Capítulo 14 de 25

El otro lado del portón

Mauricio llegó a las nueve. Damián llevaba despierto desde antes del amanecer. Sobre el escritorio había dos tazas de café, ambas frías, y la fotografía de su madre seguía de pie junto al libro. El abogado no se sentó hasta que él se lo indicó.

—¿Qué quisiste decir anoche?

Damián miró hacia la ventana.

—Lo que dije.

—¿Va a poder irse con su hijo?

La pregunta llegó demasiado pronto. Damián sintió la resistencia conocida: el impulso de aplazar esa parte, de resolver primero el traslado y hablar después de lo demás. Mauricio esperó.

—Está embarazada —respondió él.

—Por eso lo pregunto ahora.

Damián volvió el rostro.

—No quiero que vuelva a desaparecer de mi vida.

El abogado apoyó las manos sobre la carpeta.

—Ella no apareció en tu vida por voluntad propia. La trajiste.

Damián se quedó inmóvil. Antes habría terminado la conversación. Esta vez miró la fotografía de su madre y dejó que Mauricio continuara.

—Si va a salir de aquí, tiene que saber que puede negarse a verte. Y que no vas a usar al bebé para obligarla a regresar.

—Soy el padre.

—Fuiste el donante. Ya hablamos de eso.

Damián cerró los ojos un instante. Mauricio bajó la voz.

—No puedes arreglar esto sin aceptar que hay decisiones que no te corresponden.

•  •  •

Sofía estaba terminando el desayuno cuando llamaron a su puerta. Esperaba a Teresa. Encontró a Damián y, detrás de él, a un hombre que había visto brevemente al llegar a la casa.

Se apartó apenas.

—Necesitamos hablar —dijo Damián.

Sofía miró al desconocido.

—¿Quién es?

—Mauricio Beltrán —respondió él—. Soy abogado.

Ella mantuvo una mano sobre el marco.

—¿De quién?

Mauricio no fingió confusión.

—De Damián.

Sofía miró a uno y a otro. No iba a permitir que una palabra como abogado la hiciera olvidar quién pagaba por aquella conversación.

—Pueden hablar aquí —dijo.

Damián asintió. Permanecieron en el corredor. Durante unos segundos pareció incapaz de comenzar. Sofía sintió el miedo de siempre y lo obligó a quedarse quieto dentro de su pecho.

—Vas a volver a tu casa —dijo él.

Ella no se movió. Escuchó la frase como había escuchado otras promesas: buscando lo que faltaba.

—¿Cuándo?

—Hoy, si quieres.

Sofía miró a Mauricio. El abogado sostuvo su mirada.

—Sin tener que regresar aquí para el nacimiento —añadió.

Damián tensó la mandíbula, pero no lo contradijo. Sofía llevó una mano a su abdomen.

—¿Y mi hijo?

Él tardó.

—No voy a quitártelo.

El corredor quedó en silencio. Sofía había imaginado aquella respuesta tantas veces que ahora no sabía qué hacer con ella. No sintió alegría inmediatamente.

Sintió desconfianza.

—¿Qué tengo que firmar?

Mauricio negó.

—Nada para poder salir.

Ella volvió los ojos hacia Damián.

—¿Qué quiere a cambio?

Él bajó la mirada.

—Nada.

La respuesta era pequeña. Sofía no la creyó todavía.

—¿Voy a poder hablar con la policía?

Damián alzó la cabeza. Por un instante, su expresión regresó al hombre que había golpeado el escritorio porque Elena seguía buscándola. Mauricio permaneció quieto.

Damián miró a Sofía.

—Sí.

Ella escuchó el esfuerzo que le costó.

—¿Y si no quiero verlo?

Él respiró hondo.

—No voy a obligarte.

Sofía apretó el marco hasta sentir la madera en la palma. Quería preguntar todo de una vez: si su madre estaba a salvo, si volverían a buscarla, si podía cambiar de domicilio, si habría hombres fuera de la escuela. Mauricio habló despacio.

—Puedes consultar a otra persona antes de tomar cualquier decisión. A un abogado elegido por ti. Nosotros no vamos a representarte.

Sofía asintió sin apartar la mirada de Damián.

—Quiero mi teléfono.

Mauricio habló antes de que Damián llamara a Rogelio.

—También debes saber que fui yo quien consiguió las copias de tu expediente. Pagué por acceder a información que no tenían derecho a darme.

Sofía lo miró.

—¿Y ahora espera que confíe en usted?

—No. Conservaré los documentos y los entregaré cuando los soliciten. Tu abogada podrá pedirlos sin pasar por Damián.

Ella no respondió. Memorizó aquella admisión para añadirla a su declaración.

•  •  •

Rogelio lo llevó pocos minutos después. También dejó sobre la mesa las llaves del automóvil.

—Está estacionado afuera —explicó Mauricio—. Lo trajeron desde un garaje donde lo habían guardado. Si prefieres, puede recogerlo alguien de tu confianza.

—Lucía —respondió Sofía—. Yo decidiré después si quiero conducirlo.

Sofía las reconoció de inmediato. El llavero tenía una pequeña figura de madera que uno de sus alumnos le había regalado el año anterior. Durante semanas había pensado que quizá lo habían tirado. Tomó primero el teléfono.

Lo encendió, esperó y marcó el número de su madre. Damián permanecía en la puerta. Sofía levantó la vista.

—Quiero hablar a solas.

Él se apartó. Mauricio hizo lo mismo. Cuando la puerta quedó cerrada, Sofía oyó la voz de Elena.

—¿Hija?

Se sentó en la cama.

—Mamá, voy a volver.

El silencio del otro lado fue tan brusco que temió que se hubiera cortado la llamada.

—¿Qué dijiste?

Sofía comenzó a llorar.

—Voy a volver a casa.

Elena respiró de manera entrecortada.

—¿Dónde estás? Voy por ti.

Sofía miró alrededor. La cama grande. Los libros. Los calcetines guardados.

—Todavía no sé cómo vamos a hacerlo. Te voy a llamar otra vez en unos minutos.

—No cuelgues.

Sofía cerró los ojos.

—No voy a apagar el teléfono.

Elena guardó silencio. Después respondió:

—Está bien.

•  •  •

Empacar le tomó menos de media hora. La mayor parte de la ropa no era suya y la dejó doblada sobre el sillón. Guardó la agenda, las cartas, las imágenes del embarazo y la libreta donde había registrado los días. Envolvió los calcetines en el mismo papel de seda con que habían salido de la tienda.

El dibujo de Mateo fue dentro de un libro. Teresa entró cuando Sofía cerraba el bolso. Se quedó junto a la puerta.

—Me dijeron que se va.

Sofía asintió. La mujer sonrió, pero tenía los ojos húmedos.

—Qué bueno.

Sofía se acercó y la abrazó. Teresa la sostuvo con cuidado, evitando presionar el abdomen. Ninguna habló durante unos segundos.

Al separarse, Sofía miró la habitación.

—Gracias por quedarse conmigo.

La mujer sacudió la cabeza.

—Debí hacer más.

Sofía no sabía qué responder. Había recibido ayuda de Teresa. También había aprendido cuánto miedo podía mantener a una persona obedeciendo. No necesitaba resolverlo antes de marcharse.

Le tomó las manos.

—Mi mamá va a querer saber de usted.

Teresa bajó los ojos.

—Dígale que me alegra que vuelva.

•  •  •

Damián la esperaba en el vestíbulo. No llevaba el collar ni flores. Tenía una carpeta con los estudios médicos y un sobre. Sofía miró el sobre antes de que él pudiera entregárselo.

—No.

Damián se detuvo.

—Para tus gastos.

—Hoy no.

Él lo dejó sobre una mesa. Le tendió solamente la carpeta. Sofía la recibió.

—Están las copias —dijo él—. La doctora puede hablar con la tuya.

Ella asintió. Mauricio aguardaba cerca de la entrada. Habían hablado con Elena y acordado que Sofía llegaría a un lugar público, donde su madre la esperaría acompañada de Lucía. Sofía había rechazado ir directamente a su departamento.

No quería que aquella salida dependiera de otra puerta cerrada. Damián miró el bolso.

—¿Te falta algo?

Ella recorrió el vestíbulo con la vista. Durante meses había imaginado cruzarlo sin que alguien la condujera.

—No.

Él pareció buscar otra pregunta. No la encontró.

—Sofía…

Ella esperó. Damián tenía los ojos fijos en su abdomen.

—Cuando nazca…

Se detuvo. Sofía sintió que el miedo regresaba. Él lo vio en su rostro.

—Nada —dijo—. No tienes que responder ahora.

•  •  •

La camioneta estaba junto al encino. Sofía se detuvo al verla. Su cuerpo reconoció el vehículo antes de que pudiera pensar.

Rogelio abrió la puerta trasera. Ella retrocedió un paso.

—No quiero ir en esa.

Mauricio miró a Damián. Damián cerró la puerta.

—Traigan el otro automóvil.

Nadie discutió. Mientras esperaban, Sofía permaneció bajo la sombra del árbol. La corteza estaba tibia donde llegaba el sol. Apoyó la palma una última vez.

Había pasado allí muchas horas sin poder acercarse al portón. Ahora lo veía abierto. El aire olía a tierra, gasolina y hojas húmedas.

Cuando llegó el automóvil, Mauricio se sentó delante. Sofía comprobó que podía abrir su puerta y dejó el teléfono sobre las piernas. Damián permaneció afuera. Ella lo miró a través de la ventanilla.

No sabía qué sentía por él en aquel momento. Había compasión, rabia y un agotamiento que no admitía palabras sencillas.

—No vuelva a hacerme esto —dijo.

Damián sostuvo su mirada.

—No.

El automóvil comenzó a moverse. Sofía no se volvió.

•  •  •

Elena la vio antes de que terminara de bajar. Corrió hacia ella desde la entrada de la cafetería y se detuvo apenas un instante al mirar su abdomen. Después la abrazó.

Sofía dejó caer el bolso. Sintió los brazos de su madre, el olor de su crema, la mano que le sostuvo la cabeza como cuando era niña. No consiguió decir nada.

Elena tampoco. Lucía recogió las cosas del suelo y permaneció junto a ellas, llorando en silencio. Mauricio dejó la carpeta sobre una mesa cercana.

—Voy a retirarme —dijo.

Sofía levantó el rostro. Lo vio marcharse y sintió que una parte de la casa se iba con él. Su madre le tomó las mejillas.

—Mírame.

Sofía lo hizo. Elena recorrió su rostro con los ojos, buscando heridas, cambios, señales de lo que todavía no sabía.

—Ya estás aquí.

Sofía asintió. El bebé se movió bajo la blusa. Ella llevó una mano al abdomen y tomó la de su madre.

—Aquí.

Elena apoyó la palma. Esperaron juntas.

•  •  •

Damián volvió a la habitación cuando la casa quedó tranquila. La puerta estaba abierta. Sobre el sillón permanecían las prendas que Sofía no había querido llevarse. Los jarrones habían desaparecido. En el escritorio había una marca clara donde ella colocaba la libreta.

Se acercó a la cama. No estaban los calcetines. La ausencia de aquellos objetos pequeños le hizo comprender algo que el portón abierto no había conseguido explicarle por completo.

Sofía tenía una vida a la que volver. Él había querido impedirlo porque no soportaba imaginar un hijo creciendo fuera de su alcance. Se sentó en el borde de la cama.

El teléfono vibró en su bolsillo. Era Aurelio. Damián miró la pantalla hasta que la llamada terminó.

Luego apoyó las manos sobre las rodillas y permaneció en aquella habitación vacía, escuchando los pasos del guardia que seguía en el corredor. Había dejado salir a Sofía; los demás aún esperaban sus órdenes.