Capítulo 10 de 25

La fotografía del cajón

Las semanas comenzaron a distinguirse por las citas médicas. Sofía las marcaba en la libreta con un círculo pequeño. Después anotaba cuánto había podido dormir, lo que le había explicado la doctora y las llamadas que le permitían hacer.

En la semana catorce, las náuseas habían disminuido. El abdomen empezaba a notarse bajo algunas blusas y ya no podía abrochar con comodidad uno de los pantalones que le habían traído de casa. Se miró de perfil en el espejo del baño. Apoyó la mano sobre la curva incipiente.

Había días en que conseguía disfrutar de aquel cambio durante unos segundos, antes de recordar la habitación, el guardia y la amenaza que seguía sin retirarse. No quería que Damián le quitara también esos segundos. Por eso los buscaba.

Se sentaba al sol, leía en voz baja y contaba al bebé cosas que nadie más necesitaba escuchar: el nombre de su abuela, el ruido de la lluvia sobre el patio de la escuela, la manera en que su madre cortaba la fruta y apartaba para ella los trozos más dulces. Una mañana le habló de Mateo.

—Cuando te dibujó, todavía no sabía que existías.

Se quedó mirando la hoja. Después sonrió por primera vez en varios días.

•  •  •

Damián pasó aquella semana sin organizar fiestas. No había dado ninguna explicación. Lorena llamó, discutió con él por teléfono y dejó de hacerlo durante tres días. Otras mujeres siguieron enviando mensajes que Damián contestaba tarde o no contestaba.

Sofía no interpretó el silencio como un cambio hecho por ella. Tal vez tenía problemas. Tal vez no quería visitas mientras Aurelio estuviera pendiente de la casa.

Lo único que sabía era que podía dormir mejor. Una tarde encontró la antología sobre la mesa de su habitación. Dentro había un separador colocado a la mitad. Teresa la había dejado junto a una jarra de agua.

—¿Terminó de verla? —preguntó Sofía.

—No me dijo.

Sofía abrió por la página marcada. Había una palabra encerrada en un círculo de lápiz. Desamparo.

No había notas alrededor. La observó un momento y cerró el libro.

•  •  •

Al día siguiente, Teresa le pidió que la acompañara a la biblioteca. Era una habitación pequeña junto al despacho, con estantes que parecían haber sido llenados por alguien encargado de decorar. Había colecciones completas, libros sobre caballos y varias enciclopedias todavía rígidas.

—El señor dijo que puede escoger los que quiera —explicó Teresa.

Sofía recorrió un estante. Algunos volúmenes conservaban etiquetas de precio. Otros tenían polvo entre las páginas.

—¿Los ha leído alguien?

Teresa sonrió apenas.

—Yo no.

Sofía sacó una novela y la hojeó. En el pasillo se escuchó una puerta. Damián apareció con unos documentos en la mano.

La vio frente a los estantes y se detuvo.

—¿Encontraste algo?

—Estoy viendo.

Él dejó los papeles sobre una mesa cercana. Teresa recogió una caja vacía y salió. Sofía siguió mirando los libros, aunque ya no estaba leyendo los títulos.

Damián permanecía junto a la puerta.

—¿Qué significa? —preguntó al fin.

Ella se volvió.

—¿Qué cosa?

Él señaló la antología que Sofía llevaba bajo el brazo.

—La palabra que marcaste tú.

Sofía frunció el ceño.

—Yo no la marqué.

Damián miró el libro y comprendió demasiado tarde que había dejado el círculo. Se le endureció la expresión.

—No importa.

Sofía reconoció el impulso de cerrarse que había visto aquella noche en la banca.

—Desamparo —dijo—. Es cuando alguien se encuentra sin ayuda o sin protección.

Él no respondió. Sofía guardó la novela en el estante.

—Depende también de cómo se usa en la historia.

Damián bajó los ojos hacia el libro.

—Ya.

Ella no añadió nada. No quiso convertir una pregunta en una lección que él no había pedido. Antes de salir, dejó la antología sobre la mesa.

—Puede seguir leyéndola —dijo—. Devuélvamela cuando termine.

Damián acercó el libro, sin levantar todavía la vista.

•  •  •

Cuando salió de la biblioteca, vio que la puerta del despacho estaba entreabierta. Sobre el escritorio había una fotografía. No era la ecografía.

Sofía distinguió a una mujer sentada junto a una ventana y, a su lado, un muchacho de cabello oscuro. Damián siguió la dirección de su mirada. Entró rápidamente y tomó la imagen.

Sofía se detuvo en el pasillo.

—No estaba revisando sus cosas.

Él sostuvo el marco sin contestar. La mujer de la fotografía tenía las manos sobre una manta. El muchacho apoyaba un brazo en el respaldo de su silla, con una seriedad impropia de su edad. Sofía reconoció algo en sus ojos.

—¿Es usted?

Damián dejó la fotografía sobre el escritorio, boca abajo.

—Tenía dieciséis.

Ella miró el marco.

—¿Su mamá?

Él asintió. Sofía miró el marco. No lo había visto antes entre los objetos del despacho.

—¿Vive? —preguntó.

Damián negó con la cabeza. Sofía permaneció junto a la puerta.

—Lo siento.

Él se sentó. No le pidió que se marchara.

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Durante un rato solo se oyó el motor de una máquina trabajando en el jardín. Sofía podía volver a su habitación. Había aprendido a retirarse antes de que Damián sintiera que había dicho demasiado. Pero él giró el marco y lo acercó al borde del escritorio.

—No se levantaba.

Sofía miró la fotografía otra vez. La manta cubría las piernas de la mujer.

—¿Estaba enferma?

Damián pasó un dedo sobre una esquina del marco.

—Mi padre la dejó así.

La frase salió seca. Sofía no dijo nada. Él continuó mirando la imagen.

—Una noche se puso peor que otras. Yo estaba ahí.

Se detuvo. La mandíbula se le movió como si tuviera algo entre los dientes.

—Después se fue.

Sofía acercó la silla, pero no se sentó hasta que él levantó brevemente la vista.

—¿Cuántos años tenía usted?

—Ocho.

La cifra quedó suspendida entre ambos. Era la edad de muchos de sus alumnos. Sofía pensó en sus manos pequeñas, en sus mochilas, en la manera en que buscaban a un adulto cuando algo se rompía o alguien los lastimaba.

—¿Alguien los ayudó?

Damián soltó aire por la nariz.

—A ratos.

Miró hacia la ventana.

—Una vecina iba. Nos llevaba comida cuando podía. Después yo conseguí trabajo.

Sofía sintió la necesidad de preguntar quién le había dado trabajo a un niño tan pequeño, pero no interrumpió.

—Cargaba cosas. Limpiaba. Hacía lo que me dijeran.

Él volvió a tocar el marco.

—Mi madre lloraba cuando llegaba con dinero.

•  •  •

—¿Por qué cree que lloraba? —preguntó Sofía.

Damián alzó la cabeza.

—Porque nunca alcanzaba.

Ella esperó. Él apartó la mirada.

—Porque yo llegaba sucio. Cansado. A veces con las manos abiertas.

Sofía observó las manos que descansaban sobre el escritorio. Eran grandes, con cicatrices pequeñas cerca de los nudillos.

—Tal vez también porque no quería esa vida para usted.

Damián endureció el rostro.

—Pues pudo haber hecho algo antes.

Sofía se quedó quieta. Él continuó:

—Todos sabían cómo era mi padre. Ella también. Y ahí seguía.

La voz empezó a subir.

—Después ya no pudo hacer nada. Pero antes sí podía caminar. Antes podía abrir la puerta.

Sofía lo escuchó hasta que terminó. No tenía manera de conocer lo que aquella mujer había vivido, ni quería fingir que una frase podía explicar años de violencia.

—No sé qué opciones tenía —dijo—. Pero el responsable de golpearla era su padre.

Damián la miró con dureza.

—Yo también estaba ahí.

—Lo sé.

—A mí también me tocaba.

Sofía sintió un nudo en la garganta.

—Usted era un niño.

Él apartó el marco de golpe.

—Ya sé lo que era.

Sofía sostuvo las manos sobre sus rodillas.

—Entonces no le correspondía detenerlo.

•  •  •

Damián se levantó. Durante unos segundos, ella creyó que la conversación terminaría con una orden. Él caminó hasta la ventana y le dio la espalda.

—Lo único que tenía que hacer era irse —dijo.

Sofía recordó la primera llamada a su madre. La amenaza pronunciada con calma. La manera en que había medido cada palabra por miedo a que alguien más pagara por ella. Miró la puerta del despacho. Damián seguía junto a la ventana.

—A veces una puerta abierta no significa que una persona pueda salir —respondió.

Él volvió la cabeza. La mirada de Sofía pasó del corredor a su rostro. No añadió nada.

Damián comprendió la relación antes de que ella pudiera explicarla. Se le tensaron los hombros.

—No es lo mismo.

Sofía sintió frío en los brazos.

—No he dicho que sea igual.

Él guardó silencio. Ella se puso de pie despacio.

—Pero conozco el miedo de pensar que alguien puede lastimar a tu familia si haces algo que no quiere.

Damián miró el escritorio. La fotografía estaba junto a unos documentos y un teléfono costoso. Sofía esperó una respuesta.

No llegó.

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Volvió a su habitación con la novela que había elegido. Cerró el pestillo y dejó el libro sobre la cama. Le dolía haber imaginado a un niño de ocho años regresando a una casa donde su madre ya no podía levantarse.

Ese dolor no hacía desaparecer el suyo. Se sentó ante la libreta. Durante varios minutos no escribió.

Después anotó: Su padre lastimó a su madre. Él lo vio. Se detuvo y tachó la frase.

La dejó tachada. Después buscó una página donde anotar lo que le había dicho ella. En la página siguiente escribió: Hoy hablé sin gritar. Dije algo que no quería escuchar.

Guardó la libreta. Luego sacó la carta de Elena y la leyó hasta que recuperó la calma.

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Damián permaneció en el despacho hasta que oscureció. No volvió a guardar la fotografía. La mujer que aparecía en ella tenía poco más de cuarenta años. En su recuerdo siempre había sido vieja, quizá porque la veía agotada incluso antes de que quedara inmóvil.

Miró al muchacho situado junto a la silla. Recordaba el día de aquella foto. Una vecina había insistido en tomársela antes de que él se fuera a trabajar. Su madre quiso peinarlo y Damián se apartó porque tenía prisa.

Durante años había conservado la imagen sin pensar en ese gesto. Ahora recordó la mano de ella detenida a medio camino. Se frotó la cara.

En algún lugar de la casa se cerró una puerta. Pensó en Sofía girando el pestillo, en su manera de cubrirse el abdomen cuando él se acercaba y en la frase que le había dejado antes de marcharse. Llamó a Rogelio.

—Mañana puede volver a hablar con su madre.

El hombre asintió.

—¿Algo más?

Damián miró la fotografía. Tenía muchas cosas que decir. Ninguna le salía.

—No —respondió.

Cuando quedó solo, colocó el marco de pie, frente a él. Y por primera vez en años permitió que su madre lo mirara desde el escritorio.