Capítulo 11 de 25

El nombre que todavía no tenía

En la semana veinte, Sofía sintió moverse al bebé mientras doblaba una blusa. No fue un golpe. Fue una sensación leve, tan breve que se quedó quieta esperando que regresara.

Dejó la ropa sobre la cama y apoyó la palma bajo el ombligo. Nada. Durante las últimas semanas había tratado de distinguir cada cambio de su cuerpo. La doctora le había explicado que al principio podía resultar difícil reconocer los movimientos, especialmente en un primer embarazo.

Se sentó. Esperó unos minutos con los pies apoyados en el suelo. Entonces volvió a sentirlo.

Una pequeña presión desde dentro. Sofía dejó escapar una risa que se convirtió en llanto antes de terminar.

—Ya te sentí.

Se secó los ojos con el dorso de la mano. No quería llamar a nadie todavía. Quería quedarse un momento con aquella novedad, reconocerla sin preguntas ni miradas ajenas.

Miró el dibujo de Mateo, sujeto ahora junto al escritorio. Por primera vez, el niño de la hoja le pareció menos imaginario.

•  •  •

Cuando Teresa entró con la comida, encontró a Sofía sonriendo. La mujer dejó la bandeja.

—¿Qué pasó?

Sofía llevó una mano al abdomen.

—Se movió.

Teresa abrió los ojos y sonrió también.

—¿Ahora?

—Hace un rato. Dos veces.

La mujer acercó una silla.

—Con mi hija yo creía que eran cosas del estómago. Hasta que un día ya no hubo duda.

Sofía se rio. Era una conversación sencilla, de las que habría tenido con su madre en la cocina o con Lucía antes de entrar al salón. Le preguntó a Teresa cuánto tardó en reconocer los movimientos de su hija. La mujer empezó a contárselo y Sofía pudo volver a reír.

—Quiero llamar a mi mamá.

—Hoy le toca.

Sofía miró hacia la puerta. Habían pasado de llamadas concedidas después de una discusión a dos conversaciones por semana. Siempre con un teléfono que retiraban al terminar y un tiempo que alguien más decidía. Elena había aprendido a no desperdiciar los primeros minutos preguntando dónde estaba. Sofía había aprendido a escuchar las noticias que su madre podía contar sin ponerlas a ambas en peligro.

En cada despedida repetían lo mismo.

Aquí seguimos.

Damián supo del movimiento antes de verla. Teresa se lo contó al preguntarle si podían adelantar la llamada. Él dejó el bolígrafo sobre los documentos.

—¿Ya se mueve?

—Eso dijo.

Damián miró la ecografía apoyada junto a la fotografía de su madre. Había otras imágenes más recientes, pero conservaba aquella primera. La figura pequeña le seguía pareciendo insuficiente para explicar que ahora algo se moviera dentro de Sofía.

—Dale el teléfono.

Teresa asintió. Cuando llegó a la puerta, él añadió:

—No le cortes la llamada.

La mujer lo observó un instante.

—Está bien.

Damián volvió a los documentos. Leyó dos veces el mismo párrafo sin comprenderlo.

•  •  •

Elena lloró al escuchar la noticia.

—¿Cómo se sintió?

Sofía trató de explicarlo y terminó riéndose de su propia descripción.

—Como si alguien hubiera empujado muy poquito desde dentro.

—Ya empezó a hacerse notar.

Sofía bajó los ojos hacia su abdomen.

—Sí.

Hablaron del calor, de una blusa que Elena había usado durante su embarazo y que todavía guardaba, y de lo difícil que le resultaba a Sofía dormir de corrido. Después su madre guardó silencio.

—¿Te están tratando mejor?

La pregunta borró parte de la alegría. Sofía miró la puerta. No veía a nadie, pero tampoco sabía si podía hablar sin que la escucharan.

—Algunas cosas han cambiado.

—¿Puedes salir?

—Al jardín.

Elena tardó en responder.

—Entonces todavía no.

Sofía sintió un nudo en la garganta.

—Todavía no.

Su madre respiró hondo.

—No quiero que olvides que tu casa sigue aquí.

Sofía cerró los ojos.

—No lo olvido.

Cuando terminaron, había pasado casi media hora. Nadie había golpeado la puerta. Al entregar el teléfono, le costó menos dejar de llorar que en las llamadas anteriores.

•  •  •

La consulta de esa semana se realizó en una sala que habían acondicionado dentro de la casa. La doctora Herrera explicó que necesitaba revisar con detalle el crecimiento y la anatomía del bebé. Llevó un equipo distinto y estuvo acompañada por una especialista. Sofía hizo preguntas antes de recostarse.

Quiso saber quién conservaría los resultados y pidió que enviaran copia a su médica habitual. La doctora miró hacia la puerta. Damián estaba allí, esperando.

—Se hará —dijo él.

Sofía sostuvo su mirada.

—A la doctora Valdés. No solamente a usted.

Él asintió. La especialista encendió el equipo. Damián no entró hasta que Sofía aceptó que permaneciera en una silla, como en la revisión anterior.

Durante un buen rato, las médicas hablaron entre sí y le explicaron lo que iban observando. Sofía escuchaba, hacía alguna pregunta y procuraba no interpretar los silencios de concentración como señales de peligro. Damián permanecía inclinado hacia delante. Cuando la especialista terminó una parte de la revisión, volvió el rostro hacia Sofía.

—¿Quiere saber el sexo?

Ella miró la pantalla. Había pensado en aquello muchas veces. En su casa tenía una lista breve de nombres, escrita antes de la inseminación. Ninguno le parecía ahora completamente adecuado.

—Sí.

La médica señaló una zona de la imagen.

—Parece que es un niño.

Damián soltó el aire con fuerza. Sofía lo miró. Él tenía una sonrisa que no había visto antes: abierta, sorprendida, casi torpe.

La alegría de ella llegó acompañada por el recuerdo de sus primeras palabras. El niño se queda. Se llevó una mano al pecho.

La doctora Herrera lo notó.

—¿Está bien?

Sofía asintió.

—Sí. Necesito un momento.

•  •  •

Después de la consulta, Damián caminó a su lado hasta el jardín. Llevaba las imágenes dentro de una carpeta.

—Un varón —dijo.

Sofía se detuvo junto a la banca.

—Un bebé.

Él la miró.

—Eso dije.

—No.

Damián dejó de sonreír. Sofía tenía el abdomen cubierto por una blusa clara. Bajo la tela, la curva era ya visible sin que necesitara girarse de perfil.

—No es un hombre que viene a ocupar su lugar —continuó—. No va a entender qué quiere usted de él. Va a tener hambre, sueño y miedo. Va a necesitar que lo carguen.

Damián apretó la carpeta.

—Ya sé que no va a nacer grande.

Sofía sostuvo su mirada.

—A veces habla como si fuera a hacerlo.

Él apartó los ojos hacia el encino. Durante unos segundos, ninguno dijo nada. Luego Damián preguntó:

—¿Has pensado cómo llamarlo?

La pregunta la tomó desprevenida.

—Sí.

—¿Qué nombre?

Sofía se sentó despacio.

—Todavía no decido.

Él ocupó el otro extremo de la banca.

—Damián.

Ella volvió el rostro.

—¿Quiere ponerle su nombre?

—Es mi hijo.

Sofía sintió que la conversación regresaba al mismo lugar de siempre.

—No le pregunté quién cree que es.

Damián hizo un gesto de impaciencia.

—¿Qué tiene de malo?

Sofía miró la carpeta sobre sus piernas. Podía darle una respuesta que lo enfureciera. Podía decir que no quería llamarlo con el nombre del hombre que la mantenía encerrada. Eligió hablar del niño.

—Quiero que tenga algo propio desde el principio.

Damián la observó.

—Un nombre no cambia la sangre.

—No. Pero tampoco tiene que recordarle todos los días lo que otros esperan de él.

Él guardó silencio.

•  •  •

Una ráfaga movió las hojas sobre la banca. Sofía acomodó la blusa y sintió otra vez aquella presión leve. Se quedó quieta.

Damián vio el cambio en su expresión.

—¿Qué pasó?

Ella sonrió sin mirarlo.

—Se movió.

Él bajó los ojos hacia su vientre. Su primera reacción fue acercar la mano. Sofía se apartó.

El movimiento de ambos quedó detenido a mitad de camino. Damián retiró el brazo lentamente.

—No iba a hacerte nada.

Ella lo miró.

—No quiero que me toque sin preguntarme.

Él cerró la mano sobre su rodilla. Por un momento pareció ofendido. Después bajó la vista.

—¿Puedo?

Sofía escuchó la pregunta. También escuchó todo lo que todavía no había cambiado. Negó con suavidad.

—Hoy no.

Damián apretó la mandíbula. Ella esperó el reproche. No llegó.

Él permaneció sentado, mirando el sendero. Sofía tardó varios segundos en recuperar la respiración. Había dicho que no.

Por una vez, ese no no había traído una amenaza.

•  •  •

Teresa encontró a Damián en la cocina al anochecer. Era extraño verlo allí. Por lo general pedía lo que quería sin abandonar el despacho. Estaba mirando una taza, aunque no había servido nada.

—¿Necesita algo? —preguntó.

Él negó. Después dijo:

—Cuando tu hija era pequeña, ¿se asustaba de ti?

Teresa dejó el paño sobre la mesa.

—A veces se asustaba si yo levantaba la voz.

Damián giró la taza entre las manos.

—¿Y qué hacías?

—Bajaba la voz.

Él no la miró.

—¿Así de fácil?

Teresa pensó antes de responder.

—No siempre. A veces ya la había lastimado. Entonces tenía que escucharla y pedirle perdón.

Damián dejó la taza. Parecía molesto, aunque no con ella.

—Sofía se aparta aunque no vaya a tocarla.

Teresa sintió que debía medir la respuesta. Miró sus manos antes de hablar.

—No sabe qué va a hacer usted.

Él alzó la cabeza. La mujer sostuvo la mirada.

—Eso la asusta.

Damián permaneció inmóvil. Luego salió de la cocina sin pedir nada. Sofía estaba preparando una nueva lista de nombres cuando llamaron a la puerta.

No era la hora de la cena. Guardó la libreta donde registraba los días y abrió apenas. Damián esperaba en el corredor.

Llevaba una de las imágenes de la consulta.

—Te faltó esta.

Sofía la recibió.

—Gracias.

Él miró hacia el interior, pero no intentó entrar. Sobre la mesa había una hoja con nombres. Alcanzó a leer uno.

—Mateo.

Sofía siguió su mirada.

—Es una posibilidad.

Damián bajó los ojos a la imagen que ella sostenía.

—¿Por tu alumno?

—También porque me gusta.

Él asintió despacio. No parecía dispuesto a discutirlo. Sofía esperó.

Damián se movió como si fuera a marcharse y volvió a detenerse.

—Lo de esta tarde…

Ella apretó el borde de la puerta. Él buscó las palabras.

—Debí preguntar antes.

Sofía lo observó en silencio.

—Sí —respondió.

Damián asintió otra vez. Se fue sin añadir nada. Sofía cerró y giró el pestillo.

Luego regresó a la mesa. Miró el nombre escrito en la hoja y puso una mano sobre el abdomen. El bebé seguía sin conocer nada de aquella casa.

Ella quería conservarle esa posibilidad: llegar al mundo sin que su nombre fuera ya una orden. Debajo de la lista escribió: Todavía podemos elegirlo.