Capítulo 9 de 25

El hombre que daba las órdenes

Damián salió antes de las ocho. Sofía lo vio desde la ventana de su habitación, mientras intentaba comer una rebanada de pan que se había enfriado en el plato. Dos camionetas esperaban junto a la entrada. Rogelio permanecía al lado de la primera, hablando con un hombre que llevaba una carpeta debajo del brazo.

Damián apareció sin mirar hacia el jardín. No se detuvo a dar instrucciones delante de los empleados ni respondió al saludo de Teresa. Subió al vehículo y cerró la puerta. Sofía siguió con la vista la camioneta hasta que desapareció detrás del portón.

La casa pareció más silenciosa después. No era una diferencia que pudiera explicar por los sonidos. Los guardias continuaban en sus puestos; en la cocina seguían moviendo platos. Pero su ausencia cambiaba la forma en que todos respiraban.

Cuando Teresa entró para retirar la bandeja, Sofía preguntó:

—¿Va a tardar?

—No sé.

—¿Puedo caminar?

La mujer miró hacia el pasillo.

—Ahora pregunto.

Sofía se acercó a la ventana otra vez. La noche anterior había conseguido que Damián le hablara de la escuela. Lo había visto recordar algo sin convertir inmediatamente la conversación en una orden. Por unos minutos había parecido posible hablarle.

A la mañana siguiente, el portón seguía cerrado. Don Aurelio recibió a Damián en una casa donde no había ninguna fotografía familiar. Los cuadros eran grandes, los muebles oscuros y los vasos que un empleado dejó sobre la mesa tenían iniciales grabadas.

Aurelio no se levantó para saludar.

—Siéntate.

Damián obedeció. El hombre tenía el cabello gris y una voz tan baja que obligaba a escucharlo con atención. Frente a él había una taza de café intacta.

—¿Cómo va lo del norte?

Damián respondió. Hablaron de dinero que no había llegado, de hombres que habían dejado de contestar y de una disputa que llevaba semanas complicándose. Aurelio hacía pocas preguntas, pero cada una demostraba que conocía más de lo que aparentaba. Damián cuidó las respuestas.

No era miedo lo que habría admitido sentir. Sin embargo, tenía los hombros tensos y no tocó el vaso. Cuando terminó el informe, Aurelio se recostó en la silla.

—Ahora dime lo de la maestra.

Damián permaneció inmóvil. El empleado que había servido las bebidas salió y cerró la puerta.

—Es un asunto personal —respondió.

Aurelio lo miró.

—Eso ya lo entendí.

Damián apoyó las manos sobre las piernas.

—Está embarazada.

—También entendí eso.

Hubo un silencio. Aurelio giró ligeramente la taza.

—Lo que no entiendo es por qué una mujer que está contigo tiene a su madre metida en oficinas, haciendo preguntas.

Damián sintió que se le endurecía la mandíbula.

—Estoy resolviéndolo.

—Pues resuélvelo pronto.

Aurelio dejó de tocar la taza.

—Tienes demasiada gente pendiente de ti para añadir más por un capricho.

•  •  •

Damián miró el borde de la mesa. Había pasado años aprendiendo a no reaccionar antes de tiempo. Una expresión equivocada podía costarle más que una mala respuesta.

—No es un capricho.

Aurelio lo observó con un interés nuevo.

—¿Qué es entonces?

Damián tardó unos segundos.

—Un hijo.

El hombre sonrió apenas.

—Todavía no.

Damián levantó la vista. Aurelio no apartó los ojos.

—No pongas cara. Estoy diciendo que falta para que nazca. Y tú ya estás haciendo ruido por algo que ni siquiera puedes cargar.

—Lleva mi sangre.

—Tu sangre no va a resolver lo que tenemos pendiente.

La frase lo golpeó con más fuerza de la que esperaba. Damián había imaginado que la idea de un heredero tendría algún valor para Aurelio. Que comprendería la necesidad de dejar a alguien detrás. En cambio, el hombre parecía hablar de una propiedad que no debía distraerlo de las demás.

—Si necesitas cuidar a la mujer, cuídala —continuó—. Pero que no me llegue su nombre por otro lado.

Damián asintió una sola vez. Aurelio tomó por fin el café.

—Y no olvides quién te puso donde estás.

Damián administraba hombres, rutas y dinero en su zona. Podía disponer de sus casas y ordenar un secuestro sin pedir autorización. Aurelio controlaba los acuerdos que mantenían aquello funcionando y podía retirar respaldos que Damián había confundido con poder propio.

•  •  •

La visita terminó cerca del mediodía. Rogelio esperaba junto a la camioneta. Damián pasó a su lado sin hablar y subió al asiento trasero. Durante los primeros minutos miró por la ventanilla.

Rogelio recibió una llamada, escuchó y respondió con monosílabos.

—¿Qué? —preguntó Damián cuando terminó.

—La señora pidió ir al jardín.

—Que vaya.

—Ya está afuera.

Damián volvió a mirar la carretera. Un poco después dijo:

—¿Quién habló de ella?

Rogelio lo observó por el espejo.

—No sé.

—Aurelio sabe.

El hombre guardó silencio. Damián se frotó la frente. Había demasiadas personas entrando y saliendo de la casa. Empleados, guardias, invitados, mujeres que hacían preguntas porque se habían acostumbrado a obtener respuestas.

Él mismo había permitido que Sofía se volviera un tema de conversación. Ahora Aurelio pronunciaba su oficio con una tranquilidad que no le gustaba. La maestra.

—No quiero más gente rondando su habitación —dijo Damián.

Rogelio asintió.

—Y averigua quién ha estado hablando.

•  •  •

Sofía estaba sentada debajo del encino cuando la camioneta regresó. Tenía un libro abierto, pero llevaba varios minutos sin leer. Teresa se había marchado a la cocina y el guardia permanecía al principio del sendero. Ella aprovechaba aquellos ratos para recordar el exterior: una calle con ruido, la fila del supermercado, los niños corriendo hacia sus madres a la salida de clases.

Al ver a Damián bajar, cerró el libro. Él venía con una expresión que la hizo ponerse de pie. No se acercó.

Entró en la casa y Rogelio lo siguió. Minutos después, el guardia recibió un mensaje.

—Tiene que regresar al cuarto.

Sofía miró la banca.

—Todavía no termino.

—Ahora, por favor.

Aquel por favor no dejaba espacio para una respuesta. Sofía recogió su botella de agua y caminó hacia la casa. Al pasar junto al despacho escuchó la voz de Damián.

—Quiero el teléfono.

Rogelio abrió la puerta y la encontró en el corredor.

—Pase.

Sofía miró hacia su habitación. Luego entró.

•  •  •

Damián estaba de pie. Sobre el escritorio descansaba el aparato que le habían permitido usar para hablar con su madre.

—¿Qué le escribiste?

Sofía se detuvo junto a la silla.

—Usted leyó la carta.

—¿Qué más le dijiste?

—Nada que no escuchara.

Él la observó con una desconfianza que ella no sabía de dónde venía.

—Está haciendo preguntas.

Sofía sintió una mezcla de orgullo y miedo.

—Porque quiere encontrarme.

Damián golpeó el escritorio con la palma. Ella se estremeció.

—Ya lo sé.

Rogelio permaneció junto a la puerta. Sofía miró el teléfono.

—¿Le pasó algo?

Damián no respondió enseguida. Esa pausa le hizo avanzar un paso.

—Dígame si le pasó algo a mi mamá.

—No.

Sofía soltó el aire lentamente. Él volvió a hablar:

—Vas a decirle que deje de meterse donde no debe.

Sofía negó con la cabeza.

—No voy a pedirle eso.

Damián la miró como si no hubiera oído bien.

—¿Qué dijiste?

Ella sintió el impulso de corregirse. Se obligó a permanecer quieta.

—Está buscando a su hija. No está haciendo nada malo.

Damián rodeó el escritorio. Sofía retrocedió hasta encontrar la silla detrás de las piernas. Él se detuvo muy cerca.

—No sabes con quién estás hablando.

Sofía levantó el rostro.

—Entonces dígamelo.

•  •  •

La pregunta lo sorprendió. Hasta entonces ella había evitado preguntarle por lo que ocurría fuera de la casa. Había visto hombres armados, oído conversaciones interrumpidas y comprendido que su dinero no provenía de una vida común. Pero nunca le había pedido que lo nombrara.

Damián apartó ligeramente la cabeza.

—No necesitas saber.

—Mi hijo va a nacer aquí. Usted dice que se lo va a quedar. Tengo derecho a saber con quién pretende hacerlo vivir.

Rogelio movió un pie. Damián lo miró.

—Déjanos.

El hombre salió. Sofía siguió de pie, con el borde de la silla presionándole las piernas. Cuando la puerta se cerró, Damián habló más bajo.

—Hay gente que no va a tener la paciencia que tengo yo.

Ella sintió náuseas.

—¿Con mi madre?

Damián no respondió. Sofía lo miró buscando alguna señal que le permitiera entender.

—¿La está amenazando usted o alguien más?

Él se apartó. Fue hasta la ventana y se quedó mirando el jardín. Sofía comprendió algo antes de que él dijera nada.

Había vuelto de un lugar donde no podía ordenar de la misma manera que ordenaba allí. Alguien lo había irritado. Alguien sabía de ella.

—Usted tampoco decide todo —dijo.

Damián giró. Sofía vio la rabia en su expresión y se quedó inmóvil.

—No vuelvas a decir eso.

•  •  •

Él abrió la puerta y llamó a Rogelio. Sofía salió sin que se lo pidieran. En el corredor sintió que las piernas empezaban a fallarle. Se apoyó un instante en la pared y después continuó hasta su habitación.

Cerró el pestillo. No lloró de inmediato. Se sentó en la cama, se llevó una mano al abdomen y respiró hasta que pudo distinguir el aire entrando y saliendo.

Había aprendido algo que aumentaba el miedo en vez de reducirlo. Damián tenía poder suficiente para encerrarla. Pero no estaba solo.

Recordó al guardia apartándose cuando Damián levantaba la mano. Si había alguien capaz de hacer lo mismo con él, necesitaba saber qué podía exigirle. Buscó la libreta. Escribió:

Hoy volvió de una reunión. Alguien sabe de mí. Debajo añadió: Quiere que mamá deje de buscarme. No le dije que sí.

La letra le salió torcida. Esperó a que dejara de temblarle la mano antes de guardar el cuaderno.

•  •  •

Teresa llamó cerca de las seis. Sofía tardó en abrir. La mujer llevaba agua y un plato con fruta cortada.

—¿Quiere que me quede?

Sofía asintió. Se sentaron sin hablar. Después de un rato, Teresa preguntó:

—¿Le duele algo?

—No.

Sofía miró la puerta.

—¿Él tiene un jefe?

La mujer se quedó inmóvil. Su silencio fue suficiente.

—No necesito el nombre —añadió Sofía—. Necesito saber si puede venir aquí.

Teresa bajó la mirada.

—No pregunte eso en voz alta.

Sofía sintió que la habitación se hacía más pequeña.

—¿Por qué todos hablan como si yo pudiera escoger no enterarme?

Teresa dejó la servilleta junto al plato.

—Porque a veces enterarse no ayuda.

—A mí sí. Necesito saber qué peligro corre mi hijo.

La mujer se acercó un poco.

—Entonces guarde lo que sabe. No tiene que decirle siempre todo lo que piensa.

Sofía observó sus manos envejecidas. No era una respuesta suficiente. Era la única que Teresa parecía capaz de darle.

•  •  •

Esa noche, Damián abrió la antología. Encontró la ecografía entre dos páginas y la retiró para que no se doblara. Había pasado horas irritado con Mauricio, con Rogelio, con Sofía y con la obstinación de una madre a la que nunca había visto.

Solo cuando quedó solo pudo reconocer de dónde venía parte de aquella rabia. Aurelio había sabido. Podía llegar a la casa, dar una orden y esperar que todos la cumplieran.

Damián miró la imagen. No había considerado antes que otros pudieran hablar del bebé como él hablaba de él. Algo que resolver.

Algo que mover. Algo que podía estorbar. Se levantó y fue hasta el corredor.

La puerta de Sofía estaba cerrada. Del otro lado no se escuchaba nada. Alzó la mano para llamar, pero la dejó caer.

Regresó al despacho y buscó a Rogelio.

—Si Aurelio pregunta otra vez por ella, me avisas antes de contestar.

El hombre asintió. Damián añadió:

—Y nadie entra a su habitación sin que ella abra.

Rogelio no comentó que ya existía esa orden. Cuando se marchó, Damián volvió a mirar la ecografía. Por primera vez, la idea de conservar al bebé cerca no le pareció suficiente para mantenerlo a salvo.