Capítulo 15 de 25
La casa que seguía allí
La primera noche, Sofía no durmió en su departamento. Elena había preparado la habitación que su hija ocupaba antes de mudarse. Cambió las sábanas, retiró unas cajas del armario y puso un vaso de agua junto a la cama. Sofía permaneció en la entrada.
El cuarto era más pequeño de lo que recordaba. Había una cómoda antigua, una lámpara con la pantalla ligeramente torcida y una marca en la pared donde alguna vez colgó un cuadro. Todo le pareció hermoso.
—Si prefieres tu casa, vamos —dijo Elena.
Sofía negó.
—Hoy quiero quedarme aquí.
Su madre asintió y comenzó a doblar una manta que ya estaba doblada. Ninguna sabía todavía cómo hablar de lo ocurrido. En la cafetería habían llorado, tomado agua y comprobado varias veces que Sofía podía sostener el teléfono. Después Lucía las acompañó hasta la casa y se quedó mientras cenaban.
Hubo preguntas que Sofía respondió. Otras las dejó pendientes. Dijo el nombre de Damián, explicó cómo había conseguido la información de la clínica y contó que la habían llevado contra su voluntad.
Cuando habló de la amenaza de quitarle al bebé, Elena dejó la cuchara sobre el plato. No volvió a comer. Ahora permanecía junto a la cama, observando el abdomen de su hija.
—¿Te duele algo?
—No.
—¿Quieres otra almohada?
Sofía sonrió apenas.
—Así estoy bien.
Elena se acercó y le acarició el cabello. Fue un gesto tan conocido que Sofía comenzó a llorar otra vez.
• • •
A medianoche, el sonido de una puerta la despertó. Se incorporó de golpe. Buscó el pestillo, el guardia, la franja de luz bajo la entrada.
Vio la cómoda. La lámpara. La manta que su madre había dejado a sus pies.
Estaba en casa. Elena apareció en el umbral.
—¿Sofía?
Ella tenía las manos cerradas sobre las sábanas.
—¿Qué pasó?
—Se cayó una tapa en la cocina.
Su madre encendió la luz del pasillo. Sofía intentó respirar más despacio. Elena se acercó, pero se detuvo junto a la cama.
—¿Puedo sentarme?
La pregunta le aflojó algo en el pecho. Sofía asintió. Su madre se quedó a su lado sin pedirle que se tranquilizara. Esperó hasta que pudo soltar las sábanas.
—Pensé que…
No terminó. Elena le tomó una mano.
—Ya sé.
Sofía miró la puerta abierta.
—Quiero que se quede así.
—Así se queda.
• • •
Al día siguiente fueron juntas a declarar. Sofía había hablado antes con una abogada recomendada por Lucía. Escuchar las preguntas de alguien que no trabajaba para Damián le permitió entender cuántas cosas había tenido que aceptar sin explicaciones. Llevó la libreta.
También las cartas, los informes médicos y las fechas que había anotado. La abogada revisó con ella lo que recordaba, sin obligarla a convertir cada vacío en una certeza.
—Si no lo sabe, dígalo —le explicó—. No tiene que completar nada para que su relato importe.
Sofía necesitaba escuchar eso. Había días que distinguía con claridad y otros que se mezclaban. Recordaba una amenaza palabra por palabra, pero no siempre sabía qué ropa llevaba quien la había pronunciado. Durante la declaración tuvo que detenerse dos veces.
La primera cuando habló del estacionamiento. La segunda al repetir:
—Dijo que yo podía irme después del nacimiento, pero mi hijo se quedaba.
Elena estaba afuera. Sofía pensó en ella mientras recuperaba el aire. Cuando terminó, entregó copias de la libreta y conservó el original.
Su abogada pidió que la declaración y las pruebas se incorporaran al expediente de desaparición. Solicitó además que se investigaran los retrasos, el acceso a los archivos clínicos y la intervención de los hombres que aparecían en el relato.
Le explicó a Sofía que comparecer no significaba obtener una detención inmediata. Antes debían reunir y contrastar pruebas; pedirían medidas de protección y dejarían constancia de cada demora.
—No voy a dejarlo otra vez en una llamada que nadie escribe —dijo la abogada.
Sofía guardó el comprobante de su declaración dentro de la carpeta. No supo cuánto tardaría aquello ni qué resultados tendría. Supo, al salir, que había dicho la verdad sin pedirle permiso a Damián.
• • •
La doctora Valdés la recibió esa misma semana. Al verla entrar, se levantó detrás del escritorio. No sonrió como en la primera consulta.
Había leído parte de lo ocurrido y conocía la denuncia sobre el acceso indebido a la información.
—Lamento mucho lo que le pasó —dijo.
Sofía se sentó. Durante meses había imaginado volver a aquella clínica y exigir que alguien explicara cómo un código terminó convertido en su nombre, su domicilio y una orden de secuestro. Ahora tenía el rostro de la médica delante y más cansancio que rabia.
—Yo pregunté si él podía buscarme.
La doctora asintió lentamente.
—Lo recuerdo.
—Necesito saber quién entregó mis datos.
—Hay una investigación interna y tendremos que responder ante las autoridades. No voy a darle una explicación que todavía no puedo comprobar.
—Quiero copia de los consentimientos, del registro de la muestra y de cualquier acceso a mis datos —pidió Sofía.
La doctora anotó la solicitud y le dio una constancia de recepción. Por primera vez, Sofía salió de allí con algo que no dependía de la palabra de la clínica. Sofía apretó la carpeta. Prefería aquella respuesta a otra promesa que no pudiera sostenerse.
Después hablaron del embarazo. La doctora revisó los informes, completó la exploración y le explicó el seguimiento pendiente. También le ofreció opciones de apoyo psicológico. Sofía no respondió inmediatamente.
La médica esperó.
—Creo que lo necesito —dijo al fin.
• • •
El primer mensaje de Damián llegó el jueves. Sofía estaba en la cocina de Elena, cortando una pera. El teléfono vibró sobre la mesa.
¿Cómo estás?
No había escrito su nombre, pero reconoció el número que Mauricio le había dejado para cualquier asunto relacionado con sus pertenencias. Se quedó mirando la pantalla. Elena la observó desde el fregadero.
—¿Es él?
Sofía asintió. Su madre cerró la llave.
—No tienes que contestar.
—Ya sé.
Apagó la pantalla y terminó de cortar la fruta. Durante la tarde pensó en el mensaje varias veces. Recordó a Damián llorando frente a su puerta y la fotografía de su madre. Después recordó el escritorio golpeado, la camioneta y las palabras sobre el niño.
Ningún recuerdo conseguía borrar al otro. Al anochecer respondió. Estoy con mi familia. No quiero visitas. Si necesito comunicar algo, lo haré yo.
El mensaje fue leído. Pasaron varios minutos. Está bien.
Sofía dejó el teléfono. Esperó una llamada, otra pregunta, una exigencia. No llegó nada más.
• • •
Damián leyó la respuesta en el despacho. Rogelio le estaba explicando un problema cuando el teléfono se iluminó. Él levantó una mano para interrumpirlo. Después de contestar, dejó el aparato boca abajo.
—Sigue.
No escuchó todo. Pensaba en la frase de Sofía. Estoy con mi familia.
No lo incluía. El reconocimiento le produjo una punzada de enojo que apenas duró. Había esperado que dejarla salir cambiara de inmediato la manera en que ella lo miraba. Era otra forma de querer cobrar algo.
Rogelio terminó el informe.
—Aurelio volvió a preguntar por usted.
Damián asintió.
—Voy mañana.
El hombre no se retiró todavía.
—¿Y la señora?
Damián levantó la vista.
—¿Qué pasa con ella?
—¿Quiere que…?
—No.
Rogelio se quedó quieto. Damián habló más despacio.
—No quiero a nadie afuera de su casa. Ni de la de su madre. Ya te lo dije.
El hombre asintió. Cuando quedó solo, Damián abrió el cajón donde estaba el collar. Lo cerró sin sacarlo.
• • •
Sofía regresó a su departamento el sábado. Lucía la acompañó. Elena quería ir también, pero su hija le pidió que esperara en casa. Necesitaba comprobar que podía entrar sin convertir aquel regreso en otra despedida dolorosa.
La llave giró con dificultad. El departamento olía a ventanas cerradas. Sofía dejó el bolso y permaneció en medio de la sala.
Los cuadernos seguían sobre la mesa. En el refrigerador había quedado el espacio donde antes estaba el dibujo de Mateo. La planta junto a la ventana había perdido casi todas las hojas. Lucía abrió las cortinas.
—Tu mamá vino a regarla. No sabía cuánta agua ponerle.
Sofía tocó una rama seca.
—Yo tampoco acertaba siempre.
Sonrió. Después fue a su habitación. La cama estaba tendida. Una parte del armario parecía demasiado vacía por la ropa que habían sacado.
Abrió un cajón y encontró un arete que llevaba meses buscando. Lo sostuvo sobre la palma. Aquel objeto pequeño confirmó de una manera inesperada que no toda su vida había quedado en manos de Damián.
Había cosas que seguían esperándola.
• • •
Lucía preparó té mientras Sofía acomodaba los libros. Encontró la libreta de planeación y se sentó.
—Los niños quieren verte.
Sofía dejó una carpeta sobre el estante.
—Yo también quiero verlos.
—No tiene que ser ahora.
Ella miró el abdomen. Había cambiado tanto desde la última vez que entró al salón que algunos alumnos quizá no entenderían lo que estaban viendo.
—Primero necesito saber cómo volver sin asustarme cada vez que un hombre se acerque al automóvil.
Lucía asintió. No intentó decirle que eso desaparecería pronto.
—Podemos empezar por una llamada —propuso—. Si tú quieres.
Sofía pensó en Mateo levantando el cuento.
—Sí. Una llamada.
Se quedaron un rato hablando de la escuela. Por primera vez, Sofía consiguió imaginar el lunes siguiente sin ver únicamente la habitación de la casa del encino.
• • •
Esa noche recibió una fotografía. Damián había enviado una página de la antología. Debajo había escrito:
Terminé este. No entendí por qué el personaje vuelve si sabe que puede perderlo todo. Sofía reconoció el relato. Durante unos segundos sonrió.
Luego la sonrisa desapareció al darse cuenta de que estaba a punto de responder como habría respondido a cualquier persona que le pidiera hablar de un libro. Dejó el teléfono sobre la mesa. Podía contestar.
También podía no hacerlo. Fue hasta la ventana, comprobó la cerradura y volvió al sillón. El bebé se movió.
Sofía apoyó la mano y pensó en la pregunta de Damián. En lo que significaba volver. En las razones que podían llevar a alguien a elegir un lugar y en las que podían impedirle marcharse. Escribió: Tal vez cree que todavía puede cambiar algo. La historia no dice si tiene razón.
Antes de enviarlo, se quedó mirando la pantalla. Borró una frase y dejó únicamente la respuesta sobre el personaje. Si Damián quería otra conversación, tendría que preguntárselo. La envió.
Después llamó a su madre para decirle que se quedaría a dormir en su departamento.
—¿Estás segura?
Sofía miró la puerta.
—Voy a intentarlo.
Al acostarse dejó encendida la lámpara del pasillo. La puerta permaneció abierta. Y el teléfono, por primera vez en meses, quedó sobre su propia mesa de noche.