Capítulo 12 de 25
El cumpleaños que faltaba
Sofía cumplió cuarenta años un martes, durante la semana veintiuno de embarazo. Lo supo antes de abrir los ojos, porque llevaba varios días intentando no pensar en la fecha. En su casa habría encontrado un mensaje de Elena enviado demasiado temprano. Su madre nunca esperaba a que amaneciera para felicitarla. Después vendría una llamada de Lucía, probablemente mientras ambas se preparaban para salir.
En la escuela, alguien descubriría la fecha y los alumnos cantarían con más entusiasmo que afinación. Sofía permaneció acostada, escuchando la casa. No había mensajes.
Su teléfono seguía lejos. Se incorporó y apoyó la mano sobre el abdomen. El bebé se movió apenas, como una respuesta que no dependía de permisos.
—Hoy tu mamá cumple años.
La frase le produjo una emoción inesperada. Nunca se había llamado a sí misma así. Tu mamá.
Se quedó un rato con esas palabras antes de levantarse.
• • •
Teresa llegó con el desayuno y un pequeño plato aparte. Sobre él había una rebanada de pastel y una vela apagada. Sofía miró a la mujer.
—¿Cómo supo?
—Su mamá lo escribió en la última carta.
Teresa dejó la bandeja y buscó una caja de cerillos en el bolsillo del delantal.
—No sabía si le gustaba de chocolate.
Sofía asintió. Tenía la garganta cerrada. La llama tembló entre ambas.
—Pida algo —dijo Teresa.
Sofía miró la puerta. No necesitaba escoger. Cerró los ojos y sopló.
Cuando los abrió, la mujer tenía una mano apoyada sobre el borde de la mesa.
—Feliz cumpleaños.
Sofía se levantó y la abrazó. Fue un gesto breve, pero Teresa tardó en separarse.
—Gracias —susurró Sofía.
La mujer recogió la caja de cerillos.
—Hoy va a hablar con su mamá.
Sofía limpió una lágrima con el pulgar.
—¿A qué hora?
—Voy a preguntar.
• • •
Damián se enteró por la vela. Entró en la cocina para pedir café y vio a Teresa guardando lo que quedaba del pastel.
—¿Qué celebraron?
La mujer cerró el recipiente.
—El cumpleaños de Sofía.
Él se quedó junto a la mesa.
—¿Hoy?
—Hoy.
Damián miró hacia el corredor. Sabía su edad desde antes de secuestrarla. La había leído en un expediente, junto al domicilio, la profesión y los antecedentes médicos. No había pensado que aquella cifra cambiaba en un día concreto.
—¿Qué le dieron?
Teresa lo observó.
—Pastel.
Damián sacó el teléfono. Pidió una llamada, luego otra. Habló de flores, de un paquete que debía llegar antes de la tarde y de una comida distinta. Teresa esperó a que terminara.
—Quería hablar con su madre.
Él guardó el aparato.
—Que hable.
—¿A solas?
Damián la miró. La mujer no bajó los ojos.
—Sí —respondió al fin.
• • •
Elena contestó llorando. Sofía reconoció de inmediato el esfuerzo que había hecho por contenerse hasta escucharla.
—Feliz cumpleaños, mi niña.
Se sentó en la cama con el teléfono junto al oído.
—Gracias, mamá.
—Cuarenta.
Elena soltó una risa pequeña.
—No sé cómo pasó tanto tiempo.
Sofía miró sus rodillas.
—Yo tampoco.
Su madre le contó que había preparado arroz con leche, aunque no sabía qué hacer con una olla entera. Lucía pasaría después de la escuela. Había comprado una vela, la misma que ponía sobre cualquier postre desde hacía años. Sofía cerró los ojos. Podía ver la cocina.
El plato de cerámica. La olla enfriándose. Su madre buscando los cerillos en un cajón desordenado.
—Guárdame un poco —dijo.
Elena guardó silencio.
—Te guardo.
Hablaron casi una hora. Sofía no le contó que había llorado al despertar ni que había pedido irse al apagar una vela. Le habló del bebé, de los nombres que estaba considerando y de una novela que acababa de terminar.
Elena le contó cosas pequeñas para sostener la conversación: una planta que finalmente había florecido, la visita de una sobrina, la vecina que seguía preguntando por ella. Al despedirse, su madre habló despacio.
—Tu lugar está aquí, Sofía. No importa cuánto tiempo pase.
Ella apretó el teléfono.
—Lo sé.
• • •
Las flores llegaron después del mediodía. Eran tantas que Teresa tuvo que pedir ayuda para colocar los jarrones. Había rosas blancas, ramas verdes y un arreglo que ocupó casi toda la mesa. Sofía observó cómo los distribuían.
Luego entró un hombre con una caja. La dejó sobre el sillón y salió sin decir nada. Damián apareció unos minutos después.
—¿Te gustaron?
Sofía lo miró.
—Son muchas.
Él hizo un gesto hacia la caja.
—Ábrela.
Dentro había un collar. La piedra del centro reflejó la luz cuando Sofía levantó la tapa. No supo cuánto podía costar, pero entendió que era más dinero del que ella habría gastado en una joya. Damián esperaba una reacción.
Sofía volvió a cerrar la caja.
—No puedo aceptarlo.
La expresión de él cambió.
—Es un regalo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué problema tienes?
Sofía apoyó la caja sobre la mesa, entre dos jarrones.
—No quiero que esto se vuelva una manera de hacer como si estuviera aquí porque me gusta.
Damián miró el collar cerrado.
—Siempre tienes algo que decir.
Ella sintió el impulso de disculparse. Lo dejó pasar.
—Me preguntó si me gustaba.
Él caminó hacia la ventana.
—Podrías aceptar algo sin discutir.
Sofía permaneció de pie junto a la mesa.
—Podría. Pero después usted podría pensar que ya estamos bien.
Damián se volvió.
—No dije eso.
—Yo necesito decirlo.
• • •
La habitación olía demasiado a flores. Sofía abrió un poco la ventana. El aire fresco no alcanzó a disipar el perfume, pero le permitió respirar mejor. Damián miró los jarrones como si también empezaran a incomodarlo.
—¿Qué querías?
Ella lo observó.
—Ir a mi casa.
Damián apartó la vista. Sofía vio cerrarse otra vez la conversación antes de que él hablara.
—Ya sabes que no.
Ella asintió lentamente. Permaneció junto a la cama, sin abrir de nuevo la caja.
—Entonces no me pregunte como si pudiera elegir cualquier cosa.
Damián se llevó una mano a la nuca. Durante unos segundos, pareció cansado. Sofía también lo estaba. Cumplía cuarenta años rodeada de flores elegidas por alguien que había decidido que no vería a su madre.
Se sentó en el borde de la cama.
—No necesito que me compre algo mejor —dijo—. Necesito que entienda por qué nada de esto reemplaza lo que me quitó.
Él miró la puerta. Luego la caja. No recogió el collar al salir.
• • •
Por la tarde, Sofía pidió que retiraran casi todos los arreglos. Conservó un jarrón pequeño junto a la ventana. No quería marchitar las flores por rabia ni quedarse sin espacio para trabajar. Teresa la ayudó.
—¿También la caja?
Sofía asintió. La mujer la tomó sin preguntar. Cuando terminaron, la habitación volvió a parecerse a la que Sofía había organizado durante aquellas semanas.
Libros sobre el escritorio. La carta de Elena dentro de la agenda. Los calcetines guardados en un cajón. Objetos modestos que podía reconocer como suyos. Afuera, el encino proyectaba una sombra larga.
Sofía pidió salir. Se sentó en la banca y abrió la libreta. No escribió la fecha de inmediato.
Miró el jardín, el guardia y las ventanas de la casa. Después anotó: Cuarenta años.
Se quedó pensando en la mujer que había sido un año antes. Había creído que lo más difícil sería decidir si intentaba tener un hijo sola. Ahora deseaba que le permitieran volver a esa vida que algunos habían descrito como incompleta.
• • •
Damián encontró el collar en su despacho. Teresa lo había dejado junto a la bandeja del café. No preguntó por qué.
Abrió la caja y observó la piedra. Había comprado regalos similares muchas veces. Solían producir sonrisas, besos o preguntas sobre cuándo habría otro. Con Sofía no había conseguido siquiera que se lo probara.
Al principio sintió enojo. Después recordó su rostro al decir que quería volver a casa. No había dramatismo en su voz.
Solo una petición que él llevaba meses negando. Miró la fotografía de su madre. Pensó en las veces que había llegado con dinero y esperado que eso la tranquilizara. En los medicamentos, en la comida, en una silla nueva que compró cuando empezó a ganar más.
Ella agradecía todo. Pero algunas noches le pedía que se sentara un rato. Él siempre tenía prisa.
Cerró la caja.
• • •
Al anochecer encontró a Sofía todavía en el jardín. No se sentó. Se quedó a cierta distancia, con las manos vacías.
—¿Ya comiste?
Ella levantó la vista.
—Todavía no.
Damián asintió. El guardia estaba cerca de la terraza. Una luz acababa de encenderse sobre el sendero.
—No voy a traerte más cosas sin preguntarte —dijo.
Sofía cerró la libreta.
—Está bien.
Él pareció esperar algo más. No llegó. Damián miró hacia el árbol.
—¿Qué hacía tu madre en tus cumpleaños?
Sofía tardó en responder.
—Arroz con leche.
Él volvió el rostro.
—¿Eso?
—Eso. Y me llamaba antes de que amaneciera.
Damián bajó los ojos. Podía conseguir postres de cualquier restaurante. Podía ordenar que prepararan arroz con leche en la cocina. Abrió la boca para ofrecer que lo prepararan. Al ver los ojos de Sofía, dejó la frase sin decir.
—Feliz cumpleaños, Sofía.
Ella lo observó. Había pronunciado su nombre sin convertirlo en una advertencia.
—Gracias.
Damián se marchó. Sofía permaneció unos minutos más en la banca, sintiendo al bebé moverse bajo la mano. Antes de volver a la habitación, añadió una línea en la libreta:
Hoy dejó de insistir con el regalo. Todavía no ha escuchado lo que de verdad le pedí.