Capítulo 13 de 25
Una silla frente a la puerta
La carta llegó tres días después del cumpleaños. Sofía reconoció la letra de Lucía en el sobre y sintió una alegría distinta de la que le producían los mensajes de su madre. Elena la sostenía desde el amor; Lucía podía devolverle, aunque fuera por unas páginas, la vida que había quedado suspendida en la escuela. Cerró la puerta y se sentó junto a la ventana.
Su compañera había escrito cuatro hojas. Le contaba que la suplente se llamaba Mariana, que los niños la recibieron con curiosidad y que Mateo todavía preguntaba cuándo regresaría su maestra. La visita al museo se había pospuesto. Una de las madres ofreció ayudar con los materiales de la siguiente actividad. Después venían las cosas que Lucía parecía haber dudado en incluir.
No sé cuánto de lo que te escribo llega realmente a tus manos. Tampoco sé si puedes responder con libertad. Tu mamá me enseñó tu carta. Entendimos lo que necesitabas que entendiéramos. Sofía dejó de leer. Apoyó una mano sobre el abdomen y esperó a que se le aflojara la garganta.
En la última página, Lucía había pegado una hoja pequeña. Era de Mateo.
Maestra, ya leí un cuento sin que mi mamá me ayudara. Cuando vuelva se lo leo.
Debajo había dibujado una silla. Sofía recorrió con el dedo las letras apretadas. Había errores, una palabra corregida y un renglón que descendía hacia la esquina. Quiso estar allí.
No como una idea de futuro, sino aquella misma tarde: sentarse frente al niño, escuchar dónde se detenía, verlo levantar la cabeza al terminar. Se cubrió el rostro. Durante semanas había conseguido administrar el llanto como si fuera otra tarea. Lo dejaba salir un poco, se lavaba la cara y continuaba.
Aquel día no pudo.
• • •
Damián la encontró en el jardín después de la comida. Sofía llevaba la carta doblada dentro de un libro. Tenía los ojos hinchados y estaba sentada demasiado recta, como si mantenerse así fuera la única manera de no deshacerse otra vez. Él se detuvo junto a la banca.
—¿Qué pasó?
Ella miró hacia el sendero.
—Nada que pueda arreglar con dinero.
Damián recibió la frase sin responder. Sofía volvió a abrir el libro. Él vio una esquina del dibujo.
—¿Es de tu madre?
—De la escuela.
Damián miró la hoja, pero no extendió la mano.
—¿Te escribieron los niños?
—Uno.
Ella mantuvo los ojos en el papel. Después de un rato, Damián preguntó:
—¿Qué dice?
Sofía se lo tendió. Él lo recibió con cuidado y comenzó a leer en silencio. Tardó.
Sofía no lo apuró ni fingió no darse cuenta. Esperó mirando las hojas del encino. Cuando terminó, Damián observó la silla.
—¿Por qué dibujó esto?
—Porque quiere leerme sentado enfrente.
Él devolvió la hoja.
—Puede mandarte el cuento.
Sofía levantó la vista.
—Quiero escucharlo.
Damián miró hacia la casa. Ella guardó el papel.
—Hay cosas que necesitan que una persona esté allí.
• • •
Esa noche, Damián permaneció en el despacho hasta tarde. Había rechazado una invitación y enviado a Lorena un mensaje breve para que no fuera a la casa. No quería música ni conversaciones que le exigieran sonreír. Abrió la antología.
La página donde había marcado desamparo seguía señalada. Intentó leer, pero la frase de Sofía regresaba cada vez que perdía el renglón. Hay cosas que necesitan que una persona esté allí.
Su madre lo esperaba despierta cuando él volvía. A veces encontraba apagada la luz de la habitación, pero en cuanto entraba escuchaba su voz.
—¿Ya llegaste?
Él respondía desde el corredor. Después buscaba comida, se lavaba y caía dormido sin contarle el día. Durante años había recordado aquella pregunta como una molestia. Su madre no podía hacer nada para ayudarlo y, sin embargo, necesitaba confirmar que seguía allí.
Ahora imaginó la casa en silencio. Una mujer sin poder levantarse, escuchando los pasos de otros y esperando reconocer los suyos. Cerró el libro.
Fue hasta el corredor de Sofía. La puerta estaba cerrada. Llamó una vez.
• • •
Ella tardó en abrir. Llevaba una bata sobre el camisón y tenía el cabello suelto. Al verlo, mantuvo una mano en el borde de la puerta.
—¿Qué necesita?
Damián miró hacia el interior.
—Hablar.
Sofía no se apartó. Él parecía cansado. No había bebido, al menos no lo suficiente para que ella lo notara, pero tenía los ojos enrojecidos.
—Es tarde —dijo.
Damián asintió. Por un instante pensó en insistir. Luego miró una silla colocada junto a la pared del corredor y se sentó.
Sofía permaneció de pie.
—No voy a entrar —dijo él.
Ella lo observó antes de salir y dejar la puerta apenas abierta detrás de sí. No se sentó. Damián apoyó los antebrazos sobre las piernas.
—Mi madre sabía que yo estaba haciendo cosas.
Sofía guardó silencio.
—Al principio no. Después sí.
Él se frotó las manos.
—Nunca me preguntaba de dónde venía todo. Pero lo sabía.
—¿Se lo dijo alguna vez?
Damián negó. Después corrigió:
—Una vez.
Miró hacia el extremo del corredor.
—Me pidió que dejara de llevarle dinero.
• • •
Sofía se apoyó ligeramente en el marco. Damián continuó sin mirarla.
—Yo había comprado una cama. La que tenía era vieja, se hundía de un lado. También pagué para que arreglaran el techo.
Hizo una pausa.
—Pensé que iba a estar contenta.
—¿Qué le dijo?
Él tragó saliva.
—Que prefería volver a mojarse cuando lloviera.
Sofía bajó los ojos. Damián se quedó mirando sus zapatos.
—Me enojé. Le dije que no sabía agradecer. Que yo era el que había hecho todo desde niño.
La casa estaba silenciosa. A lo lejos se escuchó una puerta y después nada.
—Le dije que si hubiera hecho algo con mi padre, yo no tendría que estar haciendo aquello.
Sofía levantó la mirada. Él no intentó sostenerla.
—¿Qué respondió?
Damián tardó.
—Nada.
La palabra salió casi sin voz. Sofía esperó.
—Lloró —añadió él—. Y yo me fui.
• • •
Damián se pasó una mano por la cara.
—Mi padre hacía lo que quería con ella. A cualquier hora. Yo escuchaba.
Sofía sintió que se le tensaban los hombros. Él respiró de manera irregular, buscando cómo continuar.
—Una vez intenté meterme. Me pegó contra una pared. Mi madre se puso delante de mí y le pidió que me dejara.
Sus manos se cerraron.
—Después yo solo quería que se fuera. Que ella hiciera algo. Que alguien lo sacara de la casa.
Sofía miró al hombre sentado frente a su puerta y trató de imaginar al niño sin convertir aquella imagen en una absolución.
—Ella se puso delante de usted —dijo despacio.
Damián alzó la cabeza.
—No alcanzó.
—No. Pero trató de protegerlo.
Él abrió la boca y volvió a cerrarla. Sofía apoyó una mano bajo su abdomen.
—Su padre podía hacerle daño a los dos. Su madre no tenía el poder de él.
Damián negó una vez, casi por costumbre. Después dejó de moverse. La mirada se le llenó de lágrimas.
• • •
Sofía no se acercó. Lo vio llorar inclinado hacia delante, con una mano sobre los ojos, intentando contener un sonido que parecía avergonzarlo. Nadie más salió al corredor.
Durante unos minutos, Damián dejó de hablar. Ella tampoco llenó el silencio. Finalmente, él murmuró:
—Se me murió pensando que yo la odiaba.
Sofía sintió un dolor profundo, pero no tenía forma de saber qué había pensado aquella mujer.
—No puedo decirle eso.
Damián se secó el rostro.
—Se lo dije.
Ella permaneció quieta. Él levantó los ojos.
—Le dije que la odiaba.
Sofía miró hacia su habitación. Sobre el escritorio descansaban las cartas de Elena. Pensó en la facilidad con que una frase podía quedarse viviendo dentro de alguien mucho después de haber sido pronunciada.
—Eso debió lastimarla —dijo.
Damián bajó la cabeza. Ella no suavizó la respuesta.
—Y a usted también le sigue haciendo daño.
Él respiró hondo.
—No sé qué hacer con eso.
Sofía tardó antes de contestar.
—Yo no sé cómo ayudarlo a resolverlo. Necesita hablar con alguien que sepa hacerlo.
Damián la miró sin responder.
• • •
Al cabo de un rato se levantó. Sofía dio un paso hacia la puerta. Él notó el movimiento y se detuvo.
—No quiero que mi hijo me tenga miedo.
Ella sintió al bebé acomodarse dentro de su abdomen. Era una frase que deseaba escuchar. No bastaba.
—Entonces va a tener que cambiar lo que hace.
Damián sostuvo su mirada. Sofía continuó:
—Hoy puede hablarme así. Mañana puede volver a gritar porque alguien hizo una pregunta que no le gustó. Yo no sé cuál de los dos va a aparecer.
Él apartó los ojos.
—No voy a hacerte nada.
Sofía apretó el marco.
—Ya me hizo algo.
Damián volvió a mirarla. Ella no levantó la voz.
—Estoy aquí. Mi madre sigue buscándome. Usted todavía dice que va a quitarme a mi hijo.
El silencio fue distinto al anterior. Sofía siguió en el umbral. Él podía contarle todo aquello y dejarla encerrada después; necesitaba saber si esa noche volvería a hacerlo.
• • •
Él retrocedió hasta la silla, pero no se sentó. Miró la puerta de Sofía y luego el corredor que conducía al resto de la casa. Por primera vez pareció ver lo que significaba haber elegido aquella habitación para ella.
—Buenas noches —dijo.
Sofía asintió. Entró y cerró. No giró el pestillo hasta que escuchó sus pasos alejarse.
Después se sentó en la cama. Estaba conmovida por lo que había oído y cansada de tener que defender, incluso ante las lágrimas de él, la realidad de su propio dolor. Sacó la libreta.
Escribió: Esta noche lloró por su madre. Más abajo añadió:
Le recordé por qué lloro yo.
• • •
Damián no volvió al despacho de inmediato. Entró en la cocina, bebió agua y se quedó apoyado en la mesa donde Teresa había hablado de su hija. Pensó en otra llamada, más libros, un paseo sin vigilancia. Había concedido cosas parecidas y seguía oyéndola pedir que la dejara salir.
Subió al despacho y tomó el teléfono. Mauricio respondió con voz de sueño.
—¿Pasó algo?
Damián miró la fotografía de su madre.
—Mañana necesito verte.
—¿Por la investigación?
Él tardó unos segundos.
—Por Sofía.
Mauricio guardó silencio. Damián sostuvo el teléfono con más fuerza.
—Quiero saber qué tengo que hacer para que vuelva a su casa.
Del otro lado no hubo una respuesta inmediata. Esta vez Damián no se irritó. Esperó.