitaba escucharla sin un pero detrás. Esperó.

Damián no añadió una explicación sobre su infancia ni habló de lo mucho que deseaba un hijo.

—También le hice daño a tu madre —dijo.

Sofía miró hacia la ventana. Elena había envejecido durante aquellos meses de una manera que no sabía nombrar. Se le notaba en el sueño, en la insistencia con que comprobaba que su hija respondiera y en las pausas antes de salir de casa.

—Sí —respondió.

Damián bajó la cabeza.

—No sé cómo reparar eso.

—Yo tampoco.

•  •  •

El mesero dejó las bebidas. Sofía esperó a que se alejara.

—¿Sigue pensando que va a quedarse con el bebé?

Damián levantó los ojos.

—No.

Ella sostuvo su mirada.

—Necesito que me diga algo más claro que eso.

Él respiró hondo.

—No voy a quitártelo. No voy a mandar a nadie por él. Y no voy a usar dinero para obligarte a verme.

Sofía sintió que las manos empezaban a temblarle. Las apoyó sobre las piernas.

—Yo declaré.

Damián no se movió.

—Lo sé.

—No voy a retirar lo que dije.

Él miró el café. Durante un segundo, Sofía vio la tensión en su mandíbula y esperó la respuesta que temía.

—No te lo estoy pidiendo —dijo.

Ella se quedó en silencio. Al otro lado de la cafetería, Lucía levantó la vista del libro. Sofía respiró más despacio.

Damián había escuchado dos cosas que no quería escuchar. Damián dejó las manos alrededor de la taza. Sofía pudo volver a beber agua.

•  •  •

Hablaron del embarazo después. Sofía contó solamente lo que quiso contar: que el bebé se movía más, que había tenido que cambiar algunas prendas y que la doctora continuaría revisándola. Damián escuchó.

Cuando preguntó por el nombre, ella sonrió apenas.

—Mateo sigue en la lista.

—Me gusta.

Sofía lo miró con sorpresa. Él se encogió de hombros.

—Lo he pensado.

Después guardó silencio. El ruido de la máquina de café llenó el espacio entre ambos.

—Fui a una consulta —dijo Damián al cabo de un rato.

Sofía esperó.

—Con alguien para hablar.

Ella no sonrió como si aquello mereciera una recompensa.

—¿Cómo le fue?

Damián dejó escapar aire.

—Mal. No sabía por dónde empezar.

Sofía recordó su primera sesión.

—Puede volver.

Él asintió.

—Me dijeron lo mismo.

Por primera vez durante el encuentro, ambos sonrieron brevemente.

•  •  •

Cuando llegó la hora, Sofía miró el reloj.

—Tengo que irme.

Damián dejó la taza. No pidió cinco minutos más. Ella recogió el bolso y se levantó. Él hizo lo mismo, dejando espacio para que pasara.

Lucía cerró el libro y caminó hacia la salida. Damián miró a Sofía.

—¿Puedo escribirte otro día?

Ella pensó antes de contestar.

—Sí. Si no respondo, no insista.

—Está bien.

Sofía avanzó hacia la puerta. Damián no le tocó el brazo, no intentó acompañarla hasta el automóvil ni le ofreció dinero. Afuera, el aire estaba caliente.

Lucía caminó junto a ella hasta la esquina.

—¿Cómo estás?

Sofía buscó las llaves. Había cansancio, tristeza y algo que todavía no quería nombrar. Miró hacia la cafetería.

Damián seguía adentro, de pie junto a la mesa. Ella pudo subir a su automóvil, cerrar la puerta y decidir hacia dónde ir. Se quedó un momento con las manos sobre el volante.

—Hoy pude levantarme —dijo.

Lucía asintió sin pedirle que explicara. Sofía encendió el motor. Todavía no sabía si habría otro encuentro.

Pero sabía que, si lo había, tendría que empezar de la misma manera: con una silla frente a ella y una salida que nadie le impidiera usar.