Capítulo 7 de 25
La puerta entreabierta
La llamada terminó antes de que Sofía pudiera preguntar si su madre estaba comiendo. Rogelio golpeó la puerta dos veces. Ella cerró los ojos.
—Tengo que colgar.
Elena guardó silencio un instante.
—¿Vas a volver a llamarme?
Sofía miró el aparato. No sabía si podrían darle esa oportunidad otra vez.
—Voy a intentarlo.
—Te quiero, hija.
—Yo también.
Entregó el teléfono con la sensación de estar dejando ir una mano que había conseguido alcanzar en medio de la oscuridad. Rogelio lo recibió sin mirarla.
—Descanse.
Sofía esperó a que se cerrara la puerta. Después fue al escritorio y escribió las palabras de su madre.
Aquí seguimos.
Las subrayó una vez.
• • •
Durante los días siguientes, la casa adquirió horarios que Sofía comenzó a reconocer. Teresa llegaba temprano. La limpieza se hacía después del desayuno. A media mañana le permitían caminar en el jardín; si Damián tenía visitas, el paseo se retrasaba o se cancelaba sin explicación. Los guardias cambiaban de turno.
Sofía aprendió sus rostros, aunque no todos sus nombres. Uno evitaba hablarle. Otro respondía con monosílabos. El más joven decía buenos días y parecía avergonzado cuando tenía que cerrar la puerta. Ella no intentó discutir con cada uno. Había comprendido que necesitaría conservar energía.
Pasaba algunas horas leyendo y otras escribiendo. Cuando el encierro se le volvía insoportable, abría su libreta de planeación y preparaba actividades para un grupo que quizá no volvería a ver pronto. No sabía si alguien llegaría a utilizarlas. Aun así, terminaba cada ejercicio.
Una mañana encontró entre los materiales una hoja con las firmas de sus alumnos. Habían escrito sus nombres después de una actividad sobre acuerdos de convivencia. Algunas letras se salían del renglón. Sofía recorrió la lista lentamente.
Cuando llegó a Mateo, tuvo que cerrar la libreta.
• • •
La fiesta del jueves comenzó antes de la cena. Sofía oyó vehículos, puertas y voces en la entrada. Desde su ventana alcanzó a ver a tres mujeres bajar de una camioneta. Una llevaba un vestido verde y el cabello recogido en una cola alta. Damián las recibió en la terraza.
Una de ellas le acomodó el cuello de la camisa. Él sonrió. Sofía cerró la cortina. No sentía celos.
Sentía la humillación de seguir siendo el único asunto de aquella casa que no merecía una explicación. Afuera podían escoger qué beber, con quién hablar y a qué hora irse. Ella tenía que pedir permiso para caminar debajo de un árbol. Cuando Teresa llevó la cena, la música ya había empezado.
—¿Va a durar toda la noche? —preguntó Sofía.
—No sé.
La mujer dejó un plato de sopa y un vaso de agua. Sofía miró hacia la puerta.
—Dijo que iba a poder descansar.
Teresa no respondió. Había aprendido a reconocer cuándo una promesa de Damián dependía únicamente del humor con que la hubiera pronunciado. Se sentó a comer mientras los primeros gritos llegaban desde la alberca.
• • •
Cerca de las diez, alguien abrió la puerta. Sofía levantó la cabeza. No era Teresa.
La mujer del vestido verde permaneció en el umbral, sosteniendo una copa. Miró la habitación con una curiosidad que le hizo apretar los dedos sobre el libro.
—Así que aquí estás.
Sofía se puso de pie.
—Salga.
La mujer arqueó las cejas.
—Solo quería conocerte.
Detrás de ella, en el corredor, el guardia parecía no saber si intervenir.
—No quiero visitas —dijo Sofía.
La mujer entró de todos modos. Llevaba un perfume intenso que ocupó la habitación en cuanto se acercó.
—¿Cuánto tienes?
Sofía no respondió. La mirada de la desconocida descendió hacia su abdomen.
—Todavía no se te nota mucho.
—Le pedí que saliera.
Ella sonrió y tomó uno de los calcetines de la almohada. Sofía avanzó de inmediato.
—Deje eso.
La mujer soltó una risa.
—Tranquila.
Pero no lo dejó. Sofía le quitó el calcetín de la mano. Durante un segundo quedaron muy cerca. La desconocida perdió la sonrisa.
—No tienes que ponerte así.
—No vuelva a tocar mis cosas.
En la puerta apareció Damián. Miró a la mujer, luego a Sofía.
—¿Qué pasa?
La visitante se volvió hacia él.
—Nada. Vine a saludar.
Sofía sostuvo el calcetín contra la palma.
—Entró sin permiso.
Damián observó la copa y la habitación.
—Vuelve abajo, Lorena.
—No estaba haciendo nada.
—Abajo.
Lorena apretó los labios y salió. Al pasar junto a él, murmuró algo que Sofía no alcanzó a escuchar. Damián cerró la puerta, pero permaneció dentro. Ella retrocedió hasta la cama.
—Quiero que llame a Teresa.
Él miró el pequeño calcetín.
—No iba a llevárselo.
Sofía sintió que la rabia le calentaba el rostro.
—No tenía que tocarlo.
Damián levantó la vista.
—Ya se fue.
—La puerta estaba cerrada.
Él no contestó.
—Ustedes pueden abrirla cuando quieran. Yo no puedo salir.
La frase quedó entre ambos. Damián miró hacia el corredor.
—Le diré al guardia que no deje entrar a nadie.
Sofía negó con la cabeza.
—No entiende.
—¿Qué más quieres que haga?
Ella respiró antes de responder.
—Que me devuelva la llave.
• • •
Damián la observó como si hubiera pedido algo absurdo.
—No vas a salir de aquí.
—Entonces déjeme cerrar desde dentro.
El sonido de la música aumentó y alguien gritó su nombre desde la planta baja. Damián no se volvió. Sofía continuó:
—Quiero cambiarme de ropa sin pensar que alguien va a entrar. Quiero dormir. Quiero saber que, si digo que no quiero una visita, eso sirve para algo.
Él movió la mandíbula.
—Hay personal que necesita entrar.
—Que toque.
Damián guardó silencio. Sofía no añadió nada. Por primera vez había encontrado una petición que él podía conceder sin admitir que todo lo demás estaba mal. Finalmente, Damián abrió la puerta.
—Rogelio.
El guardia del corredor se apartó.
—Que cambien la cerradura mañana. Que pueda cerrar por dentro.
Sofía sintió un alivio involuntario. Lo rechazó enseguida. No quería agradecerle una porción tan pequeña de algo que había tenido antes de conocerlo.
Damián volvió a mirarla.
—Nadie te va a molestar esta noche.
Luego salió. La música continuó hasta después de las tres.
• • •
A la mañana siguiente, un trabajador cambió la cerradura bajo la vigilancia de Rogelio. Sofía permaneció junto a la ventana. Cuando terminaron, el hombre le mostró el pestillo.
—Se gira así.
Ella asintió. Rogelio comprobó el mecanismo desde fuera antes de permitir que se marchara.
—No confunda esto —le dijo—. Si hay una emergencia, podemos entrar.
Sofía sostuvo su mirada.
—Ya entendí.
Cuando quedó sola, cerró. Esperó. Después giró el pestillo otra vez, para asegurarse de que podía abrir desde dentro aunque el acceso al resto de la casa siguiera controlado.
Probó el pestillo una última vez. Luego pudo cambiarse de ropa sin vigilar el picaporte. Se sentó en la cama y abrió la libreta. Viernes. Cambiaron la cerradura.
Durante unos minutos no escribió nada más. Luego añadió: Puedo cerrar. Todavía no puedo irme.
• • •
Teresa llegó con el desayuno y llamó antes de entrar. Sofía fue a abrirle. La mujer miró el pestillo nuevo.
—Me alegra que se lo pusieran.
—Ayer entró una mujer.
—Lo sé.
—¿La conoce?
Teresa dejó la bandeja.
—Ha venido otras veces.
Sofía acomodó el calcetín junto a su par.
—Me trató como si yo hubiera elegido estar aquí.
Teresa permaneció callada.
—Tal vez eso le dijeron —añadió Sofía.
—No sé qué les cuentan.
La mujer se volvió hacia el bolso abierto sobre el sillón. Una hoja había quedado medio fuera de la agenda: el dibujo de Mateo.
—¿Se lo hizo uno de sus alumnos?
Sofía asintió. Teresa se acercó sin tocarlo.
—Dibuja bonito.
—Tiene ocho años.
La mujer sonrió.
—Mi hija hacía las manos así. Como flores.
Sofía miró los dedos redondos de las figuras. Por un momento, ambas permanecieron inclinadas sobre la misma hoja. Después Teresa preguntó:
—¿Qué les enseñaba esta semana?
Sofía no respondió enseguida. Nadie en aquella casa le había preguntado algo así.
—Íbamos a leer sobre familias —dijo—. Y a escribir una carta.
—¿A quién?
—A alguien que quisieran.
Teresa levantó la vista. Sofía miró la libreta de planeación.
—La mayoría nunca ha enviado una.
La mujer asintió despacio. Cuando se marchó, dejó la bandeja y una frase que Sofía tardó en comprender.
—Podría escribirla usted también.
• • •
Damián pasó la tarde en el despacho. Tenía dolor de cabeza y poca paciencia. Lorena había llamado tres veces para exigir una explicación; él no respondió. Al anochecer, Teresa tocó la puerta.
—La señora Sofía pidió que le entregara esto.
Dejó un sobre sobre el escritorio. Damián lo miró.
—¿Qué es?
—Una carta.
La mujer salió antes de que preguntara más. Él abrió el sobre. La letra era clara, inclinada ligeramente hacia la derecha.
Mamá:
Leyó dos líneas y levantó la vista hacia la puerta. No estaba dirigida a él. Continuó.
Sofía contaba que había vuelto a ver al bebé, que procuraba comer y que recordaba el sonido de su corazón cuando no podía dormir. Le pedía a Elena que no dejara de tomar sus medicamentos y que permitiera a Lucía acompañarla. Damián llegó al último párrafo.
No sé cuándo voy a volver. Quiero que sepas que sigo queriendo volver, aunque alguien te diga otra cosa. Hay decisiones que no he podido tomar. Amarte y esperar encontrarte otra vez siguen siendo mías.
Debajo estaba su firma. Damián dejó la hoja sobre el escritorio. No había una dirección, una acusación ni un nombre que pudiera usar para impedir el envío.
Había algo que le resultó más incómodo: Sofía había encontrado una manera de hablar que no necesitaba su permiso para significar lo que decía. Llamó a Rogelio.
—Haz que le llegue a su madre.
—Un empleado la llevará al despacho —indicó—. Que salga desde allí.
Mauricio había propuesto recibir las respuestas sin proporcionar la dirección de la casa. Elena aceptaría ese cauce para mantener el contacto, aunque cada sobre pasaría primero por las manos de quienes retenían a su hija. El hombre miró el sobre.
—¿Tal como está?
Damián volvió los ojos hacia la carta.
—Tal como está.
Cuando Rogelio se fue, la habitación quedó silenciosa. Damián abrió el cajón donde guardaba documentos antiguos. Debajo de varias carpetas había una fotografía de su madre sentada frente a una ventana. No la sacó.
La miró apenas unos segundos y cerró. Al otro extremo de la casa, Sofía giró el pestillo de su puerta. Esa noche durmió con la carta ya fuera de sus manos y la esperanza de que, al leerla, Elena pudiera reconocerla entera.