Capítulo 6 de 25
Lo que se escucha
El lunes, Sofía despertó a la hora en que acostumbraba prepararse para ir a la escuela. Antes de abrir los ojos, pensó en las copias que debía sacar. Había dejado pendiente un ejercicio de lectura. También tenía que revisar la autorización para la visita al museo y hablar con la madre de Mateo.
Luego oyó pasos detrás de la puerta. Se quedó mirando el techo. A esa misma hora, en su departamento, habría puesto agua para el café. Mientras se calentaba, elegiría una blusa y buscaría algún arete que no se le enganchara en el cabello.
Ahora tenía el día entero por delante y ningún lugar al cual ir. Se levantó, se vistió y abrió la libreta de planeación. En el espacio del lunes había escrito: Familias distintas. Lectura y conversación.
Pasó el dedo sobre esas palabras. Pensó en sus alumnos entrando al salón y encontrando a alguien más detrás del escritorio.
• • •
Elena también estaba despierta. No había dormido más de tres horas seguidas desde el viernes. En la mesa de su cocina tenía una fotografía de Sofía, el número de la denuncia y una lista de personas a las que ya había llamado. Había añadido nombres que apenas conocía: antiguas compañeras de la universidad, una vecina del edificio, una maestra que trabajó con ella años atrás.
Lucía llegó antes de las siete. Traía una bolsa de pan que dejó junto al fregadero.
—La directora va a cubrir el grupo mientras encuentran una suplente —dijo.
Elena asintió.
—¿Le contó lo de la llamada?
—Todo.
La mujer miró su teléfono. Había reproducido tantas veces aquella conversación en su cabeza que ya no distinguía qué frases había oído y cuáles había reconstruido después. No puedo regresar todavía.
Estoy acompañada. Necesito que no vengas a buscarme. Su hija nunca le habría pedido eso si pudiera decidir por sí misma.
—No se fue a descansar —dijo Elena.
Lucía acercó una silla.
—Yo tampoco lo creo.
Elena apretó la fotografía.
—Si vuelve a llamar, tengo que escuchar mejor.
No dijo que había pensado en contestar gritando, exigiendo nombres y direcciones. Había pasado la madrugada imaginando qué podría decir para ayudarla en vez de conseguir que le quitaran otra vez el teléfono. Lucía puso una mano sobre la mesa.
—Vamos a seguir buscándola.
Elena miró el pan sin abrir.
—Ella me prometió traer el desayuno.
• • •
La doctora Herrera regresó a la casa del encino esa tarde. Esta vez encontró a Sofía sentada ante el escritorio, con sus estudios ordenados y una página llena de preguntas.
—Quiero saber qué anotó cuando le dije que estaba aquí contra mi voluntad.
La médica dejó el maletín.
—Que usted manifestó estar retenida.
Sofía la observó.
—¿Y qué va a hacer con eso?
La doctora acomodó la correa del maletín, aunque ya estaba recta.
—Hoy vine a revisar el embarazo.
—El embarazo es mío. No puede separar lo que me está pasando de una parte de mi cuerpo.
La médica permaneció callada. Teresa, que había entrado con una jarra de agua, la dejó sobre la mesa y salió. Sofía sintió el cansancio en los hombros.
—No voy a dejar de permitir que me revise por estar enojada —dijo—. Pero no quiero que interprete eso como que estoy de acuerdo con estar aquí.
—No lo interpreto así.
—Entonces explíqueme todo.
La doctora asintió. Revisaron los estudios previos y las fechas. Sofía preguntó qué información podía obtenerse en esa etapa y qué quedaba pendiente. Anotó las respuestas, pidió que le repitiera una palabra y se aseguró de conservar una copia de las indicaciones. Cuando la médica terminó de tomarle la presión, alguien abrió la puerta sin llamar.
Damián entró y miró el equipo portátil junto a la cama.
—¿Ya empezaron?
Sofía se cubrió el abdomen con la blusa.
—No le dije que podía entrar.
Él se detuvo. La doctora miró a uno y a otro.
—Necesito que la paciente esté cómoda para continuar.
Damián pareció a punto de responderle. En cambio, señaló el equipo.
—Quiero ver.
—Pregúntele a ella —dijo la médica.
Sofía levantó la vista. Por primera vez, alguien en aquella casa lo había obligado a dirigirse a ella como si pudiera decidir algo. Damián sostuvo su mirada.
—¿Puedo quedarme?
La pregunta salió rígida, casi molesta. Sofía no contestó de inmediato. No quería compartir aquella imagen con él. La primera vez había estado junto a su madre; después habían hablado durante el camino y comprado fruta.
Pero Damián iba a seguir buscando información. Prefería escuchar lo que le explicaran delante de ella y saber qué entendía.
—Ahí —dijo, señalando la silla junto a la pared—. No se acerque.
Él miró el lugar indicado. Después se sentó.
• • •
La habitación quedó en silencio. La doctora explicó lo que iba haciendo y Sofía siguió sus movimientos hasta que apareció la imagen en la pantalla. Una forma pequeña, distinta de la que recordaba.
Buscó algo que reconociera y miró a la médica.
—Aquí —dijo ella, señalando—. ¿Lo ve?
Sofía asintió. Damián se inclinó hacia delante.
—¿Eso es el niño?
—Es el bebé —respondió la doctora—. Todavía no podemos afirmar que sea un niño.
Él frunció el ceño. Sofía lo observó apenas un instante. Nunca habían hablado de la posibilidad de que fuera una niña. Damián siempre decía el niño, el hijo, el heredero, como si hasta eso estuviera resuelto.
La médica continuó revisando. Cuando les permitió escuchar brevemente el latido, Sofía dejó de mirar a Damián. El sonido llenó la habitación.
Se le aflojaron los dedos sobre la sábana. Durante aquellos segundos, el miedo retrocedió lo suficiente para dejarle reconocer la misma emoción de su primera consulta. Su bebé seguía creciendo. Lo estaba escuchando otra vez. Damián no dijo nada.
La doctora observó la pantalla, hizo unas anotaciones y terminó la revisión. Solo entonces él preguntó:
—¿Así de rápido?
—En esta etapa puede escucharse así —explicó ella.
Damián mantuvo los ojos en el equipo, aunque el sonido ya había cesado. Sofía se incorporó despacio. La médica le ofreció papel para limpiarse y volvió la pantalla hacia ella para mostrarle una última imagen.
Damián se levantó.
—Quiero una copia.
La doctora miró a Sofía. Ella tardó en responder.
—Primero la mía.
• • •
Cuando la médica salió, Damián permaneció junto a la puerta. Sofía guardó la imagen dentro de su carpeta.
—¿Qué pasa si es una niña?
Él volvió la cabeza.
—¿Qué?
—Que quizá no sea el hijo que usted decidió que iba a tener.
Damián metió las manos en los bolsillos.
—Será de mi sangre igual.
Sofía cerró la carpeta.
—No le pregunté eso.
Él la miró con impaciencia.
—¿Qué quieres que diga?
—Nada. Quería saber si había pensado alguna vez en el bebé y no solamente en lo que va a hacer con él.
Damián apartó los ojos. En el jardín, uno de los empleados empujaba una carretilla. La rueda golpeó una piedra y produjo un ruido seco.
—Va a tener todo —dijo él.
Sofía recordó aquella frase de la primera noche.
—Puede pagarle muchas cosas. Pero no puede decidir que por eso ya no necesita a su madre.
Damián volvió a mirarla.
—No empieces otra vez.
Ella sintió miedo, pero la imagen todavía tibia de la impresora descansaba junto a su mano.
—Voy a decirlo cada vez que sea necesario.
Él abrió la puerta. Sofía pensó que se marcharía sin responder. Antes de salir, Damián miró la carpeta.
—¿Es la primera vez que lo escuchas?
—No.
La respuesta pareció decepcionarlo.
—Mi mamá estaba conmigo la primera vez.
Él sostuvo la puerta unos segundos más. Después se fue.
• • •
Aquella noche no hubo música. Sofía caminó por el jardín antes de cenar y encontró la terraza casi vacía. Damián estaba sentado al otro extremo, con el teléfono apoyado sobre una mesa. Ella se detuvo para volver por donde había venido.
—Puedes pasar —dijo él.
Sofía continuó por el sendero sin acercarse. Llevaba la imagen doblada dentro de la carpeta, contra el pecho. No quería dejarla en la habitación mientras había personas entrando para limpiar. Damián la vio pasar junto al encino.
—¿Cuántos años tienen?
Ella se volvió.
—¿Quiénes?
—Tus alumnos.
—Ocho y nueve.
Él miró hacia el jardín.
—¿Ya leen todos?
La pregunta la sorprendió.
—No al mismo ritmo.
Damián recogió el teléfono, lo miró y volvió a dejarlo.
—¿Y los que no pueden?
—Buscamos otra forma de enseñarles.
—¿No los sacan?
Sofía frunció el ceño.
—¿De la escuela?
Él no respondió. Ella lo observó con más atención. Había algo extraño en aquella pregunta, pero no suficiente para explicar de dónde venía.
—No deberían sacar a un niño por necesitar ayuda —dijo.
Damián se levantó. La conversación terminó tan bruscamente como había comenzado. Sofía siguió caminando.
Antes de llegar al encino, el guardia le indicó que no se apartara del sendero. Sofía continuó sin responder. En su despacho, Damián dejó la copia de la ecografía junto al teléfono. La miró sin comprender mucho más que unas horas antes.
Había esperado sentir satisfacción. Había esperado mirar la imagen y saber qué hacer con ella. En cambio, el latido había vuelto varias veces a su memoria durante la tarde. Mientras respondía una llamada, mientras escuchaba un informe, al quedarse solo.
Abrió un cajón para guardar la imagen. Dentro había documentos, una caja de municiones y un reloj que nunca usaba. Volvió a cerrarlo.
Dejó la ecografía sobre el escritorio. Luego recordó la pregunta de Sofía.
¿Había pensado alguna vez en el bebé?
Se irritó como si ella todavía estuviera delante. Él había pensado en el bebé desde que Mauricio le llevó el expediente. Había preparado una casa, contratado a una médica y ordenado traer cuanto hiciera falta. Pero, al intentar recordar qué había imaginado exactamente, siempre aparecía alguien mayor.
Un muchacho de pie a su lado. Un hombre ocupando su silla. No aquella criatura diminuta que todavía dependía por completo de la mujer encerrada al final del corredor.
Damián apartó la fotografía. Minutos después la acercó de nuevo.
• • •
Teresa llevó un teléfono a la habitación de Sofía poco antes de las diez.
—Puede hablar con su mamá.
Sofía se levantó tan deprisa que tuvo que apoyarse en la mesa.
—¿Ahora?
Teresa asintió. Rogelio estaba en el pasillo. La mujer dejó el aparato junto a la carpeta.
—Voy a esperar afuera.
Sofía lo tomó con ambas manos. Marcó el número que sabía de memoria.
—¿Bueno?
—Mamá.
Elena soltó el aire. Durante unos segundos ninguna habló. Sofía miró la puerta cerrada. No sabía qué podían escuchar ni cuánto tiempo tenía.
—Estoy aquí —dijo al fin.
La voz de su madre llegó más firme que en la llamada anterior.
—Te escucho, hija.
Sofía apretó los ojos.
—Hoy volví a oír su corazón.
Al otro lado, Elena comenzó a llorar despacio.
—Qué bueno, mi niña.
Sofía llevó la mano libre al abdomen.
—Está creciendo.
—Y tú vas a seguir cuidándote.
No era una pregunta. Sofía asintió, aunque su madre no podía verla.
—Sí.
Elena esperó un momento. Después dijo:
—Aquí seguimos.
Sofía miró los calcetines sobre la almohada. Escuchó a su madre mover una silla. Durante un instante pudo imaginarla en la cocina, sosteniendo el teléfono igual que ella.
—Ya sé, mamá —susurró—. Ya sé.