Capítulo 8 de 25
Las letras de su nombre
La respuesta de Elena llegó cuatro días después. Teresa la llevaba debajo de una servilleta, aunque no intentó fingir que estaba escondiéndola. La colocó junto al desayuno y dijo:
—El señor autorizó que se la entregaran.
Sofía dejó de mirar la bandeja. El sobre tenía su nombre escrito con la letra de su madre. Lo tomó despacio. En una esquina había una marca de humedad y el papel estaba arrugado cerca del cierre, como si Elena lo hubiera sostenido demasiado tiempo antes de entregarlo.
Sofía reconoció incluso la manera en que había doblado la solapa.
—¿La leyeron? —preguntó.
Teresa bajó los ojos.
—No sé.
Sofía no insistió. Esperó a quedarse sola, cerró el pestillo y abrió el sobre.
Mi hija:
Tuvo que detenerse después de esas dos palabras. Se sentó en la cama y continuó.
Elena le decía que estaba tomando sus medicamentos, que Lucía pasaba a verla y que una vecina la acompañaba a comprar lo necesario. La llave del fregadero había vuelto a gotear. Había guardado los calcetines que Sofía tenía de niña porque, después de la llamada, necesitó tocar algo que le recordara una época en la que todavía podía protegerla de casi todo.
Al final, la letra se volvía menos firme.
No necesitas explicarme ahora lo que no puedes explicar. Conozco tu voz. También conozco tus silencios. Voy a seguir esperándote, pero no voy a quedarme sentada sin hacer nada.
Sofía apoyó la carta contra el pecho. Su madre no había renunciado a buscarla. Tampoco había confundido su miedo con una decisión.
Leyó la hoja otra vez antes de guardarla junto al dibujo de Mateo.
• • •
La casa parecía tranquila durante el día. Esa tranquilidad confundía a Sofía más que las fiestas. Había mañanas en que podía escuchar pájaros desde la cama, caminar por el jardín y pedir una fruta distinta. Teresa le preguntaba si quería otra almohada. La doctora Herrera llegaba a la hora anunciada y le dejaba copias de sus anotaciones.
Todo eso podía hacer que el cuerpo descansara. No conseguía que se sintiera a salvo. Bastaba mirar al guardia situado junto al sendero para recordar que cada permiso terminaba donde alguien decidiera.
Una tarde quiso acercarse al cobertizo donde guardaban las herramientas.
—Por ahí no —dijo el hombre que la acompañaba.
Sofía se detuvo. No había hecho nada más que cambiar de dirección. Volvió hacia el encino sin discutir.
Esa noche anotó en su libreta: Hay días en que parece una casa. Después alguien me recuerda que no puedo salir.
• • •
Damián recibió a Mauricio el miércoles. El abogado dejó una carpeta sobre el escritorio y permaneció de pie.
—La investigación sigue abierta.
Damián observó los documentos.
—Ya me lo dijiste.
—Ahora preguntaron en la clínica.
Mauricio había recibido además una copia de la solicitud presentada por Elena. La primera oficina insistía en tratar la ausencia como voluntaria a causa de las llamadas; Lucía había acompañado a la madre a exigir que incorporaran los mensajes y buscaran la grabación de la tienda.
Cada insistencia abría una diligencia que alguien volvía a retrasar. Mauricio sabía que Damián había hecho intervenir a un intermediario, pero todavía evitaba preguntar hasta dónde había llegado aquella intervención. Él levantó la cabeza. Mauricio continuó:
—La madre sabía dónde se atendía. La compañera también. No es extraño que hayan empezado por ahí.
Damián apoyó la espalda en la silla. Había asuntos que podían arreglarse con una llamada, una amenaza o dinero. Sofía se había convertido en uno de esos problemas que continuaban creciendo después de que alguien aseguraba haberlos resuelto.
—¿Qué encontraron?
—No lo sé todavía.
—Entonces averígualo.
Mauricio no recogió la carpeta.
—Puede dejarla ir.
Damián lo miró. El abogado sostuvo la mirada, aunque se le tensó el cuello.
—No va a desaparecer el vínculo que usted cree tener con el embarazo porque ella vuelva a su casa. Pero retenerla está creando algo mucho más difícil de controlar.
—Ese vínculo no lo creo.
—La donación no le da los derechos que está suponiendo.
Damián se levantó. Mauricio dio un pequeño paso hacia atrás y después se quedó quieto.
—No vuelvas a explicarme eso.
El abogado bajó los ojos hacia la carpeta.
—Entonces dígame qué espera de mí.
Damián tardó en responder. Quería que alguien le confirmara que había una forma de quedarse con el bebé sin tener que escuchar a Sofía decir que no. Mauricio no iba a hacerlo.
—Sal.
• • •
Aquella noche, Damián cenó solo. Teresa retiró el plato cuando él apenas había comido y le preguntó si quería café.
—No.
La mujer recogió los cubiertos.
—La señora Sofía está leyendo en el jardín.
Él levantó la vista.
—¿A estas horas?
—Todavía hay luz.
Damián miró hacia la ventana. No supo por qué salió. Se dijo que necesitaba caminar, que llevaba demasiado tiempo encerrado en el despacho. Pero se dirigió al encino, donde Sofía estaba sentada con un libro abierto sobre las piernas.
Ella lo vio acercarse y cerró el volumen.
—Puedes seguir —dijo él.
Sofía conservó un dedo entre las páginas. Damián miró la portada.
—¿Es de la escuela?
—Es mío.
Él se sentó en el extremo de la banca, dejando espacio entre ambos. Sofía se incorporó ligeramente. No le gustaba estar tan cerca. El guardia se había apartado, pero seguía visible junto a la terraza.
—¿De qué trata? —preguntó Damián.
—De una mujer que vuelve al pueblo donde creció.
—¿Para qué?
—Para averiguar algunas cosas.
Él asintió como si la respuesta no le interesara. Pasaron unos segundos.
—Tu madre escribió bastante.
Sofía lo miró.
—Entonces sí leyó la carta.
Damián no respondió. Ella retiró el dedo del libro y lo cerró del todo.
—No era para usted.
—Todo lo que entra aquí se revisa.
—Había cosas que ella quería decirme a mí.
Él se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las piernas. Sofía pensó que se levantaría. En cambio, preguntó:
—¿Siempre fue así contigo?
—¿Cómo?
—Pendiente.
Sofía observó su perfil.
—Es mi madre.
Damián recogió una hoja seca que había caído sobre la banca. La dobló entre los dedos.
—Eso no significa nada.
Ella tardó un momento en contestar.
—Para mí sí.
• • •
El silencio se alargó. Sofía podía marcharse hacia su habitación. Nadie le impedía ese recorrido, y la cercanía de Damián le recordaba cada conversación que había terminado en una amenaza. Estaba a punto de levantarse cuando él volvió a hablar.
—Yo dejé la escuela.
La frase no parecía dirigida a ella. Sofía permaneció sentada.
—¿Cuándo?
—Era chico.
Damián rompió la hoja por la mitad.
—No me acuerdo bien del grado.
Ella miró sus manos.
—¿Tuvo que trabajar?
Él soltó una risa breve.
—Todos teníamos que trabajar.
No añadió nada durante un rato. Después miró el libro.
—Había un maestro que me hacía pasar al frente.
Sofía esperó.
—Para leer. Yo no podía hacerlo como los otros. Se me juntaban las palabras.
La hoja terminó hecha pedazos sobre su palma.
—¿Lo ayudaba?
Damián negó con la cabeza.
—Se reían.
Sofía sintió tristeza por aquel niño que no conocía. También recordó que el hombre sentado a su lado había ordenado arrancarla de su vida. No intentó resolver una cosa con la otra.
—No debió permitirlo —dijo.
Él alzó la vista.
—¿Quién?
—El maestro.
Damián la observó como si hubiera esperado otra respuesta.
—Yo era el que no sabía.
—Por eso estaba en la escuela.
El viento movió las ramas sobre ellos. Sofía abrió el libro para recuperar el lugar, aunque no comenzó a leer. Damián miró hacia la casa.
—Después ya no fui.
Se levantó unos minutos más tarde. Sofía creyó que la conversación había terminado. Cuando llegó a la terraza, él se volvió.
—¿Tienes libros de esos que usas con los niños?
Ella frunció el ceño.
—Algunos.
Damián hizo un gesto hacia su habitación.
—Deja uno con Teresa.
Sofía lo miró sin entender.
—¿Para qué?
La expresión de él cambió.
—Porque te lo estoy pidiendo.
La voz regresó al tono que ella conocía. Sofía cerró el libro.
—Si quiere un libro, puede pedirlo sin hablarme así.
Damián permaneció inmóvil. El guardia miró hacia otro lado. Por un instante, ella pensó que había ido demasiado lejos. Después se reprochó ese pensamiento: estaba respondiendo a una brusquedad, no cometiendo una falta.
Damián se volvió y entró en la casa.
• • •
Teresa encontró a Sofía buscando entre los materiales de la escuela.
—¿Se le perdió algo?
—No.
Había cuentos breves, una antología y un cuaderno con ejercicios que utilizaba cuando algún alumno necesitaba reforzar la lectura. Sofía tomó la antología. Sus páginas tenían marcas hechas a lápiz y una esquina doblada. No parecía un libro para niños pequeños, aunque los textos eran sencillos.
Se lo entregó a Teresa.
—Dijo que quería verlo.
La mujer reconoció de inmediato a quién se refería.
—¿Se lo llevo?
Sofía asintió. Después añadió:
—No le diga nada más.
Teresa recibió el libro con ambas manos. Sofía no lo había elegido para burlarse ni para ofrecerse a enseñarle. No sabía cuánto leía Damián, y lo poco que había contado podía pertenecer a una dificultad superada hacía años. Solo había evitado entregarle un objeto que lo hiciera sentirse expuesto.
Cuando Teresa salió, Sofía abrió la carta de su madre. Leyó de nuevo el último párrafo. Damián había contado algo de su infancia.
Ella había escuchado. Pero seguía esperando volver a casa.
• • •
El libro apareció sobre el escritorio de Damián después de la cena. Lo abrió por la mitad. Había un relato de tres páginas y una ilustración pequeña. Comenzó a leerlo en silencio, deteniéndose más de lo que habría permitido si alguien estuviera delante.
Conocía las palabras. Lo que le costaba era sostenerlas juntas sin perder la línea, regresar cuando una frase no le quedaba clara y admitir que tenía que hacerlo. Siempre había encontrado formas de ocultar aquella dificultad: informes leídos por otros, mensajes de voz, documentos explicados antes de firmar.
No necesitaba detenerse ante un libro. Podía cerrarlo. Leyó hasta el final de la primera página.
Después volvió al principio. En el margen había una anotación de Sofía: Preguntar qué cree el personaje que va a ocurrir.
Damián pasó el pulgar sobre esas letras. En la página siguiente, Sofía había anotado el nombre de un alumno. Damián se detuvo ante aquellas letras y volvió a mirar la puerta de su despacho. Buscó la ecografía.
La puso junto al libro. Permaneció mirando ambas cosas hasta que oyó una llamada en el teléfono. En la pantalla apareció un nombre que hizo que se enderezara.
Don Aurelio. Respondió al segundo tono.
—Sí, señor.
La voz al otro lado no saludó.
—Me dijeron que tienes asuntos nuevos que te están distrayendo.
Damián cerró el libro con la mano.
—Mis asuntos están en orden.
Hubo una pausa.
—Eso espero —dijo Aurelio—. Porque necesito verte mañana.
La llamada terminó. Damián dejó el teléfono sobre la mesa y guardó la ecografía dentro de la antología. Por primera vez, le molestó pensar que alguien pudiera entrar en su despacho y encontrarla.