Capítulo 5 de 25
Lo que no se compra
La música terminó cuando empezaba a amanecer. Sofía había pasado casi toda la noche despierta. Cada vez que conseguía dormirse, una carcajada o el golpe de una puerta la hacía incorporarse. A las seis, la casa quedó en silencio.
Se levantó y abrió las cortinas. En la terraza había una botella debajo de una silla, dos zapatos de tacón junto a la alberca y una servilleta que el viento arrastraba sobre las baldosas. Un empleado recogía vasos en una bandeja. Sofía se quedó mirándolo.
Aquel hombre podía caminar hasta el portón. Podía terminar su trabajo y volver a casa. Quizá alguien le preguntaría cómo había estado su día. Ella seguía con la ropa del viernes. Se apartó de la ventana y buscó la libreta. Añadió debajo de la fecha anterior:
La fiesta terminó a las seis. No sabía para qué serviría ese dato. Lo escribió de todos modos.
• • •
Teresa llegó con una bolsa de ropa.
—Mandaron traerle algunas cosas.
Sofía la recibió sin agradecer. Había pantalones holgados, blusas, ropa interior todavía en sus cajas y un camisón de algodón. Sobre todo eso descansaba una tarjeta de una tienda que ella nunca habría elegido.
—Necesito mi ropa —dijo—. La de mi casa.
—No sé si puedan…
—También mis libros. Los que estaban junto a la cama.
Teresa cerró la puerta y bajó la voz.
—Voy a preguntar.
Sofía dejó la bolsa sobre el sillón.
—¿Mi mamá sigue buscándome?
La mujer sostuvo la bandeja con ambas manos.
—No sé más.
—¿Está diciendo la verdad?
Teresa la miró.
—Sí.
Sofía quiso creerle. Se sentaron a ambos lados de la mesa pequeña. Por primera vez, Teresa no se apresuró a recoger algo ni a revisar el baño.
—¿Tiene hijos? —preguntó Sofía.
—Una hija.
—¿Cuántos años tiene?
—Veintiséis.
Sofía miró la puerta.
—Si estuviera aquí, ¿qué haría usted?
Teresa apretó los dedos contra el borde de la bandeja.
—No me pregunte eso.
—Necesito saber si hay alguien que entienda.
La mujer respiró hondo.
—Entiendo más de lo que usted cree.
Desde el pasillo llegó el sonido de una radio. Teresa se levantó enseguida.
—Tiene que comer.
Sofía miró el desayuno.
—No puedo vivir meses encerrada.
Teresa no respondió hasta que llegó a la puerta.
—Pida salir al jardín.
—¿Me dejarían?
—Pídalo.
Después se fue.
• • •
Damián despertó cerca del mediodía. La mujer que había pasado la noche con él estaba frente al espejo, poniéndose unos aretes.
—Voy a necesitar tu camioneta —dijo—. Tengo una cita.
Él buscó el teléfono sobre la mesa de noche.
—Pídesela a Rogelio.
Ella se volvió.
—¿Estás de mal humor?
Damián no respondió. Tenía un mensaje de Mauricio. Necesitamos hablar de la señora Medina. Es urgente.
La mujer tomó su bolso.
—Anoche te pregunté algo y no me contestaste.
—¿Qué?
—La mujer que trajeron. ¿Quién es?
Damián levantó la vista.
—No es asunto tuyo.
Ella sonrió, aunque se le endurecieron los ojos.
—Aquí todos están hablando de eso.
Él se incorporó.
—Pues deja de hablar.
La mujer dejó de sonreír. Durante un instante pareció que iba a responderle. Luego tomó sus zapatos y salió. Damián llamó a Mauricio.
—¿Qué pasa?
—La madre presentó una denuncia.
Él se quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Ayer. También habló con la compañera de trabajo. No creyó lo de una ausencia voluntaria.
Damián miró hacia la puerta por la que acababa de salir la mujer.
—Resuélvelo.
Mauricio guardó silencio.
—Esto no desaparece porque yo haga una llamada.
—Entonces haz las que sean necesarias.
—La señora tiene un empleo, alumnos, una familia. Hay gente que espera verla el lunes.
—Y hay una grabación del estacionamiento. Todavía no sé cuánto se distingue.
Damián se quedó mirando el teléfono.
—Averigua quién la tiene.
Mauricio no respondió de inmediato. Había escuchado demasiadas veces una orden parecida y sabía lo que podía venir después. Damián se levantó de la cama. Hasta ese momento había pensado en los meses que faltaban para el nacimiento.
No había pensado en el lunes.
• • •
Rogelio fue a buscar a Sofía después de la comida. Ella cerró la libreta y la guardó dentro del bolso.
—El señor quiere hablar con usted.
—Yo también quiero hablar con él.
Rogelio abrió la puerta. Sofía salió mirando el corredor. Era la primera vez que lo recorría sin el aturdimiento de la llegada. Vio una escalera al fondo, un cuarto con la puerta abierta y una mujer limpiando una consola. La empleada dejó de pasar el trapo cuando ella apareció.
Sofía intentó mirarla a los ojos. La mujer bajó la cabeza. En el despacho, Damián esperaba detrás del escritorio.
Esta vez no había una silla colocada para ella.
—Tu madre fue a las autoridades.
Sofía sintió un alivio tan intenso que tuvo que ocultarlo.
—Es lo que hace una madre cuando le desaparecen a su hija.
—Le dijiste que te buscara.
—Le dije que no lo hiciera.
—Sabías que no iba a obedecerte.
Sofía lo observó. Él parecía más molesto por aquella desobediencia que por haber obligado a Elena a escuchar la voz de su hija bajo amenaza.
—No puede controlar a todo el mundo —dijo.
Damián se puso de pie.
—Ten cuidado con cómo me hablas.
Sofía tragó saliva. Su cuerpo le pedía retroceder. Se obligó a mantener los pies quietos.
—El lunes tengo clases.
—Ya no.
La respuesta fue tan rápida que ella tardó en asimilarla.
—Tengo treinta y un niños esperándome.
—Conseguirán otra maestra.
Sofía miró sus manos apoyadas sobre el escritorio. Para él, todo parecía sustituible. Una maestra. Una explicación. Una madre.
—No son muebles que se cambian de lugar.
Damián frunció el ceño.
—Estamos hablando de ti.
—Ellos también forman parte de mi vida.
Él apartó la vista con impaciencia.
—Tu vida ahora está aquí.
Sofía sintió que algo se cerraba dentro de ella. No iba a hacerlo entender hablando de sus alumnos. Él no conocía a Mateo, ni a la niña que necesitaba que le leyeran las instrucciones dos veces, ni al pequeño que siempre fingía haber desayunado. Pero había una cosa que sí parecía importarle.
Sofía llevó una mano a su abdomen.
—Entonces va a tener que cambiar algunas cosas.
• • •
Damián la miró de nuevo.
—¿Qué cosas?
—No puedo pasar todo el día encerrada. No puedo dormir con esa música. No puedo ir a las consultas sin saber quién me revisa ni qué me están haciendo.
—La doctora es buena.
—Quiero seguir con mi médica.
—Eso no va a pasar.
Sofía sostuvo la mirada.
—Quiero mis estudios y quiero leer los informes. Si van a darme un medicamento, quiero saber cuál es.
Damián abrió la boca para responder, pero ella continuó:
—Quiero comida que pueda tolerar. Quiero caminar. Y quiero hablar con mi madre sin que usted escuche cada palabra.
Él soltó una risa sin alegría.
—¿Algo más?
Sofía sintió vergüenza por el temblor de su voz, pero no se detuvo.
—Sí. Quiero que deje de hablar de mi hijo como si ya se lo hubiera entregado.
Damián rodeó el escritorio. Ella retrocedió un paso. Él lo notó.
—No estoy negociando contigo.
—Yo tampoco elegí venir.
Quedaron frente a frente, separados por poco más de un brazo. Sofía percibió el olor de su loción y recordó las manos que la habían sujetado en el estacionamiento. Bajó los ojos un instante para recuperar el aire.
Cuando volvió a mirarlo, habló más despacio.
—No sé qué cree que está haciendo. Pero yo no puedo vivir aterrada y fingir que todo está bien porque hay una cama grande y ropa nueva.
Damián no respondió.
—No le estoy pidiendo lujos.
Afuera, alguien tocó la puerta. Él cerró los ojos brevemente.
—Después.
Los pasos se alejaron. Damián volvió al escritorio.
—Puedes caminar en el jardín. Con alguien.
Sofía permaneció quieta.
—La doctora te explicará lo que necesites saber.
Él tomó el teléfono. La conversación había terminado para él.
—¿Y mi madre?
Damián levantó la vista.
—Cuando yo lo diga.
• • •
El jardín olía a tierra húmeda. Sofía salió por la tarde acompañada de Teresa y con un guardia a varios pasos de distancia. La luz le hizo entrecerrar los ojos. Caminó despacio por un sendero que bordeaba la casa y pasó junto al encino.
De cerca, el tronco tenía una grieta profunda. Sofía apoyó la palma en la corteza. No era libertad.
Aun así, sentir algo que no había sido comprado para mantenerla encerrada le produjo un alivio difícil de explicar. Teresa se quedó a su lado.
—¿Está mareada?
—No.
Sofía miró hacia el portón. Había dos hombres. El guardia que las seguía cambió de posición.
Ella apartó la vista. Continuaron caminando hasta una banca, donde Teresa dejó una botella de agua. Desde allí se veía parte de la terraza. Un empleado tallaba una mancha en el suelo mientras otro recogía los últimos adornos de la fiesta.
—¿Siempre es así? —preguntó Sofía.
Teresa entendió sin pedirle que precisara.
—No siempre.
—¿Él vive aquí?
—A veces.
Sofía miró las ventanas del piso superior.
—¿Y usted viene aunque no esté?
—Sí.
Por un momento quiso preguntarle dónde vivía, a qué hora se marchaba, si llevaba su teléfono consigo. No lo hizo. Teresa había empezado a hablarle. No quería convertir cada palabra en una exigencia.
Se sentó y bebió un poco de agua. A lo lejos, una camioneta entró por el portón. Damián bajó del vehículo mientras hablaba por teléfono. Vio a Sofía junto al árbol y se detuvo apenas un instante.
Ella no apartó la mirada. Después él entró en la casa.
• • •
Esa noche, Rogelio dejó una bolsa junto a la puerta de su habitación. Teresa la recogió y se la entregó. Dentro estaba la ropa de Sofía.
Reconoció una blusa que su madre le había regalado y el pantalón que había dejado doblado sobre una silla. Debajo había dos libros. Su agenda.
Y la libreta de planeación de la escuela. Sofía pasó los dedos por la portada gastada. Aquello significaba que alguien había entrado en su casa.
Había abierto sus cajones, tocado sus cosas y decidido qué llevarse. Se le revolvió el estómago. Pero entre las páginas de la agenda encontró un papel doblado.
El dibujo de Mateo. La noche anterior al secuestro lo había quitado del refrigerador para llevarlo a la escuela. Había quedado entre las páginas de la agenda, donde ahora volvía a encontrar la mesa y la figura pequeña enfrente. Sofía lo extendió sobre la cama.
Teresa permaneció en la puerta.
—¿Está todo?
Sofía miró el dibujo un momento más.
—No.
La mujer esperó. Sofía dobló la hoja con cuidado.
—Pero esto sí.
Cuando quedó sola, se cambió de ropa. La blusa olía débilmente a su detergente. Se sentó sobre la cama y abrió la libreta donde llevaba el registro. Anotó lo ocurrido en el despacho y el permiso para salir al jardín.
Después escribió: Mi madre no creyó la mentira. Dejó el lápiz sobre la hoja.
Desde algún lugar de la casa llegó una voz masculina, seguida de una risa. Sofía escuchó hasta asegurarse de que no había música. Entonces guardó el dibujo junto a los calcetines. Alisó el dibujo sobre las rodillas. El papel y los calcetines ocupaban poco espacio; se aseguró de que Teresa no los recogiera al hacer la cama.
Se acostó con la mano sobre el abdomen.
—Te están esperando —susurró.
Pensó en su madre, en Lucía, en el pequeño lugar frente a su mesa. Y, aunque todavía no sabía cómo regresar, empezó a imaginar el día en que lo haría.