Capítulo 4 de 25

La llamada

Sofía despertó antes de que amaneciera. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Buscó con el pie el borde de su cama, más estrecha, y estiró la mano hacia el lugar donde acostumbraba dejar el teléfono. Encontró una almohada.

Debajo estaban los calcetines. Entonces recordó. Se incorporó y miró la puerta. Una franja de luz entraba por debajo; alguien seguía afuera.

Tenía la boca seca y le dolía la cabeza. Fue al baño, abrió la llave y se mojó el rostro. En el espejo vio una mancha de rímel junto a la nariz y una marca rojiza en el brazo, donde la habían sujetado. Se bajó la manga.

Sobre el lavabo había cepillos de dientes nuevos, jabón y toallas dobladas. Todo parecía preparado para una invitada que hubiera olvidado su equipaje. Sofía apoyó ambas manos en la porcelana. Su madre ya debía de estar despierta.

Tal vez había llamado durante la noche. Tal vez había ido hasta su departamento y encontrado el automóvil ausente, las ventanas oscuras. Elena conocía sus horarios. Sabía que Sofía nunca apagaba el teléfono cuando iba a salir y que siempre avisaba si cambiaba de planes. No creería fácilmente que estaba bien.

Aquella certeza le dio un alivio breve. Después pensó en lo que podrían hacerle a su madre y el alivio desapareció.

•  •  •

Teresa llegó con el desayuno poco después de las siete. Antes de que entrara, Sofía oyó voces bajas, el movimiento de una llave y el roce de una bandeja contra el marco. Se levantó de inmediato.

—Necesito hablar con mi mamá.

Teresa dejó la comida sobre la mesa.

—Le traje pan tostado. No sabía qué podía comer.

—Mi mamá tiene sesenta y siete años. Si le pasa algo por estar buscándome…

La mujer la miró.

—Se lo voy a decir al señor.

—Ya se lo dije yo.

Teresa acomodó una servilleta que no necesitaba acomodarse. Sofía comprendió que insistir con ella no abriría la puerta, pero tampoco quería permitir que aquella conversación se convirtiera en una elección entre té y jugo.

—¿Sabe por qué estoy aquí?

Teresa tardó en responder.

—Sé que está esperando un bebé.

—Me trajeron por la fuerza.

La mujer bajó la mirada.

—Yo no estuve cuando llegó.

—Pero estoy diciéndoselo ahora.

Teresa apretó los labios. Desde el pasillo, una voz preguntó si todo estaba bien. Sofía miró hacia la puerta entreabierta.

Había un hombre que no conocía. Teresa dio un paso y quedó entre ambos.

—Ahora salgo —respondió.

Después se volvió hacia Sofía.

—Coma algo, aunque sea poco.

La puerta volvió a cerrarse. Esta vez Sofía no corrió a comprobarla. Se sentó ante la bandeja. El olor del huevo le revolvió el estómago, pero tomó una rebanada de pan y comenzó a comer despacio.

El bebé necesitaba alimento. Se repitió eso hasta terminarla.

•  •  •

Damián estaba en la terraza cuando Rogelio llegó con el teléfono de Sofía.

—La madre llamó diecinueve veces.

Damián dejó la taza de café.

—¿Alguien más?

—Una compañera de trabajo. También hay mensajes.

Rogelio colocó el aparato sobre la mesa. La pantalla se encendió con otra llamada. Mamá.

Damián observó el nombre hasta que dejó de sonar.

—Que hable con ella.

Rogelio no tomó el teléfono todavía.

—Va a pedir ayuda.

—Voy a estar presente.

—La señora ya fue a su departamento.

Damián levantó la vista.

—¿Cómo sabes?

—La vieron llegar esta mañana. Entró con una llave.

Durante unos segundos solo se escucharon los pájaros del jardín.

—Trae a Sofía.

•  •  •

Ella entró en el despacho sin mirar los cuadros ni los muebles. Damián señaló una silla. Esta vez se sentó. Quería conservar las fuerzas y evitar que él confundiera cada movimiento suyo con un desafío.

El teléfono estaba sobre el escritorio. Sofía lo reconoció y tuvo que contener el impulso de alcanzarlo.

—Vas a llamar a tu madre —dijo Damián.

Ella lo miró.

—Quiero hablar a solas.

—No.

Sofía volvió los ojos hacia el teléfono.

—Entonces deje que venga.

Damián apoyó la espalda en su silla.

—Tampoco.

—Ella no tiene nada que ver con usted.

—Por eso conviene que siga así.

Sofía sintió frío.

—¿Qué significa eso?

—Que no la metas en un problema.

Sofía apretó las manos sobre sus rodillas.

—¿Qué quiere que le diga?

Damián deslizó el teléfono hacia ella.

—Que estás bien. Que necesitas unos días.

—No va a creerme.

—Haz que te crea.

Rogelio permanecía junto a la puerta. Sofía tomó el aparato. Había mensajes de su madre, de Lucía y de un número desconocido. Antes de que pudiera abrir alguno, Damián extendió la mano.

—La llamada.

Ella buscó el contacto. Elena respondió casi de inmediato.

—¿Sofía?

Su voz bastó para que los ojos se le llenaran de lágrimas.

—Mamá.

—¿Dónde estás? Fui a tu casa. Te he estado llamando desde anoche. ¿Qué pasó?

Sofía miró a Damián. Él no apartó los ojos de ella.

—Estoy bien.

—¿Dónde?

—Salí unos días.

Hubo un silencio.

—¿Con quién?

Sofía tragó saliva.

—Necesitaba descansar.

—Eso no es una respuesta.

Damián extendió la mano y activó el altavoz. Sofía se quedó inmóvil.

—¿Me estás oyendo? —preguntó Elena.

—Sí.

—Ayer me dijiste que ibas a venir a desayunar.

—Lo sé.

—¿Y te fuiste sin avisarme?

Sofía cerró los ojos un instante. Su madre conocía cada pequeña costumbre suya. Aquella mentira no tenía dónde sostenerse.

—Perdóname.

—No te estoy pidiendo que te disculpes. Dime dónde estás.

Damián se inclinó hacia delante. Sofía vio el cambio en su expresión.

—No puedo regresar todavía.

Elena dejó de hablar. La pausa hizo que Sofía oyera su propia respiración.

—¿Hay alguien contigo? —preguntó su madre, más despacio.

Sofía miró a Rogelio, después a Damián.

—Estoy acompañada.

—¿Puedes hablar?

Las lágrimas le corrieron por las mejillas.

—Mamá, necesito que no vengas a buscarme.

Damián dejó de moverse.

—¿Quién está contigo, Sofía?

Ella apretó el teléfono.

—Te quiero mucho.

Damián se levantó. Sofía intentó apartar el aparato, pero él se lo quitó y terminó la llamada. La pantalla quedó oscura entre sus dedos.

—Te dije que la tranquilizaras.

Sofía se puso de pie.

—¡No se puede tranquilizar a una madre cuando le desaparecen a su hija!

Rogelio dio un paso, pero Damián levantó la mano para detenerlo.

—Baja la voz.

—Ella sabe que algo está mal.

—Entonces llámala otra vez y arréglalo.

Sofía negó con la cabeza.

—No voy a decirle que estoy de vacaciones.

Damián rodeó el escritorio. Ella retrocedió antes de que él estuviera cerca. Aquel movimiento involuntario pareció irritarlo más.

—Escúchame bien —dijo—. Mientras estés aquí, vas a hacer lo que se te diga.

Sofía sintió la pared detrás de su espalda.

—Estoy escuchando.

—Y no vas a provocar problemas afuera.

Él estaba lo bastante cerca para que pudiera ver una cicatriz pequeña junto a su ceja. Sofía sostuvo la mirada, aunque le temblaban las piernas.

—Mi madre no es un problema.

Damián la observó unos segundos. Luego se volvió hacia Rogelio.

—Llévala al cuarto.

Sofía no se movió de inmediato.

—Quiero saber qué le van a decir.

Nadie respondió. Cuando Rogelio abrió la puerta, ella salió procurando mantener la cabeza levantada. Solo al llegar a la habitación se permitió apoyarse en la pared.

Había oído la voz de su madre. También había conseguido que entendiera que no estaba allí por voluntad propia. No sabía si eso la acercaba a una salida o si acababa de ponerla en peligro.

•  •  •

A media mañana llegó una médica. Se presentó como la doctora Herrera y dejó un maletín sobre el escritorio de la habitación. Teresa entró detrás de ella y permaneció cerca de la ventana.

—Me dijeron que tuvo una noche difícil —comentó la médica.

Sofía la miró con atención.

—Me secuestraron.

La doctora dejó de sacar cosas del maletín. Teresa volvió la cabeza hacia la puerta.

—Necesito que me ayude —continuó Sofía.

La médica guardó silencio. Ese silencio le dio la respuesta antes de que hablara.

—Primero necesito saber cómo se siente físicamente.

—¿Él le paga?

La doctora sostuvo su mirada.

—Estoy aquí para revisarla.

Sofía se sentó en el borde de la cama. Ya no tenía fuerzas para repetirlo todo. Respondió preguntas sobre dolor, mareos y el tiempo de gestación. Permitió que le tomaran la presión, pero cuando la médica le pidió los estudios previos, señaló la puerta.

—Los tiene él. También tiene mi teléfono y las llaves de mi casa.

La doctora anotó algo. Sofía observó el papel.

—Ponga eso también.

La mujer levantó la vista.

—¿Qué cosa?

—Que estoy aquí contra mi voluntad.

Durante un instante ninguna de las dos habló. Finalmente, la doctora escribió. Después recogió el maletín, pero no se marchó enseguida.

—Me dijeron que si hablaba podían ir a buscar a mi familia —admitió, sin mirar la puerta—. No debí aceptar venir sin saber qué ocurría. Ahora lo sé.

Sofía sintió que la esperanza se le estrechaba.

—Eso no me devuelve a mi casa.

—No —respondió Herrera.

La médica dejó una copia de la hoja sobre la mesa. Sofía leyó su declaración y la fecha. Guardó el papel sin darle las gracias. Sofía no pudo leer qué había puesto.

•  •  •

Por la noche comenzó la música. Al principio era un sonido lejano, amortiguado por los muros. Después aumentó hasta que los vasos de la bandeja vibraron ligeramente. Sofía se acercó a la ventana.

Desde allí alcanzaba a ver una parte de la terraza. Había gente junto a la alberca, hombres con botellas y mujeres que se reían apoyadas en los muebles. Damián apareció acompañado de una mujer de cabello largo que lo tomó del cuello para besarlo. Él le sostuvo la cintura.

Sofía se apartó del cristal. En aquella casa, su secuestro no había interrumpido nada. Las personas seguían llegando. La comida seguía sirviéndose. Él podía beber, reír y besar a alguien mientras su madre la buscaba y ella calculaba cuántos meses faltaban para que le quitaran al bebé.

Se sentó en el suelo, junto a la cama. No lloró. Tenía delante la libreta que había encontrado dentro del bolso. Era la misma donde había escrito que su hijo parecía ocupado viviendo.

Buscó un lápiz. En una página nueva anotó la fecha. Después escribió los nombres que conocía.

Damián. Rogelio. Teresa.

Doctora Herrera. Se quedó mirando la lista. Añadió la hora de la consulta y la amenaza que Herrera acababa de reconocer. Si lograba salir, no quería depender únicamente de lo que pudiera recordar.

Guardó la libreta cuando oyó pasos. Teresa entró con un vaso de leche y cerró detrás de sí. Por primera vez no miró hacia el pasillo antes de hablar.

—Su mamá está viva —dijo en voz muy baja—. No le han hecho nada.

Sofía se levantó.

—¿Cómo sabe?

Teresa dejó el vaso sobre la mesa.

—Escuché al señor Rogelio.

Sofía sintió que el aire regresaba a sus pulmones. Quiso hacer más preguntas, pero la mujer levantó una mano.

—No diga que se lo dije.

Del otro lado, alguien golpeó la puerta. Teresa recogió la bandeja vacía. Antes de salir, miró los calcetines que Sofía había dejado sobre la almohada.

No dijo nada. Cuando la puerta volvió a cerrarse, Sofía llevó una mano a su vientre. Luego sacó la libreta.

Debajo del nombre de Teresa escribió una sola palabra. Quizá.